Rosario de Acuña y Villanueva

Madrid, 1850- Gijón, 1923

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Ecos del alma

 

 

A mi inolvidable y querida Ana

 

(En el jardín del mundo

nace una roas,

se la llama esperanza;

es fresca, hermosa,

crece, se agita,

llega un soplo de viento

y la marchita.)

 

R. de Acuña

 

 

Hace un año, los ecos

del canto mío

a tus lares llegaron

como un suspiro,

entre sus alas

llevándote prendidas

notas del alma.

 

«Flores son en la tierra

»las ilusiones,

»el amor, los placeres,

»¡todo son flores!»

Esto decían

aquellas pobres notas

del alma mía.

 

Hoy en el triste asilo

de un cementerio,

sin calor y sin forma

duerme tu cuerpo.

¡También la vida

es una flor del mundo

que se marchita!

 

La tuya fue un capullo

de primavera,

que abrasaron los cierzos

sobre la tierra,

y tu corola

se extenderá en el cielo

hoja por hoja.

 

Bajo el sol esplendente

de las verdades,

sin escarcha, sin lluvia,

sin huracanes

y eternamente

vivirás en el reino

que abre la muerte.

 

Deja que en el recinto

de un cementerio

sin calor y sin forma

duerma tu cuerpo;

nació en la tierra,

y a morar en su patria

justo es que vuelva.

 

Recuerdo tus palabras

y tus deseos,

y sin llanto en los ojos

miro a los cielos;

¡Ángel del alma!

Libre estás para siempre

¡Tiende tus alas!

 

Madrid, 1876

 

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