EN EL CAMPO

Cuatro palabras de prólogo

 

Aquí me tenéis presente, como si dijéramos, vis a vis; mucho trabajo me ha costado decidirme a escribir para vosotras, porque a la verdad, se aviene mal lo tosco de mi estilo, la aridez de mi palabra, lo intransigente de mi pensamiento, con las delicadezas a que estáis acostumbradas, y ¿por qué no decirlo?, he tenido miedo de malquistarme con vosotras, que sois compañeras mías y a quienes en modo alguno quisiera disgustar, porque, al fin y a la postre, uno mismo debe ser nuestro destino, unos nuestros dolores y unos también nuestros ideales. Por estas reflexiones y por otras razones que no sol del caso, y que alguna vez serán públicas en obra larga y con intenciones de trascendencia, he resuelto dirigirme a vosotras con ánimo sereno y sin apocamiento ninguno, porque en último caso, me he dicho, lo más que puede suceder es adquirirme algunas antipatías, algunas pequeñas rencillas de esas a las cuales dais tan fácil entrada en vuestro ser, y con las que dirigís algún cáustico sarcasmo hacia el pobre que os causó el rencor; pero por todo paso con tal de llamar a vuestros hogares con el aldabón del consejo y penetrar en vuestro corazón con la fuerza de la lógica y el poder de la razón. Y para que no digáis aquello de que no se deben dar lecciones cuando no se piden, os dirá que no es mi intención darlas a nadie contra su voluntad, quedando perfectamente libes para coger estas páginas y tirarlas a la chimenea; o pasarlas sin fijar en ellas vuestra atención; de no hacerlo así, claro es que os conformáis con recibirlas, y os dirá también que, al darlas, me creo con una autoridad que ninguna me negará, la de la experiencia y la de la observación; además, no son lecciones propiamente hablando, lo que veréis más adelante, son apuntes necesarios, si queréis que vuestra existencia dé un paso hacia el perfeccionamiento al cual la llama el sentido moral y la constitución de la sociedad del porvenir… He aquí otra razón poderosísima que me impulsa a dirigiros la palabra: el porvenir; quien observa y siente, por fuerza ha de lamentar esa degradación paulatina que, como frío sudario, envuelve nuestras juventudes; quien lo observa y lo lamenta no tendría perdón si no señalase enérgicamente algún reactivo en contra de tan invasora carcoma que amenaza reducir nuestra escogida naturaleza a los límites de la animalidad… perdonadme la frase, y haced acopio de la indulgencia para otras muchas que habréis de oír y que acaso lastimen vuestros oídos, acostumbrados a las melifluidades de la lisonja.


Nota que acompaña a la publicación en Las Dominicales del Libre Pensamiento

Queda, pues, asentado, que me dirijo con ánimo de que escuchéis con buena voluntad, y réstame para terminar, deciros que, aunque escribo para todas, dedico estas páginas a las que tienen costumbre de leer con sana intención y con el pensamiento libre de nebulosidades nacidas al calor de las supersticiones y del amor propio.

Muchas de las que reciben esta ilustrada publicación pasarán por alto el texto dedicado a trabajos literarios, llevadas por el afán de buscar un nuevo plegado para el paniers  o el color favorecido por el capricho de la moda; siento muchísimo que vosotras, ocupadísimas sacerdotisas de la puerilidad, no dediquéis una hora a la ingrata lectura de mi trabajo, pero no puedo llamaros a mí de otra manera que presentándome entre vuestras ocupaciones más gratas; no es culpa mía si no me atendéis. Otras muchas de vosotras poseéis esta publicación, donde hoy estampo mi nombre, como una necesidad de salón, es decir, por tener todo lo que se publica. Tengo la seguridad de que pasarán meses enteros sin que el primoroso cuchillo de marfil de vuestro escritorio rasque los bordes del ilustrado periódico, olvidado sobre algún tasser  del boudoir, entre perrillos de biscuit y cebollas de jacintos; claro está, con lo dicho, que a vosotras tampoco llegará mi palabra, que por otra parte no conviene que caiga en terreno mal dispuesto, y faltaría a mi deber de sincera si no dijese que no han de venir los remedios ni de las altas esferas donde la indiferencia se anida, ni de las nulidades medias que pasan su vida intentando, siquiera sea aparentemente, figurar en las posiciones superiores. En una palabra, y de otro modo dicho, no escribo ni para la aristocracia ni para las vulgaridades: las unas saben lo que conviene hacer para preparar el camino a las sociedades futuras… no lo hacen… por apatía, por falta de necesidades, por educación… y por cálculo: las otras ignoran lo que es deber, no tienen noción del sentido natural, el espíritu de imitación es sólo lo que las domina, viven petrificadas entre la rutina y la superstición…

Pero hay entre vosotras una parte sensata, prudente, dócil a la educación, llena de buena fe, aunque a veces sumida en tinieblas, llevada de un espíritu de observación y de análisis, parte sana de nuestra inmensa familia, que tengo seguridad que leerá con avidez todo cuanto se relacione con vosotras y esté escrito para vosotras; esa mayoría, porque afortunadamente es la mayoría, cogerá este periódico y recorrerá por igual lo mismo su sección de modas que de literatura… A vosotras dedico estos apuntes, leedlos, meditadlos, aprendedlos de memoria, porque pudiera ser que en ellos halléis algo que se relaciones con la verdadera felicidad, con el cumplido perfeccionamiento de la humana especie, en el cual tenéis que tomar parte muy activa, sí, muy activa, puesto que la sociedad tiene que regenerar por vosotras, que en vez de dar jimios como los que se dan desdichadamente en los planteles de la familia contemporánea, tenéis que formar hombres dignos de la supremacía de sus destinos sobre la tierra y del altísimo cumplimiento de sus deberes racionales.

Para que no se fatigue vuestra atención, os presentaré mi trabajo de una manera sencilla, comparativa, sobre todo real y verdadera; no lo leáis de una vez, sino poco a poco, conforme os lo vaya ofreciendo.

Excluyo al hombre de su lectura; más adelante escribirá intensamente sobre vosotras, y lo haré para el público neutro que tienen personalidad en medio de sus diferentes pluralidades; hoy escribo sólo para el género femenino; además, en algunas ocasiones es fácil que os abra las puertas de mi hogar; en él no debe entrar más que la curiosidad mujeril, que jamás mancha con su mirada ni ofende con sus indiscreciones.

Entrad resueltamente conmigo en el mundo adonde voy a llevaros, y si luego, al salir otra vez a la atmósfera en que respiráis casi siempre, sentís en vuestro corazón una congoja de tristeza, un indescifrable vacío que no puede llenarse con los placeres que os ofrezca el torbellino de la vida social, entonces es que mi compañía os ha sido grata y que sentís dolor al dejarla; entonces es que echáis de menos los horizontes que os habré hecho contemplar; entonces es que empezáis a comprender otras felicidades que aquellas que os ha enseñando la rutina, el ejemplo, vuestra imaginación febril y asequible a las asechanzas de la vanidad y de la pereza, y el lamentable oscurantismo que os legaron aquellas edades de las predicaciones y los desafíos.

Venid conmigo, y como amigas, sin ofenderos por mi lenguaje, ni enojaros por mi franqueza, recorreréis un mundo que desde luego, para la mayoría de vosotras, es desconocido y en el cual puede hallar vuestro espíritu ancho espacio donde manifestarse con elevada grandeza y vuestros sentimientos dignísimos objetos de adoración y respeto.

 

 

 

 

Imagen de la portada del libro

 

¿Quién fue Rosario de Acuña?.

 

 

 

 

Rosario de Acuña. Comentarios
Algunas notas acerca de la vida de esta ilustre librepensadora