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El amor de la lumbre

 

I

 

El sol se oculta entre las rojas brumas de una tarde de invierno; con su luz se va ese dulce calor que aviva nuestra sangre y desarruga las últimas hojas que aun se columpian en los desnudos árboles; dentro de pocos instantes la noche, y con la noche el hielo, envolverá en frío capuz de tinieblas y de escarchas esta tierra donde reposa la  muerte y lucha la vida… apresuremos el paso, que muy pronto el cierzo azotará, con sus agujas de nieve, nuestro aterido rostro. En la huerta todo es ya sombra; los negruzcos sarmientos de las parras se enroscan simulando gigantescas serpientes alrededor del invisible alambre; el cardo se columpia  como ramillete de espinas, destacando, con sus tintas grises, sobre la rizada acelga, que ante la vaga luz del crepúsculo parece un águila dormida sobre los húmedos surcos del huerto; las cañas entrelazadas para abrigar las plantas aun tiernas, gimen con áspero chirrido, y con sus hojas largas y secas figuran alineadas banderas hechas jirones en medio de encarnizada lucha; los gorriones buscan ansiosos el rincón que abandonaron al percibir la aurora, y en confusa gritería se ahuecan y recogen entre los ruinosos ladrillos de la tapia, o en algún agujero de un tronco carcomido; el vencejo sale de su escondite para rozar con sus plomizas alas el rostro del importuno que le espantó con su presencia, y allá, a lo lejos, la esquila del ganado, el estridente grito de la lechuza, y la melancólica canción de algún pobre que vuelve a su vivienda, anuncian a los sanos de corazón que es menester recogerse al amor de la lumbre.

 

II

 

Vengan los gruesos troncos del olivo, ese buen amigo del hombre que con la dulce savia de sus fibras da alimento, luz y calor; enciéndase la llama en la espaciosa chimenea y viéndola revoltear en azulados espirares, soñemos, puesto que para vivir es menester soñar.


Fragmento del texto publicado en El Liberal

He ahí la lumbre; una butaca ancha y cómoda, acaso vieja, pero siempre limpia, nos ofrece el descanso; nuestros ojos buscan el fuego, después recorren el estrecho recinto de la habitación: primero el agradecimiento al calor, después la satisfacción de poseer algo. Y sin embargo, nada miramos que nos anuncie otra cosa que una modesta dependencia; el humilde papel que viste las estrechas paredes campea sin adorno ninguno, sin que los esculturales trabajos de algún rico marco, que muchas veces suele servir de nido a las arañas, rompan la continuidad de las líneas. En las ventanas una blanca muselina quita de día la fuerza de los rayos del sol, y de noche desaparece entre las dobles hojas de los postigos. Un sencillo mueblaje rodea la estancia donde no hay más perfume que el aseo, ese capital cuya renta es la paz y la resignación…

El chisporreteo de la leña vuelve nuestros ojos hacia la llama; el alma se dilata de amor ante el dulce calor que nos ofrece; fuera el cierzo; como solamente se oye vibrar lejos de las ciudades. ¡Oh! ¡Con cuanto placer se escucha el gemido del viento al amor de la lumbre, placer desconocido para los habitantes hacinados en esas grandes colmenas humanas! ¡Dichoso el que vivió de su vida, y luego compara los bienes que disfrutó con la dicha que ofrece la Naturaleza…!

 

III

 

Las nueve acaban de dar en el vigilante reloj que anuncia el paso del tiempo sobre los resortes de la vida, vigilante cuyo tic tac semeja a la voz de un amigo querido cuando lo oímos en el silencio augusto de la Naturaleza, en la noche del campo tan distinta de la noche de la ciudad; allí, el reloj es un avisador de placeres o de negocios, en muchos casos un objeto de vanidad, pero jamás un tranquilo compañero de meditación… Son las nueve; la llama sube lamiendo con tornasoles rojos el negro cañón de la chimenea; el olivo se retuerce arrojando menudas chispas que se apagan a nuestros pies; el fiel perro, guardián de nuestra casa, saluda con hondo gruñido el tardo paso de algún carro que vuelve a la ciudad… ¡Las nueve!...¡La hora del placer para tantos que piensan vivir!... ¡Allí se ven algunos en un ancho salón; el encaje, el raso y el terciopelo envuelven con sus informes pliegues la escultural figura de la mujer, la de esos se pierde en una silueta negra que muchas veces no lo es tanto como su pensamiento!...¡Cuántas sonrisas!... ¡Cuántos brillantes!...¡Cuántos seres felices!... ¿Serán verdaderas todas las sonrisas?, ¿serán finas todas las piedras?, ¿no habrá ninguno triste entre tantos alegres?...

El fuego se aviva: grandes brasas se desprenden de los quemados troncos; todo el hogar es lumbre…¡Cuánta ceniza habrá después!... Allí hay otro salón; es grande, circular por tres de sus lados, es un teatro; también allí todo es placer… «¡El autor, el autor!», grita el público… ¿Será todo público?... Ya sale el autor entre los histriones, sobre los envidiosos… ¡Qué alegría se ve en su rostro! Para él no hay invierno; está en el paraíso; al verse un metro más alto que los demás hombres no duda de la inmortalidad, ni de su origen divino; se cree casi un Dios y se deja adorar… ¿Será verdad la adoración de las muchedumbres? ¿Aquellas sonrisas de satisfacción con que el público le saluda, no son la mueca de la envidia detrás de la máscara de la vanidad?... Tantas palmas como se agitan, ¿son de entusiastas por el arte, de amigos o de hipócritas?... Una espesa humareda envuelve los recios troncos del olivo; todo el hogar es humo negro, arremolinado, pronto volará a la serena región del cielo, perdiéndose en la inmensidad del espacio…

Allí, más lejos, se ve una velada sin pretensiones; una chimenea de carbón de piedra aparece como una reminiscencia del infierno de la Edad Media: el apretado grupo de brasas contenidas en el negro hornillo hablan al pensamiento de aquel averno donde, a fuego lento, se tostaban los maldicientes; en derredor de este hogar, hijo de una cultura sibarítica, hablan unas cuantas personas; ellas hacen labor y deshacen unas cuantas reputaciones; ellos suelen hacer el amor o la política, pero nunca hacen ni representan la verdadera sociedad humana… Ya no hay humo ninguno en el hogar; todos son tizones carbonizados… Mientras vuelve a reanimarse el apagado fuego, se ven surgir, allá en el negro fondo, otras escenas de las noches de invierno; el amor bate sus alas de mariposa sobre ellos, en el confuso tropel de un vals, detrás de la mullida baranda de una platea, en la vetusta reja de un palacio solariego, en la modesta trastienda del industrial o en la pobre cabaña del campesino, el amor siempre es el mismo niño ciego, confiado, travieso e imprudente; finge sueños de rosa que, poco a poco, pierden sus delicados tonos entre los pardos matices del desengaño; y ello, las parejas cantoras de ese dios en cuyas aras quema la humanidad sus galas primaverales, se dejan mecer al dulce arrullo de las ilusiones que presto se tornarán en la escéptica sonrisa del materialismo; ellos se aman, dejemos que se adornen con las fantásticas galas de la felicidad, que en breve tiempo arruga el soplo devastador de las realidades… El hogar se ha encendido; brilla luciendo en torbellinos de oro, arrastrando en sus flamantes ondas chispas de fuego… ¡Que pronto sus destellos luminosos serán negras pavesas que arrastrará con ímpetu el cierzo de la cruda noche!...

 

IV

 

Son las once; el lecho nos brinda al descanso; el mañana se acerca y es necesario que el día nos halle dispuestos al trabajo… ¡Cómo hiela! ¡Cómo brillan los astros de la noche! ¡Qué frío sentirán los pobres niños a quien la sociedad olvida sobre las frías losas de algún húmedo portal, donde una madre mercenaria les obligó a dormir para excitar la sistemática caridad del hombre! ¡Pobres ángeles de la tierra cuyas alas se manchan con el cieno de las pasiones antes de perder las blancas plumas de la inocencia! ¡Pobres niños… y pobres pájaros, esos otros ángeles cuyos trinos son los himnos que la Naturaleza canta al alma del mundo! ¡Qué terror sentirán al encontrarse ateridos en medio de la oscuridad! ¡Pobres pájaros y pobres niños en las noches de invierno! Descansemos; desde nuestro lecho podemos seguir viendo la lumbre; allí está. «Duerme, nos dice, mientras mis últimos destellos esparcen el calor en torno de tu cuerpo» Y la llama flamea en espirales rojas y blancas; y sube, sube, y allá, fuera, convertida en humo, seguirá subiendo hasta desparecer en tenue gasa a través de la cual temblarán ondulando las estrellas… Arriba el humo, el aire, la nada; abajo la ceniza, el polvo, la nada también… Entre ambas nadas, el sueño, la incertidumbre, la duda; la nada de la vida. ¡Todo es nada al amor de la lumbre!

 

 

 

 

Imagen de la portada del libro

 

¿Quién fue Rosario de Acuña?.

 

 

 

 

Rosario de Acuña. Comentarios
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