Rosario de Acuña y Villanueva

Madrid, 1850- Gijón, 1923

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Su vida en Pinto: la metamorfosis

 

 

UNA CASA LEJOS DE LA CIUDAD: VILLA-NUEVA

A la vista de los acontecimientos, es probable que el retorno a la capital, primero, y la instalación en el campo, después, supusieran un último intento de la pareja por salvar una relación que, tras poco más de tres años de matrimonio, parece que está pasando por una profunda crisis.   De ahí el comentario que la escritora hizo tiempo después en el sentido de que no le importaba que «el hombre corriese al placer ciudadano» si era respetado su aislamiento campestre. De ahí también el traslado del militar, a finales de aquel año, a Alcalá la Real para trabajar como agente del Banco de España y su posterior renuncia al trabajo. Tal parece que al iniciarse 1881 Rosario y Rafael han decidido cambiar drásticamente su vida para intentar salvar su matrimonio. En primavera, su Villa Nueva está terminada y allí se instala la pareja, tras serle concedido a Rafael el preceptivo permiso para residir en Pinto, al tiempo que se autoriza su pase a la situación de supernumerario en el Ejército.  Dice la Real Orden que la concesión es por un plazo de tres años y «para dedicarse a asuntos de familia». Lo cierto es que cuando realiza la solicitud tiene en su mano un nombramiento como Visitador de Agricultura, Industria y Comercio, con un sueldo anual que triplica el que percibía en el Ejército. En la misma fecha pasa a formar parte, con el correspondiente sueldo, del equipo responsable de la edición de la Gaceta Agrícola, publicación trimestral que edita el Ministerio de Fomento. La situación parece haber cambiado de forma radical para el joven matrimonio. El nuevo trabajo de Rafael, más próximo a las expectativas que por entonces tiene su mujer,  y la tranquila y salutífera vida que deben llevar en  el campo parece que han mejorado algo las cosas,  y la pareja se anima a realizar  durante el verano un largo viaje por diversos lugares de España y de Francia, del que ha quedado fiel constancia en la hoja de servicios del militar y en el escrito que publica Rosario en el madrileño El Liberal con el título Desde Pau a Panticosa, fechado en septiembre en esta localidad oscense. Durante el año siguiente, Rafael continúa en su puesto en el Ministerio de Fomento y en la Gaceta Agrícola, donde su mujer publicará, al menos, tres trabajos: Influencia de la vida del campo en la familia, El lujo en los pueblos rurales y La educación agrícola de la mujer.

 Todo parece ir mejor y en ello debe tener mucho que ver el nuevo escenario en el que viven. Pinto era el lugar ideal para los propósitos de Rosario: estaba poco poblado (por esas fechas apenas tendría unos 1 800 habitantes, bien lejos de la poblada Zaragoza y, más aún, de aquel Madrid bullicioso que por entonces contaría con cerca de   cuatrocientas mil almas) y, sin embargo, no se encontraba muy alejado de sus padres, pues la línea de ferrocarril que unía la capital con Aranjuez tenía estación en el pueblo, en las proximidades de su villa campestre, con lo cual el viaje hasta su antigua vivienda familiar le resultaría bastante cómodo. Por tanto, una nueva vida autónoma en las proximidades de la naturaleza y alejada de las vanidades capitalinas, pero con facilidad de comunicación a sus seres queridos; con línea directa a su progenitor, a quien tanto admiraba.

 

 

LA MUJER REGENERARÁ LA PATRIA:  EL CORREO DE LA MODA

La decisión de romper con la vida que ha llevado en el pasado más inmediato, ya sea junto al que aún es su marido o separada de él, parece hacerse evidente en la misma elección del nombre de su pequeña quinta campestre:   Villa-Nueva. La fe e ilusión en el camino emprendido la llevan a iniciar esta aventura a partir de un modesto proyecto constructivo «para ir ensanchando sus límites con el tributo del trabajo y de la economía». Con la ayuda, en calidad de sirvientes, de un matrimonio manchego y su hija, a los que, gracias a la fortuna que por entonces poseía, podía pagar espléndidamente, se dispuso a disfrutar de aquel oasis paradisíaco, con la firme pretensión de convertir su morada en una unidad de producción autosuficiente, al tiempo que acogedora estancia para el solaz de sus moradores. Veamos: tal y como ella nos describe su nueva villa pinteña disponía de un palomar con pichonas moñudas o voltadoras; un corral con gallinas cochinchinas y de otras variadas razas; un establo con dos caballos, fuertes y mansos, compañeros necesarios en sus múltiples expediciones por los caminos patrios ; frutales diversos entre los que no faltaban los ciruelos, el albaricoquero, el nogal o la morera; arbustos y plantas de todas clases  (acacias, madreselvas, enredaderas, claveles, azucenas, lirios…) que cubrían de sombra los cenadores y envolvían de delicados aromas el ambiente; un maizal, una cuidada huerta… y todo ello bien regado por múltiples regueras de animada agua.

Entusiasmada con aquel prometedor futuro que se abre de nuevo en su vida, emocionada con la recuperación de las sensaciones rurales, recuperado su ánimo por efecto de los salutíferos aires campestres, convencida, en fin, de la influencia regeneradora de la vida en el campo para las personas y, por ende, para la sociedad, se muestra decidida a  propagar sus ideas; quiere esparcir la nueva simiente regeneradora en terreno apropiado: en el de la mujer sensata, con cierta preparación, abierta a las ideas razonables que puedan mejorar la vida de los suyos.  Nada mejor para ello  que una revista dirigida a lectoras femeninas, a mujeres preocupadas por las últimas novedades en todo aquello que atañe a la moda y al hogar, a su vida y a la de los suyos.  En el ejemplar de la revista El Correo de la Moda publicado el 11 de marzo de 1882 aparecerá el primero de sus artículos. Lleva por título Cuatro palabras de prólogo y constituye un compromiso de comunicación periódica con las lectoras para contarles sus experiencias y convicciones en una serie de artículos que aparecerán bajo un título genérico, que habla bien a las claras de sus intenciones: En el campo.

Desde las páginas de esta publicación, subtitulada «Periódico ilustrado para las señoras», hace pública su voluntad regeneradora:

 

…si queréis que vuestra existencia dé un paso hacia el perfeccionamiento al cual la llama el sentido moral y la constitución de la sociedad del porvenir… He aquí otra razón poderosísima que me impulsa a dirigiros la palabra: el porvenir; quien observa y siente, por fuerza ha de lamentar esa degradación paulatina que, como frío sudario, envuelve nuestras juventudes; quien lo observa y lo lamenta no tendría perdón si no señalase enérgicamente algún reactivo en contra de tan invasora carcoma que amenaza reducir nuestra escogida naturaleza a los límites de la animalidad… perdonadme la frase, y haced acopio de la indulgencia para otras muchas que habréis de oír y que acaso lastimen vuestros oídos, acostumbrados a las melifluidades de la lisonja.

 

EL FALLECIMIENTO DE SU PADRE

La nueva vida en el campo parece satisfacerla plenamente. No obstante, aquella aventura vital, aquella nueva esperanzadora etapa va a verse bruscamente alterada al poco de haber comenzado. En el mes de enero de 1883 fallece su padre, joven aún, pues apenas cuenta cincuenta y cuatro años de edad. La muerte «vino a recoger de mi lado el más querido, el más idolatrado de cuantos seres me rodeaban», se lamentaba a los pocos meses su desconsolada hija, quien ha dejado escritas numerosas muestras del cariño y admiración que sentía por su padre.  Por los datos disponibles, Felipe de Acuña y Solís no debía de andar en los últimos tiempos muy bien de salud, hasta el punto de haber obtenido en 1878 la jubilación por su «notoria imposibilidad física para continuar en el servicio activo del Estado», aunque posteriormente se hiciera cargo del Negociado de Agricultura, Industria y Comercio . Por más que su salud no fuera todo lo buena que cabría desear, su prematura muerte pilló por sorpresa a su hija, dejándola postrada por el dolor, desconsolada por la ausencia, naufragando en un mar de dudas:

 

…pero fuera de ese imaginar incesante; fuera de este dolor del pensamiento silencioso y terrible, sin consuelo ninguno, que el pensamiento, cuando no fantasea en las supersticiones, no tiene consuelo para su dolor más que en el dolor mismo; fuera de esta vida de sentimiento que me invadía como una ola monstruosa, anegando, cegando con su amargura y espesor todas mis facultades intelectuales; fuera de este constante padecer, de esta rebeldía soberbia de la voluntad ante el inexorable destino de los seres y de las cosas que es el morir, mi pensamiento frío, mudo, hundido allá en un no sentir ni pensar, no daba luz, ni sonido, ni forma; era como una máquina rota y desquiciada por violento choque (A mis lectoras, 10 de noviembre de 1883).

 

La muerte del padre parece precipitar la ruptura definitiva de su matrimonio. En el mismo mes de enero cesa Rafael de Laiglesia y Auset en su puesto de Visitador de Agricultura, Industria y Comercio y en la Gaceta Agrícola. Cuatro meses después, se convierte en el nuevo Jefe de la Sección de Contribuciones de la sucursal del Banco de España en Badajoz. Desde entonces sus vidas discurrirán por alejadas trayectorias. Huérfana de padre («un alma como la suya, gemela en el amor hacia todas las lealtades») y definitivamente separada de su marido, los meses que siguieron a aquel aciago inicio de 1883 conformaron un tiempo de gran trascendencia para nuestra protagonista, a juzgar por el brusco giro que, tiempo después, tomó su vida. Fueron aquellos meses momento de analizar las leyes que rigen el universo, de diseccionar las costumbres animales, de echar mano de la teoría darwininana que su abuelo materno, fallecido unos meses antes , se empeñó en que conociera; de repensar las enseñanzas del Evangelio, de analizar las enseñanzas de otras religiones, de separar la paja del grano; de diseccionar el alma humana, de contemplar su  bondad y de analizar las causas que la enturbian; de rememorar las primeras imágenes del pasado de la humanidad, que su padre le hizo ver cuando ella estaba casi ciega; de evocar sensaciones: el olor de las serranías jiennenses, de las umbrías de Madrona, de los llanos de Navalahiguera, de las cumbres del Tamaral, de las mesetas de la Solana; la imagen del inmenso mar, probablemente el mar Cantábrico, acompañada de su padre, su querido padre que ya no estaba a su lado, que ya no estaba, que yacía para siempre en el cementerio de la Sacramental de San Justo, tan cerca, tan lejos, y a quien, más bien a su ausencia, había dedicado  el soneto que, según nos cuenta El Liberal (5-3-1883),  ha mandado esculpir en la losa que cubre su sepulcro: Piedra que serás polvo deleznable/ pues todo al paso de los años muere/...

 

 

 


En relación con esta etapa de su vida, se recomienda la lectura de los siguientes comentarios:

52. En busca de la casa de Rosario de Acuña en Pinto

48. El Centro Municipal Rosario de Acuña de Pinto

34. Pidiendo por las calles de Pinto

19. El agradecimiento del pueblo de Pinto a Felipe de Acuña y Solís

 

 

Rosario de Acuña y Villanueva.

Una heterodoxa en la España del Concordato

Rosario de Acuña y Villanueva. Comentarios

Algunas notas acerca de la vida de esta ilustre librepensadora


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