Rosario de Acuña y Villanueva

Madrid, 1850- Gijón, 1923

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Ecos del alma

 

 

A la Sra. Doña D. L. de G.

 

Y besarás con frenesí mi tumba

D.L.

DOLORES, raro a mi edad,

(pues que estoy en primavera)

es que hable de eternidad,

que en esa etapa primera

nunca se ve la verdad.

 

Y es más raro que, sin canas,

me atreva a darte consejos,

porque las leyes humanas,

que no se tienen por vanas,

los oyen solo de viejos.

 

Y acaso, (será aprensión)

es que no saben medir

la vida de un corazón

que viene al mundo a sufrir

y a iluminar la razón.

 

Si quisieran la medida

de ese corazón tomar,

se viera la ley fallida,

que en aprendiendo a llorar

se aprende todo en la vida.

 

Tal vez por trivial recelo

no halles verdad en mi canto;

¡ya se ve, me río tanto…!

cuando llores mira al cielo

y será risa tu llanto.

 

Que elevando la mirada

en ese azul, al más fuerte

se le ve materia helada

que está esperando la muerte

para vivir transformada.

 

Conjunto de vanidades,

asilo de sensaciones,

nacidas realidades

entre las locas pasiones

de las frágiles edades.

 

Polvo por el vicio unido

y entre las luchas criado

que del mal y el bien mecido

ni sabe porqué ha nacido

ni sabe porqué ha finado.

 

Arista que informe y leve

titánico orgullo encierra,

y el mundo a cruzar se atreve

sin ver que, apenas se mueve,

se confunde con la tierra.

 

Molécula de dolor,

que a través de cien arcanos,

guarda su género mejor

para extender en redor

una legión de gusanos.

 

Tal se ve la humana vida

en la eternidad del cielo…

¡Dime si hay mejor consuelo

al sentir el alma herido

por las espinas del suelo!

 

Con llanto logré pensar

y ya no siento llorar,

porque he aprendido a reír;

aun me falta consolar

al que comienza a sufrir.

 

Dos hijos tienes, DOLORES,

tal vez maternal cariño

sus almas duerma en errores,

porque la verdad al niño

nunca se la dan amores.

 

¡Acaso, acaso yo sé

desde niña la verdad…!

Por eso de eternidad

voy a hablarte, y por mi fe,

no hagas caso de mi edad.

 

………………..

 

En el conjunto que forma

la vida, cual la he pintado,

hay un germen encerrado,

que al ser humano trasforma

en ángel o en condenado.

 

Ni le vi, ni verle quiero;

alma, instintos o razón

influye en el mundo entero,

es el destello primero

que alumbra la creación…

 

Pero es fuerza darle nombre

y de todos comprendiendo…

se lo doy no te asombre,

ese germen escondido

es la conciencia del hombre.

 

Si empieza a juzgar los hechos

en el mundo de lo real,

se pierde el hombre en el mal,

que es conciencia sin derechos

la que no ve lo inmortal.

 

Pero si en grave sentencia

prejuzga la vida humana

mirando la Omnipotencia,

el hombre, por su conciencia,

se hace digno del mañana.

 

Tiende a tus hijos la mano,

enséñalos a juzgar

cuanto hay en el mundo vano,

como un misterioso arcano

que no se puede aclarar.

 

En ese infantil destello,

que ya comienza a bullir

entre su hermoso cabello,

luzca el ansia de vivir

en el mundo de lo bello.

 

Si te preguntan ¿por qué?

ante el mal, con ojos fijos,

con imperturbable fe

les dices: «Ese mal fue

porque améis al cielo, hijos»

 

Y así verá su conciencia

siempre desde alta región

nuestra frágil existencia,

y podrá su corazón

entrar de lleno en la ciencia.

 

Y no tiembles al dejarlos

sin otro apoyo en la tierra,

si al fin logras elevarlos,

todo cuanto el mundo encierra

es poco para comprarlos.

 

El vulgo, que siempre fue

cuadrilla de roedores,

les dirá locos, ¡lo sé!...

¿Más quién hay que preste fe

a los seres inferiores?

 

Que aprendan a recibir

de ellos mismos el placer,

y lleguen a conocer

que es imposible vivir

con ajeno parecer.

 

Que en ruda tormenta vean

la vida, luchando inerte

en el débil contra el fuerte;

que amen, esperen y crean,

y no tiemblen a la muerte.

 

Y así el alma vivirá,

ansiando la luz del día,

entre sombras luchará,

pero al fin con alegría

inmensa la encontrará.

 

……………….

 

Si a tanto les ves llegar

y el eco de este cantar

entre la brisa retumba

tal vez quisieras besar

(si es que la tengo) mi tumba.

 

Madrid, 1876

 

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