Rosario de Acuña y Villanueva

Madrid, 1850- Gijón, 1923

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Ecos del alma

 

 

Ante una tumba sin nombre

  

¿Quién eres tú que en el sepulcro yaces?

¿Cuál fue tu nombre entre la humana grey?

¡Ser que a la muerte condenado naces

por triste, sabia e inflexible ley!

 

¿Cómo cumpliste la misión que al cielo

le plugo darte al inspirar tu alma?

¿Cuál fue tu vida en el mundano suelo?

¿Lograste o no, la inmarcesible palma?

 

Tal vez en torbellino de placeres

hundiose tu existencia inadvertida;

¿quién ayer te dijera lo que hoy eres?

¡Quién intentara corregir tu vida!

 

Pasaste como ciego despeñado,

en torpe liviandad adormecido,

el oro fue tu dios, asaz menguado,

a la cruel venganza fuiste unido

 

¡Quién te dijera entonces: «Mira, advierte,

que pesa sobre ti fatal sentencia,

que después de la vida está la muerte,

y en la muerte, tu Dios y tu conciencia!

 

»¡Ay! de ella no te cuidas, pero en tanto

de tus horribles faltas lleva cuenta,

y un día con horror y gran espanto,

a tu asombrada vista la presenta.

 

»Ella te muestra inexorable y fría

de tu vida la imagen pavorosa,

la muerte mensajera te la envía;

¡después de tu conciencia está la fosa!»

 

¡Quién te dijera con osado acento

esta verdad que por terrible espanta!

¡Verdad que arrebatando el pensamiento

a la región del cielo lo levanta!

 

¡Pero a dónde mi mente me ha llevado!

¡En esta tumba que olvidada miro,

reposará tal vez un desgraciado

que a Dios mandó su postrimer suspiro!

 

¡Ser de aquellos que el mundo no comprende,

ser que esperó en el cielo su ventura;

que en la fe sacrosanta que le enciende

sonriente miró su sepultura!

 

¡Ser que siguió de la virtud la senda,

que entre martirios caminó sereno,

que sus lágrimas dio cual pura ofrenda

guardando el alma su mortal veneno!

 

Que entre su noche de pesar profundo

honda tristeza contemplaba en pos;

¡hoy su memoria se borró del mundo,

solo la guarda la bondad de Dios!

 

¡Tumba sin nombre, solitaria y triste

que el polvo guardas del humano ser!

¡Quién a tu impulso pensador resiste!

¡Quién te contempla sin volverte a ver!

 

¡Como mirarte sin decir al alma:

«Despréndete de tus humanos lazos,

en otro mundo encontrarás la calma

si aquí de la virtud vives en brazos»!

 

Tú fiel le dices que placer, riqueza,

duelo, miseria, desamparo y nombre,

de la vida en el umbral empieza,

y todo acaba cuando muere el hombre.

 

Madrid, enero, 1874

 

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