Rosario de Acuña y Villanueva

Madrid, 1850- Gijón, 1923

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Ecos del alma

 

 

La última esperanza

 

Yo la ví, consolando mis dolores

en sueños de oro, deleitar la mente

en el bello jardín de mis amores;

dulce, risueña, cariñosa, ardiente,

la vi cuidando sus marchitas flores.

 

Pura como la luz de las auroras

que el cielo manda en ardoroso estío,

fue extendiendo sus alas protectoras,

y consiguió crear en torno mío

dulces, tranquilas y dichosas horas.

 

Claro destello del fulgor divino,

brilló en la noche que oscurece el alma;

mostrando un horizonte a su destino,

hizo latir el corazón con calma

y a mi planta insegura abrió camino.

 

Como la brisa leve y vaporosa

que limpia el cielo de celaje impuro,

de mi existencia triste y dolorosa

fue destruyendo su pasado oscuro,

envuelto entre la bruma tenebrosa.

 

Última flor que el alma atesoraba,

nacida de pesar en los abrojos,

su grato aroma mi dolor calmaba,

y al contemplarla mis nublados ojos,

de nuevo aliento a mi existir prestaba.

 

¡Ah, pobre corazón! Tú no sabías

que si la hallabas insensible, yerta,

al perderla por siempre, te perdías,

y te recuerdo que tu muerte es cierta

en el adiós postrero que la envías.

 

Mírala ya morir; su luz lejana

entre las nubes pálida vacila;

su hermoso resplandor fue sombra vana;

tu estrella en el Oriente triste brilla,

y cual ella, tal vez, mueras mañana.

 

Tu otoño llegó al fin, triste y sombrío,

sin un matiz de amor, sin un recuerdo

que del futuro invierno temple el frío.

¡Ya para siempre con dolor la pierdo;

sombras quedan no más en torno mío!

 

Madrid, 187…

 

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