Rosario de Acuña y Villanueva

Madrid, 1850- Gijón, 1923

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Ecos del alma

 

 

A Panticosa

(Parte segunda)

 

¡Moles de piedra, cuya altas cumbres

coronadas de espléndida blancura

atravesáis gigantes el espacio

recortando el azul de su llanura!

¡Montañas, que escuchasteis mis cantares,

cuando las galas de un lujoso estío

murmuraban amores dulcemente,

sembrando de silvestres florecillas

la espumosa ribera del Torrente,

cuando del rojo sol la ardiente lumbre

tachonaba de fúlgidos colores

el etéreo crespón de su techumbre!

¡Montañas!, si mi voz rompió atrevida

el silencio imponente

de vuestra soledad majestuosa

cuando el suave y perfumado ambiente

rodando en el crespón de lo infinito

levantaba en la mente

los ecos de soñada poesía,

hoy que la luz del día

lucha para vencer los mil festones

del mundo del invierno en cuyas orlas

van prendidos negruzcos nubarrones,

hoy que se ven vuestras altivas cumbres

coronadas de espléndida blancura

y las nubes que cruzan el espacio

ocultan el azul de su llanura,

vuelve a besar vuestra nevada falda

la triste nota de mi pobre lira;

un recuerdo la inspira

y el alma se la ofrece,

que es recuerdo que siempre la estremece,

¡cuántos habrá del mundo en los umbrales

próximos a marchar a otras regiones,

que hoy alzan tu recuerdo en su memoria

con postreras y humildes oraciones!

¡Y cuántos que miraron la alborada

en tus ricas y fértiles pradera,

hoy dejan para siempre esta morada

por el reino de eternas primaveras!

Seres que, al ver las hojas del otoño

arrastrándose mustias por el suelo

se acordarán de ti tal vez llorando,

que es triste desconsuelo

saber que el huracán que las eleva

en una u otra vez también los lleva:

ellos, buscando con febriles ojos

un átomo de vida ante su aliento,

alzarán a través del pensamiento

vuestra diáfana luz y vuestra brisa,

vuestros lagos, cascadas y torrentes,

vuestras sonoras fuentes

y vuestros mil festones atrevidos

en cendales de nubes escondidos;

y tal vez, ¡esperanza pasajera!,

conciban dominar su triste suerte;

que esos seres sin vida y sin aliento

colocan la esperanza ante su muerte.

Yo en nombre de ellos mi corazón levanto,

y para ti la forma el pensamiento:

si llegase hasta ti mi pobre canto,

si en tus altos gigantes ventisqueros

vibra con eco rudo, pero amante,

sabe que va mi espíritu anhelante

en pos de su armonía,

mi espíritu tranquilo ante la muerte

en donde ve la luz de un nuevo día:

cuando llegue a marchar, cuando las notas

de mi última canción, rastro del alma,

se pierdan dulcemente en un suspiro,

con la serena calma

del que ve un porvenir ante su vida,

se alzará para ti mi despedida:

no la olvides jamás, yo te lo ruego,

que aunque la nieve envuelva mi cabeza,

aun latirá mi corazón con fuego,

de él brotará mi canto

como guirnalda hermosa;

¡sujétala en tus cumbres, Panticosa!

 

Madrid, diciembre, 1874

 

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