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Una corona marchita

 

El sol derramaba los últimos destellos de su luz entre las nubes rojas del Oriente. Era una tarde abrasadora como el aura que besa los desiertos del África: las azuladas cumbres del Moncayo se perdían entre los celajes de una atmósfera tibia, opaca, que envolvía en triples festones las solitarias florestas de los valles… Cruzando la humilde aldea, que temporalmente me servía de albergue, llegué distraída a una pequeña altura del terreno, desde la que se dominaba un gran panorama: nunca en mis paseos había llegado hasta allí, así es que al contemplar de pronto el paisaje, quedé un momento inmóvil, miré a lo lejos y solo al retirar mis ojos del último término del horizonte, dio mi vista con el modesto cementerio de la aldea. Nunca fui amiga de la muerte hasta que sentí el corazón envuelto en su frío sudario; forzosamente la tengo que acoger como compañera. Después de todo, ¿la muerte no es hermana de la vida? En su mansión se fijaron mis ojos largo rato: el montecillo en que me hallaba, dominaba aquel templo de la verdad: toda la soledad que me envolvía, ciñose en derredor de mi alma, e involuntariamente mi planta se encaminó hacia el estrecho recinto en donde reposaba la grandeza del hombre. Medio derruidas las tapias de aquel pórtico de la eternidad me dieron franca entrada, y entré, no sin volver los ojos para cerciorarme de que nadie podía verme. El humano corazón es tan débil, que teme ser demasiado bueno al dejarse arrastrar por sus instintos; el corazón sentía y tenía vergüenza de que le vieran su sentir. ¿Será solo el mío al que le suceda esto?

 

Fragmento de la publicación en La Mesa Revuelta

 

El cementerio, como todos los cercanos a establecimientos balnearios guardaba algunos restos, no diré más intactos, pero si más oprimidos, por el mármol que pesaba sobre ellos; bajo aquellas losas y aquellas cruces, algunas de ellas lujosas, dormían seres que, buscando la vida hallaron la muerte lejos de sus hogares… De pie, rodeada por aquellos testigos mudos, pero elocuentes, que demostraban a mi alma la mísera pequeñez del orgullo humano, apenas me daba cuenta del por qué mi vida no buscaba otra misión más grande que la de ser sepulcro de mi corazón.

Estas ideas que, rodando en mi cerebro con la insensata rapidez del torbellino, levantaban en tormentosa nube mis recuerdos, hicieron brotar de los profundos pliegues del alma dos lágrimas más abrasadoras que el fuego abrasador de aquella tarde: al velarse mis ojos con su lumbre, se fijaron sobre un objeto oscuro medio oculto por algunas ortigas holladas entre mis pies; bajeme y lo cogí; era una corona de siemprevivas, tan marchita, que apenas se conocía su forma. Una cinta, sin duda blanca en otro tiempo, medio arrollada sobre las mustias flores llevaba impresas algunas letras. Intenté leerlas; no era posible, porque el agua y el tiempo las habían borrado del tejido; sólo puede descifrar dos o tres sílabas, entre las cuales apenas se entendían estas palabras: recuerdo a mi… ¿La corona adornaba una tumba o había sido arrojada lejos de ella por una nueva ofrenda? Cerca de la corona había una cruz destrozada e inclinada sobre una multitud de plantas trepadoras: aquella corona pertenecía a la cruz: en uso de sus brazos estaba la señal de haberla sostenido. Reflexioné… la vida es un destello de la eternidad que ilumina nuestra inteligencia con fulgores divinos: ante aquella corona mustia, ajada, sin color y sin forma, ante aquel recuerdo perdido para siempre en el más profundo olvido, como se pierde un átomo de arena al caer en las ondas del mar, sentí renacer mi corazón como renace el capullo marchito por el sol al recoger los besos del rocío. En vez del hastío de la vida sentí renacer la esperanza de la muerte, y mientras mis ojos se levantaban hasta el azul del cielo, mi alma engrandecida habló a mi corazón «sé valiente», le dijo, «del polvo naciste y al polvo volverás, no arrastres la divinidad de mi esencia envolviéndola en la pequeñez de tus pasiones, tú, ni aún después de muerto serás nada, ni aún los recuerdos que te dediquen seres que un día quisiste se librarán del olvido eterno: yo, si no me oprimes, seré siempre digna de mi origen y soy inmortal por una inmensidad de siglos». Desde entonces mi corazón tranquilo cruza la vida sonriendo y deja que el alma libre de las vanas pasiones gire con rápido vuelo por el hermoso azul de lo infinito.

 

La Mesa Revuelta, Madrid, 30-7-1875

 

 

 

Imagen de la portada del libro

 

¿Quién fue Rosario de Acuña?.

 

 

 

 

Rosario de Acuña. Comentarios
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