Rosario de Acuña y Villanueva

Madrid, 1850- Gijón, 1923

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Al Rey Don Alfonso

Cuando llegó a Madrid

 

REY DON ALFONSO, en cuya frente brilla

diadema que dos mundos se ciñeron;

soberano del trono de Castilla

cuyas glorias al sol oscurecieron;

cuando del mar en la espumosa orilla

las anclas de tu nave se prendieron,

un resplandor de paz rodó en la guerra

viéndolo en ti lucir la hispana tierra.

 

Esta patria que un día no lejano

hizo temblar de Europa las legiones,

siente luchar hermano contra hermano

mirando su bandera hecha jirones.

Esta patria te elige hoy soberano

y seguirá valiente tus pendones;

¡ALFONSO XII! ¡España está esperando

un digno sucesor de San Fernando!

 

¡Rompa tu cetro de oro la cadena

que largos años sujetó su vuelo!

¡Mire el sol de la paz rica y serena

bajo el azul de su brillante cielo!

¡Siga la marcha que la ciencia ordena!

¡Levántese la fe sobre el suelo,

y registre en sus páginas la historia

que alzó tu nombre nuestra antigua gloria!

 

¡Llamado estás a despertar a España

del letárgico sueño en que yacía;

tú borrarás la fratricida saña

que la ambición titánica encendía!

¡Tú la puedes borrar, mi voz extraña

acaso torne el cielo en profecía;

Tú puedes, al tomar nuestra bandera,

hacer del mundo la nación primera!

Nada te falta; juveniles bríos

rica y meridional inteligencia,

enaltecida entre los climas fríos

por la luz del talento y de la ciencia;

el apoyo de ilustres señoríos,

inolvidables años de experiencia,

un inmenso poder cual soberano

y el cariño del pueblo castellano.

 

Cuando el mundo contemple tu reinado

y asombrado te mire dando leyes.

Cuando grande, querido y respetado,

la paz de Europa con tu nombre selles;

Cuando el Parnaso Íbero entusiasmado

te cante bajo el solio de cien reyes,

aún vibrarán las cuerdas de mi lira

que el amor a mi patria las inspira.

 

Hoy que sintiendo mi pupila inerte

oigo el murmullo que por Rey te aclama,

si bien con pena por vivir sin verte

espero un día proclamar tu fama:

¡REY ALFONSO, si el sueño de la muerte

velase el fuego que mi frente inflama,

que el eco de mi voz noble y sincero

sirva a tus glorias de laurel primero!

 

                           Madrid, enero, 1875

 

 

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