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Rafael Ducassi

 

Si todas las obras del Creador merecen especialísima admiración, ¿a cuánta no serán acreedores aquellos que llevan el sello de su más alto poder y su más absoluta grandeza? Por esto al comenzar estas páginas biográficas rendimos el culto que se merece esa prerrogativa de la Divinidad que deposita en el átomo un rayo de luz y en la criatura un destello de omnipotencia.

Rafael Ducassi (y permítanos la modestia de la familia a que pertenece este portento, lanzar su nombre a la publicidad) es un niño que apenas ha salido del regazo materno, trece años cuenta y casi representa nueva, ¡tan retrasado se encuentra su desarrollo físico!

La historia de este niño es la historia de un quejido, nació enfermo, ha vivido enfermo, su vida es el dolor, así como su inteligencia es la luz: bajo el solícito cuidado de una amorosa madre, esta pobre planta de los vergeles de la tierra apenas si ha logrado entreabrir el más tenue de sus pétalos; su corazón, acaso demasiado grande para su pequeño cuerpo, es el vigilante de la terrible Parca colocado por la naturaleza en su organismo; por esta razón sus padres no quisieron dedicarle a ningún estudio, y excepto las primeras letras, ninguna luz escolástica ha iluminado la inteligencia de la criatura, pero no le hace falta gran ilustración, su alma ha traído de la patria del genio los destellos de la armonía.


Fragmento del artículo publicado en El Liberal

Apenas contaría seis años cuando un tosco violín, de esos que inventa la quincallería alemana, le fue regalado para su entretenimiento: tres cuerdas puestas en aquel tosco instrumento para todo menos para tocar, bastaron al genio para revelarse: Rafael Ducassi y su violín fueron una sola personalidad, y sentado delante de un espejo para ver en sus ojos el fuego de la inspiración, se pasó horas enteras creando armonías desconocidas, acordes ideales; el niño no sabía otra música que la llevaba en su alma y en vez de repetir creaba.

Esta disposición asombrosa indujo a sus padres, con permiso del médico, a proporcionarle al niño los primeros elementos de la música y, con efecto, once meses después hace que Rafael Ducassi empezó a conocer el pentagrama, y once meses hace que su pluma corre ligera sobre el papel copiando melodías sacadas a las sonoridades del piano donde estudia; porque a Rafael no le basta lanzar al viento los arranques de su inspiración, sino que necesita recogerlos y escribirlos, y he aquí una de las maravillosas condiciones de esta criatura; sin conocer apenas los tonos, sin dominar la ejecución, escribe valses, poleas, marchas, melodías y sonatas ¿Quién ha iniciado a este criatura en los misterios de la composición? ¡Cuán patente se muestra el inusitado poder del Creador!

¿Se honrará la España del porvenir con este hoy tierno niño donde se nos promete anidar el más poderoso genio?... ¡Quiéralo Dios! Una hábil dirección de sus especialísimas condiciones para la composición, un entendido régimen higiénico, que enlace las necesidades de su cuerpo con las de su espíritu, acaso logren desarrollar las alas de esa inteligencia hoy en reposo entre las nieblas de la infancia y las congojas del dolor, mañana atrevida y dispuesta a cruzar las serenas regiones del arte.

Breves palabras para terminar: Rafael Ducassi ha tenido el gusto de oír hace pocos días un pasodoble que en Zaragoza (de donde es natural el niño) ha ejecutado la música del regimiento de Galicia; el autor de esta composición era el expresado Rafael; ¡cuántos y cuántos hombres pasan su vida estudiando los misterios de la armonía sin que una sola nota brote de su alma!... Sin embargo, de este acontecimiento a que un niño de sus años, criado en las soledades del hogar, hubiera envanecido, Rafael Ducassi sigue siendo tan niño como antes de ser autor público y en esto se reconoce el verdadero genio que alberga su alma.

Viéndole, nada induce a creer lo que guarda aquella naturaleza privilegiada; su cabeza ciertamente es arrogante y no exenta de belleza, el óvalo de su cara es perfecto, y su sonrisa expresiva y audaz su mirada, mas en esto solo se puede ver a un niño despejado y de imaginación; pero que se coloque delante del piano; sorprende cuando, inclinado sobre el ingrato mueble, quiere arrancar de su seno la nota que ha vibrado en su cerebro, que entonces se le vea y su figura se agiganta, su semblante se ilumina, su cuerpo tiembla; con la fiebre de la inspiración sus ojos negros se tornan brillantes, con reflejos fosforescentes; se dilatan las finas ventanas de su nariz, y sus labios se contraen con una expresión desdeñosa, atrevida, elocuente, que impone al contemplarla y conmueve al comprenderla; sus manitas, que apenas alcanzan a la octava, buscan trémulas algo que responda a las armonías de la imaginación, y con febril agilidad hacen brotar del piano acordes, escalas y trinos, que van sacando del caos de la nada una pieza musical adivinada por el genio; en estos momentos el niño-músico es una representación del hombre-artista, y no es posible al verle poseído de la divina ciencia, ocultar la admiración que causa ni la admiración que despierta.

Rafael Ducassi lleva en su frente la diadema de la inspiración; ¡ojalá que algún día, para honra del arte logre ceñirse el laurel de la gloria!

 

El Liberal, Madrid, 10-4-1881

 


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