Rosario de Acuña y Villanueva

Madrid, 1850- Gijón, 1923

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A una flor tronchada

  

En una hermosa enramada

de verdes hojas ceñida,

graciosa, fresca y rosada,

vi una flor medio escondida

por el sol acariciada.

 

Delicado y suave olor

de sus hojas desprendía,

era tan hermosa flor,

que más que flor parecía

el primer sueño de amor.

 

Un ruiseñor que a su lado

el nido se fabricó,

de su belleza prendado,

mil gorjeos levantó

con acento enamorado.

 

El aura que la mecía,

con su corola jugaba,

y un arroyo que bullía

cerca de ella, la besaba

y su tallo humedecía.

 

………………..

 

¡Pobre flor inmaculada!

¿Quién tronchó tu casta vida?

¿Cómo yaces olvidada

de tu rama desprendida

en el seco polvo hollada?

 

Triste canta el ruiseñor

sin alivio a su desvelo,

que no ha olvidado tu amor

por más que tendiendo el vuelo

vive ya junto a otra flor.

 

Solo el arroyo murmura

y te besa dulcemente,

ayer miró tu hermosura;

¿si hallarás en su corriente

mañana la sepultura?

 

¿Y no habrá quien te levante

del olvido en donde estás?

¡Tu dicha duró un instante!

¡Si no ha de volver jamás,

deja al menos que la cante

 

Y que por mi voz te diga,

que la mano que te hirió

la tuviste por amiga;

mano que así se portó,

¡déjame que la maldiga.

 

………………….

 

Cuando en las alas del viento

te mires arrebatada,

aun resonará el lamento

de aquel ave enamorada

que te elevara su acento.

 

¡Y quién sabe si al quedar

en cadáver convertida,

vuelva el ruiseñor a amar

y cante a la flor querida

que nunca llegó a olvidar!

 

¡Pero, ay, pobre ruiseñor

sin alivio y sin consuelo!

¡Tu canto será el dolor,

pues ya, aunque tiendas el vuelo

no encontrarás a la flor!

 

En silencioso rodar

se la lleva la corriente

donde nunca la has de hallar,

que el arroyo, lentamente,

¡se va a morir en el mar…!

 

Para saber más: