imagen de la cabecera

 

 

Ecos del alma: poesías

Madrid: A. Gómez Fuentenebro, 1876

 

 

 

 

Al público

 

El prólogo de nuestra obra; he aquí la mayor dificultad para el mortal que se atreve a escribir un libro; y si este libro es de poesías, entonces las proporciones de la empresa crecen, se agigantan, asustando con sus extrañas formas la impresionable imaginación del poeta. Ante todo para escribir un prólogo es menester saber lo que es un prólogo; plumas más hábiles que la mía, e inteligencias elevadas, han descrito la misión y las cualidades de ese preámbulo de trabajos reunidos; con todo, bien puedo permitirme decir lo que pienso sobre tan importante asunto. Para mí un prólogo es la fe de bautismo de la obra y la cédula de vecindad del autor; en él se ve la legitimidad de la primera y la honrada posición del segundo; si la obra ha sido revisada por inteligencias de superior calidad, en el prólogo aparece lo bastardo de su procedencia, y si el autor oculta bajo fastuosa apariencia su hambre de jerarquías, en el prólogo se descubre la falsedad de sus intenciones; por esto un prólogo es el punto más alto a que puede llegar el que siente en su corazón y en su cabeza el sacro fuego de la inspiración, por esto mi pluma tiembla al trazar sobre el blanco papel los renglones del prólogo de mi primera obra… ¿Qué te diré yo, público juez, ante cuyo tribunal inapelable aparece hoy la colección de mis versos? Si te pido indulgencia, dirasme que tiemblo, y nunca es bueno ser cobarde; si de arrogancia presumo, me achacarás el pecado de la soberbia, y aunque por pecadora me tengo, no quiero, a sabiendas, cometer faltas; si rebusco en mi cerebro grases galanas con que incitarte a la lectura de la obra, podrás empezarla con ánimo excelente, pero será más triste el desencanto si, a medida que lees, te encuentras fallidas las ilusiones formadas en un principio; si usando malas artes y con disimulado lenguaje, tiendo a relegar a segundo término obras que te hubieran gustado, claro y preciso será que me califiques de envidiosa, pues el que rebaja méritos ajenos por enaltecer los propios, o lleva en el corazón el áspid de la envidia, o tienen en su cerebro muchos átomos de imbecilidad…; pero si nada te digo, de sobra está el haber empezado tan arduo trabajo…

Paréceme que te agradarán más que disculpas, alabanzas, atildamientos o juicios satíricos, algunas noticias de mí y de mis versos, noticias que ni son conatos de biografía, ni memoriales de inteligencia: bien claro se me entiende que al ver colocado mi yo enfrente de mi obra, se te podrá muy bien ocurrir que no aprendí muchas lecciones en las aulas de la modestia, pero en algo había de caer la inexperiencia de mis pocos años, pues por sabido se tiene que la juventud no atiende a reflexiones ni a profundos razonamientos, sino todo lo contrario, se deja llevar de la primera impresión, y ésta, por más que haya razones para demostrar lo contrario, arrastra siempre al humano ser a que hable de sí mismo antes que de los demás. Hecha esta salvedad, a moda de nota de traductor, paso a decirte, público insigne, que yo contando veinticinco años, cuento diez y ocho haciendo versos, sin que por las mientes me cruzase en tan largo intervalo de tiempo coleccionar, corregir e imprimir los muchos y desiguales renglones que con lápiz, carbón, o tinta iba escribiendo en ratos tan perdidos, que ni de ellos me daba cuenta; el consejero de la vida que, según dicen sabias lenguas, es el tiempo trajo a mis presentes años algunas centellas de observador análisis, y ante las luces brillantes de la época en que vivo, vi tan marcada inclinación a enaltecer lo estrambótico, que no supuse que fuera presunción lanzarme en la palestra de las artes, segura de que si no alcanzaba  premio, por lo menos no caería en el ridículo…; rebusqué mucho entre los manuscritos que por fortuna conservaba, y no sé si por amor propio o por conocimiento de ellos, ninguno me pareció digno de figurar en la inauguración de mi imaginada carrera… «O todo o nada»; producto de tan extraño axioma fue la cabalística composición que bajo el nombre Rienzi el tribuno, tuve el placer de presentarte en la noche del 12 de febrero de 1876 en el anchuroso teatro del Circo, de Madrid: que te gustó no es dudable, pues diez y seis sesiones de seguido llenaste las localidades de dicho coliseo; que pensaras como la autora o que con sano corazón la enaltecieras, ni yo debo asegurarlo, ni aunque debiera me atrevería a intentarlo, pues dentro del pensamiento y del corazón solo penetra una superior y divina inteligencia; que agradecí tus demostraciones y que guardaré siempre el agradecimiento, es la mejor prueba el presente trabajo que te ofrezco, trabajo anterior al drama trágico de que te vengo hablando; él me sirvió de carta de naturaleza entre los aspirantes a la entrada del Parnaso, y aunque en el número de orden sé que estoy de los últimos, no por eso dejo de vanagloriarme de haber logrado siquiera la aproximación a los umbrales de tan hermoso reino: valiéndome de este privilegio, es como he llegado a coleccionar, corregir e imprimir unos cuantos ecos del alma, que en forma de cantares dormían escondidos entre arrinconados legajos… Ahora bien, de mí te hablo en el prólogo; de mí te hablaré en mis coplas. Si entre mi espíritu y tu espíritu encuentras analogía, es que en el ser está el principio absoluto de todos los seres. Si al leer mi libro no hallares más que frío egoísmo, precisamente tendrá que ser porque creas que después de tu yo no existe nada…

¡Cuánto sentiría que me tuvieses por egoísta!

Público, mi sentencia la vas a firmar: aunque sea dura, que no vacile tu mano, pues tengo para mí que talento revestido de indulgencias es arlequín de la Historia; si desde lo alto he de caer, no me dejes subir, hoy que pongo el pie en el primer escalón; si quieres que prosiga hasta la cumbre, empieza por enseñarme la verdad, solo con ella puede caminarse en las altas regiones de la sabiduría… Si entre los individuos de que te compones hay algunos que no buscan más que el suave aliento de una palabra cariñosa, sepan estos que, primero que la gloria y sus triunfos, ambicioné siempre el recuerdo en corazones generosos; si ellos encuentran en mis cantares consuelo, amor o esperanzas, cuantos laureles pudiera alcanzar serían rechazados ante la hermosa recompensa de vivir en el alma de tan buenos seres; solo este galardón me llenaría de júbilo, aunque el total olvido de la fama me probase que cual Ícaro había tendido mi vuelo demasiado alto.

Escrito está el prólogo de mi obra; si acaso no he dicho todo lo que mi pensamiento quiso decir, es que el abismo ha sido demasiado grande para mis escasas fuerzas, es que desde la inteligencia a la palabra se ha interpuesto la imaginación del poeta.

Rosario

Madrid, 20 de abril de 1876

 

 

 

Imagen de la portada del libro

 

¿Quién fue Rosario de Acuña?.

 

 

 

Rosario de Acuña. Comentarios

Algunas notas acerca de la vida de esta ilustre librepensadora