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La educación agrícola de la mujer

 

Aunque no tiene el carácter de problema, se necesita mucho valor para tratar este asunto, hoy que se pretenden en favor de la mujer, todas las cátedras y todos los doctorados ajenos al dominio de la Naturaleza; veamos si al presentarnos ante el enemigo, es decir, ante la opinión del más ilustrado número de eminencias, empuñamos armas bastante firmes y poderosas para dejar triunfante nuestra pretensión y asegurado el dominio de nuestro ideal sobre razonamientos indiscutibles.

Primero, y aunque ligeramente, por no desviarnos del asunto fundamental, y por no descubrir principios que más tarde se harán públicos en obra con pretensiones de importante, primero veamos qué es la mujer. Con breves palabras se puede definir su personalidad. La mujer es lo que se quiera que sea; sentimiento, fuerza, imaginación e inteligencia, todo fue en ella repartido al igual que en el hombre, que para ser su mitad la formó el Creador, y no hay mitad que no participe de los beneficios del todo. Trabajos de excesiva maternidad, acarreada tal vez por intemperancia de varón, tendencias de la ignorancia hacia una soberanía excesiva y otras causas afines perdidas en el transcurso inmenso de los siglos, la rebajaron de su primitivo nivel, oscureciendo algunas de sus dotes nativas, viéndose al presente relegada a una inferioridad más aparente y aceptada que efectiva, y mucho más funesta para el hombre que para ella misma: por lo tanto, y séame permitido usar del símil, la mujer es materia dispuesta a realizar todos los fines, siempre que no se separen de aquellos que le impuso la Naturaleza al destinarla para esposa y madre del hombre; la mujer puede serlo todo menos aquello que sea incompatible con su condición de mujer: cátedras, doctorados, derechos, no niego nada, y aun es más, lo acepto, si el catedrático, el doctor y el legista pueden ser buena esposa y buena madre.


Fragmento del texto publicado en Gaceta Agrícola

Si la humanidad, con sus adelantos maravillosos, con su progreso moral que, aunque lento y sujeto a retrocesos, se verifica por un movimiento muy sensible de avance hacia el perfeccionamiento; si la humanidad llega a encontrar el medio de que los hijos del hombre se críen sin hogar, vivan sin amor y luchen sin pasiones, entonces nada más justo que la participación completa y práctica de la mujer en todos los destinos hoy exclusivos del hombre. No dudo del perfeccionamiento, no niego que podrá subsistir la sociedad, mejor dicho, que se formará otra nueva sociedad con bases acaso más sólidas y principios tal vez más fijos que los que sostienen nuestras actuales sociedades; no rechazo el ideal, ni supongo imposible todo  aquello que tienda a realizar ventajas para la gran familia humana y resultados beneficiosos a su misión colectiva, que es lograr el mayor grado de bondad y de belleza. Pero como quiera que todo esto, dado caso de que llegue a ser un hecho, se ve tan remotamente alejado de nuestra generación y a tan inmensa distancia de los ideales que hoy forman el núcleo de nuestra sociedad, el pensar en un avance tan radical, más bien parece un mito de imaginación extraviada que una esperanza sensata en la trasformación del porvenir.

Con nuestros ideales, con nuestras aspiraciones, con nuestros deseos, nuestros sentimientos y nuestros actos; es decir, tal y conforme se aprecia hoy lo bueno y lo bello, es un completo absurdo la llamada emancipación de la mujer; y en las condiciones de ignorancia y de ofuscación en que hoy se encuentra, teniendo en cuenta el espantoso vació de nuestro cerebro, que cien y cien generaciones llenaron de rutinas supersticiosas, de puerilidades y de hipocresías; teniendo en cuenta los escasísimos recursos que tiene, en el presente, la inteligencia femenina para marchar a la par del hombre por todos los caminos de la vida y lo expuesta que está a perderlo todo si intenta poseer más de lo que pudiera defender, el arrojarla a la lucha es contraproducente, ilógico y funesto; es más, creo que es hasta hacerla retroceder en el camino de su progreso. Elementos para redimirse de la ignorancia, que, como mancha sombría oscurece su altísimo entendimiento; sólida ciencia aprendida en los rincones del hogar y en una soledad prudente; profunda ilustración, altísimos ideales de virtud; he aquí el principio de todas esas grandezas futuras, que acaso vean nuestros nietos, pero que jamás en el seno de nuestra sociedad logrará la mujer sin afrontar el ridículo, arma poderosa que la razón esgrime como seguro resultado, cuando en vez de enaltecerla se la insulta, cuando en lugar de acatarla se la escarnece.

Las aptitudes de la mujer son infinitas; puede serlo todo, pero debe ser primero mujer, y la realidad es bien manifiesta, todavía no sabe lo que es ser mujer; ¡cómo, pues, enseñarla a ser hombre! Hoy por hoy, mejor dicho, desde hoy hasta los más remotos horizontes del porvenir, no se ve otra cosa para la mujer que la familia y el hogar, con todas sus derivaciones de amor, dulzura, expansión, paz, alegría, confianza, castidad, sencillez y religión: todo cuanto se relacione con la mujer gira al presente, y girará mientras no cambien los principios sociales, sobre su misión de hija, esposa y madre; todo cuanto de ella trate estará ligado al recinto familiar, a ese santuario donde el hombre descansa, donde los hijos juegan, donde la mujer reina; imposible arrancarla de su centro sin exponerla al escarnio; imposible es procurar su elevación, si para conseguirla hay que cerrarle las puertas de su morada y sumir en la oscuridad y en el silencio la cámara nupcial… Hacer que se posea bien de su misión actual es el único medio de que avance en la senda de la perfección y del engrandecimiento; hacerla cumplir escrupulosa y noblemente sus misiones actuales es prepararla para una emancipación justa y razonable, y obligar a que las leyes le otorguen los mismos derechos concedidos a su compañero; que sepa formar hombres capaces de respetarla, y habrá dado el primer paso hacia esa igualdad de destinos y de misiones, fantasma que persigue nuestra generación con la impetuosidad de la locura. ¿Cómo llegar al fin si tener los medios? Esto es lo que al presente se intenta. Conquistar el terreno perdido sin armas de ninguna clase, escalar los primeros puestos sin tomarse la molestia de subir ningún peldaño, hacerse dueño de las alturas sin quitar los obstáculos al camino; muchas exclamaciones, mucho movimiento, mucho ruido; quererlo todo, intentarlo todo, y en realidad no hacer nada; perder el tiempo lastimosamente, y en vez de trabajar con fe y con valor, en vez de encerrarse en la oscuridad y armarse en el silencio con armas invencibles, en vez de tejer como el gusano de seda un recinto aislado donde adquirir nueva vida y brillantes alas, toda la energía se gasta en frases, en proyectos, en fastuosas exhibiciones de personalidades.

Reconocida la suficiencia de la mujer para compartir, como ser pensante, los destinos del hombre, y habiendo visto que sus ideales son, al presente, el cumplimiento perfecto de sus misiones de hija, esposa y madre, con antelación, aunque sin excluirlos, de todos cuantos destinos se la encomienden, poca inteligencia se necesita para ver la necesidad eminente de la mujer agrícola, acaso primera condición para el enaltecimiento de la mujer. En efecto, la agricultura es el culto que se rinde a la Naturaleza, templo augusto de Dios; en ella están los veneros de todas las riquezas, la fuente de todas las felicidades; sin ella, por sabido pudiera callarse, no hay Estado, no hay industria, no hay comercio, y aun las artes, con ser las hijas predilectas del espíritu libre y eterno, no pueden adquirir sin ella su mayor grado de elevación; sin ella, en una palabra, el hombre no podría subsistir porque, siendo el primogénito de la Naturaleza, el separarse de ella sería su muerte, y sin la agricultura no puede haber relación alguna con la madre universal de los hombres; el poseerla no excluye el hogar; al inverso de todas las demás ciencias, que necesitan desenvolverse fuera de la soledad y del silencio, la agricultura reclama el hogar como indispensable; sin él no puede subsistir, y le quiere modesto, sencillo, retirado y alegre; en tanto que todas las carreras del hombre buscan en el bullicio de numeroso público sus elementos de prosperidad, la agricultura rechaza toda expectación, busca el aislamiento, y solamente bajo el techo de una morada tranquila, de un hogar escondido y lleno de severa rectitud es donde puede encontrar su mayor grandeza.

Progreso, elevación, todo puede lograrse por medio de la agricultura, y nada es posible conseguir sin su valiosa intervención. Pues bien, la mujer, esa criatura tan semejante a la Naturaleza, como ella madre y como ella hermosa, vive ignorando completamente los ritos de ese culto  que tal vez sea el mejor recibido en los reinos de Dios. Nada de común quiere tener la mujer con la Naturaleza, y con tenacidad pasmosa se opone a todo aquello que se relaciona con ella. Bien fácil es pasar una ligera revista a las mujeres españolas. ¿Dónde está la agrícola? En ninguna parte. Se ve a la mujer erudita, a la elegante, a la mujer artista, a la literaria, a la plebeya y a la aristocrática, y aun se ve también a la científica, pero jamás se ve a la agricultora: parece ser que la mujer no puede subsistir sino en la ciudad; fuera del bullicio, de la animación, del ruido, de las vanidades y de las lisonjas, le es imposible la vida, porque, no hay que hacerse ilusiones, los pueblos rurales son hoy, con extrañas excepciones, una caricatura de la ciudad, y en ellos la mujer es la ciudadana de pueblo, con todo el cortejo de errores que acarrea la vida ficticia de un populoso centro: en cuanto a la mujer agrícola, es inútil buscarla, no se la encuentra jamás; la viudez prematura; una ausencia forzosa del esposo, el padre, o el hijo; la tiranía de un marido soez que no se fía de administradores, o que los suprime por economía, y otras causas, siempre de inevitable necesidad, son las que hacen que ciertas mujeres de clase elevada, o de modesta posición, empuñen el timón de una, o de varias fincas de labor, y aun si se quiere de un laboreo importante; pero siempre lo realizan, primero, por imprescindibles y transitorias circunstancias; segundo, con una repugnancia y violencia incompatibles con la prudente serenidad que requieren los trabajos agrícolas, y siempre, siempre se sujetan de hecho a la inspiración de aperadores y mayordomos que en realidad son los verdaderos dueños de la labor, y ante cuyo consejo práctico y entendido, relativamente, enmudece la mujer, ignorante en todo aquello que se relaciona con la ciencia agrícola, ciencia eminente y profunda para la cual no basta ni la rutina, ni la tosca práctica del trabajador de los campos. Fuera de estas excepciones de mujeres que no pueden llamarse agricultoras, aunque bajo su nombre se ejecuten los trabajos de sus heredades, no se encuentra en ninguna parte a ese tipo de hermosura femenina llamado a regenerar el hogar del hombre con las sublimes virtudes aprendidas en el seno de la Naturaleza, y, sin embargo, nada hay que sea tan anexo a sus misiones como el conocimiento de aquellos misterios de la tierra, madre regeneradora de la humanidad, cuyos efluvios cariñosos llenan de perfumes los aires y de vigor la existencia.

Todo se le ocurre a la escuela emancipadora menos emanciparnos de las pasiones que enervan y prostituyen. Se nos quiere llevar a las clínicas a recoger en los despojos de la muerte los remedios para la vida; se nos quiere subir a la cátedra para discutir las leyes de la fuerza y de la razón, y proclamar entre ambas el triunfo del derecho; se nos quiere confundir entre las muchedumbres para guiarlas desde la tribuna, con toda la elocuencia de las pasiones de partido; se nos quiere arrojar en los oscuros recintos de las abstracciones filosóficas para que añadamos una palabra más a cuantas teorías inventó el hombre respecto a su principio y a su fin, y nadie pide para nosotras la ciencia de la tierra, de las estaciones, de los vientos, de las semillas, del frío, del calor, de la luz, de la sombra, del movimiento, de la vida y del reposo…¡Y acaso por este solo camino se pudiera regenerar nuestro sexo, ultrajado hasta la exageración, o hasta la exageración enaltecido!

¿Por qué a la niña que va sumisa a la enseñanza pública o privada no se ha de enseñar lo que debiera ser fundamento de educación? ¿No se ha pensado nunca en que esas jóvenes, destinadas al matrimonio, pudieran muy bien ser como el centro de un sistema en el cual se encontraran todas las virtudes y dentro del que podría irse verificando la regeneración social? ¿Es acaso que la Naturaleza no ofrece bastantes elementos para perfeccionarse, para engrandecerse, para realizar todas las venturas y poseer todas las dignidades? ¿O tal vez se cree que la mujer perdería sus encantos, su poesía, su valer, arrojándola en medio de los campos? ¡Oh funesto error! ¡Oh rutina de costumbres pervertidas, que impides a la mujer emprender el único camino para la posesión de sí misma!

La Naturaleza; la bella entre las bellas; la más sabia de todas las hijas; la más casta y amante de todas las esposas, se estremecería de regocijo sin contemplara a la mujer rindiéndola el homenaje que se merece, y la mujer recogería el fruto de su adoración, al esparcir en derredor suyo las flores hermosísimas de la virtud recogidas en las soledades campestres.

La mujer científicamente agrícola; la que mirando el azul de los cielos señalase la parda nubecilla precursora del huracán y de la tormenta; la que eligiese sin vacilación la semilla fecunda, capaz de desarrollarse por el calor del sol y la humedad de la tierra; la mujer que con reposado acento diera la orden de la recolección, segura de sus beneficios por el conocimiento de la sazón del grano o del fruto; la que sin zozobra improvisara un aparato que pudiera sustituir en caso de rotura la pieza del arado o de la trilladora; la que en el silencio de su laboratorio analizara las combinaciones químicas, capaces de librar a la planta o al árbol del dañino insecto o de la epidemia funesta; la que a través de los rayos solares buscase en el microscopio las causas del empobrecimiento del vegetal, o de la extenuación de la ganadería, esa mujer capaz de formar el capital de sus hijos con las rentas de sus fincas rurales, mejoradas constantemente por una entendida dirección agrícola, esa mujer es la más necesaria en nuestra sociedad, pictórica de carreras, de salón, de ateneo, de academia y de tribunales.

¿Y al realizar tales actos se rebajaría en algo la hermosa y casta dignidad de la mujer? ¿Quedarían abandonados su hogar y sus hijos? ¿Se olvidaría de sus deberes de esposa? Lejos de suceder esto, el hogar volvería a sentir ese calor de la virtud que ya le va faltando, los hijos no se verían tan olvidados como al presente, y sus deberes de esposa, cumplidos sin esos distingos de conveniencia con que en la actualidad se aceptan, llegarían a colocarla a la altura de verdadera compañera del hombre. En cuanto a su ternura, a su poesía, a ese perfume de bondad y de belleza, patrimonio exclusivo de la mujer, que desaparece rápidamente cuando se la despoja de todo lo que es puro y delicado, en cuanto a ese encanto que le presta todo lo suave, lo ameno, lo sencillo, ¿dónde podrá adquirirlo mejor que bajo el espléndido azul del cielo? Todos los actos de la mujer agrícola tienen que ser castos, suaves y bellos. Apenas el sol dore los valles y los montes, empieza a cumplirse su misión de madre amorosa; todo un mundo viviente estará esperando su aparición para comenzar el movimiento; el hogar encendido, chispeando la leña, reclamará el reparto de las provisiones cotidianas; las mujeres de la casa, después de una salutación respetuosa, le pedirán las órdenes de los trabajos que han de cumplir; sus hijos, por ella misma vestidos, por sus besos despiertos a las luces del alba, frescos y sonrosados, llenando la casa con el bullicio de sus risas y el rumor de sus juegos, se agruparán a su alrededor escondiéndose entre los pliegues de su falda o haciendo nudos en la punta de su delantal, y le pedirán, con esa algazara de la niñez, tan parecida a los gorjeos del pájaro, que les dé el desayuno o que los deje ir a besar los corderillos recién nacidos; las yuntas, con el yugo ceñido, golpeando con el casco las piedras del corral o mugiendo impacientes por emprender el trabajo, cuya recompensa será el heno perfumado en el caliente establo, desfilarán por su mandato, guiadas a la voz de aquellos firmes capeones de la Naturaleza, cuyo robusto brazo abre los surcos de la tierra. «Dios la guarde», dirán al pasar a su lado estos hijos del trabajo, y al recuerdo de sus caritativas mercedes, se llevarán la mano a la gorra o al pañuelo, porque en ella contemplarán a la protectora de sus hijos, al consuelo de sus desgracias, a la cariñosa amiga de sus esposas o de sus madres. Dispuesta siempre a la entendida dirección del trabajo, ella les dirá las tierras que hay que labrar; les dará las semillas más convenientes a los terrenos de siembra; les demostrará la necesidad de la premura en las faenas de la recolección; lo preciso de la profundidad en el trabajo de la cava y su palabra sobria, elocuente, llena de sabiduría y sencillez, será el primer rayo de luz que descienda a las inteligencias de esos hijos del campo, sumidos en la noche de la ignorancia por falta de caridad, de dulzura y de amor.

Después un pueblo entero la aclamará con los gritos del júbilo; las palomas al sentir sus pasos en las empinadas escaleras de su albergue, entonarán un concierto de arrullos, y al verla aparecer en el dintel de la puerta trayéndoles su alimento y su libertad, antes de salir por la abierta ventana del palomar, darán cien y cien vueltas en su derredor, irguiendo la cabecita al compás de su canto; las gallinas vendrán a su voz, alborotando los campos con su alegre cacareo, ayudándose en su rápida carrera con las abiertas alas, y en legiones inquietas esperarán a sus plantas los dones de su pródiga mano; las ternerillas clamarán dulcemente al verla aparecer con el brazado de fresco trébol en el dintel del tinado, y las tímidas ovejas, las agrestes cabras, volverán sus dulces y expresivos ojos hacia su dueña, cuando los pastores, llevando el hato bien provisto y abrigados los pies con las regaladas abarcas, les hagan desfilar en apretados grupos por delante de la mansión agrícola… «¡Bendita seas!», dirán todos los seres que de ella dependan; «tu dulzura, tu sencillez, tu delicadeza, nos hace sobrellevar con alegría los trabajos más ásperos y las faenas más rudas.»

Después el hogar; el hogar reclamándola, necesitándola y comprendiéndola, todo él lleno con su presencia; las frutas del estío esperando su iniciativa para arrebujarse en su cáscara y ofrecerse como alimento nutritivo durante los fríos del invierno; los suculentos perniles curándose en la fuerte salazón por ella misma preparada; el suave vellón de lana, cardado, húmedo y extendido para blanquearse a los rayos del sol, esperando que su mano lo golpee para ver si su limpieza le hace acreedor a rellenar los almohadones del mullido lecho; las alegres muchachas avivando al compás de sus cantares el fuego de la colada, y esperando una voz del ama para rociar con hirviente espuma la blanca ropa arrebujada en los profundos cestos. Y al terminar todos aquellos exquisitos cuidados que requiere la armonía y la belleza del hogar; al volver a su aposento con la satisfacción de haber iniciado a todos los suyos en las leyes del trabajo, del orden y de la limpieza, la esperarán sus hijos con el libro abierto, con el puñado de trigo, con la paloma amansada y el hermoso e inteligente lebrel, compañero inseparable de sus juegos, y la esperarán para recibir en su inteligencia y en su corazón los primeros elementos de cultura; la esperarán para preguntarle, una y cien veces, cuáles son las letras del alfabeto; cómo se transforma la semilla en hermosa planta; por qué el amor domestica a los animales, y de qué modo se valen para comprender el lenguaje de los niños; y mientras ella, cogiendo la canastilla de labor, donde se vean en amigable consorcio la última obra de literatura, los sencillos trajes de sus hijos, el manual más completo de química y la fina media ceñida todavía con las brillantes agujas que la están tejiendo; mientras de aquella canastilla, decálogo sublime de su misión de paz y de trabajo, saque la prenda que más le importe terminar, les contará a los pequeñuelos, con toda la poesía y toda la ternura que pueden tener un alma fuerte y un corazón amante, aquellas escenas más a propósito para encender en su entendimiento el fuego de la sabiduría a la luz del amor…

¿Y el hombre?... se podrá decir, si al pisar los umbrales de aquella granja se ve tan solo a la esposa preparada a recorrer los campos de labor sobre brioso corcel. El hombre en la batalla de la vida, conquistando en los combates del mundo un nombre ilustre y una reputación intachable; llevando al seno de la sociedad de su altísima inteligencia, contribuyendo con su esfuerzo al progreso humano; ayudando a sus semejantes a descubrir nuevos ideales de felicidad; luchando por el bienestar de sus hijos, por el amor de su esposa, por la estimación de su prójimo, y siguiendo, para conseguirlo, esas carreras que son todo movimiento y exposición, y en las cuales se puede triunfar únicamente con la energía varonil, libre de todo peligro y ajena a todo ridículo. El hombre en la tribuna, en la cátedra, en el tribunal; el hombre impulsado a todos los actos nobles y generosos por el deseo de reposar durante unas horas o días, en aquel hogar escondido que le espera brindándole toda la paz de los amores castos, todas las bellezas de la poesía natural. El hombre recibiendo de manos de su compañera la exacta cuenta de sus rentas, y entregándole el raudal del oro, arrancado en las luchas sociales por su arte o por su ciencia; cambiando por aquellas minuciosas apuntaciones de los olivares plantados o las dehesas roturadas, las coronas ofrecidas al genio, las dignidades otorgadas al sabio, la admiración entusiasta del público recogida en los palenques de la inteligencia. Y si a nada de esto le llama su voluntad, o su posición, entonces veremos al hombre al lado de la mujer agrícola, no empequeñecido ni rebajado, como pudiera verse al lado de la médica o de la abogada, sino revestido de dignidad y de grandeza; siendo el dio de aquel santuario en que la mujer es la sacerdotisa; cumpliendo al par que ella, su misión de ser racional. Entonces le encontraríamos agricultor, poseyendo toda la supremacía de esta ciencia, y abarcando con segura mirada los más arduos problemas que de la agricultura se derivan; entonces le veríamos conjurar, por medio de obras maravillosas, las inundaciones de los campos; prevenir, con sabias medidas, las supremas angustias de los años escasos en cosechas; salvar, con remedio seguro, las ganaderías diezmadas por epidemia desconocida; dar impulso gigante a toda la mecánica agrícola; aumentar el caudal de la riqueza patria con sus altísimos conocimientos agronómicos. Prudente sin jactancia, trabajador sin nimiedades, soberano sin tiranía, el agricultor lo sería más noblemente, y en mas ancha esfera de acción, teniendo en su morada a la mujer agrícola; y esas vacilaciones, esas luchas, esos apresuramientos e impaciencias con los cuales son realizados, al presente, todos los trabajos de la agricultura, desaparecerían del caserío, granja o cortijo, si la esposa de hombre fuera la primera en amar esa ciencia fundamental de todas las grandezas humanas. Para aprenderla no se necesita acudir a las aulas inquietas y burladoras, donde la mujer, ofendida en su más delicado pudor por las impertinentes miradas del estudiante, tiene que sufrir todo género de molestias si quiere salir airosa en su empeño, logrando siempre adquirir un carácter tan extraño, una mezcla tan irrisoria de seriedad y ligereza, de candor y de malicia, que al fin la coloca en el más lastimoso ridículo.

Primero enseñar a la niña la agricultura teóricamente. Nada se opone a ello; dénsela tratados claros y compendiosos sobre las plantas, sobre los riegos, sobre la producción del calor y de la luz, sobre la influencia del clima en el vegetal y el animal; hágasela conocer la constitución física de nuestro planeta, sus relaciones con los astros del sistema y las consecuencias que de ellas se derivan para la reproducción de la semilla; enséñesela los principios de todo aquello que se relaciona con la naturaleza; hágasela comprender cómo se transforman todos los productos de la tierra en riquezas del Estado; y descendiendo más al detalle y por ser una de las misiones de mayor belleza en la mujer agrícola, enséñesela la cría de animales domésticos; nadie como ella puede realizarlo; sus dedos flexibles dotados de un tacto exquisito, de una delicadeza minuciosa, pueden apreciar, como ninguno, el grado de gordura de un ave, la finura de la pellica de una oveja, la suavidad del plumón de un cisne; su ternura innata, es la más capaz de establecer esa corriente de simpatía entre los inocentes animales y la suprema inteligencia humana; ella podrá saber con exactitud cuál es la mejor casta de gallinas, o para la incubación o para la postura; ella podrá señalar sin equivocarse, la cabra más lechera, el pavo más robusto, la paloma más criadora, el ternero menos espantadizo; ella sabrá distinguir el animal enfermo, débil o mal constituido para el trabajo o para la producción, y logrará, con exquisita delicadeza, curarle, fortalecerle, trasformarle en útil y necesario; con sus cuidados y sus desvelos hacia los seres inferiores de la Naturaleza, dará el ejemplo más sublime de ternura, y enseñará a los rudos hijos del pueblo todas las sutilezas del amor en un alma sensible, tan necesarias para la educación de las masas, llevadas por instintos de brutalidad hacia todas las ferocidades.

A la enseñanza teórica de la niña, puede suceder la enseñanza práctica de la joven. ¿No hay asociaciones religiosas para educar a la mujer y enseñarla todos esos artificios que se han dado en llamar necesarios para conseguirle una brillante posición? Pues lo mismo podría haber comunidades sociales para llevar a la joven a las puertas del hogar matrimonial, tal y como lo exigen las doctrinas del Evangelio. La escuela o colegio agrícola, dirigido por mujeres, cuya enseñanza técnica esté a cargo del hombre; como el colegio o escuela religiosa, dirigida por madres, e ilustrada por maestros de música, de dibujo, de idiomas y hasta de bailes; todo pudiera ser igual en los medios, aunque distintos en los fines. El colegio de agricultura práctica podría ser una granja modelo donde cada alumna dispusiera de un radio de terreno que le permitiese estudiar, por sí misma, y resolver, por sí misma, los problemas expuestos por sus profesores. Los trabajos manuales, aquellos que su fuerza no le permitiese ejecutar (y estos habrían de ser muy pocos, pues a la par que el alma llegaría a desarrollarse su cuerpo con el ejercicio de la fuerza y de la agilidad), esos trabajos podrían estar a cargo de jóvenes sirvientas, hijas de los campos, pobres mujeres que hoy ejecutan, automáticamente y al par de la bestia, las más rudas faenas, y que se darían por muy contentas al ir a esos colegios a ganarse la subsistencia y a recoger lo que muy bien pudieran darles las mismas pensionistas, esto es, instrucción elemental de primeras letras, consiguiéndose de este modo un cambio recíproco  de relaciones entre el ama y la doméstica, preludio de otro cambio más trascendental entre el capital y el trabajo; y aun se puede añadir a todo lo expuesto, el beneficio logrado en pro de la moral, llevando al recogimiento de una clausura prudente y relativa a las hijas de esos humildes labradores, que, arruinados por las malas cosechas, o por una repugnante usura, se cambian de propietarios en jornaleros, y mandan a las ciudades a sus hijas para que se ganen la vida en la servidumbre, sin comprender que aquella que viene de sufrir todos los trabajos y todas las penalidades, no podrá ver en calma, y sin tener para ello elevado entendimiento, el fausto y la molicie de la ciudad, que al fin la envolverá en su fango arrancándola el pudor y la honra.

En la escuela granja-modelo puede abrirse un curso de botánica, de zoología, de física y mecánica, las cuatro principales ciencias auxiliares de la agricultura, y prácticamente puede enseñarse la cría de animales caseros; en miniatura podría la joven poseer una heredad, llevar las cuentas minuciosas de ingresos y gastos, así como el alza y baja de los rendimientos de su tierra, haciendo un balance comparativo entre diferentes cosechas, y, en una palabra, podría ejecutar todos los trabajos propios del agricultor ilustrado, ninguno de ellos incompatible con el tierno y amante destino de la mujer.  A la vez que su educación agrícola nada impediría que recibiese la social y literaria, por cuanto estas escuelas podrían ser de educandas externas, dedicadas durante varias horas del día a los estudios y prácticas de la agricultura, y libres, por lo tanto, en el resto del tiempo, de adquirir todo género de instrucción.

Nada sería más fácil que la creación de estas granjas escuelas en los alrededores de las ciudades, donde a la par que la ciencia de los campos, recogiese la mujer los beneficios de una atmósfera pura y de un sol espléndido, y donde a la ve que el amor al trabajo, se despertara en su alma la religión de la Naturaleza, el entusiasmo hacia sus bellezas, la ternura hacia los seres que pueblan la tierra. Nada más sencillo que formular un reglamento para la dirección de estas granjas, en las cuales habría cátedras agronómicas, desempeñadas por ingenieros y adquiridas por ejercicios de oposición, subvencionadas por el gobierno y retribuidas por las asociaciones propietarias de las fincas.

¡Ah!, tal vez estas mismas familias que no vacilan hoy en mandar a sus hijos a las instituciones escolásticas; tal vez esas mismas jóvenes que por una orfandad lamentable no retroceden en el día ante las puertas universitarias, puede que rechazasen con repugnancia toda aquella instrucción que se les ofreciera en las escuelas agrícolas. ¡Como si no fuera cien veces más violento y repulsivo abrir las entrañas del cadáver, que despojar a la fecunda cepa de sus marchitos sarmientos! ¡Cómo si no fuese más horrible buscar en el pensamiento extraviado del criminal las causas del asesinato, que librar a la tímida oveja del parásito inoportuno! Vale más no pensarlo; vale más  creer que esas granjas donde se formase a la mujer del porvenir sensata, culta, amorosa y útil, serían invadidas por entusiastas jóvenes, así que aparecieran en el concurso social como templos sagrados de la Naturaleza; vale más creer que de las conferencias de esas escuelas dimanaría una viva luz para los fines del progreso humano, en el cual está la mujer llamada a formar una parte muy esencial.

Y si no se puede llegar rápidamente a esa completa educación agrícola de la mujer, por lo menos, que se den los primeros pasos para iniciarla en los secretos de la tierra; por lo menos, que se unan a los catecismos sobre el milagro y las venganzas celestes, y sobre las formas de la lisonja y de la coquetería, los compendios ilustrados por el conocimiento de la ciencia agrícola; por lo menos, que se la relacione, aunque sea ligeramente, con la Naturaleza, que en ello no habrá ningún inconveniente para su misión de amor y de ternura: que no se dé el caso (verídico en un todo) de que una joven de familia distinguida y de esmerada(¡!) educación preguntase qué clase de arbusto produce los melones, y de que otra, de grandes conocimientos literarios y sumamente elegante en el gran mundo, hablara, seriamente, de los planteles de la seda… A muchos les provocará una sonrisa estos hechos, pero a los que reflexionen despacio sobre ellos, les causará honda tristeza las consecuencias que se derivan de esta funestísima ignorancia de la mujer, ignorancia tan poco a propósito para fundar esos hogares que el progreso de los pueblos está ya reclamando y que han de ser centros de sabiduría, de virtudes y de amor, iluminados con los esplendores de la poesía y del trabajo.

La educación agrícola de la mujer repoblará los campos de nuestra patria, levantando en ellos multitud de caseríos, cortijos, granjas, alquerías y quintas; en ellas se alzará con toda la solide de la virtud, el templo de la familia, el hogar del hombre pobre de vanidades y de lisonjas, pero riquísimo en alegrías y tranquilidad; bajo su amparo, la infancia inocente y bulliciosa hallará la robustez del cuerpo y la elevación del espíritu; a su calor, dulcemente repartido por la mujer en todo su recinto, renacerá el cariño respetuoso de los hijos del pueblo, perdido completamente en nuestros campos y tan necesario para el engrandecimiento de la agricultura.

La educación agrícola de la mujer equilibrará, en lo posible, dada la organización social, sus facultades con las facultades del hombre, y sin rebajamiento para ellas, podrán cumplir ambos misiones que darán beneficios innegables a la colectividad.

Sin separarse un punto de su destino natural, la mujer podrá ver horizontes despejados ante el vuelo de su inteligencia, puesto que, sin arrostrar los desdenes ni las aclamaciones públicas, sin correr el peligro de envanecerse con el oropel de la gloria, ni desesperarse con el desprecio de los intransigentes, la mujer podrá trabajar para el bien común, poseída de satisfacción ante la utilidad de sus actos.

Ella, en medio de su hogar, rodeada de toda una familia que la aclamaría como reina, podrá elevarse sin arrogancia, pero con dignidad, a las alturas donde hoy subsiste el hombre, y llevando su pensamiento a la par que el de su compañero por los caminos de la sabiduría, llegará a ser hija útil, esposa fiel y madre ilustrada, y sobre todo, mujer tierna y amante.

 

 

 

 

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