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Sr. D. Ramón Chíes

 

Muy señor mío: Hará más de un año volvía yo de Madrid con varios paquetes de compras. Al desenvolverlos, miré el papel donde venían, y su título me llamó la atención: tenía delante Las Dominicales del Libre Pensamiento. Sin perder ni un minuto extendí sobre mi mesa de trabajo aquel periódico, hasta entonces desconocido para mí, y, conforme iba leyendo en sus columnas, parecíamos que allá, en el fondo de mi cerebro bullían, con el impetuoso golpear de mil desbordados torrentes, todas las sensaciones, todas las ideas y todos los sentimientos que pueden encerrarse en una cabeza pensadora, alentada por el calor de la plenitud de la vida.

No desciendo al detalle: además, no hago memoria de los artículos que leí en aquella hora memorable. Pero recuerdo perfectamente la impresión concreta que me produjo su lectura. Tenía enfrente de mí algo más que un periódico; tenía delante de mí la idea virgen, exuberante de lozanía, henchida de promesas y de esperanzas que, iniciada por las leyes de la Naturaleza, y algo traducida en las palabras del Evangelio, se había conservado inmaculada, durante muchos siglos de titánicas luchas, en la inteligencia de los sabios y en el corazón de los mártires: delante de mí estaba la idea de la Libertad, en su más alta representación, la libertad del pensamiento. Quedé absorta, confusa. Yo bien sabía que las leyes que rigen el Universo, condensadas en una sola palabra –AMOR– vencerían al fin todos los obstáculos y triunfarían de todas las generaciones hasta coronar a la Humanidad de nuestro planeta; pero esta fe vivía en mí como una halagadora utopía, como un ideal imposible, no sólo para mí, sino para mil razas y mil edades que me siguieran. Con frecuencia tendía la mirada sobre mi patria, y, viéndola enferma de nostalgia de moral, con los huesos roídos por el sibaritismo del vicio y de la vanidad, adormecida por el aroma del incienso, opio funesto, entre cuyas nubes se la ofrecía un paraíso ganado al grito de Carlos VII; viéndola en el indiferentismo de la mujer prostituida, sin rubor en su frente ante las bajezas de sus señores, sin indignación en su alma ante el cinismo de sus dueños; viéndola arrastrarse lánguida, anémica, viviendo como las muchedumbres de la Roma imperial, de las sobras de los banquetes y de las limosnas de las meretrices; viéndola sin vigor, sin honra y sin conciencia, huir de toda lucha, de todo movimiento y de toda aspiración, porque las aspiraciones, como el movimiento y la lucha, necesitan fuerza, energía, fe, y todo esto no se tiene ni se logra en la molicie, en el egoísmo, ni en la superstición…, me pareció haber soñado cuando terminé de leer Las Dominicales, porque en ellas palpitaba la vida de la libertad, de la justicia, de la fraternidad, no como una abstracción del pensamiento, sino como una realidad viviente, enérgica, activa, llena de promesas de redención y de esperanzas de felicidad. Aquel periódico, extendido ante mis ojos, con aquel lenguaje de sublimes sinceridades; con aquella altivez indómita que se manifestaba en cada una de sus líneas; con aquel entusiasmo arrojado, vehemente, despreciativo de lo convencional, y al mismo tiempo lleno de generosidad y de austeridades, era el grito primero, el más valiente, el más conmovedor y el más imposible de ahogar de un pueblo que despierta, de un pueblo que desperezándose, como el león harto de míseros despojos, lanza los candentes hierros sino logra, con su vigorosa fuerza, romper las cadenas que lo aprisionan.

Ni un solo día desde entonces dejé de leer Las Dominicales. ¡Cuánto he meditado teniéndolas delante y con los ojos a medio cerrar, para resumir mejor la síntesis de cada uno de sus artículos! Una vez estaba estudiándolas de codos sobre la mesa; la luz de la lámpara caía de lleno en sus hojas; enfrente de mí se alzaba un gran espejo. «¡Qué lucha –me decía– han entablado estos hombres en pro de lo bueno, de lo justo y de lo bello! ¿Vencerán?» Un velo se extendió ante mis ojos, y al disiparse, como telón de comedia de magia, se me apareció el hogar del hombre, es decir, la mujer, que en nuestras actuales sociedades sintetiza el hogar. Algo como una mano de hierro sentí que estrujaba el corazón; y la idea que surgió de aquel dolor asfixiante, vibró en mi inteligencia llena de quejidos y de indignaciones. He aquí el escollo –me dije– he aquí el abismo profundo y erizado de abruptas aristas donde podrá caer despedazada la libertad. La mujer, cuando se inspira en la ignorancia y la superstición, es la gota de agua cayendo tenaz, leve y apenas notada, sobre el cerebro del hombre, agujereando primero el duro cráneo para penetrar la blanda en insensible masa encefálica, desviando luego las circunvalaciones para diluir en su fresco raudal el fósforo de la inteligencia y extenderse después por la médula, trocando los deseos generosos en instintos sistemáticos, transformando el amor a la humanidad en individual egoísmo, cambiando las aspiraciones hacia lo eterno y permanente por ambición mezquina. La mujer enfrente del librepensamiento lo ahogará, lo difamará (permítaseme esta frase) unas veces con sus halagadoras caricias, otras con su fingida indignación, otras con sensatos y prácticos consejos, y siempre con las sugestiones de un oculto, titánico, avasallador, fuertísimo poder, que se desarrolla como una culebra, y arrastrándose silenciosamente junto al mismo lecho nupcial, fascina con su vidrioso mirar el pensamiento del hombre que se tuvo por más fuerte.  Este poder, que se apoya en la ignorancia de la mujer, su hasta ahora inquebrantable cimiento (triste es decirlo, pero es verdad; esta ignorancia dimana, la mayor parte de las veces, del hombre, que no quiere librar de ella a la mujer, en la funesta creencia de que no podrá manejarla cuando la haga su semejante), este poder es el del confesionario. Allí está, con sabiduría bastante para las inteligencias que se le acercan: allí está, como estas plantas insecticidas llenas de perfumes, prontas a encerrar en sus mortíferas corolas la pobre mosca fascinada con sus encantos. Este poder, que he dicho que es inmenso, dispone de armas que estremecen, pues jamás en los arsenales humanos se hicieron mejor templadas.

La palabra «libertad» aplicada a las emancipaciones del alma y del cuerpo (¡¡!!) y la palabra amor, interpretando las atracciones de los sexos, resuenan sin cesar detrás de aquellas rejillas, donde se cambian las purezas del espíritu libre por las concupiscencias mundanas de la carne. ¡Oh, qué conocimiento tan grande tienen esos poderes de las debilidades de la mujer! El momento fisiológico, el latir de los nervios femeninos, inapreciables sutilezas para los ojos del padre, del esposo o del hijo, son hábilmente descubiertas y explotadas para encadenar a la mujer en aquel antro de sombra, donde no se la señala otra luz que la de un paraíso ideólogo o la de un infierno materialista. Todas las exquisitas delicadezas del organismo de la mujer, santuario donde la maternidad afianza el triunfo de la vida, se conmueven, como las cuerdas de eólica carpa, por el aura suave y melodiosa de la palabra amor; y allí, entre esos muros altos y silenciosos, en la semioscuridad de un alba naciente, se la hace repetir una y mil veces esa palabra, en todos los tonos y bajo todas las formas, con el pretexto artificioso de purificarla el alma, pero con el fin seguro de encadenarla, no al alto amor de la humanidad, sino a los amores carnales, a los amores de los sentidos extraviados, que serán en lo sucesivo argollas inquebrantables donde gima prisionera, la que acaso sin aquellos manejos hubiera sido siempre libre. Y la infeliz mujer, firmado ya el pacto, estremecida en su conciencia sutilísima por el delito, bien sea de pensamiento o de obra, no halla otra salida ni encuentra otra justificación que entregarse toda entera, en su padre moral, al poder secular que la hizo conocer el pecado; y como en el alma de la mujer no hay otro egoísmo que el maternal, que después de todo es un exceso de amor; y como el alma de la mujer, mitad humana destinada a guardar los ricos dones de la ternura, no se satisface con nada que se relacione consigo misma, de aquí que aquella pobre y conmovida pecadora, extasiada con las venturas sin fin que se la ofrecen a cambio de una vida de penitencias y contrariedades, arrastrada por su exaltada fantasía y movida por su pasión vivísima hacia la felicidad absoluta, vuelva la mirada al hombre, y, ansiando salvarle, no queriendo separarse de él ni en la esperada gloria, empiece un trabajo paciente, feroz, terriblemente poderoso, y primero le arranque los libros, después los hijos, luego los amigos, más tarde las ideas, por último la voluntad; y cuando las canas, poblando la cabeza del hombre, deberían ser la corona que lo elevase al más alto grado de sabiduría y de virtud, le veamos caer, como rama de tronco carcomido, y con senil melancolía e indiferentismo infantil pasar y repasar entre sus dedos temblorosos las cuentas de un rosario.

Y de aquí también esas inconcebibles contradicciones de hombres librepensadores en el foro, en los ateneos, en los congresos, en las profesiones, en las cátedras, en el libro; hombres librepensadores intelectual, y socialmente, y católicos fervorosos en el seno de la familia; hombres hechos dos. ¡Como si fuera posible violentar las leyes eternas de la Naturaleza, que solamente sanciona la unidad! ¡Dos entidades en una sola persona! La mujer es la que realiza este milagro, milagro que es sencillamente una hipocresía; hipocresía católica o libre-pensadora, igual da: modus vivendi del egoísmo, que quiere la paz en casa y la paz fuera de casa. Y de aquí todavía esa mezcolanza, o maridaje risible, que pretenden hacer muchos entre el dogma y la ciencia, empeñándose en lo imposible, como es armonizar con la unidad de la moral absoluta la revelación y el análisis, la experimentación y la Biblia, resultando de todo un engendro híbrido, que paraliza el vuelo de la inteligencia y la facultad del sentimiento, colocando al hombre en la situación del que viera dobles o triples objetos.

Y de aquí, por último, esa separación tácita, pero marcada y real, de las almas del esposo y de la esposa, separación funesta, perturbadora, que acarrea la horrible desmoralización de nuestra sociedad; separación que prostituye la grandeza del matrimonio, que es mutuo consentimiento, es decir, fusión de dos espíritus semejantes, encaminados a un solo fin, la perfectibilidad de los hijos, y esta separación, esta violación de la ley natural, esta profanación del lazo perenne como la vida, inquebrantable como la eternidad, esta anulación (aceptada por nuestra sociedad con un indiferentismo espantoso) que se hace del matrimonio, que en el seno de la humanidad del porvenir será indisoluble aun en la viudez, dimana de que, no hallándose la mujer al nivel del hombre, tienen que marchar por distintos caminos, realizando en los hechos, y por la práctica, lo que no está sancionado por la Naturaleza, ni por la ley, realizando el divorcio, la negación de la responsabilidad de la palabra, ¡del verbo! que es el divino don de la especie humana.

¡Ah! los campeones del librepensamiento en España! ¡No habéis pensado con amargura que la mujer os espera en vuestros hogares con las gracias de su cuerpo, con las astucias de su ignorancia y las sutilezas de su sensibilidad, ocultando entre los encajes, o el percal de su vestido, al enemigo de la sabiduría y de la libertad?

Y si, tratándose de los hombres de ciencia, de fe, no dogmática, sino racional, es esto cierto, ¿qué no se podrá decir de esas grandes masas perdidas en los abismos de la ignorancia, rebajadas por tantos siglos de tiranías, por tantos miles de años de miseria? ¡Qué no se podrá decir de esos hijos del pueblo, que sujetan en la muñeca de sus pequeñuelos la manecilla de tejón, remedio contra el mal de ojo, y colocan a la cabecera del lecho el ramo de olivo bendecido, ahuyentador del rayo! Allí impera en absoluto la mujer. De aquellos hogares salieron las honradas masas a sembrar la desolación y la muerte en los campos de la patria, con el escapulario sobre su pecho, el encono fratricida en su alma, y la imagen de un necio ceñido de corona real. Ella, la mujer, sacaba del fondo del arcón el envoltijo donde se reservaban las onzas, o doblillas, y, con el desprendimiento de la mujer del pueblo cuando realiza un acto de su mayor satisfacción, ella era la que entregaba aquel oro, afanosamente recogido, al traillero de mozos de las montañas vascongadas o de los valles catalanes: ella era la que, domando sus instintos maternales en las pláticas con el cura guerrillero, azuzaba al hijo con la persuasión de su amor a defender la santa religión de sus mayores, poniéndole en sus manos el plomo homicida y rociándole con agua bendita para salvarlo de la muerte.

¡Defender la libertad de pensamiento sin contar con la mujer! ¡Regenerar la sociedad y afirmar las conquistas de los siglos sin contar con la mujer! ¡Imposible! Ella no puede vivir sin fe. Desconociendo la fe de la naturaleza, de la ciencia y de la Humanidad, se aferra a la que la enseñaron en la niñez, y sirviendo de dócil instrumento con sus sencilleces y sus ternuras a los enemigos de a Humanidad, de la ciencia y de la Naturaleza, se convierte en ariete que socava el edificio del progreso y el templo de la libertad!...

Así hablaba yo mentalmente aquella noche en que estudié Las Dominicales. De pronto alcé la frente, y vi delante de mi una mujer; la imagen de mí misma reproducida en el espejo. Confieso, amigo Chíes, que me reí, aunque con amargura, de los conatos de elocuencia redentora que había ido eslabonando en mi fantasía y, absorbiéndome luego distraída en la contemplación de mí misma, pregunté locamente al terso cristal que me reflejaba, pero no podía contestarme, el por qué del pensamiento, el por qué de la razón; el por qué de la vida; el por qué de todo cuanto existe y ha existido, y hasta el por qué de lo que no existió jamás. Después… difícil fuera desenvolver en palabras el curso de mis meditaciones, pero recuerdo que concluí por decirme: ¿Por qué no dejar salir fuera lo que late oculto en mi pensamiento? ¿Por qué no dejar que brote todo lo que se revela en el fondo de mi pecho? ¿No hay mujeres en mi patria? ¿No hay mujeres que piensen lo que pienso y sienten lo que siento? ¿No hay una pléyade femenina que trabaja heroicamente para el bien de sus hermanas, para la redención de las víctimas? Y esas mismas víctimas, ¿no llegarán a saber, por muy encerradas que estén en los gineceos modernos, por muy disipada que se halle su voluntad en la rutina y la ignorancia, que se pelea por salvarlas, a ellas o a sus hijas, y, poniendo en juego el poder de su debilidad, nos ayudarán desde aquellos rincones para la realización de la gran obra? ¿Pero acometer la obra de regeneración del librepensamiento no será arrostrar el sarcasmo, la sátira, la desestimación de los prudentes, de los sensatos, de los del modus vivendi, personajes respetabilísimos en el mundo del oropel, y los cuales, no hay duda, tienen grandes influencias en mi patria? Sí. No hay duda.

Retiré desalentada los ojos del espejo y tendiendo la vista por el aposento vi un solo punto luminoso, un retrato, el de mi padre, cuyos despojos ya estarán convertidos en polvo. Tenía, pues, detrás de mi la muerte; a mi alrededor, nada: ni las risas gorjeadoras de la niñez, ni el suave calor de la respetable ancianidad. El viril carácter a quien me unió mi corazón y mi palabra tiene bastante fuerza para defenderse solo… ¡Bah! después de todo –exclamé– no vale tanto mi personalidad, sola y escueta como se halla, que merezca ciertas consideraciones pueriles; lo que poco vale, nada pierde con los ataques de las fieras que asaltan los caminos de la vida. Además, la sublimidad de la idea, ¿no es digna del sacrificio de tanta vana consideración a que obliga a la mujer, sin agradecerlo, una sociedad puramente formalista?

Desde entonces sólo una ocasión faltaba a mi propósito. La casualidad la ha deparado en escucharle días pasados, y como la religión de la verdad, que predican Las Dominicales, necesita adeptos que, poseídos de la serenidad de la fe, haciendo de antemano el sacrificio de sí mismos, se coloquen decididamente a su lado, heme aquí, señor Chíes, que vengo a ofrecer mi entusiasta concurso a la causa del librepensamiento, con la mesura del caminante que, viajando solo, ni se precipita ni retrocede.

Y vengo a este campo de glorioso combate con creencias que por nada ni por nadie consentiré en perder, y que espero quepan holgadamente en el programa amplio y generoso de Las Dominicales. Ni por lo que soy, ni por lo que deseo, pretendo usurpar misiones: para usted y los suyos la lucha activa y vigorosa con los poderes, legislaciones o doctrinas imperantes: yo me contentaré con combatir a los enemigos, sean los que fueren, del hogar, de la virtud femenina, de la ilustración de la mujer, de la dignificación de la compañera del hombre; en una palabra, para ustedes lo rudo de la batalla, para mí el detalle de la pelea; la delicadeza o sutilidad, como si dijéramos, capaz de sorprender espías, descubrir emboscadas y señalar delatores. Esto no obstante, si alguna vez el propio celo de la verdad me lleva a su campo, desde ahora les suplico perdón, demandándoles de paso, con la mayor cortesía, el firme apoyo de su brazo de periodistas. Mi pie, aunque acostumbrado a caminar por sierras y despeñaderos, es, al fin y al cabo, un pie femenino, expuesto a tropezar en ciertos escollos: mi mano, si bien acostumbrada a refrenar los potros bravíos de las dehesas andaluzas; si bien embastecida por las faenas de mi huerto y de mi casa, es mano de mujer, ni fuerte ni musculosa; incapaz de hacerse respetar ni por su rapidez en herir, ni por su firmeza en sostener. La vida del periodista es la vorágine monstruosa, dispuesta siempre a tragar al incauto o al débil, mas con el apoyo de su brazo y el escudo de su amistad pondré reparos al espanto que me causa.

Aquí tal vez se haga usted una pregunta; y por si se la hiciera, quede de antemano contestado. ¿De dónde sacará esta mujer las armas para la lucha? Repitiendo unas frases que le oí, le respondo. Mi arsenal no está en las bibliotecas, está en la vida real; me sirvo para encontrarle del espíritu de observación; con él he ido devanando en mi cerebro hilo de todas clases, y puedo repetir con los dos primeros versos de la famosa relación del Tenorio, estos otros dos de mi cosecha:

Y en todas partes hallé

algo que guardar en mí

A contar desde hoy, de los devanadores de mi memoria se irán soltando cabos que habrán de desenredar los cajistas de Las Dominicales. Y al entrar en esa liza donde riñen rudo combate la luz y las tinieblas, voy a asentar la más alta y clara verdad de que estoy poseída.

NO VENCEREMOS: la húmeda tierra, como dijo Shakespeare, habrá extendido su frío sudario sobre nuestros huesos, y aún seguirá la batalla ensordeciendo con su estruendo las armonías de la naturaleza: el monstruo de las sombras, el verdadero monstruo apocalíptico, representación terrible de todas las ignorancias, las rutinas, las supersticiones, los egoísmos, las vanidades, las envidias, las sensualidades y las soberbias;  esa esfinge de cien cabezas que afianza sus garras de tigre en las huestes de esclavos que alzaron las pirámides del Egipto, y sujeta con los anillos escamosos de su cola de serpiente, a los siervos de la Edad Media y a los proletarios de las sociedades contemporáneas, no se dejará vencer ni rendir sin revolverse con toda su furia de monstruo, con toda la poderosa fuerza que le presta una desesperada agonía; y nuestros esfuerzos, y los esfuerzos de esa juventud entusiasta que nos sigue, la cual ha empezado a conmoverse con el grito de la libertad del pensamiento, y los esfuerzos de otras cien y cien generaciones, serán impotentes para sepultarla en los antros de la muerte. Sí, ¡serán impotentes! Así es como tenemos que empuñar nuestra bandera; sin la esperanza limitada a nuestro corto existir terrenal; sin la esperanza encerrada en los estrechísimos horizontes de nuestra individual felicidad; así, solo así, podremos mirar de frente, sin que su luz enturbie nuestros ojos, al sol penetrante de la Verdad, astro eterno que en los cielos de lo inmortal traza sus órbitas gigantescas por encima de los hombres, por encima de los pueblos y de las razas, y de los siglos y de las edades, y de los mundos; ¡infinito como la luz y el movimiento! ¡inextinguible como la vida y el amor!... No venceremos, pero habremos sostenido el emblema de la humanidad a través del tiempo y del espacio: no venceremos, pero habremos servido a la razón y ceñiremos en nuestra frente la corona de humanos.

Ahora entremos con resolución en el camino de la Verdad, estrecho y orlado de precipicios. Al verme en él tiemblo, sin vacilar. Las alimañas más estrambóticas van a surgir a sus orillas; unas, como los dogos de la fábula de Cano, comenzarán a ladrar; otras se harán las mortecinas, a ver si tropiezo con ellas inadvertidamente; muchas, con la propiedad que tiene la cobardía de ensañarse contra los que imagina indefensos, entablarán un concierto de aullidos. ¡Qué afortunada sería si, creyendo usar la mejor arma, guardasen un profundo silencio! Para seguir, a buen paso, por un camino peligroso, no hay mejor que el silencio y la soledad; se llega antes, y se va con más seguridad. De todos modos, no hay que preocuparse; la caballerosidad no obliga a la tontería de defenderse de los pequeños. Mientras no entorpezcan el paso, adelante; si acaso molestan mucho, con unas cuantas quijas de buen pedernal, lanzadas a sitio seguro, y sin dejar de caminar, bastará a que despejen la senda.

Allá voy, comenzando la jornada desde mi Rienzi el tribuno. Lo que antes escribiese, lo rechazo, como nacido en una edad nebulosa, que tenía reminiscencias del candor y recuerdos (emocionales para la mujer) de la propia mística. Parto desde mi Rienzi; sigo con mi Amor a la patria y Tribunales de venganza; me acojo al Cristo retorcido de mi poema Morirse a tiempo; me refugio en aquella cámara de Sentir y pensar donde la santa de corcho veía impasible los egoísmos de una familia de creyentes; recojo mis páginas de Tiempo perdido, con su paloma de azúcar cande suspendida en los altares del sensualista por excelencia; y aquella colección de Intermediarios, especie que converge por una parte con el mono y por otra con el hombre; y encerrándome en mi casita blanca y humilde que también nos defiende de los vientos perniciosos en que se revuelve la sociedad, tendiendo enfrente de mí la república de las aves y los espléndidos rayos del sol, doy el primer paso en la redacción de Las Dominicales, con el afán de que el último que de en las sendas de la vida, despierte en mi alma el amor que siempre tuve a la Libertad, y la vehemente aspiración de tener ¡alas!...¡alas!.

Queda de V. atenta amiga s.s.q.b.s.m.

 

ROSARIO DE ACUÑA

Pinto, Villa nueva, diciembre 1884

 

 

 

 

 


[1] La publicación en Las Dominicales del Libre Pensamiento se tituló «Valiosísima adhesión» e iba precedida del siguiente párrafo introductorio: «No por cortesía debida a la dama distinguida, sino por honor irrecusable a la escritora grandilocuente y apasionada, que viene a aportar generosamente a Las Dominicales el riquísimo caudal de sus talentos varoniles y sus femeninas delicadezas, retiramos otros trabajos para dar cabida, en este lugar preferente, a la carta que nos dirige la eminente poetisa doña Rosario de Acuña, carta que guardaremos toda la vida en la memoria como recuerdo precioso de su amistad. Dice así:»

[2] La Luz del Porvenir, copia la carta tal y como había aparecido en Las Dominicales, con el mismo título y entradilla, anteponiendo un texto aclaratorio: «Retiramos nuestro artículo da fondo, para dar cabida a una carta notabilísima que dirigió la eminente escritora doña Rosario de Acuña, al esforzado campeón del libre pensamiento Ramón Chíes, publicada en Las Dominicales el 28 de diciembre último. La adquisición de Rosario [de] Acuña, es para el racionalismo filosófico de alta trascendencia, los libre-pensadores podemos decir que es nuestra la victoria.

[3] Sobre la publicación en El Progreso, se recomienda la lectura del comentario 106. Heroína en Nueva York.

 

 


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¿Quién fue Rosario de Acuña?.

 

 

 

 

Rosario de Acuña. Comentarios

Algunas notas acerca de la vida de esta ilustre librepensadora