Rosario de Acuña y Villanueva

Madrid, 1850- Gijón, 1923

Inicio

Datos biográficos

Algunas obras

Bibliografía

 

Artículos

Cartas

Conferencias

Cuentos

Ensayo

Otras obras

Poesía

Teatro

 

Ecos del alma

 

 

 

Al niño Manuel Baldasano Godinez

 

Nunca te vi, pero sé

que tu imagen en la tierra

reflejo del alma fue,

y el alma, aunque no se ve,

del ángel la forma encierra.

 

Forma que suele guardar

en la purísima infancia,

y que se empieza a ocultar

cuando el mundo, de ignorancia

la llega a calificar.

 

Quiera Dios que de esa forma

guardes un resto escondido,

que aunque viva oscurecido,

hay un momento en que torna

al punto donde ha nacido.

 

Y ese momento es mejor

que el primero de la vida

mirándole sin horror,

que solo en esa partida

se ve el mundo del amor.

 

Que aquí se baja a sufrir

haciendo el alma jirones,

y cuando llega el morir

comienza el alma a subir

a más tranquilas regiones.

 

…………….

 

Aun eres un ángel, sí;

no me puedes escuchar;

no hay lenguaje para ti…

Cuando empieces a pensar

Medita en lo que sentí.

 

«Los que me sigan tendrán que caminar

por una senda muy estrecha.»

(Palabras de Jesucristo)

 

Hay una senda en la vida

cuyas laderas de flores

con su perfume y colores

dicen al alma dormida

que es una senda de amores;

ancha, fácil, deliciosa

a la vista se presenta,

después en lujo acrecienta,

y al mirarla tan hermosa

la sigue el alma contenta.

En ella brota el placer,

el oro, el fausto, la gloria,

el imperio del poder,

todo cuanto la memoria

puede en sueño apetecer;

de fiesta en fiesta corriendo

se vive para gozar,

y no se llega a pensar,

porque un placer concluyendo

hay otro que comenzar.

En dicha el alma viciada

de duro hielo se vuelve,

y como el cuerpo no es nada

arrastra la vida helada

en el momento que la envuelve.

Llega por fin el vacío,

y nada al hombre le basta,

porque al peso del hastío

el corazón se desgasta

como una piedra en un río.

Próximo a quedar inerte

es cuando el humano arguye,

y aquí se espanta el más fuerte,

porque esta senda concluye

cuando comienza la muerte.

No habiendo vivido el alma,

de nada sirvió la vida;

y como el alma está herida

no tiene valor ni calma

para emprender la partida;

y en tan horrible momento

se pagan, una por una,

con espantoso tormento,

las horas do el pensamiento

cegase con la fortuna;

el hombre en esta agonía

ve su porvenir eterno,

que nada en el mundo hacía,

y que comienza su día

en las puertas del infierno.

 

Esta imagen soberana,

de Dios estudio profundo,

nunca la tengas por vana,

que con la razón humana

camina de mundo en mundo:

no la llegues a olvidar,

y al empezar a vivir

piensa donde va a acabar

la senda que has de empezar,

pues tienes donde elegir.

Que al lado de este camino

que el mundo tiende a tus pies,

hay un sendero divino

que al principio no le ves

por parecerte mezquino.

Segura en él ve la planta

aunque se llene de abrojos;

es una senda que espanta,

pero tan solo a los ojos

porque el alma la levanta.

Estrecha, larga y sombría,

oscura a trechos, sin flores,

y casi siempre vacía,

esta senda llega un día

al reino de los amores.

Con su estéril soledad

engrandece el pensamiento,

se ve en ella la verdad,

porque se ve el firmamento

con toda su majestad:

purificando el sentido

al ser humano enaltece,

y al par que la cuesta crece,

tranquilo el hombre y erguido

que no la sube parece;

y entonces con santo anhelo

ve el espíritu en su calma,

al levantarse del suelo,

no un camino, sino el cielo,

mansión eterna del alma…

Hora tranquila de paz

que solo puede tener

aquél que sabe escoger

de un minuto de placer

un siglo de eternidad:

en el mundo lo observé

y por siempre lo creyera

aunque no fuese de fe,

que es mejor la azul esfera

que este mundo que se ve;

y aunque alguno te dirá

que rancias verdades son,

pregúntale a la razón,

consultando al corazón,

y ella te contestará.

 

Y adiós, de la vida mía

puede que no sepas nada

más que en esta poesía;

y tan solo en ella fía

que fue por Dios inspirada.

Estos sentimientos míos

pienso que puedes creer;

porque, a mi modo de ver,

ya estarán mis huesos fríos

cuando los puedas leer.

 

Roma, setiembre, 1876

 

 

Para saber más: