Rosario de Acuña y Villanueva

Madrid, 1850- Gijón, 1923

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Ecos del alma

 

 

A mis ojos

 

Ojos que sois en la vida

claros destellos del alma,

que claváis el pensamiento

hasta las regiones santas

al recorrer el azul

de sus purísimas auras;

ojos que en el corazón

encendéis la ardiente llama

de esos reflejos de Dios

que amores los hombres llaman;

vosotros que veis la luz,

entre festones de gualda,

derramando sobre el mundo

torrentes de oro y de nácar;

vosotros que, entre la sombra

de la noche solitaria,

como chispas de zafiro

prendidas en tenue gasa,

veis las estrellas del cielo

con una sola mirada;

vosotros que veis las flores

con sus pétalos de grana,

o sus corolas de nieve

por el rocío cuajadas

inclinarse ante la aurora

sobre la verde enramada

como rubíes y perlas

en búcaro de esmeraldas;

vosotros que veis el mar,

y que veis la nieve helada,

y el relámpago del cielo,

y las nubes nacaradas,

y los átomos de arena,

y los torrentes que braman,

y la mariposa leve,

y la avecilla que canta,

y las perlas en su concha,

y el gusano que se arrastra,

y cuanto guardan los cielos,

y cuanto la tierra guarda,

¡no me dejéis en la sombra!

¡Solo pensarlo me espanta!

¡Antes que dejarme ciega

quédese el cuerpo sin alma!

¡Un rayo de luz tan solo,

un rayo solo me basta,

para sentirme dichosa

hasta que del mundo parta!

¡No me lo neguéis por Dios!

¿No me tenéis como esclava?;

cuando siente el corazón

una lágrima abrasada,

de esas que ruedan callando,

pero que callando matan,

¡no la recoge en sus pliegues

y con fuerza sobrehumana

la va secando el calor

que de su sangre se escapa!;

¿por qué el corazón recoge

tan amarguísima lágrima?

Porque su lumbre no queme

vuestra pupila apagada

¿Por qué cuando el rojo sol

con sus crespones de plata

viene a iluminar mi frente

mis párpados le rechazan?

¡El sol que es centro de vida

y presta calor al alma…!

Porque su fuego radiante

vuestros cristales desgasta.

¿Por qué martirizo al cuerpo

viviendo sacrificada?

¡Para prestaros la fuerza,

esa fuerza que os falta!

Y cuando vienen las horas,

de la eternidad hermanas,

y las siento que se van

y mis manos no trabajan,

¿por qué agoto los tormentos

de tan infinita calma?

¡Porque viváis en reposo

sin molestaros en nada!

¿Por qué la historia del mundo

mi pensamiento no abarca?,

¿por qué no estudio las artes?

¿por qué las ciencias humanas

no tienen en mi cerebro

un templo donde adorarlas?

¡Por no gastaros la vida

que ya tenéis quebrantada!

¡Pues si me tenéis dormida

sintiendo despierta el alma,

¿por qué apagaros tan pronto.

y entre las sombras heladas

dejar mi pobre existencia

sin luz, sin calor, sin nada?

¿No veis que, si me dejáis,

a un ciego todo le falta,

pues hasta los hombres mismos

su duelo le echan en cara?

Siendo la vida tan corta,

¡tan corta que apenas basta

para conocer la tierra

que ilumina con su llama!

No habiendo vida sin luz,

y siendo la muerte helada

por toda una eternidad,

la que los ojos apaga,

¡déjame vivir aun,

que la muerte se adelanta

en los minutos del tiempo

que para siempre se marchan!

Y en ese día terrible

que, empeñados como el alba

cuando aparece en Oriente

en tormentosa mañana,

débilmente reflejéis

con la postrimera llama

seres queridos llorando

al fijarse en vuestras ansias,

seres que nos dan calor,

cuando la vida nos falta

con el abrasado llanto

que del corazón se arranca

y en nuestro lecho de muerte

a torrentes se derrama;

seres que son en la vida

ángeles de nuestra guarda

y en el momento supremo

de entregar a Dios el alma

tienden sus alas benditas

protegiendo nuestra marcha.

En ese día imponente,

al remontarse a la patria

donde el espíritu libre

tendió hacia el mundo sus alas,

el todo de vuestra vida

habrá de hundirse en la nada.

¡Ojalá que en tal momento

vuestras pupilas sin llama

en derredor no contemplen

esa soledad que espanta,

esa triste soledad

que a muchos, ay, les aguarda!.

Mirar de frente a la muerte

y, al sentirla tan helada,

no hallar un eco siquiera

que nos ayude a arrostrarla,

es amarguísima hora

que siempre se mira amarga

en palacio suntuoso

o en una pobre cabaña.

¡Qué son los bienes del mundo

ante los bienes del alma!

 

 

Dejadme vivir aun,

ojos, cuya lumbre clara

arrebata el pensamiento

hasta las regiones santas

al fijarse en el azul

de sus purísimas auras;

no me dejéis en la sombra,

¡en la sombra solitaria!

Dejadme adorar a Dios

al ver las obras creadas

por su mano omnipotente

que las sacó de la nada;

dejadme mirar el mundo

hasta que del mundo parta,

y en ese postrer instante,

en esa lucha titánica

en que el cuerpo  va a la tierra

y el ser a los cielos marcha,

dejadme que pueda ver

¡el Sol eterno del alma!

 

Solana del Tamaral, junio, 1875

 

 

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