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La siesta

 

Madrid. Tipografía de G. Estrada. Doctor Fourquet, 7. 1882. Precio: 3 pesetas

 

Portada de La siesta

 

 

 

Dedicatoria

 

Madre mía: sé que los libros malos y la literatura de pacotilla tienen el privilegio de sumirte en un profundo sueño; si con estas páginas que te ofrezco logro proporcionarte dulcísimo reposo en las calurosas tardes del estío, por muy satisfecho se quedará el ingenio de tu hija.

 

ROSARIO

1882

 

 

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Preludio

 

Pudiera muy bien suceder, lector o lectora, que al comprar este librejo, te imagines hallar en sus páginas otra cosa distinta de lo que en ellas verás; me apresuro a sacarte del error, fijando tu atención en el título que lo cobija. Eres español, o española, y alguna vez en tu vida habrás sentido esa dulcísimo soñolencia de las calurosas tardes del estío; tus entornados ojos, perezosos en el mirar y apagado fulgor, habrán ido vagando de objeto en objeto sin rumbo fijo ni voluntad determinada, y mientras el ardiente sol derramaba su lumbre sobre la tierra, tornando en ráfagas de fuego la brisa de la tarde, y el transparente azul de los cielos en blanquecino toldo de celajes; mientras la chicharra, contenta al sentirse envuelta en tan abrasado ambiente, dejaba oír su canto, y los pájaros, ahuecando su pluma y piando muy quedo, se balanceaban sobre las ramas donde tejieron sus nidos, tú, sin conciencia exacta de tu ser, habrás sumido el audaz pensamiento en la región misteriosa de los sueños, y allá, en el fondo de la imaginación, se habrán levantado risueñas perspectivas, siempre frescas y amenas, siempre rodeadas de los suavísimos colores de las tardes de otoño, siempre bañadas por los tibios rayos de un sol benigno, y siempre sirviendo de marco a escenas tiernas y tranquilas, que los sueños del estío, como hijos que son de ardientes efluvios, suelen recrearse pintando reposadas horas y delicados paisajes…

¡Momento delicioso del alma!... Allá en el exterior, en el mundo de lo sensible, la naturaleza, agostada por los esfuerzos de su época primaveral, adormecida bajo el astro flamígero con todo el cansancio de la madre amorosa cuyo seno, exhausto por el peso del tiempo, dio el alimento a numerosa prole, y más cerca, en el fondo del ser, en el santuario de la inteligencia, en el recinto donde los pensamientos se alzan, denotando la divinidad de su origen, mil y mil idealidades mágicas, revestidas con todos los encantos imaginables, y haciendo de la tierra un vergel, de los hombres ángeles, de las pasiones privilegios de Dios, de la vida una senda de arenas de oro orlada por las flores del Paraíso…

He aquí la siesta. ¿Qué relación puede existir entre ella y las hojas de este desventurado libro? El que pudiera muy bien servirte para gozar de esas horas de apacible descanso. Tal vez tu imaginación, vigilante por la lucha de la existencia, o agitada por esas contracciones del corazón demasiado vibrante ante las leyes del dolor, se muestre rebelde y no acepte ese don del cielo, el reposo, en el cual, con amantísimo abrazo, se estrecha el espíritu libre y eterno y el cuervo esclavo y mortal… En una palabra, tal vez el sueño no acuda pronto y sumiso a refrescar con las blancas y leves plumas de sus alas el ardiente fuego de tu corazón: fijo tu pensamiento, recelosa tu voluntad, no te apartarán un punto de aquello que, a modo de martillo, golpea con incesante afán en tu cerebro, y en tanto que tus músculos impacientes por la forzada actividad se agitan violentos; en tanto que tu alma gime a través de su estrechísima prisión, mandando nerviosos espasmos a tus miembros; en tanto que la vida te reclama imperiosamente el reposo, y arguye en su favor, entornando tus ojos, entumeciendo tus manos, y acaso extraviando tu razón, tú, en la pasión sumido, y a ella aferrado, te alejas del benéfico sueño, y dejas pasar las horas de calma, en que todo duerme y todo se regocija en el descanso, sin dar paz a tu espíritu, ni fuerzas a tu cuerpo.

Coge entonces mi libro; ajeno a todo aquello que pudiera fijar tu atención; lleno de ideas indeterminadas, confusas, vagas, dudosas, y como el caos, hundidas entre la sombra y la luz, mi libro puede ser a tu espíritu el dulce beleño que Morfeo derramaba en los templos del paganismo. Sin hacerte pensar ni sentir, y con la fuera bastante para llevarte muy lejos de la realidad, desconsoladora imagen del insomnio, él adormecerá tu imaginación, cerrará tus ojos, apagará el fuego de tu mente, y, al fin, te dejará gozar del inefable placer de la siesta.

Sin unidad de tiempo ni de acción, sin carácter, ni originalidad, ni estilo, estas hojas, que pudieran muy bien pasar como escritas con tinta de adormideras, te ofrecen una colección de artículos, formados siempre como las pompas del jabón, para el recreo de un solo instante; si han durado más tiempo del marcado por su destino, culpa es de parientes y de amigos, que los guardaron cuidadosos bajo la presión de una debilidad disculpable; si hoy te los ofrezco con todos los honores del libro, sálveme de tu enojo la intención que me mueve, y piensa que, al procurar adormecerte, te hice un favor, porque ¡cuántas veces se aleja la tristeza de nuestro lado mientras se duerme la siesta!...

Rosario de Acuña de Laiglesia

1882

 

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Pensamientos

 

 

El ciego no ve el sol, pero le siente; procura que sea la virtud el sol de tu vida.

 

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Cuando una hoja de un árbol cae marchita, el primer gusano que pasa a su lado hace en ella su nido; cuida que tu corazón no se marchite nunca.

 

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La primera espina que se clava en el alma penetra hasta el último pliegue; la segunda hace brotar un torrente de sangre; la tercera cicatriza las dos heridas.

 

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El crítico se parece a una ciruela pasa; por fuera lustroso, por dentro agrio.

 

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Cuando somos jóvenes ambicionamos la vejez; cuando viejos envidiamos la juventud. ¡Dichoso el que muere sin ser viejo ni joven!

 


Son una parte de los «Pensamientos» publicados en La Mesa Revuelta, el 7-9-1875

 

 

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Desde el nido del águila

 

Nube sombría que cruzas las ásperas vertientes de la montaña, tus cendales sirven de grada para llegar hasta mi nido; el rayo que se desgaja de tu seno, le veo surgir debajo de mi planta; el resplandor de tus relámpagos, el eco del trueno que brama en tus entrañas, brota por bajo de los cándalos de mi albergue; a donde yo vivo nunca llegan entoldados los esplendores del sol; yo le veo siempre rielando como lámpara de fuego en los campos azules del infinito espacio.

Para mí solo se encienden los grandes luminares de la noche, perdidos muchas veces para esos pobres seres que se arrastran en el áspero suelo de la tierra.

El rocío que envuelve los valles en húmedo ropaje brota de los vapores que me sirven de alfombra; ante mis ojos cruzan los que se llaman reyes de la naturaleza, encorvados bajo la pesadumbre de sus entorpecidos miembros, mientras las plumas de mis potentes alas baten el aire de los cielos, tejiéndome, con invisibles hilos, el trono que me sostiene en lo infinito eterno.

Mis ojos no se nublan nunca ante los fulgores de la luz, y mi pupila abarca los horizontes más extensos, sin que el cansancio la rinda ni la inmensidad la entorpezca.

Yo veo la tierra descender en suave curvatura por ambos lados del horizonte, recortada como bólido inmenso en las soledades del éter, y veo el contorno del mar ceñir, dibujándolas, con su cordón de espumas, las rocas y las arenas de las costas.

Yo veo los extendidos bosques vacilar al impulso del aura, formando ondas movibles con las copas de sus frondosos árboles, y veo las gigantescas cordilleras con sus abismos, sus cascadas, sus valles, sus mesetas, sus basaltos y sus selvas en apiñadas moles extenderse ante mis ojos como levantado festón en medio de extensa llanura.

Yo veo el velo de las tinieblas de la noche, tendido sobre la superficie de la tierra, envolviéndola en sus espesas sombras como en doble sudario, en tanto que los destellos del astro del día fulguran con sus rojos cambiantes sobre las negras plumas de mis alas.

Yo veo a los hombres en frágil cáscara de madera cruzar con paso lento las solitarias llanuras del mar; y mientras ellos, en compacto grupo, apenas si logran salvar las crestas de las olas, yo, con poderoso avance, cruzo la inmensidad del océano sin otro compañero que el aire, ni más esfuerzo que el de mis plumas.

Yo, desde la ennegrecida y empinada roca donde asenté mi nido, contemplo los abismos con la mirada más tranquila; y yo, al cruzar el espacio, elijo desde sus alturas la presa que me corresponde, siendo vanos cuantos esfuerzos haga por huirme, pues como el rayo de la nube, como el huracán de los desiertos, como la tromba de los mares, caigo sobre mi víctima, sin que jamás abata el vuelo sobre la tierra, pues con mis poderosas garras, afianzando mi botín, levántome a mi reino para cruzarlo entonando  el cántico sagrado de la victoria…

Así desde su nido dice el águila; ella, en efecto, vive en las inmensidades del cielo, y nunca se comunica con la tierra más que para elegir en el festín de la vida la parte que le destinó la naturaleza.

Todos la ven surgir en los azules espacios; algunos exclamarán al contemplarla:

«¡Quién fuese águila»

 

8 mayo 1881

 

 

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¡Reflexionando!...

 

Y sin embargo, el sol para todos sale de igual manera; las brisas murmuran para todos la misma canturia; los días se suceden con invariable regularidad; nuestro planeta ofrece los mismos dones al venturosos que al desdichado… ¿Dónde está, pues, la razón del desequilibrio? ¿Por qué causa el llanto y la pena? ¿Por qué motivo, al lado del bullicio, de la alegría, de la muchedumbre, se advierte la tristeza, el silencio, la soledad?...

¿Va en nosotros mismos ese desconcierto, tan ajeno a la belleza, o estamos dentro de él por designios supremos?... ¿Será la muerte en la naturaleza lo que es en nosotros el dolor?... ¡Imposible! La muerte no existe, solo es transformación; el átomo en su externo movimiento cambia de lugar, pero jamás se aniquila en la nada; el latido que a través de las sienes marca nuestra sangre, lleva el mismo glóbulo rojo que más tarde circulará por el tronco del árbol, llevado por su abundante savia; la vida viaja eternamente y sin cansancio a través de nuestro universo: por lo tanto, la muerte no es el dolor… el dolor es ajeno a las leyes de la vida; el dolor es nuestro; de nuestra especie solamente… ¿Pero se trata del dolor físico, o del dolor moral? ¿Se trata de esa perturbación del organismo que arranca el ¡ay! desgarrador de nuestros nervios conmovidos, o de esa congoja del alma que no se traduce jamás ni en grito ni en palabra, pero que corroe, como lava ardiente, nuestra inteligencia, amengua nuestra voluntad, ofusca la razón y trasforma el espíritu de la vida en asquerosos nido de ruines y miserables pensamientos?... ¿Cuál dolor de los dos es el ajeno a la ley de la armonía, el que se presenta como un horroroso sarcasmo de nuestra existencia?...¡Ah! ¡Puede ser que sean los dos!

Dios… he aquí la primera palabra que el ignorante pronuncia cuando la monstruosidad se le presenta; todo lo que es dolor aparece fenómeno en la ley de la eterna belleza, y el necio exclama al verlo: solo Dios lo sabe; es decir, arroja como fardo enojoso la culpa que le pesa, hacia el que Todo es perfección y Todo es bondad… ¡Pobre ignorante!

Cuando vemos delante de nosotros uno de esos seres raquíticos, contrahechos, llenos de todas las tristezas posibles, físicamente hablando, después de un movimiento de repulsión, la primera idea que brota de nuestro cerebro es culpar a la Divinidad de tal desventura: ¿Por qué lo permite Dios? ¿Por qué (se pudiera decir a quien así pregunta), por qué ese afán de mezclar a Dios en todo cuanto nos rodea?¿Le es imposible al hombre vivir, pensar, moverse, sin hacer de su existencia a esa incógnita soberanía que dio, o de la cual dimanan, leyes eternas, inmutables, por las cuales debiera regirse el hombre, pues para cumplirlas tiene libre la voluntad y la conciencia, sin profanar jamás al Gran Legislador con sus pretenciosas interrogaciones o sus blasfemas sentencias? ¡Oh! ¡Qué pobre idea de Dios tienen los que siempre le mezclan a los actos del existir!

Yace en un pobre lecho un niño ciego, destinado irremisiblemente a comer el duro pan de la limosna; pues Dios tiene la culpa, que lo consiente. Muere entre agudísimos dolores el mancebo destinado por sus condiciones excepcionales a realizar grandes hechos; pues solamente Dios es el responsable de tal desventura. Agoniza entre angustias de dolor y de amargura la hermosa joven a quien la vida y el amor esperaban en los altares del desposorio; pues a Dios se le debe culpar de tan triste desgracia. Por todas partes por donde se encuentre el dolor, se ve como asociado inseparable a esa Divinidad tan acomodaticia a las desventuras de los mortales; cuando más favor se le hace es cuando, merced a su recuerdo, se torna en triste resignación el desesperado furor. ¡Siempre fuera de sus leyes! ¡Siempre rebeldes a nuestro destino terrenal!... En medio de esa resignación, acarreada al suponerle causante de nuestro dolor, hay una protesta rencorosa hacia Él: Sea lo que Dios quiera, se dice cuando el hecho está ya consumado. Será por nuestro bien, exclamamos, mientras una amargura infinita inunda nuestro corazón… Y siempre, ¡siempre Dios empequeñecido a nuestro lado!, ¡hecho a nuestra imagen por nosotros mismos!, ¡gozándose con nuestros dolores, recreándose con nuestras tristezas, regulando con una minuciosidad degradante los actos más leves de nuestra vida!...¡Pobre Dios nuestro, que no de la creación, pobre Dios imaginado por nosotros mismos; por nosotros mismos colocado como los antiguos penates en el umbral de nuestra morada! A ser tangible, ¡cómo se reiría de la mísera humanidad! ¡Con qué desprecio miraría a ese microscópico ser llamado hombre, cuyo egoísmo reconcentrado le hace creer que su personalidad es el prototipo de Dios, y que todo lo que de sí mismo deriva o a él converge es el sumo de la omnipotencia!...

No. Dios, el único poseedor del bien absoluto, de la absoluta belleza, no puede ser fuente de nuestros dolores; en cuanto a consentirlos, en cuanto a dejar, a permitir que se realicen, ¿cómo suponerle en la inmensidad de su grandeza entretenido en tan nimias ocupaciones? Códigos ha dado a los orbes; leyes al universo: por ellas deben regirse los hombres; en no acatarlas, en no cumplirlas están nuestros dolores, no en la sabiduría impenetrable de Dios; no profanemos el nombre excelso del Autor de los mundos infinitos, de la múltiple creación, de la fulgente luz de los cielos; no le hagamos responsable de nuestras miserias, de nuestras pequeñeces; separemos de su nombre el dolor, y aun en medio de los más penetrantes, jamás elevemos el pensamiento a su omnipotencia sino para bendecirla, como el centro de todas las venturas inmortales, como el santuario de todos los tesoros divinos…

He aquí la necesidad de conocer el dolor; he aquí por qué es menester desentrañar del código de la naturaleza las causas de esas perturbaciones anormales que rodean la existencia del hombre… Es menester reconquistar la verdad de los antros donde la ha sumido el error; no puede haber idolatría entre los que se llaman creyentes, y mientras los creyentes profanen el excelso nombre de Dios serán empedernidos idólatras… ¿Cuál es, pues, la causa del dolor, la causa de todos los dolores, de todas las deformidades, de toda la fealdad manifiesta en los quejidos del organismo enfermo y en las tribulaciones del alma acongojada? ¿De qué fuente brota esa ponzoñosa linfa que envenena nuestra sangra y empobrece nuestro espíritu? ¿Por qué, en vez de ser el dolor el regulador de las fuerzas vivas, es el verdadero azote de la humanidad? Suprimir el dolor en absoluto, ya sabemos que es imposible; sería como intentar poseer la verdad absoluta o el absoluto bien; ambos deseos precipitaron a Satanás de los cielos y al primer hombre del Paraíso; pero si bien no se puede lograr ese estado de pureza, que es patrimonio exclusivo de la Divinidad, en cambio, ¡qué diferencia entre sentir el dolor como agente de la dicha, es decir, como preciso contraste para la manifestación de la belleza, a sentirle como pesadumbre insoportable, como poderoso tirano de nuestra existencia, que de tal manera pesa el presente sobre la humanidad! ¿Cuál es la causa del dolor? No la busquemos fuera de nosotros mismos; en el torbellino de nuestras pasiones, cuyos frenos se rompieron al peso de la superstición, y bajo el poder de las tiranías; entre el rodar incansable de nuestros mal empleados y turbulentos días; en medio de las humanas sociedades, nombre bajo el cual se acumulan los odios, las vanidades y las lujurias, en los tiempos medidos por el hombre en eras y en siglos; entre las indómitas fierezas y torpes sensualismo del mancebo; al lado de las funestas ignorancias de la mujer; en medio de las egoístas desconfianzas del anciano; entre la precoz desenvoltura y pedante insolencia de la niñez; ¡solamente entre nosotros se debe buscar la causa del dolor!... Arrancando a la humanidad de ese círculo de ateísmo, superstición y sensualidad, en el cual gira con vertiginosa rapidez, se arrancaría de nuestras entrañas el hierro candente que lleva escrita en caracteres de fuego la palabra dolor, ante cuyas heridas tiembla el más osado y retrocede el más valiente.

La enfermedad; el ¡ay! quejumbroso del que sufre los espasmos de una perturbación física… ¡Desentrañad, y veréis en el complicado organismo del átomo legado por una ascendencia viciosa!... Anemia, tuberculosis… ¡herencia!, ¡herencia o adquisición recogida en un mundo anormal, mundo de granito y polvo, de luces que brillan como caricaturas al sol; mundo de emociones tan profundas como bastardas, en el cual todo es movimiento, agitación, olvido de sí mismo, extravío de los destinos humanos! ¡Mundo en el que sirve de aguijón la vanidad, de premio la adulación, de descanso el oro, y en el cual hasta el aire y la luz hacen circular por la sangre el polvo de la muerte!…[1] El ¡ay! del dolor es la consecuencia del ¡ay! del placer prostituido… El salvaje en su gruta, el hombre civilizado en su palacio, gimen bajo el peso de su mismo extravío; el mal engendra el mal; el árbol corroído da unos frutos llenos de podredumbre; ¡y la semilla fue lozana y fresca!, pero la carcoma lo invadió todo; ¡el terreno está esquilmado, empobrecido, hollado torpemente por cien generaciones viciadas!... ¡El remedio! ¡Ah!, ¡cuánto tiempo pasará antes de la regeneración humana!... ¿Cómo ha de remediarse lo que se acepta cual de superior voluntad? He aquí otra vez a Dios representando la rémora del engrandecimiento humano… Sentido el dolor, acatado el dolor como designio providencial, no hay para qué buscarle el remedio; conformidad, resignación, mutismo; es decir, quietud, silencio, reposo… ¡y la vida es movimientos, transición y armonía!!!... ¡Nos rebelamos a Dios, puesto que cumplimos malamente sus leyes, y no nos rebelamos ante el dolor que nos invade, que nos domina, que nos destruye lentamente!... ¡Rebeldía en contra del dolor!, ¡luchemos para aniquilarlo antes de que nos aniquile! ¡Busquemos remedio para esas infancias pálidas, frías, de sangre empobrecida, de raquitismo doloroso; remedio para esos seres, condenados desde la cuna a sobrellevar el peso de todos los infortunios; fórmese el hombre como debe ser, conforme fue creado por la ley de la naturaleza, cuyo Rey poderoso es el Eterno, en quien no puede jamás caber el principio del mal, y al cual, ni remotamente, se debe acudir en tribulaciones por nosotros mismos acarreadas!... Bajo principios fijos e inmutables se rige la corriente de la vida, jamás turbada por dolor alguno; que no es dolor la transformación llamada muerte.

En cuanto a los dolores del alma, ¡ah!, mejor dicho, en cuanto a los de la imaginación, ¿dónde están sino en nosotros mismos? ¿No es una rebeldía contra la naturaleza esas congojas del pensamiento, al cual jamás le deberían turbar otras emociones que el presentimiento de Dios, el deseo de poseer la inmortalidad, el ansioso afán de conocer los misterios de lo eterno, o el sublime regocijo ante la contemplación de nuestro mundo? ¿De dónde se derivan esas tristezas en que se sumerge el alma cuando al choque de un dolor puramente moral se pierde la noción del tiempo y se olvidan los actos de la voluntad? ¿De dónde brota esa amargura infinita que parece como que desgarra todos los resortes de nuestro ser, anonadándolo y confundiéndolo en un océano de sombra terrorífica? De las pasiones; ¡sola y únicamente de las pasiones!, de aquellos desencantos atraídos por la fragilidad de la imaginación; de aquel apego egoísta, pretencioso, lleno de soberbia, hacia todos los bienes y venturas por nosotros mismos creados; de aquellos ofuscamientos de la razón, en los cuales se enseñorean los sentidos, que en vez de ser mediadores sumisos entre el mundo exterior y nuestra conciencia, se tornan en intransigentes soberanos de nuestra voluntad, de nuestro entendimiento; de esas caídas funestas desde el mundo de las idealidades perniciosas a la severa y reposada mansión del racionalismo, es de donde surge el dolor del espíritu, herido y maltratado impíamente por el desbordamiento de nuestras pasiones…¡No; no hay dolor moral, como no hay dolor físico en el medio relativo de la existencia; la lucha por ella no es el dolor, es el engrandecimiento!

¿Podrá ser el dolor esa dulcísima pena, ese melancólico y perenne recuerdo hacia los que fueron? No; no lo es para el creyente, y solo el creyente puede subsistir en el orden moral de la vida; el que no cree es el verdadero paria de la naturaleza… No hay dolor en la tierna memoria de los que reposan en la eternidad; ese inefable sentimiento del alma es acaso el que más se aproxima al regocijo inmortal ofrecido a los sanos de corazón…

¡Pero el remedio!, ¡el remedio a toda esta humanidad doliente que se revuelve en impetuosa orgía, procurando ahogar sus febriles emociones entre los mentirosos abrazos de mundanales placeres! ¡El remedio para esas generaciones que se ven en lontananza, extenuadas, rendidas al cansancio de una prematura y torpe juventud, arrastrando por los cenagosos caminos del vicio las más elevadas prerrogativas del espíritu!... ¡Suprimid el dolor que pesa, anonadándola, sobre la vida, sabios de la tierra! ¡Buscad con afán el remedio; el día en que la humanidad no sufra, estaremos más cerca de Dios! ¡Dejad el estudio de ciencias cabalísticas, olvidad los perecederos intereses de estados y de razas, y ved al hombre acongojado, sumido en un abismo de dolores y penas! ¡No dejarle a Dios el remedio de un daño que no hizo Él! ¡No hacer responsable a la naturaleza de aquello que rechaza enérgicamente, puesto que en su seno jamás existe el dolor sin redimirlo por la trasformación!...

¡El día en que la sonrisa del hombre feliz se repita en su descendencia, estarán realizado los fines de la humanidad!

 

Madrid 1882


[1] Sabido es que el aire viciado arrastra microscópicos cadáveres.

 

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Imagen de la portada del libro

 

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