Rosario de Acuña y Villanueva

Madrid, 1850- Gijón, 1923

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Ecos del alma

 

 

La primera lágrima

 

Yo la sentí pasar cual lava hirviente;

del corazón en el profundo seno

hizo brotar un manantial ardiente,

se derramó en el alma su veneno

y una arruga precoz marcó mi frente.

 

Ella, rompiendo los amantes lazos

en que ilusión me tuvo adormecida,

arrojome del dolor en brazos;

sin aliento caí, quedé sin vida

y roto el corazón en mil pedazos.

 

¡Lágrima abrasadora que has brotado

en los umbrales de mi edad primera!

tu amargo manantial no fue secado,

y presiento que en mi edad postrera

aún tu ardiente raudal no esté agotado.

 

Tu enturbiarás mis apagados ojos

cuando el alma, rompiendo sus cadenas,

deje este mundo de aridez y abrojos,

lago revuelto de dolor y penas

que causa al corazón fieros enojos.

 

Y entonces, cual postrera despedida

a un mundo que jamás he comprendido,

en tu esencia volará mi vida,

y en la mansión eterna del olvido

para siempre quedará dormida.

 

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