Rosario de Acuña y Villanueva

Madrid, 1850- Gijón, 1923

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LA SIESTA

 

Madrid. Tipografía de G. Estrada. Doctor Fourquet, 7. 1882. Precio: 3 pesetas

 

ÍNDICE

 

 

Dedicatoria V
Preludio VII
La roca del suspiro Pág. 1
El mejor recuerdo Pág. 9
Fuerza y materia Pág. 19
Pipaon (Biografía) Pág. 25
Sobre la hoja de un árbol Pág. 33
Una peseta Pág. 41
Rafael Ducassi Pág. 47
El invierno Pág. 51
Pensamientos Pág. 59
El amor de la lumbre Pág. 63
A vista de araña Pág. 71
El camino de Torrero Pág. 79
El amigo Manso Pág. 87
Desde el nido del águila Pág. 93
Influencia de la vida del campo en la familia Pág. 97
Una corona marchita Pág. 119
Correspondencia de Andalucía Pág. 123
El lujo de los pueblos rurales Pág. 139
Una ramilletera en Venecia Pág. 165
La gota de agua y la estrella Pág. 169
Una lágrima Pág. 175
Reflexionando Pág. 179
La Tristeza Pág. 191
¡Pobres niños! Pág. 211
Los pájaros Pág. 233

 

 

Dedicatoria

 

Madre mía: sé que los libros malos y la literatura de pacotilla tienen el privilegio de sumirte en un profundo sueño; si con estas páginas que te ofrezco logro proporcionarte dulcísimo reposo en las calurosas tardes del estío, por muy satisfecho se quedará el ingenio de tu hija.

 

ROSARIO

 

1882

 

 

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Preludio

 

Pudiera muy bien suceder, lector o lectora, que al comprar este librejo, te imagines hallar en sus páginas otra cosa distinta de lo que en ellas verás; me apresuro a sacarte del error, fijando tu atención en el título que lo cobija. Eres español, o española, y alguna vez en tu vida habrás sentido esa dulcísimo soñolencia de las calurosas tardes del estío; tus entornados ojos, perezosos en el mirar y apagado fulgor, habrán ido vagando de objeto en objeto sin rumbo fijo ni voluntad determinada, y mientras el ardiente sol derramaba su lumbre sobre la tierra, tornando en ráfagas de fuego la brisa de la tarde, y el transparente azul de los cielos en blanquecino toldo de celajes; mientras la chicharra, contenta al sentirse envuelta en tan abrasado ambiente, dejaba oír su canto, y los pájaros, ahuecando su pluma y piando muy quedo, se balanceaban sobre las ramas donde tejieron sus nidos, tú, sin conciencia exacta de tu ser, habrás sumido el audaz pensamiento en la región misteriosa de los sueños, y allá, en el fondo de la imaginación, se habrán levantado risueñas perspectivas, siempre frescas y amenas, siempre rodeadas de los suavísimos colores de las tardes de otoño, siempre bañadas por los tibios rayos de un sol benigno, y siempre sirviendo de marco a escenas tiernas y tranquilas, que los sueños del estío, como hijos que son de ardientes efluvios, suelen recrearse pintando reposadas horas y delicados paisajes…

¡Momento delicioso del alma!... Allá en el exterior, en el mundo de lo sensible, la naturaleza, agostada por los esfuerzos de su época primaveral, adormecida bajo el astro flamígero con todo el cansancio de la madre amorosa cuyo seno, exhausto por el peso del tiempo, dio el alimento a numerosa prole, y más cerca, en el fondo del ser, en el santuario de la inteligencia, en el recinto donde los pensamientos se alzan, denotando la divinidad de su origen, mil y mil idealidades mágicas, revestidas con todos los encantos imaginables, y haciendo de la tierra un vergel, de los hombres ángeles, de las pasiones privilegios de Dios, de la vida una senda de arenas de oro orlada por las flores del Paraíso…

He aquí la siesta. ¿Qué relación puede existir entre ella y las hojas de este desventurado libro? El que pudiera muy bien servirte para gozar de esas horas de apacible descanso. Tal vez tu imaginación, vigilante por la lucha de la existencia, o agitada por esas contracciones del corazón demasiado vibrante ante las leyes del dolor, se muestre rebelde y no acepte ese don del cielo, el reposo, en el cual, con amantísimo abrazo, se estrecha el espíritu libre y eterno y el cuervo esclavo y mortal… En una palabra, tal vez el sueño no acuda pronto y sumiso a refrescar con las blancas y leves plumas de sus alas el ardiente fuego de tu corazón: fijo tu pensamiento, recelosa tu voluntad, no te apartarán un punto de aquello que, a modo de martillo, golpea con incesante afán en tu cerebro, y en tanto que tus músculos impacientes por la forzada actividad se agitan violentos; en tanto que tu alma gime a través de su estrechísima prisión, mandando nerviosos espasmos a tus miembros; en tanto que la vida te reclama imperiosamente el reposo, y arguye en su favor, entornando tus ojos, entumeciendo tus manos, y acaso extraviando tu razón, tú, en la pasión sumido, y a ella aferrado, te alejas del benéfico sueño, y dejas pasar las horas de calma, en que todo duerme y todo se regocija en el descanso, sin dar paz a tu espíritu, ni fuerzas a tu cuerpo.

Coge entonces mi libro; ajeno a todo aquello que pudiera fijar tu atención; lleno de ideas indeterminadas, confusas, vagas, dudosas, y como el caos, hundidas entre la sombra y la luz, mi libro puede ser a tu espíritu el dulce beleño que Morfeo derramaba en los templos del paganismo. Sin hacerte pensar ni sentir, y con la fuera bastante para llevarte muy lejos de la realidad, desconsoladora imagen del insomnio, él adormecerá tu imaginación, cerrará tus ojos, apagará el fuego de tu mente, y, al fin, te dejará gozar del inefable placer de la siesta.

Sin unidad de tiempo ni de acción, sin carácter, ni originalidad, ni estilo, estas hojas, que pudieran muy bien pasar como escritas con tinta de adormideras, te ofrecen una colección de artículos, formados siempre como las pompas del jabón, para el recreo de un solo instante; si han durado más tiempo del marcado por su destino, culpa es de parientes y de amigos, que los guardaron cuidadosos bajo la presión de una debilidad disculpable; si hoy te los ofrezco con todos los honores del libro, sálveme de tu enojo la intención que me mueve, y piensa que, al procurar adormecerte, te hice un favor, porque ¡cuántas veces se aleja la tristeza de nuestro lado mientras se duerme la siesta!...

Rosario de Acuña de Laiglesia

1882

 

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Pensamientos

 

 

El ciego no ve el sol, pero le siente; procura que sea la virtud el sol de tu vida.

 

* * *

 

Cuando una hoja de un árbol cae marchita, el primer gusano que pasa a su lado hace en ella su nido; cuida que tu corazón no se marchite nunca.

 

* * *

 

La primera espina que se clava en el alma penetra hasta el último pliegue; la segunda hace brotar un torrente de sangre; la tercera cicatriza las dos heridas.

 

* * *

 

El crítico se parece a una ciruela pasa; por fuera lustroso, por dentro agrio.

 

* * *

 

Cuando somos jóvenes ambicionamos la vejez; cuando viejos envidiamos la juventud. ¡Dichoso el que muere sin ser viejo ni joven!

 


Son una parte de los «Pensamientos» publicados en La Mesa Revuelta, el 7-9-1875

 

 

 

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Desde el nido del águila

 

Nube sombría que cruzas las ásperas vertientes de la montaña, tus cendales sirven de grada para llegar hasta mi nido; el rayo que se desgaja de tu seno, le veo surgir debajo de mi planta; el resplandor de tus relámpagos, el eco del trueno que brama en tus entrañas, brota por bajo de los cándalos de mi albergue; a donde yo vivo nunca llegan entoldados los esplendores del sol; yo le veo siempre rielando como lámpara de fuego en los campos azules del infinito espacio.

Para mí solo se encienden los grandes luminares de la noche, perdidos muchas veces para esos pobres seres que se arrastran en el áspero suelo de la tierra.

El rocío que envuelve los valles en húmedo ropaje brota de los vapores que me sirven de alfombra; ante mis ojos cruzan los que se llaman reyes de la naturaleza, encorvados bajo la pesadumbre de sus entorpecidos miembros, mientras las plumas de mis potentes alas baten el aire de los cielos, tejiéndome, con invisibles hilos, el trono que me sostiene en lo infinito eterno.

Mis ojos no se nublan nunca ante los fulgores de la luz, y mi pupila abarca los horizontes más extensos, sin que el cansancio la rinda ni la inmensidad la entorpezca.

Yo veo la tierra descender en suave curvatura por ambos lados del horizonte, recortada como bólido inmenso en las soledades del éter, y veo el contorno del mar ceñir, dibujándolas, con su cordón de espumas, las rocas y las arenas de las costas.

Yo veo los extendidos bosques vacilar al impulso del aura, formando ondas movibles con las copas de sus frondosos árboles, y veo las gigantescas cordilleras con sus abismos, sus cascadas, sus valles, sus mesetas, sus basaltos y sus selvas en apiñadas moles extenderse ante mis ojos como levantado festón en medio de extensa llanura.

Yo veo el velo de las tinieblas de la noche, tendido sobre la superficie de la tierra, envolviéndola en sus espesas sombras como en doble sudario, en tanto que los destellos del astro del día fulguran con sus rojos cambiantes sobre las negras plumas de mis alas.

Yo veo a los hombres en frágil cáscara de madera cruzar con paso lento las solitarias llanuras del mar; y mientras ellos, en compacto grupo, apenas si logran salvar las crestas de las olas, yo, con poderoso avance, cruzo la inmensidad del océano sin otro compañero que el aire, ni más esfuerzo que el de mis plumas.

Yo, desde la ennegrecida y empinada roca donde asenté mi nido, contemplo los abismos con la mirada más tranquila; y yo, al cruzar el espacio, elijo desde sus alturas la presa que me corresponde, siendo vanos cuantos esfuerzos haga por huirme, pues como el rayo de la nube, como el huracán de los desiertos, como la tromba de los mares, caigo sobre mi víctima, sin que jamás abata el vuelo sobre la tierra, pues con mis poderosas garras, afianzando mi botín, levántome a mi reino para cruzarlo entonando  el cántico sagrado de la victoria…

Así desde su nido dice el águila; ella, en efecto, vive en las inmensidades del cielo, y nunca se comunica con la tierra más que para elegir en el festín de la vida la parte que le destinó la naturaleza.

Todos la ven surgir en los azules espacios; algunos exclamarán al contemplarla:

«¡Quién fuese águila»

 

8 mayo 1881

 

 

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¡Reflexionando!...

 

Y sin embargo, el sol para todos sale de igual manera; las brisas murmuran para todos la misma canturia; los días se suceden con invariable regularidad; nuestro planeta ofrece los mismos dones al venturosos que al desdichado… ¿Dónde está, pues, la razón del desequilibrio? ¿Por qué causa el llanto y la pena? ¿Por qué motivo, al lado del bullicio, de la alegría, de la muchedumbre, se advierte la tristeza, el silencio, la soledad?...

¿Va en nosotros mismos ese desconcierto, tan ajeno a la belleza, o estamos dentro de él por designios supremos?... ¿Será la muerte en la naturaleza lo que es en nosotros el dolor?... ¡Imposible! La muerte no existe, solo es transformación; el átomo en su externo movimiento cambia de lugar, pero jamás se aniquila en la nada; el latido que a través de las sienes marca nuestra sangre, lleva el mismo glóbulo rojo que más tarde circulará por el tronco del árbol, llevado por su abundante savia; la vida viaja eternamente y sin cansancio a través de nuestro universo: por lo tanto, la muerte no es el dolor… el dolor es ajeno a las leyes de la vida; el dolor es nuestro; de nuestra especie solamente… ¿Pero se trata del dolor físico, o del dolor moral? ¿Se trata de esa perturbación del organismo que arranca el ¡ay! desgarrador de nuestros nervios conmovidos, o de esa congoja del alma que no se traduce jamás ni en grito ni en palabra, pero que corroe, como lava ardiente, nuestra inteligencia, amengua nuestra voluntad, ofusca la razón y trasforma el espíritu de la vida en asquerosos nido de ruines y miserables pensamientos?... ¿Cuál dolor de los dos es el ajeno a la ley de la armonía, el que se presenta como un horroroso sarcasmo de nuestra existencia?...¡Ah! ¡Puede ser que sean los dos!

Dios… he aquí la primera palabra que el ignorante pronuncia cuando la monstruosidad se le presenta; todo lo que es dolor aparece fenómeno en la ley de la eterna belleza, y el necio exclama al verlo: solo Dios lo sabe; es decir, arroja como fardo enojoso la culpa que le pesa, hacia el que Todo es perfección y Todo es bondad… ¡Pobre ignorante!

Cuando vemos delante de nosotros uno de esos seres raquíticos, contrahechos, llenos de todas las tristezas posibles, físicamente hablando, después de un movimiento de repulsión, la primera idea que brota de nuestro cerebro es culpar a la Divinidad de tal desventura: ¿Por qué lo permite Dios? ¿Por qué (se pudiera decir a quien así pregunta), por qué ese afán de mezclar a Dios en todo cuanto nos rodea?¿Le es imposible al hombre vivir, pensar, moverse, sin hacer de su existencia a esa incógnita soberanía que dio, o de la cual dimanan, leyes eternas, inmutables, por las cuales debiera regirse el hombre, pues para cumplirlas tiene libre la voluntad y la conciencia, sin profanar jamás al Gran Legislador con sus pretenciosas interrogaciones o sus blasfemas sentencias? ¡Oh! ¡Qué pobre idea de Dios tienen los que siempre le mezclan a los actos del existir!

Yace en un pobre lecho un niño ciego, destinado irremisiblemente a comer el duro pan de la limosna; pues Dios tiene la culpa, que lo consiente. Muere entre agudísimos dolores el mancebo destinado por sus condiciones excepcionales a realizar grandes hechos; pues solamente Dios es el responsable de tal desventura. Agoniza entre angustias de dolor y de amargura la hermosa joven a quien la vida y el amor esperaban en los altares del desposorio; pues a Dios se le debe culpar de tan triste desgracia. Por todas partes por donde se encuentre el dolor, se ve como asociado inseparable a esa Divinidad tan acomodaticia a las desventuras de los mortales; cuando más favor se le hace es cuando, merced a su recuerdo, se torna en triste resignación el desesperado furor. ¡Siempre fuera de sus leyes! ¡Siempre rebeldes a nuestro destino terrenal!... En medio de esa resignación, acarreada al suponerle causante de nuestro dolor, hay una protesta rencorosa hacia Él: Sea lo que Dios quiera, se dice cuando el hecho está ya consumado. Será por nuestro bien, exclamamos, mientras una amargura infinita inunda nuestro corazón… Y siempre, ¡siempre Dios empequeñecido a nuestro lado!, ¡hecho a nuestra imagen por nosotros mismos!, ¡gozándose con nuestros dolores, recreándose con nuestras tristezas, regulando con una minuciosidad degradante los actos más leves de nuestra vida!...¡Pobre Dios nuestro, que no de la creación, pobre Dios imaginado por nosotros mismos; por nosotros mismos colocado como los antiguos penates en el umbral de nuestra morada! A ser tangible, ¡cómo se reiría de la mísera humanidad! ¡Con qué desprecio miraría a ese microscópico ser llamado hombre, cuyo egoísmo reconcentrado le hace creer que su personalidad es el prototipo de Dios, y que todo lo que de sí mismo deriva o a él converge es el sumo de la omnipotencia!...

No. Dios, el único poseedor del bien absoluto, de la absoluta belleza, no puede ser fuente de nuestros dolores; en cuanto a consentirlos, en cuanto a dejar, a permitir que se realicen, ¿cómo suponerle en la inmensidad de su grandeza entretenido en tan nimias ocupaciones? Códigos ha dado a los orbes; leyes al universo: por ellas deben regirse los hombres; en no acatarlas, en no cumplirlas están nuestros dolores, no en la sabiduría impenetrable de Dios; no profanemos el nombre excelso del Autor de los mundos infinitos, de la múltiple creación, de la fulgente luz de los cielos; no le hagamos responsable de nuestras miserias, de nuestras pequeñeces; separemos de su nombre el dolor, y aun en medio de los más penetrantes, jamás elevemos el pensamiento a su omnipotencia sino para bendecirla, como el centro de todas las venturas inmortales, como el santuario de todos los tesoros divinos…

He aquí la necesidad de conocer el dolor; he aquí por qué es menester desentrañar del código de la naturaleza las causas de esas perturbaciones anormales que rodean la existencia del hombre… Es menester reconquistar la verdad de los antros donde la ha sumido el error; no puede haber idolatría entre los que se llaman creyentes, y mientras los creyentes profanen el excelso nombre de Dios serán empedernidos idólatras… ¿Cuál es, pues, la causa del dolor, la causa de todos los dolores, de todas las deformidades, de toda la fealdad manifiesta en los quejidos del organismo enfermo y en las tribulaciones del alma acongojada? ¿De qué fuente brota esa ponzoñosa linfa que envenena nuestra sangra y empobrece nuestro espíritu? ¿Por qué, en vez de ser el dolor el regulador de las fuerzas vivas, es el verdadero azote de la humanidad? Suprimir el dolor en absoluto, ya sabemos que es imposible; sería como intentar poseer la verdad absoluta o el absoluto bien; ambos deseos precipitaron a Satanás de los cielos y al primer hombre del Paraíso; pero si bien no se puede lograr ese estado de pureza, que es patrimonio exclusivo de la Divinidad, en cambio, ¡qué diferencia entre sentir el dolor como agente de la dicha, es decir, como preciso contraste para la manifestación de la belleza, a sentirle como pesadumbre insoportable, como poderoso tirano de nuestra existencia, que de tal manera pesa el presente sobre la humanidad! ¿Cuál es la causa del dolor? No la busquemos fuera de nosotros mismos; en el torbellino de nuestras pasiones, cuyos frenos se rompieron al peso de la superstición, y bajo el poder de las tiranías; entre el rodar incansable de nuestros mal empleados y turbulentos días; en medio de las humanas sociedades, nombre bajo el cual se acumulan los odios, las vanidades y las lujurias, en los tiempos medidos por el hombre en eras y en siglos; entre las indómitas fierezas y torpes sensualismo del mancebo; al lado de las funestas ignorancias de la mujer; en medio de las egoístas desconfianzas del anciano; entre la precoz desenvoltura y pedante insolencia de la niñez; ¡solamente entre nosotros se debe buscar la causa del dolor!... Arrancando a la humanidad de ese círculo de ateísmo, superstición y sensualidad, en el cual gira con vertiginosa rapidez, se arrancaría de nuestras entrañas el hierro candente que lleva escrita en caracteres de fuego la palabra dolor, ante cuyas heridas tiembla el más osado y retrocede el más valiente.

La enfermedad; el ¡ay! quejumbroso del que sufre los espasmos de una perturbación física… ¡Desentrañad, y veréis en el complicado organismo del átomo legado por una ascendencia viciosa!... Anemia, tuberculosis… ¡herencia!, ¡herencia o adquisición recogida en un mundo anormal, mundo de granito y polvo, de luces que brillan como caricaturas al sol; mundo de emociones tan profundas como bastardas, en el cual todo es movimiento, agitación, olvido de sí mismo, extravío de los destinos humanos! ¡Mundo en el que sirve de aguijón la vanidad, de premio la adulación, de descanso el oro, y en el cual hasta el aire y la luz hacen circular por la sangre el polvo de la muerte!…[1] El ¡ay! del dolor es la consecuencia del ¡ay! del placer prostituido… El salvaje en su gruta, el hombre civilizado en su palacio, gimen bajo el peso de su mismo extravío; el mal engendra el mal; el árbol corroído da unos frutos llenos de podredumbre; ¡y la semilla fue lozana y fresca!, pero la carcoma lo invadió todo; ¡el terreno está esquilmado, empobrecido, hollado torpemente por cien generaciones viciadas!... ¡El remedio! ¡Ah!, ¡cuánto tiempo pasará antes de la regeneración humana!... ¿Cómo ha de remediarse lo que se acepta cual de superior voluntad? He aquí otra vez a Dios representando la rémora del engrandecimiento humano… Sentido el dolor, acatado el dolor como designio providencial, no hay para qué buscarle el remedio; conformidad, resignación, mutismo; es decir, quietud, silencio, reposo… ¡y la vida es movimientos, transición y armonía!!!... ¡Nos rebelamos a Dios, puesto que cumplimos malamente sus leyes, y no nos rebelamos ante el dolor que nos invade, que nos domina, que nos destruye lentamente!... ¡Rebeldía en contra del dolor!, ¡luchemos para aniquilarlo antes de que nos aniquile! ¡Busquemos remedio para esas infancias pálidas, frías, de sangre empobrecida, de raquitismo doloroso; remedio para esos seres, condenados desde la cuna a sobrellevar el peso de todos los infortunios; fórmese el hombre como debe ser, conforme fue creado por la ley de la naturaleza, cuyo Rey poderoso es el Eterno, en quien no puede jamás caber el principio del mal, y al cual, ni remotamente, se debe acudir en tribulaciones por nosotros mismos acarreadas!... Bajo principios fijos e inmutables se rige la corriente de la vida, jamás turbada por dolor alguno; que no es dolor la transformación llamada muerte.

En cuanto a los dolores del alma, ¡ah!, mejor dicho, en cuanto a los de la imaginación, ¿dónde están sino en nosotros mismos? ¿No es una rebeldía contra la naturaleza esas congojas del pensamiento, al cual jamás le deberían turbar otras emociones que el presentimiento de Dios, el deseo de poseer la inmortalidad, el ansioso afán de conocer los misterios de lo eterno, o el sublime regocijo ante la contemplación de nuestro mundo? ¿De dónde se derivan esas tristezas en que se sumerge el alma cuando al choque de un dolor puramente moral se pierde la noción del tiempo y se olvidan los actos de la voluntad? ¿De dónde brota esa amargura infinita que parece como que desgarra todos los resortes de nuestro ser, anonadándolo y confundiéndolo en un océano de sombra terrorífica? De las pasiones; ¡sola y únicamente de las pasiones!, de aquellos desencantos atraídos por la fragilidad de la imaginación; de aquel apego egoísta, pretencioso, lleno de soberbia, hacia todos los bienes y venturas por nosotros mismos creados; de aquellos ofuscamientos de la razón, en los cuales se enseñorean los sentidos, que en vez de ser mediadores sumisos entre el mundo exterior y nuestra conciencia, se tornan en intransigentes soberanos de nuestra voluntad, de nuestro entendimiento; de esas caídas funestas desde el mundo de las idealidades perniciosas a la severa y reposada mansión del racionalismo, es de donde surge el dolor del espíritu, herido y maltratado impíamente por el desbordamiento de nuestras pasiones…¡No; no hay dolor moral, como no hay dolor físico en el medio relativo de la existencia; la lucha por ella no es el dolor, es el engrandecimiento!

¿Podrá ser el dolor esa dulcísima pena, ese melancólico y perenne recuerdo hacia los que fueron? No; no lo es para el creyente, y solo el creyente puede subsistir en el orden moral de la vida; el que no cree es el verdadero paria de la naturaleza… No hay dolor en la tierna memoria de los que reposan en la eternidad; ese inefable sentimiento del alma es acaso el que más se aproxima al regocijo inmortal ofrecido a los sanos de corazón…

¡Pero el remedio!, ¡el remedio a toda esta humanidad doliente que se revuelve en impetuosa orgía, procurando ahogar sus febriles emociones entre los mentirosos abrazos de mundanales placeres! ¡El remedio para esas generaciones que se ven en lontananza, extenuadas, rendidas al cansancio de una prematura y torpe juventud, arrastrando por los cenagosos caminos del vicio las más elevadas prerrogativas del espíritu!... ¡Suprimid el dolor que pesa, anonadándola, sobre la vida, sabios de la tierra! ¡Buscad con afán el remedio; el día en que la humanidad no sufra, estaremos más cerca de Dios! ¡Dejad el estudio de ciencias cabalísticas, olvidad los perecederos intereses de estados y de razas, y ved al hombre acongojado, sumido en un abismo de dolores y penas! ¡No dejarle a Dios el remedio de un daño que no hizo Él! ¡No hacer responsable a la naturaleza de aquello que rechaza enérgicamente, puesto que en su seno jamás existe el dolor sin redimirlo por la trasformación!...

¡El día en que la sonrisa del hombre feliz se repita en su descendencia, estarán realizado los fines de la humanidad!

 

Madrid 1882


[1] Sabido es que el aire viciado arrastra microscópicos cadáveres.

 

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Los pájaros

 

Alas, alas...

(El pájaro)

MICHELET

 

A la memoria de Michelet

 

¡Sabio ilustre; inspiradísimo poeta; hijo amante de Dios, que te recreabas en medio de la naturaleza como su más ferviente sacerdote: a tu memoria dedico estos sencillos pensamientos! ¡Ojalá que tu religiosa alma pueda percibir en la eternidad el amante anhelo con que la saludo desde la sublime y augusta soledad de los

 

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En los alrededores de un pueblecito cercano a la corte hay una humilde casa rodeada de frondosa arboleda; muy blanca, muy aislada de toda vecindad, una alta cerca de piedra la rodea cerrándola a indiscretas miradas; sencilla y pequeña, ufana con no ser choza, y avergonzada de que la llamen casa, es la imagen del rincón escondido a las impetuosas pasiones de la humanidad, observatorio desde el cual puede contemplarse la inmensidad del cielo, la belleza de la creación.

¡Qué exceso de galante condescendencia, qué error tan grande cometió el que ha creído que halagaba a sus dueños ausentes pintándola como un dechado de elegancia, de lujo, de buen tono, teniendo que hacerlo para aumentar poética y delicadamente su realidad sencilla y modesta. En gracia a la intención puede disculparse lo exagerado de su amabilidad.[1]

El recinto de esta casita, paraíso ignorado aun de las argucias de Satanás, donde se esconde una felicidad tan triste como un otoño sin sol ni flores, está lleno de ese ambiente que presta la limpieza y el orden; sus paredes son blancas; en ellas se refleja la luz a torrentes, bañándolo todo, penetrándolo todo con sus poderosos rayos y como haciéndolo rebosar en aureolas brillantes: por todas partes luz, mucha luz; por todas partes el cielo con su azul transparente henchido de promesas, sus espléndidos astros irradiando esperanzas, o sus tempestuosas nubes mostrando la imagen de las turbulencias de la pasión… Parece un nido de juncos blancos tejido en la llanura inmensa de un desierto: en ella se encierra para los huéspedes lo necesario, para sus dueños lo estrictamente preciso, y esto ¡es tan poco!... ¡Lujo! ¡Elegancia!... ¡Pobre albergue mío; jamás creíste ver profanada tu silenciosa y humilde soledad! Tus muebles todos ofreciendo el reposo, pero no a molicie, ¡qué poco hablan de buen tono, de suntuosidades ni de pretensiones!, y en cambio, ¡qué elocuentes son para demostrar la paz, el olvido, el silencio, la calma de la vida con todos sus presentimientos de la eternidad esperada! Todo cuanto en ella se encierra está de tal manera ordenado, que señala bien claramente lo transitorio de la existencia humana; apeadero del espíritu es la tierra; el hogar de los hombres debe ofrecerse como retiro tranquilo donde la vida repose de su fatigosa peregrinación, y no como una fastuosa cámara donde los sentidos nos deleiten, se embriaguen, se entorpezcan y se prostituyan…

¡Casita blanca, donde mi existencia se reconcentra en Dios, no seas nunca almacén de fútiles vanidades, ni depósito de soberbias impías; conserva pura y limpia la atmósfera que te rodea; lleguen siempre a tus últimos rincones los destellos espléndidos del sol, y como asilo santo del alma, como refugio inexpugnable de la conciencia, defiende nuestro existir de los ataques de la impiedad, hipócritamente vestida con el disfraz de la religión; que no te manche nunca ni la lujuria ni la pereza, salvándonos cual tabernáculo sagrado de los cierzos contagiosos en que se revuelve impotente la sociedad!... ¡Que al pasar sobre tu pobre techo el espíritu del mal no arroje en tu recinto la semilla funesta de las vergonzosas pasiones!...

Hasta el presente sus encantos son las purísimas brisas de los cielos, el diamantino rielar de los astros, las ráfagas purpúreas de la aurora, los efluvios regeneradores del árbol y la planta, el cariñoso murmullo del agua al saltar en rápida corriente sobre el reguero de la profunda alberca; los claros rayos del astro de la luz quebrándose en iris fulgurante sobre los verdes nogales y las perfumadas acacias; y el canto alegre, el piar bullicioso, la algazara continua de los pájaros… ¡Los pájaros!... He aquí las riquísimas joyas de esta casita blanca; los árboles que la rodean apenas bastan a sostener los nidos de estos privilegiados de la naturaleza; en las más frondosas ramas se ven bullir con inquietud constante, y las verdes hojas, húmedas de rocío, sacuden su diamantino ropaje al lucir de la aurora, agitadas por el aletear revoltoso de sus múltiples huéspedes…

¡Daros muerte! ¿Quién lo intenta en el seguro de mi morada, si sois en ella el reflejo viviente de la purísima alegría del cielo! Cuando el fulgurar de la luz pinta en ondas de nácar los límites de oriente, entoldando el cenit con ráfagas de púrpura y amontonando los azules celajes de la noche sobre el indeterminado ocaso, oigo a través del sueño el rumor de gotas de agua cayendo sobre láminas de oro; mis ojos aun cerrados no pueden darse razón del existir, y ya percibo, gracias a vuestro tímidos y breve piar, las oleadas de la vida al despertar del mundo; en vaga somnolencia, sin darme cuenta de que ya el nuevo día anuncia a las indomables pasiones del corazón un periodo de lucha, de incertidumbre y de cansancio, siento el primer suspiro que la naturaleza manda a los cielos, y cuando se abren mis ojos a la luz y mi inteligencia al pensamiento, ya levantó mi alma su himno de gracias al Creador, herida suavemente en sus misteriosas delicadezas por los dulces gorjeos con que saludáis la venida del sol. Por vosotros y con vosotros alejo de mi frente la sombra del sueño; y cuando ya la luz irradia a torrentes en la atmósfera terrenal, bebiendo con mis ojos sus olas de fuego y aspirando con fuerza la brisa penetrante del amanecer, en religiosa calma atiendo a vuestros himnos, y entre sus notas mando mi ruego por la paz de la vida, por el reposo de la conciencia.

¡Cómo no amaros, cantores favoritos de la creación, cuando moduláis con vuestro débil pico esos acentos penetrantes de regocijo! Mirando al sol, después de haberos alisado la pluma, limpiándola minuciosamente y acomodándola con bruscas sacudidas a vuestro frágil cuerpo; aseguradas vuestras patitas en el movible rama a impulso de las auras se mecen en continuo vaivén; recorriendo con vuestros ojillos vivarachos la inmensidad del espacio, e inclinando con gracioso mohín la pequeña cabeza, empiezan a brotar de vuestro pecho trinos y gorjeos, píos delicadísimos, variaciones infinitas, frases de amor a la vida, de gratitud al sol, de entusiasmo hacia la libertad… Entonces, al contemplaros de este modo, todos los gérmenes del mal anexos a la vida desaparecen de la conciencia, porque representáis la naturaleza pura, sin mancha, creyente por el amor, amante por gratitud, libre por origen, eterna por ley divina, sagrada por revelación suprema… Entonces, al escucharos, al veros débiles, desheredados, perseguidos, y tal vez (¡infelices mortales!) profundamente odiados, y sin embargo alegres, amantes, confiados, desprevenidos, religiosos, entusiastas de la vida y de la libertad; al veros extender vuestras alas tan frágiles y quebradizas entre las toscas manos de los hombres, y tan poderosas, tan firmes en las inmensidades imponentes del cielo, entonces el creyente os mira con respeto, os saluda con veneración; su corazón palpita de amor hacia ese Todo invisible que el alma presiente en sus horas de éxtasis, y siguiendo con el pensamiento el rápido batir de vuestras alas, llega hasta el confín de la vida, hasta los límites del padecer, hasta la aurora de la inmortalidad…

«¡Alas!, ¡alas!», nos dicen los latidos del corazón; ¡como vosotros quiero cruzar las desconocidas eternidades; como vosotros quiero alejarme de estos horizontes terrenales; y así cual vosotros, de valle en valle, de colina en colina, de sierra en sierra, vais dominando la universalidad de la vida, asimismo yo quiero dominar, de universo en universo, la pluralidad de existencias!… ¡Como vosotros ansío poseer la soberanía del espacio; cual vosotros quisiera bañarme en ese océano etéreo donde la luz no encuentra sombra ni la inteligencia límite, y para ser cual vosotros rompería, si pudiera, la cárcel que me aprisiona, dando por cada oleada de mi sangre un paso más hacia el imperio de Dios!... ¡Pobre corazón que grita por tener alas, en tanto que late aprisionado en las recónditas profundidades del organismo! Él vibra obediente ante los impulsos de la vida, ansía poseerla por una eternidad con las prerrogativas todas de su origen divino, y sin embargo, acongojado por el dolor, herido siempre por las humanas debilidades, cada minuto de su existir lo lleva al polvo de un sepulcro, cada movimiento de su acompasada marcha lo acerca al silencio inactivo de la muerte…

Huéspedes predilectos de mi pobre morada; jamás tuvisteis  asilo más seguro a vuestros amores, a vuestros placeres; también vosotros conocéis la gratitud, que no hay ninguna virtud divina que esté reñida ni con la libertad ni con la alegría; desde los árboles que pobláis en revoltosa algazara veis la migaja ofrecida en mi mesa, y tendiendo vuestras alitas pardas o negras, marcando vuestra tenue planta sobre la tierra, llegáis confiados a recoger el presente de mi cariño, llevándolo en el pico hasta el frondoso ramaje donde catáis al suculento festín… ¡Quién os amará tanto! Los dorados racimos de las parras, el fruto del acerolo, de la frambuesa, de la higuera y del fresal, todo, todo desaparece de mi huerto sin que logre probarlo; ladronzuelos os llaman todos los míos por esa continua devastación; ¡bien haya ese fruto que os da el alimento, que os sustenta alegres y confiados, que os hace entonar continuadas y dulces serenatas, con las cuales dais vida y movimiento a mi solitaria mansión, colores y notas a la atmósfera que respira, esperanzas inmortales al corazón, paz a mi alma, revelaciones a mi inteligencia! ¿Qué importa que esos frutos regalados desaparezcan, sin adornar, acaso cual necia vanidad, los centros de mi mesa, si por la privación de un gusto innecesario poseo en cambio vuestro amor y vuestra confianza? No temáis: ninguna primavera, ningún estío se cogerá de mi campo las frutas que tanto apetecéis; bajad por ellas, incansables viajeros del espacio, llevádselas a vuestros pequeñuelos, que pían con ansia clamando por su ración; el escaso precio que alcanzan en los mercados de la tierra se cambia en caudalosa renta cuando las aprovecháis vosotros, pobladores del cielo; así que el invierno las arroje secas y mustias del árbol o la planta, no huyáis aterrados de la mansión donde tejéis vuestros nidos; no temáis que el hambre os arroje de ella; seguid cantando, que tendréis todos los días servida vuestra mesa… Al saludar con vosotros la vuelta de la luz, cuidaré de ofreceros la semilla que tanto os gusta, y los rubios y menudos granos de trigo, al bordar sobre la nieve mil dorados regueros, os brindarán la misma alegría, el mismo movimiento que en las ardientes horas del estío. Anchas tejas se ven sobre mi casa donde abrigaros de esas crudas heladas que aduermen la naturaleza entre las sombras de la muerte; recogeos en sus huecos sin temores ni zozobras, así estaréis más cerca de mí; sacudid vuestra pluma, formad con ella un edredón suave y caliente en torno a vuestro cuerpo, recoged vuestra cabecita al par que vuestras alas, tornando el pico al regazo para que vuestro aliento cálido y tenue no se pierda en las ondas del crudo cierzo, y dormid con tranquilo sosiego en esas noches largas, frías y tenebrosas del invierno.

¡Ojalá nunca se alejen de mi lado esas ráfagas vivientes de armonía y de movimiento!... Acaso el ignorante vulgo vea con pena o rabia el pueblo de avecillas que sostengo en mi albergue, como si el oro afiligranado, las maderas preciosas, los escogidos manjares que emplean los hombres para tenerlas aprisionadas, no fueran cien veces más costosos que el puñado de grano que les ofrezco, o las contadas frutas que ellos cogen. A nadie dañan; saben que su alimento está seguro y jamás merodean en los alrededores; acaso, en cambio, limpien los campos de dañinos insectos, siendo su cacería, providencial causa de la destrucción de sí mismos, que la naturaleza, sabia y admirablemente regida, nunca permite desequilibrio alguno; y mientras ellos, por instinto superior, marcan los límites a la existencia del insecto, el águila, el milano, el alcotán, los arrebatan en sus poderosas garras, suprimiendo a la vez el exceso de su fecundidad. Dejadlos realizar su misión y que se cumpla a la vez su destino; ni emboscadas traidoras para asesinarlos, ni cárceles doradas para oírlos y verlos; no… No temáis que os sujete en reducida prisión; tenéis alas; volad; el espacio es vuestro; la tierra os brinda sus frutos, sus bosques y sus prados, el sol su calor, las brisas sus misteriosas armonías, sus cristalinas aguas los arroyos, el cielo su diáfana belleza; sois libres, habéis nacido para la libertad; gozadla venturosos, hijos del aire y de la luz; aprisionaros es realizar un crimen en aras del egoísmo; cantad a la libertad, pues que en ella vivís y morís por ella; la muerte os persigue, os abruma con su poder, en tanto que la vida os honra con sus favores multiplicándoos con pasmosa rapidez; pero en medio de la vida, como al rendiros a la muerte, la libertad es vuestra siempre, su amor protege vuestro nido, alimenta vuestros pequeñuelos, inspira vuestros entusiasmos, os envuelve cariñosa en la atmósfera de la felicidad; ¡cantadla!, ¡festejadla al lucir de la aurora!, ¡despedidse de ella al desaparecer el sol! ¡Sed ante mis ojos la imagen pura de ese don celestial, por el cual sacrifican los hombres en los altares de la tierra, como si los tesoros divinos pudieran descender solamente por el mérito de los pobres mortales!...

¡La libertad!, ¡los pájaros!... ¡Para vosotros únicamente se descorrió una punta del velo que envuelve el santuario donde el Creador encierra la suprema riqueza de la vida, que es la libertad; vosotros solamente podéis llamarla amiga vuestra!

Cuando al caer la tarde de mi vida aparezcan ante mis enturbiados ojos las sombras de la muerte; cuando el bullicio del existir llegue como apagado rumor de retirada orgía a mis perezosos y torpes oídos; cuando los abismos de la eternidad se entreabran a mi alrededor, y a los indecisos recuerdos del pasado se unan las inexplicables esperanzas del porvenir; cuando ya no tenga ningún paso que dar en la senda de la humanidad, y mi espíritu silencioso y parado en los desconocidos umbrales del no ser, cambie por los ímpetus de la pasión la paz inalterable de la inmortalidad; cuando ya nada me detenga en los recintos de la tierra, y alcance el alma la perfecta posesión de sí misma, quiero saber que estáis cerca de mí, quiero veros atravesar el océano de la luz y del aire, como átomos brillantes de esperanzas y de promesas; quiero escuchar los arpegios de vuestra delicada voz, derramada en el espacio como la nota purísima de una armonía celeste; quiero percibir los ecos de vuestro piar de amantes y de libres; quiero saber que bajaréis desde vuestros árboles favoritos a recoger las migajas que os ofrecerán en nombre mío, y quiero que al despedirse el alma, con la postrera oleada de la vida, de mi cuerpo frío e inanimado, se despierte en mi pensamiento el último destello del amor que siempre tuve a la libertad, para que al penetrar mi espíritu en el reino del absoluto bien y de la suprema belleza, sienta como única aspiración de su vida eterna el deseo vehemente de tener alas, ¡alas!

 

Octubre de 1882

 


[1] Me refiero a una descripción que de nuestra casa hizo un periódico de esta capital. (Nota de la autora). En efecto, con motivo de la Feria de ganados que, gracias a las gestiones de Felipe de Acuña, se celebró por primera vez en Pinto coincidiendo con las fiestas patronales de la localidad, El Liberal realizó la siguiente descripción de la casa: «La hija de este último, la inspirada autora de Rienzi, posee en el término de Pinto y casi enfrente de otra que es propiedad de Pérez Escrich, una quinta, que así en su construcción, como en su mobiliario y en sus más insignificantes detalles rebela haberse hecho bajo la dirección de una artista refinada que a la vez tiene la refinada coquetería de la mujer de buen tono»

 

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Rosario de Acuña y Villanueva.

Una heterodoxa en la España del Concordato

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