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La Tristeza

 

Hace muchos años que en una aldea pobre y miserable de las montañas cantábricas sucedió lo que voy a contar; misteriosos signos de un antiguo pergamino, traducidos por un viejecito del lugar, me hicieron conocer el suceso, que, si no en aquella aldea, puede colocarse en cualquiera otra parte pues para el caso es igual; de este modo dice la crónica:

«Acababa la gente del lugar de cerrar con una alegre danza las fiestas de la vendimia, cuando repararon en una mujer forastera en el pueblo, cuyo aspecto miserable y abatido contrastaba con el alegre conjunto del vecindario. Alta, escuálida, medio cubierta de andrajos, de edad indefinible y ojos penetrantes, atraía las miradas de todos los aldeanos, que poco a poco, y volviéndose de cuando en cuando para mirarla, fueron desfilando por entre el laberinto de sus pobres chozas. Quedose solamente en la plaza el tío Roque, viejo marrullero dado a cuentas de brujas y a trasnochadas leyendas; muy amigo de todas las mozas del pueblo por su buen humor, franca alegría y estrambóticos consejos, y vividor incansable sobre los bienes del prójimo, pues de todas partes sacaba ración; bien es verdad que su edad y muchos achaques que le agobiaban, le impedían todo trabajo, al que allá en sus mocedades dicen que le tenía gran afición. Acercase lentamente el acabado anciano a la forastera, que estaba sentada bajo la sombra de un hermoso roble, y cuando ya le quedaba poco para llegar la saludó humildemente quitándose el raído e informe casquete que le cubría malamente los cuatro mechones de lino que brotaban de su cabeza; contestó la interpelada con una sonrisa indefinible, y sin esperar la pregunta que ya se veía brotar de los labios del tío Roque, le dijo:

–Usted, buen viejo, como tal y como bachiller del lugar, podrá darme razón de lo que busco, que para encontrarlo hice un viaje más largo que todo lo que pudiera imaginar el más avisado pueblo. Es el caso que yo soy de un país donde no se ve otra luz que la de un fuego vivo y consumidor, en el que tenemos por rey un poderoso señor, al cual le sirven millones de vasallos, y cuyos tesoros, aunque le cause asombro el oírlo, no se cuentan por monedas ni por oro, plata o piedras preciosas, sino por hombres y mujeres; es decir, es tanto más rico cuanto mayor número de súbditos tiene. Hace ya algunos años que, por orden especial de este soberano mío a quien es forzosos acatar, salí a recorrer la tierra con encargo de reclutar gente para el servicio de mi señor, el cual es por naturaleza ambicioso, y como su fortuna la cuenta por criaturas, quiere ver de aumentarla a todo trance, hoy he llegado a este lugarejo, después de enviarle la última remesa de voluntarios de otros pueblos del mundo, y quiero informarme por usted de aquellos vecinos de la localidad que estén mejor dispuestos a emprender el viaje; empiece pues, la relación de los que moran en el pueblo, y cuente con no engañarme, porque donde me ve, puedo mucho, y aunque usted, pobre viejo, tullido, mísero y sin amparo, poco se le puede importar el daño que le haga, no creo que sea tan necio que por negarme un pequeño favor se exponga a mí cólera.

Callose la mujer, y se quedó el tío Roque con un palmo de boca abierta al oír aquello del país donde no había más luz que la del fuego, lo de que hacía años andaba por la tierra reclutando gente, y las demás razones y noticias asombrosas y fuera de lo natural que acababa de contarle la forastera; pero como el tío Roque, además de viejo, pobre y abandonado, era curioso, entrometido y perspicaz, venciese como pudo, y más por oír nuevas explicaciones que por dar las que se le pedían, entabló con la demandante un dialogo parecido.

–¿Y como demonios he de saber yo quién de los del lugar está dispuesto a seguir a usted a ese reino tan maravilloso?

–Dígame solamente qué familias hay en la aldea, de lo que se ocupan, del modo que viven, y con esto ya veré yo quién esta mejor dispuesto a seguirme.

–Pues en cuanto a familias, solo hay ocho o diez, que la aldea, como ve usted, es bien pequeña; y en cuanto a ocupaciones, casi todas ellas se ocupan del laboreo de cuatro terrones robados a la maleza y al bosque de estas ásperas montañas; en apacentar algunos ganados y en divertirse grandemente cuando la recolección de la castaña o de la uva.

–Todo eso está muy bien; pero entre todas esas familias las habrá con más o menos apego al trabajo, con mayor o menor riqueza y con otras infinitas condiciones que necesito saber para mis fines.

–Pues no señora, está usted equivocada; casi todos los de la aldea derivan de un mismo tronco, es decir, son hijos de unos mismos padres, y casi todos son trabajadores y pobres por igualdad de partes.

Casi todos, ha dicho usted, buen hombre, pues luego es señal de que no lo son todos.

Rascase el tío Roque sus dos orejas, como dando a conocer que se había dejado pillar por sus habladurías, pero un si no es temeroso, y con algo del malestar que sentía desde que entabló su conversación con la extraña huéspeda, se apresuró a dar razón de su descuido.

–Casi todos dije, porque en efecto, no todos los del pueblo tienen la mismísima igualdad de condición ni de costumbres; la familia del sacristán, pongo por caso, desde que estuvo en la ciudad más principal de estas comarcas, que por cierto dicen que es una maravilla, se volvieron huraños, estirados y presumidos hasta el punto de que ni la sacristana ni su hija volvieron a recoger leña para el hogar en el monte vecino, si se las ha vuelto a encontrar en el pedacillo de tierra que tienen, ni alayando ni cortando los helechos; llaman ordinarias a las demás del pueblo porque tienen las manos ásperas y callosas, y en cuanto al sacristán, ha tomado a jornal un muchachuelo porque llama oficio degradante a tirar de la cuerda de la campana.

–Vamos, ¿ve usted, buen hombre, cómo no todos los de la aldea comulgan en los mismos altares?

–Pero aunque algo perezosos y ensoberbecidos los sacristanes, no crea usted que son mala gente, nada de eso: temerosos de Dios y de sus leyes, hacen limosna de cuando en cuando; a mí mismo me suelen dar alguna que otra sobra de su mesa, y nadie tiene que decir de ellos una palabra, porque en último caso, si no labran las tierras, ni cuidan de sus heredades, ni hacen las faenas propias de su estado y condición, para ellos será el mal, que no para nadie, y porque no les hará falta será por lo que no trabajen.

–Y dígame, aquel altísimo castillo que sobre aquella roca se asienta, ¿de quién es?

–¡Ah, buena mujer! ¡Dios la libre de acudir por aquellos lugares! Ese castillo es de un poderoso conde que pasa gran parte del año en la ciudad, y que solo viene aquí a continuar su vida de placeres y maldades.

–Cuente, cuénteme, buen hombre, lo que del castellano se dice.

–Pues ya lo he dicho; es un señor, casado con altísima dama, padre de tres hermanos donceles, todos ellos émulos del autor de sus días en lo turbulentos y desalmados, se entiende para con sus vasallos y servidores, pues a lo que parece, los condes son fieles súbditos de su rey y pagan con religiosidad sus tributos y mesnadas; la condesa tiene mejor condición que su marido, pero ambos son los tiranos de nuestros lugares y jamás, nunca, se les ha visto hacer una caridad ni remediar un daño, que siempre suele ser causado por ellos.

–¿De modo que sus ocupaciones son únicamente divertirse?

–Justo; en eso mismo pasan el tiempo que permanecen en su castillo.

–¿Pero al menos será una familia sabia, entendida en las ciencias que no están al alcance de los míseros villanos? ¿Al menos con sus luces y entendimiento ilustrarán al que se acerque a consultarlos, y darán ejemplo en la comarca de grandes conocimientos?

–¡Ja…ja!... –contestó el tío Roque al oír la relación de la forastera– ¡Conocimientos, sabiduría! ¿Qué han de entender ellos, buena mujer, si no saben descifrar un pergamino antiguo ni moderno, ni tampoco se cuidaron nunca de aprender? Tienen gente asalariada para que les cure sus enfermedades, para que les adivine sus destinos, para que les cante romances y trovas, para que les descifre jeroglíficos y órdenes de su soberano, y no tienen más sabiduría ni conocen otra cosa, aparte de sus telas, adornos y armaduras, que las guaridas de los osos, los abrevaderos de los lobos y los peñascos donde anidan las gaviotas y reposan las becadas y los patos silvestres. Los condes y sus hijos no se ocupan de otra cosa que en ir a la guerra, divertirse o imponer gabelas a sus vasallos y feudos.

–Es decir, que se parecen a la familia del sacristán; los unos pobres y miserables, los otros ricos y poderosos, han convertido sus hogares en centros de pereza, de vanidad y de soberbia.

–Poco más o menos, así viene a suceder.

–Vaya, pues ya sé que cuento en la aldea con algunos voluntarios para el reino de mi señor.

–Pero dígame, y perdone mi curiosidad, ¿Cómo demonios se compone usted para arrebatar a esas gentes de sus lugares, de sus costumbres, de entre los suyos, en una palabra, y trasportarlos a esa maravillosa nación de que nunca he oído hablar, y eso que soy muy viejo y he preguntado mucho en el mundo?

–¿Y quién le ha dicho a usted que yo arrebato a la gente y  la trasporto como robada? Los que me siguen, repito que es voluntariamente; yo les hablo, les expongo mis razones, teniendo cuidado antes de informarme, como ahora lo hice, de su condición y estado; les arguyo con eficacísimos argumentos, y siempre, convencidos por mis hábiles conclusiones, se entregan completamente a mi señor, inscribiéndose en sus imborrables registros… Con que ya que en este lugar me ha caído que hacer, quede en paz el buen viejo, y antes de que me vaya nos volveremos a ver, aunque será desde lejos, porque desde hoy, cuantos me hablen de cerca, o de cerca me miren, corren el riesgo de seguirme y no quiero, a quien tan bien me ha informado, pagarle malamente.

Con esto se levantó la extraordinaria interlocutora del tío Roque, y arrebujándose en sus desgarrados vestidos, tomó la senda que conducía al castillo, sin duda para comenzar su obra por los que, más obligados a ser ejemplares, eran el peor ejemplo de la comarca.

Fuese el tío Roque a su choza haciéndose cruces de lo que había oído, y algo temeroso de que aquella mujer fuese más bien espíritu que criatura humana, y por no dar que reír a los del pueblo, que acaso le supondrían ya chocheando si les contaba lo sucedido, se calló como un muerto, y a nadie dijo una palabra de su encuentro ni habló con nadie de la forastera.

Pasaron algunos días, y comenzó a verse en el castillo un movimiento desusado; caballos y peones, armados completamente; pajes y escuderos y demás gentes de armas de la casa del conde, comenzaron a desfilar, en aparato y son de guerra, por el camino que conducía a la ciudad, cerrando la comitiva el mismo conde con sus tres hijos, donceles llenos de vigor y de juventud, armados todos con soberbias cotas, empavonadas rodelas y dorados cascos, y cubiertos los briosos corceles de gualdrapas de tisú y arneses de hierro; viose entonces a la condesa, desde la torre más alta del castillo, hacer señales de despedida a su esposo e hijos, rodeada de sus guardias, pajes y maestresalas, dando a la vez órdenes al alcalde para levantar los puentes, abrir las compuertas de los fosos, izar en la torre del homenaje la bandera señorial, y nombrar la guardia diurna y nocturna de la fortaleza, con lo cual se veía claramente, que si el conde marchaba en son de guerra, en pie de defensa quedaba la condesa.

He aquí lo que había sucedido. Pintados con exactitud por el tío Roque los dueños del castillo, apenas existían más que para la vida de la orgía y del placer, siendo ésta la causa de que sus pingües rentas y soberbios dominios fueran consumidos con increíble rapidez; llegó un día, poco más o menos correspondiente a la fecha en que la misteriosa mujer llegó al lugar, en el cual, después de un banquete suntuoso, donde juglares, adivinos y trovadores habían agotado su saber en honor de sus comensales, sin causa conocida cayeron los condes en una profunda melancolía, comentando tristemente la orden dimanada del soberano mandándoles disponer quinientos peones para una próxima guerra, siendo tal su preocupación que les hizo suspender la brillante fiesta. Retirados a su aposento, y uno enfrente del otro, empezaron a quejarse de los exhausto de sus arcas y de la exigencia de su rey; poco a poco, por derivación lógica, la soberbia se aposentó en aquellos seres, roídos ya por la tristeza, y sobre todo la envidia, esa tristeza del bien ajeno, que tritura lentamente el corazón y envenena la existencia, se fue enseñoreando de los condes hasta el punto que aquella misma noche determinaron, no solamente negar al soberano el tributo de sus huestes, sino alzarse en contra suya e ir a retarle a su misma ciudad, para lo cual hasta se enajenarían las preseas y joyas de la condesa; y dicho y hecho: de allí a pocos días salió el conde y sus hijos, alzados en rebelión, a sorprender al confiado soberano, ínterin quedaba el castillo en disposición de resistir un largo asedio. Placeres, fiestas, lujo, ostentación, todo desapareció como el humo de la mansión señorial: y como la traición y la villanía no pueden dar paz ni sosiego, y además la tristeza, nacida del hastío de una vida inútil, malgastada y odiosa, les había mordido el alma, de aquí que sus semblantes pálidos y macilentos, los suspiros involuntarios que exhalaban, y el malestar en que se veían, les daban el aspecto, no de poderosos y temidos señores, sino de infelices y míseras criaturas. Perdida ya la única condición honrosa y respetable que poseían, que era la fidelidad hacia sus reyes, y arrojados al fondo de las últimas iniquidades por el influjo maldito de la tristeza, nada tiene de extraño que de allí a poco tiempo, pobres, errantes, perseguidos, vilipendiados por sus mismos vasallos a quienes el rey relevó de rendirles homenaje, y huyendo por entre breñas y matorrales de la justicia soberana, que había puesto precio a sus cabezas, sufrieron horrorosa muerte, pues el cadáver del conde se encontró medio devorado por los lobos; a la condesa helada sobre un ventisquero, y a sus tres hijos ahogados en las playas cantábricas, en cuyo mar zozobró la barca donde intentaron salvarse de los reales decretos. El castillo arrasado por orden soberana, y arrojados al mar escudo señorial, sus pedreros, municiones y mueblaje, fue desde entonces nidos de búhos y semilleros de consejas, y hasta el apellido ilustre de los condes se borró del libro de la heráldica.

Veamos ahora qué pasó de la familia del sacristán. Honrada y buena gente en otro tiempo, el haber querido disfrutar, sin discernimiento para ello, de placeres ajenos a su estado y condición, les hizo alejarse con impremeditada vanidad de aquellos trabajos y ocupaciones a que estaban acostumbrados, y aunque sin fortuna ni mucho menos, el sacristán, su mujer y su hija pasaban la vida a modo de señores, usando trajes impropios de su clase, engolfados en lecturas ajenas a su condición y a su inteligencia, y siempre soñando con grandes tesoros, carrozas, pajes, escuderos y demás servicios de los poderosos. Abandonadas sus heredades, vendidos sus ganados, malamente cumplidas sus obligaciones en la iglesia y con el padre capellán, podía decirse que no conservaban de sus antiguas cualidades más que el respeto a Dios y el cumplimiento de la caridad, pues hacían algunas limosnas, consolaban a los desgraciados y repartían entre los niños de los más pobres sus ropas de desecho. Así las cosas, hallábanse una noche, poco después del toque de ánimas, haciendo planes sobre lo porvenir, si la fortuna les favoreciera con algún tesoro, cuando el sacristán le dijo a su mujer que aquel día cumplía el último plazo de los dineros que pidió en la ciudad, tomados sobre muchas mensualidades de sus derechos de sacristía, y que de no darlos, el escándalo sería mayúsculo, porque el judío prestamista sería capaz de venir al pueblo a reclamar contra ellos; con esto y con pensar en lo bien que les vendría comprar las ruinas del recién demolido castillo, fundando sobre ellas los cimientos de una nueva grandeza, dieron en una profunda melancolía; acostase mustio y pensativo el sacristán, suspirando tristemente su mujer, y maldiciendo de la suerte que tal cuna le dio la doncella, hija de ambos; y acaso, por la primera vez, la tristeza se presentó en aquella morada, antes risueña y tranquila como el nido de un pájaro; en pos de aquella sombra de pena, de aquella congoja indefinible por el bien perdido y la dicha no encontrada, en pos de aquel hastío, de aquel horror de sí mismos que sentían al comparar su existencia presente con la del pasado, y con la vida de los demás habitantes del pueblo, confiados, alegres, libres de preocupaciones dañosas, y cuidadosos únicamente de su cotidiano trabajo, de sus campos, cosechas y ganados; al sentir el aguijón de la pena sin consuelo, como pena por sus pasiones acarreada, invadiendo en amargura profunda su atribulado espíritu, acudió a su lado la envidia, la soberbia, el orgullo bastardo de los malos pensamientos, y de escalón en escalón, sumidos por la tristeza en un caos de sombra y de dudas, dieron de lleno en los abismos más horrendos del mal; a fuerza de combinar los malos deseos y peores intenciones, cayo el sacristán en la cuenta de cómo podría salir de sus apuros y atender a sus necesidades siempre crecientes, a más de formarse, andando el tiempo, una gran fortuna.

Levantose muy de callada, cogió las llaves de la sacristía, y sin despertar a su mujer, que soñaba en voz alta como si diera órdenes a servidores suyos, se metió de rondón en la iglesia por la puertecilla que comunicaba con su morada; sin vacilar ni mucho menos, llegase a la sacristía, abrió con segura mano, y después de encendido un cabo de vela, el armario donde se guardaban las alhajas de la patrona del lugar, imagen muy venerada de príncipes y magnates, y cogiendo una de las riquísimas coronas que poseía, regalo de su más encumbrado devoto, hizo saltar con la punta del cuchillo uno de los diamantes que la adornaba; la retiró después a distancia regular, convenciéndose de que el brillo y abundancia de las piedras disimulaba el hueco de la robada, y cerrando el estante, apagando la luz y tornando a su casa, llamó a su mujer y a la moza, ordenándolas le hiciesen el hatillo, porque al amanecer contaba salir para la ciudad; así fue en efecto.

Al retorno de su viaje vació sobre la mesa un saco de oro, cuyo brillo deslumbró a su mujer, que a fuerza de preguntas, logró aquella noche descubrir la verdad del caso; vendido el diamante al mismo judío prestamista y pagada la deuda, volvió el sacristán a su hogar trayendo aquel oro y otro diamante de igual tamaño y brillo, pero de ordinario cristal, con ánimo de que fuera colocado en el sitio del verdadero. Esto había sucedido, y la mujer, al oír la relación, lejos de amonestar a su marido, llevándolo con sus consejos o súplicas hacia el buen camino, como veía entre sus manos el oro deslumbrante que tantos placeres le ofrecía, se conformó en un todo con lo realizado por el sacristán, pensando únicamente en colocar en sitio seguro aquel tesoro.

Por temor a que se adivinara su riqueza, desde aquel día no volvieron a dar una limosna ni hacer una caridad, amenguando el gasto de su casa y reduciéndose a un mediano vivir, si bien de vez en cuando pasaban algunos días en la ciudad, donde derrochaban grandemente, logrando cautivar la atención del vulgo con el lujo de sus trajes y el brillo de sus joyas. Pasó tiempo, y todas las piedras preciosas de la corona de la Virgen fueron una tras otra sustituidas por pedazos de vidrios; la última de ellas había sido ya vendida, cuando una noche llamaron al capellán para que ayudase a bien morir a un riquísimo pechero de una próxima granja o caserío; acudió el cura, acompañado del sacristán como era costumbre en tales casos, y después de preparado a morir el enfermo, le entregó al confesor un cofrecillo de hierro con el encargo de que así que muriera, todo cuanto en él se encontrase fuera para los pobres de la comarca, fundándose una casa de amparo donde los niños huérfanos y los ancianos desvalidos encontrasen refugio, educación y alimentos; cerráronse los ojos del moribundo a poco más de la media noche, y emprendieron el camino de la aldea el cura y el sacristán; no bien llegados, el cura, que tenía gran confianza en su acompañante, pues siempre había dado pruebas de intachable probidad y religiosos sentimientos, le entregó el cofrecillo para que lo colocase entre las joyas de la Virgen, con ánimo de cumplir la voluntad del muerto en el siguiente día. Llevó el sacristán el tesoro al conocido armario, esperó a que el capellán se recogiera y a que la iglesia volviese al reposo de la noche, y con las mismas mañas de siempre, bajó a la sacristía, abrió el cofrecillo, cuyo contenido conocía por haber escuchado solapadamente la confesión del pechero, y saber por lo tanto el secreto para abrir la caja, y a poco más se queda sin sentido al ver la abundancia de diamantes, perlas y rubíes que saltaban dentro de aquella arquita; gruesas barras de oro servían como de lecho a tal multitud de piedras preciosas, entre las que había una perla de un tamaño fabuloso; llenose el sacristán los bolsillos de aquellas riquezas, cogió cuatro o seis barras de oro, sin olvidar la perla más gruesa, y cuando apenas quedaba en el cofre la cuarta parte de lo que en un principio contenía, lo cerró cuidadosamente, y dejándolo todo en su lugar, se fue, loco de alegría, a contar la hazaña a su digna consorte.

Primero había sido ladrón sacrílego; después había despojado de su herencia a los pobres, robándolos miserablemente; sus creencias, su religiosidad, el santo temor de Dios que había conservado aun a través de sus más pervertidas costumbres, todo lo había olvidado completamente; y el amor al prójimo, la caridad hacia los desgraciados, hacia los niños y los ancianos, también la había desterrado de su corazón, y no solamente no la ejercía, sino que de igual modo que quitaba los diamantes a la corona de su patrona, a quien tanto amaba en otro tiempo, despojaba a los pobres de su limosna.

Precipitado en un abismo sin fondo, sin poseer ya ninguna virtud que le pudiera salvar en la hora de la justicia, lo que era de esperar sucedió. La gruesa perla robada a los tesoros del pechero fue conocida cuando quiso venderla; de averiguación en averiguación penetró la justicia en el misterio de su vida, y por si alguna duda quedaba de su culpabilidad, se disipó bien claramente el día de la fiesta de la aldea: al adornar a la Virgen como todos los años, fueron a colocar en su cabeza la corona de diamantes, y en el mismo instante en que se la ciñeron a la santa imagen, saltaron las piedras preciosas que la adornaban, quedando convertidas en negros carbones, y formando a las plantas de la Virgen, con sombríos caracteres, el nombre del sacristán. Todo se descubrió; entregado al brazo de la justicia, y convicto y confeso como sacrílego y ladrón, fue ahorcado en medio de la plaza de la aldea; desterrada su mujer, a poco tiempo murió de hambre y miseria debajo del roble donde los grajos se comieron el cadáver de su marido; y la hija de ambos, refugiada en la ciudad después de quedar huérfana, llegó a ser, gracias a su belleza y descaro, una de las más famosas cortesanas, muerta, después de una desvalida vejez, en las gradas de un templo donde pedía limosna.»

La leyenda, después de un largo espacio en blanco, continúa así:

«Al día siguiente de estos sucesos estaba el tío Roque pensando con terror en aquella forastera que hacía poco tiempo le pidió informes del conde y del sacristán, cuando oyó que le siseaban del vecino monte; volviose, y aunque a larga distancia, vio a su temida interlocutora envuelta en un amplio manto negro como la noche, pálido el semblante, brillantes los ojos con el fulgor de la calentura, largas y huesudas las manos, y plegada su boca con una mueca horrible de dolor y de ira, de donde brotaron estas palabras:

–Quede en paz el tío Roque; me voy a otro pueblo en busca de más gente para mi señor; de aquí ya le mandé todos los que estaban dispuestos a seguirme. Holgazanes, vanidosos y soberbios, vivían confiando solamente en su poder o en la suerte. Olvidados de las principales leyes de Dios, olvidados del amor a sus semejantes, fácilmente pude convencerles de que cambiasen de reino, tornándolos en impíos, traidores y villanos, sumiéndoles en el océano de los deseos imposibles, de las aspiraciones insensatas, y haciéndolos caer de lleno en los abismos del crimen y de la maldad; como te dije, voluntariamente se fueron al reino de mi señor, si bien yo fui quien, valida de sus debilidades y de su perversión moral, les incliné a que emprendieran el viaje; pero a tener más sano el entendimiento y menos endurecido el corazón, me hubieran resistido, y hoy no formarían en las huestes de nuestro soberano común.

–¿Pero me dirá al fin, mujer o espíritu, quién es, cuál es su rey, y dónde está su país?

–El infierno es mi reino; Satanás mi señor; ¡yo soy La Tristeza!...

Así dijo la aparición, y llenándose el aire de fragores y lamentos, se borró de la vista del tío Roque la imagen de aquella funesta mujer.

Desde entonces cuentan que es patrimonio de aquellos pobres aldeanos una alegría reposada, una paz inalterable, una satisfacción íntima y prolongada, como únicamente la pueden otorgar los deberes cumplidos, las acciones justas y el trabajo cotidiano del hombre honrado, cuyas felicidades y alegrías dimanan de su conciencia tranquila.»

Así hablaron los pergaminos que tradujo el viejecito de la aldea cantábrica… Como lo escuché, lo cuento.

1882

 

 

 


 

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Rosario de Acuña. Comentarios
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