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A la vida

 

Dedicada a D. Andrés del Busto y López

 

Llorando la luz perdida

en sombra sentí mis ojos,

y sentí marchar la vida

que el dolor, en sus abrojos,

se la llevaba prendida.

 

ANDRÉS, la luz de tu ciencia

luz a mi vida le dio;

mientras tenga inteligencia

nunca olvidaré que yo

te debo a ti mi existencia.

 

En pos de mis sentimientos

su canto el alma te envía;

no busco encarecimientos;

quiero que en memoria mía

recuerdes mis pensamientos.

 

  

Luz impalpable que en el cuerpo vives,

móvil de nuestro libre pensamiento,

dime ¿de quién recibes

la pura llama que te presta aliento?

Tu claridad le das a nuestra mente

que sin ti no pensara;

tú, cual su etérea esencia,

resbalas dulcemente

de nuestro débil cuerpo en las arterias,

mostrando tu latido

el corazón con tu calor henchido;

tu germen delicado

anima en nuestro ser la inteligencia,

a tu impulso formado

el instinto sublime que la envuelve

su entendimiento crea

lanzándolo  en el mundo de la idea.

 

Donde quiera que voy doquier te miro,

pero jamás te encuentro

como en la esencia que en mi ser respiro;

si la vida es vivir cual vive un árbol,

yo jamás te cantara,

porque ni entendimiento me adornara,

ni inspiración tendría,

ni otro mundo que yo jamás vería.

Y por eso buscando

tu manantial fecundo,

encuentro tu purísima corriente,

no sobre el ancho mundo,

sino en una mansión que en él no vemos,

por más que la presienta el pensamiento,

que ligero e impalpable como el viento

y a tu impulso llevado,

en una eternidad se ve creado.

De ella a mi ser yo siento que resbala

un destello divino, omnipotente

que, al encontrase con tu pura llama

en resplandor ardiente

la enaltece y la inflama

elevando su instinto,

y haciendo al ser humano

de los seres del mundo soberano.

 

Esta es la vida que mi lira canta,

cuyo origen divino

a ignoradas regiones se levanta;

vida que con la chispa que la anima

digna y perfecta en nuestro ser sentimos;

vida con que vivimos

de los seres del mundo separados,

vida inmortal y eterna

cuya fecunda esencia

jamás se apagará con la existencia.

 

Brilla fugaz y efímera en la tierra;

su perfección sublime

encuentra estrecho el cuerpo que la encierra:

con la pasión de la materia lucha,

pero, jamás vencida,

cuando la voz de su mansión escucha

rompe la estrecha cárcel que la oprime;

y, mientras que su germen

en vida inferiores se consume,

etérea atravesando el limpio espacio

salva el divino umbral de su palacio.

 

¡Yo te admiro radiante luz que animas

el pensamiento mío,

no con la yerta calma

ni el escalpelo frío

del que ahogando la voz de su conciencia

analizarte quiere

y profana tu nombre con su ciencia!

¡Te admiro con llama en que me envuelves;

te canto con los ecos que despiertas

en el recinto de mi estrecha mente;

ella te mira eterna,

y en su entusiasmo ardiente

levanta un himno que, salvando el mundo,

se pierde en los espacios celestiales

y llega a sus mansiones inmortales!

 

Cuando el supremo instante

en que libre del polvo de la tierra

tu llama se levante,

el último destello que en mí brille

haz que mi canto sea,

haz que como hoy te vea,

y al sentirte del cuerpo desprendida

diga en sonoro acento:

«¡Luz de mi entendimiento,

no girarás perdida

que después de la muerte, esta la vida!»

 

 Madrid, 1874

 

 

 


 

Para saber más acerca de nuestra protagonista

 

Rosario de Acuña. Comentarios (⇑)
Algunas notas acerca de la vida de esta ilustre librepensadora
 
 
 
 
Imagen de la portada del libro

 

Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato (⇑)