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¡Ateos!

 

¿Cuáles son? ¿En dónde están? ¿Quiénes llevan en verdad ese nombre fatídico? Ateniéndose a las razones concretas, relativas, y por lo mismo inmutables en la inteligencia limitada del hombre preguntamos: ¿cuáles son los ateos?

«VOSOTROS, responden el catolicismo y la Iglesia de Roma, arrojando a nuestro rostro el vaho de sus maldiciones y de sus anatemas. VOSOTROS, los libre-pensadores emancipados de nuestro poder, que no reconocéis otro principio de autoridad que la Naturaleza, ni otro fin que el mejoramiento de la especie humana. VOSOTROS, dijo ya el sacerdote de la Edad Media a los que robaban los cadáveres de los cementerios bendecidos, para estudiar en las vísceras del muerto el origen de las enfermedades del vivo. Y antes, y desde entonces, todos VOSOTROS, los que acometéis a los cielos con el telescopio y señaláis el vacío sin límites donde pintó la Iglesia una bóveda de cristales; los que desentrañáis de la tierra la roca granítica y revolvéis las capas pluviales para reconstruir el origen de la vida, partiendo de un vapor condensado, y desarrollándola en el polípero para reasumirla en el hombre, hundiendo a vuestros golpes de zapa aquel paraíso terrenal , primer templo edificado, donde se hace aparecer de un solo golpe el árbol y el fruto, la planta y la semilla, el individuo y el óvulo; los que segregando de la masa encefálica una leve parte habéis arrancado a la vez una facultad cualquiera del alma humana, atestiguando victoriosamente la unidad indisoluble de la materia y el espíritu, y lo imposible, por lo tanto, de ese desprendimiento absoluto de la carne, estado de perfección en el cual fundábamos nuestras principales argumentaciones; vosotros, todos los que sin otro mandato que el de vuestra conciencia, ni otras armas que las ciencias exactas habéis trazado una raya en los campos de la vida, y llamando a vuestro lado a las fuerzas de la naturaleza, y dando albergue en vuestro pecho a una generosidad ilimitada, estrecháis la mano al judío, saludáis al mahometano, honráis al budista, y, sin atentar a ningún templo, entráis en todos con la sonrisa de la consideración en vuestros labios; VOSOTROS, dicen  la Iglesia Católica y sus adeptos, los que jamás hacéis una genuflexión ante la imagen, ni murmuráis la oración aprendida, y vais altivos, orgullosos con la ira de Satanás en vuestro pensamiento y la mirada fija y penetrante, siempre ultrajando con el amor propio que os devora la humilde religiosidad de los creyentes; VOSOTROS sois los ATEOS, los malditos; vuestro corazón está muerto, helado; no creéis en Dios; y si no es vuestra vida un tejido de vicios y de crímenes, es por la misericordia de ese Dios a quien despreciáis, el cual le da permiso a Satanás para que os tiente con la peor tentación, con la vanidad de vuestras acciones; pero caeréis, seréis malditos de esa misma conciencia vuestra que hoy de nada os acusa porque está ciega por la soberbia nacida de vuestro ateísmo: negáis a Dios, ultrajáis a Dios, osáis a Dios. ¡ATEOS


Fragmento de la segunda entrega publicada en Las Dominicales del Libre Pensamiento

Esto se nos dice en todos los tonos y de todas las maneras posibles, y desde los púlpitos baja esta palabra a los oídos de la muchedumbre perturbada hábilmente por la Iglesia, que halagándola sus instintos pecadores, la vende después en los confesionarios la tranquilidad de la conciencia por una sarta de padrenuestros y avemarías: y esta palabra desciende, desde las tribunas ateneístas, o académicas, sobre otra muchedumbre anómala, mezcla de egoísmo y de huera erudición, que por conveniencia o ignorancia acepta tales conclusiones, y las esparce en los salones de la riqueza y en los templos del arte sobre una sociedad podrida en repugnantes inmoralidades; y esta palabra se repite en las ermitas de las aldeas, donde hiere las tiernas, a la par que maliciosas imaginaciones de los campesinos, explotadas por una elocuencia sentimental, que les pinta a Dios con alas de paloma y al demonio con uñas de gavilán; y esta palabra, cuando no puede pronunciarse donde la oigan los más, se desliza al paso del librepensador, dicha por el católico, siempre que tiene seguridad de que será escuchada por una conciencia egoísta, hipócrita, necia o rudimentaria: y de este modo hacen el vacío a nuestro lado; la sonrisa de lástima, finamente modelada bajo esa cultura de las formas con que atenúa la sociedad su falta de sentido moral, responde a nuestras palabras y acoge nuestra presencia; la conversación frívola, insustancial, helada, entre vulgaridad rutinarias y triviales sucesos, sustituye en nuestras amistades a la confianza expansiva del cariño y de la simpatía; el insignificante favor suplicado con espontaneidad, se nos niega con suave cortesía, pero con inalterable firmeza; la demanda de afecto o consideración que hacemos con el presente, o con la oferta, se nos rechaza con la amabilidad del desagradecimiento, las más dañina de las falsas amabilidades: y con la palabra –ES ATEO infiltran a nuestro alrededor la desconfianza, el menosprecio, la desestimación que invade primero nuestra esfera social, y penetrando en el hogar, hiela la atmósfera del amor, ahonda los abismos de los caracteres, agiganta los límites de la dignidad personal, prolonga las distancias de las antipatías, y, rompiendo conveniencias y arrollando derechos, enciende la discordia entre los esposos, llena de repugnancias el corazón de los hijos, vuelve suspicaz e intransigente la ternura de los padres, separa con discusiones apasionadas a los hermanos, y por último, hiriendo con su acerada vibración el reconcentrado asilo donde se refugia la conciencia del hombre, le turba más de una vez con el sombrío espectro de la duda y lo arroja indefenso a las elucubraciones metafísicas que terminarán la obra llevándolo a las celdas de un manicomio, o lanzándolo caduco, enfermo y perturbado, a los pies de un confesor, triunfo que pregonará a todos vientos el infalible catolicismo; y si, conmovido por este cuadro de terribles infelicidades y amarguras, el libre-pensador vacila un solo instante negándose a sí mismo bajo la presión importante e ineludible de las circunstancias, se vuelve hacia la Iglesia, y lo sinceridad de las almas rectas la dice: Yo no quiero ser ateo, aconséjame para no serlo, le veremos guiado al gran rebaño, donde, como marca de propiedad, se le impondrá, por primera condición de creyente en Dios, la anulación de su ser, es decir, la prohibición de pensar y de sentir de otro modo que piense y sienta el director de su conciencia. De un lado el anatema con la palabra ATEO, resonando como un eco fatídico en torno del libre-pensador y causándole la muerte social; del otro lado la palabra OBEDIENCIA matando la sensación, la idea y la voluntad del hombre, dándole la muerte moral; por ambos lados la negación de la vida, es decir, el ateismo…¡Sí! ellos son los ministros de todo aniquilamiento y de toda anulación. Ellos son los ATEOS.

 

II

 

Pero no basta decirlo, es menester probarlo, revolviendo con mano firme las brillantes escorias que sirven de basamento a sus argumentaciones; es menester bajar al fondo de la fábrica y arrancar de las entrañas del catolicismo el átomo de corrupción que, soterrado bajo las magnificencias del templo, arroja sus perfumes de muerte sobre las sociedades envenenadas con néctar delicioso, que las hace morir bendiciendo la mano que las mata: y cuando allá, en lo más profundo, en lo más hondo del cimiento, hayamos encontrado la ponzoñosa linfa, que brota al exterior transformada en indulgencias, bendiciones, rehabilitación, paz íntima, paraíso eterno, bienaventuranza infinita; cuando, despojado de sus vestiduras deslumbradoras y radiantes por estar adornadas con las preseas de todas la felicidades capaces de albergarse en la facultad imaginativa del alma, extendamos el gran cadáver en la mesa de disección, podremos exclamar en verdad y en razón: «He ahí el ateo: átomos de que está formado, vosotros sois los ateos: vosotros negáis a Dios; ultrajáis a Dios; osáis a Dios.»

Nada de componendas. El catolicismo lleva en sus entrañas el hálito de muerte; sus ejemplos de perfección son los ascetas y los místicos. Nada de los que sientas y pienses lo admitas como bueno –le dice al hombre– la carne es tu enemigo; tu enemigo es la sensación, la voluntad, el pensamiento; son los nervios que te hacen sentir el dolor o el placer, la risa o el llanto; la sangre que arrastra a tus músculos la savia de la vida y los baña de magnetismo atrayente o repulsivo; el cerebro en que hacen vibrar los sentidos la idea analizadora o la idea emocionativa de amor o de odio: si tus ojos quieren ver ciérralos para que no vean, porque en pos de la voluntad de mirar vendrá el deleite de haber mirado; si tienes sed arroja el agua que fueres a beber, porque a la satisfacción de haber bebido seguirá el deseo de no volver a tener sed; si tuvieses frío arrójate a un ventisquero, porque si te abrigas huirás en delante de toda crudeza, haciéndote indolente para el sufrimiento; si quieres la tranquilidad y la paz de lo desconocido, lánzate a la predicación y a la cátedra, porque esa modestia es predisposición a la soberbia; si te acometen bríos de discusión o de polémica, arráncate la lengua, o ponla a merced de tu superior, para que no diga nada, o diga sólo aquello que le manden, porque tú no eres más que un puñado de polvo, menos que polvo, un puñado infecto y miserable de podredumbre, lleno de miasmas pestíferos; arráncate de ti mismo hasta el punto de que sientas el dolor y te regocijes en él, sufras la pena y en ella te deleites, vivas en la contradicción y en ella te satisfagas; y cuando no seas, cuando la negación sintetice tu vida, tus actos y tus pensamientos, y la inmovilidad estática te haga ser una estatua hueca, habrás realizado el ideal católico, habrás reasumido toda la perfectibilidad susceptible con la tosca naturaleza (es decir, aún no lo consideran el sumun de perfección)

De todo esto, ¿qué resulta? Un cadáver acurrucado, sirviendo con su automática demencia de contagio a la organización intelectual del resto de los hombres. ¿Dónde está Dios aquí? ¿No es la negación sacrílega del Gran Ser esa desviación de la naturaleza humana hacia un estado patológico, funestamente perturbador de las grandes leyes universales? Sí: negáis a Dios en sus criaturas racionales, es decir, en la obra más concluida, dentro de la esfera de relación en que gira nuestro planeta; hacéis del mundo un inmenso pudridero, en donde el hombre apenas nace tiene que morir; convertís la tierra en una morada de muertos.

Y de tal modo llevan en sí mismos los católicos la más alta representación del ateísmo, que no sólo reniegan del Ser Supremo, sino de la voluntad de su Dios, que dicen hizo la criatura a su imagen y semejanza. ¡El semejante de Dios convertido en una masa informe, desorganizada, más deleznable aún que las estériles arenas que arrastra el huracán! Y no solamente le niegan, sino que pretenden que Dios se niegue a sí mismo… ¡fuera sofismas y subterfugios como interpretaciones del evangelio!... si el hijo de Dios vino a renovar el imperio de la gracia perdida en el paraíso, al consumarse la redención volvió a quedar el hombre hecho a semejanza de Dios; inútil es, por lo tanto, esa negación del ser moral y materialmente hablando, la cual sirve de fundamento primordial del catolicismo y a la cual deben tender todos cuantos de católicos se precien.

Al llegar aquí, las palabras tolerancia, misericordia se alzan delante de nosotros, como si intentaran atenuar la crudeza de su doctrina. Pero la tolerancia y la misericordia, iniciadas por grandes personalidades de la secta, las ostentan bien a pesar suyo, impuestas por los siglos que, en su paso lento y seguro por la gran vía de la perfectibilidad, han ido acumulando su pesadumbre sobre la iglesia, que, embebida en imbécil contemplación, o embriagada con la sangre de los mártires del libre-pensamiento, no paraba mientes en que iba arrastrada por las risueñas auras de la vida y las corrientes impetuosas de la ciencia; pero como en su seno llevaba el germen de negación, esa tolerancia y esa misericordia, sentidas inconscientemente en la atmósfera que respiraba, se transformaron en sus entrañas de hielo en debilidad repugnante, con la cual vende en vergonzoso mercado las bendiciones, las indulgencias y las santidades. Esa tolerancia, con la cual atrae y subyuga a los espíritus llenos de pureza, que buscan la verdad con la rectitud candorosa de un alma feliz, es una acomodaticia aquiescencia del pecado. Si. «Arrepiéntete –le dice al hombre– y yo te devolveré la dignificación; soy tan indulgente que no hay monstruosidad que no perdone, y al ser perdonado por mí, ya puedes alzar la cabeza; ningún poder osará abatirla, y para mayor seguridad seré tu cómplice, y, bajo el sigilo de la confesión, podrás ir impune por la faz de la tierra recogiendo la veneración de las gentes, aunque hayas cometido los más grandes crímenes; en cambio, ¿qué te pido? tu palabra (¡!) de no volver a pecar, y un poco de oro para que los ministros de esta benigna religión recen a tu salud…»

¡Ah esa tolerancia, que ha sido tan fecunda en los campos de la ciencia y del arte, se ha transformado en horrible cariátide en las regiones del catolicismo, y con la astucia más refinada acoge a los grandes malvados, intentando hacer de ellos los grandes santos, fundándose en un principio anexo a la naturaleza humana, la necesidad del consuelo en nuestras penas pasionales, y del consejo en los conflictos de la vida social. Pero ¿cómo hace de esta necesidad un arma de defensa? Dando el consejo de la abnegación absoluta, en cuanto el conflicto es de tal naturaleza que no puede su resolución aprovecharles para sus fines particulares; valiéndose de la parte conmovedora y racional que posee el evangelio para facilitar el consuelo, cuyo germen lo lleva ya el pecador en el hecho de acudir a confesión que es efusión de un alma, ávida de cariño (he aquí su gran poder sobre el corazón de la mujer); facilitando con una condescendencia corruptora la rehabilitación, ese deseo fuertísimo de toda alma conturbada; transigiendo con la culpa; que transigir es perdonarla sin grandes restricciones, y mediante una irrisoria penitencia. He ahí su tolerancia. ¿Queremos estudiar sus efectos? Pues veámoslos en esta sociedad que nos rodea.

 

III

 

Paremos la planta en los pórticos de los templos; fijemos la mirada en las criaturas que los pueblan; analicemos con serenidad el conjunto que forman.

Aquellas damas que salen, llevando el voluminoso libro y el afiligranado rosario, ¿vienen de orar o de un torneo de belleza? Los penachos que ondean sobre su frente, el raso que se pliega en cascadas sobre los encajes o el brocado de sus vestidos; los afeites que abrillantan sus rostros como si fueran de escultura retocada; los dijes y preseas que fulguran en ellas, ¿no acusan una banalidad pueril, un ferviente culto a la religión de los sentidos? Las sonrisas de sus labios, el brillo de sus pupilas, el contoneo de sus talles, hasta la suntuosidad de los códices que llevan en sus manos, ¿no descubren  un espíritu solicitado por todos los placeres de la carne? ¿Y a dónde van? ¿A sus hogares? ¿A esparcir la semilla del amor, de la paz, de la sencillez?... No; van a la ocupación cotidiana: a destrozar reputaciones, a revolver escaparates, a pregonar grandezas, a ocultar debilidades, a satisfacer apetitos, a provocar envidias, a rebajar a la amiga, a vender a la rival, a festejar a la viciosa, a consultar adivinos, a fiarse de curanderos, a ostentar la caridad, a esconder el vicio, a profanar la virtud aparentando santidad. ¡Así es como pregonan las excelencias de la tolerancia católica!

Aquellos varones que descienden por las gradas del santuario, mostrando un acicalamiento afeminado o una severidad tan afectada como la seria parsimonia de un mal actor; aquellos que se saludan ceremoniosamente con ese atildamiento de formas que es la librea más primorosa de los lupercos de nuestras sociedades, ¿vienen de orar o de la contratación del nuevo negocio? Su cortesía gongorina, la suavidad meticulosa de sus modales mezclada con la agudeza de sus sátiras y la suficiencia de sus discursos, ¿no los denuncian como prosélitos del dios éxito, como sacrificadores en los altares del becerro de oro? Y los equívocos obscenos, si bien pulcramente vocalizados, que brotan de sus labios, y las muecas provocativas de sus rostros de comediantes, ¿no los presentan como dignos descendientes de los prevaricadores que espantaban a Loth? ¿Y a dónde van? ¿A defender los derechos del oprimido o dar apoyo al inutilizado? ¿Van al palenque de las ciencias o de las artes a testificar una verdad y promulgar una belleza? ¿Van a enseñar el código de la ley natural con los consejos de su inteligencia y el ejemplo de sus virtudes? ¿Van a esparcir entre sus semejantes la luz de la sabiduría y el fuego de la caridad?... No; van a cumplir otros deberes más imprescindibles; van a gestionar el agio, a vender la dignidad, a usurpar el privilegio, a ultrajar al caído, a profanar el arte con las diatribas de su erudición, a falsificar la historia, a escarnecer a los héroes de la libertad con falsos comentarios; a ensoberbecerse con los humildes arrastrándose ante los poderosos; a comprar sus placeres deshonrando el hogar de sus prójimos; a prostituir sus hogares en los antros del placer; a premeditar ventas de esclavos, contratas fraudulentas o compras de falsificados productos; van a estudiar trasgresiones jurídicas, acomodamientos criminales, embrollos financieros o golpes de Estado que les den las primicias del poder y los diezmos de las contribuciones; van a entablar polémicas estériles para la felicidad de su patria –las cuales pudieran llamarse «metafísica de la oratoria»–, donde, después de alambicada la frase, estrujado el concepto, ampliado el detalle y siempre enaltecida la personalidad, no se saca en limpio más que unas leyes parecidas a monstruosos engendros, una administración anómala, restrictiva y asequible a las irregularidades, y un miserable lugar entre las grandes naciones. Van a revolverse en los brazos de todas las concupiscencias y a desprestigiarse bajo el cúmulo de todos los errores, con el rostro enmascarado por una dignidad teatral, la cédula de comunión arrollada entre sus perfumados guantes y las bendiciones apostólicas irradiando sobre sus cabezas. ¡Helos ahí que salen del templo de su Dios, resumiendo la tolerancia del catolicismo!

Y aquellas estancias del hogar del pueblo católico, llenas de láminas abigarradas, de santos y de vírgenes, aquellas moradas donde se cuelgan los evangelios en bolsitas de seda, donde se guarda el cabo bendito liberador de la tempestad, donde el San Antonio de yeso se engalana con pedacitos de percal y collares de vidrio, ¿son la vivienda de los escogidos, de los puros, de los benditos? Indudablemente, porque allí por todas partes se ve el poder de la Iglesia, representado en sus sacrificadores penates. Esas mujeres del pueblo católico llevan al dedillo la historia de los jubileos; hacen la novena a la santa de su devoción; se acercan al altar de la penitencia en el tiempo ordenado y con motivo de misiones, donde suelen llorar a lágrima viva oyendo la palabra santa. Esos hombres del obediente pueblo católico son cofrades de una hermandad; sostienen con la merma de sus jornales la lamparilla de alguna imagen; ofrecen su primogénito a la devoción de San Roque o de San Juan, entusiasmándose al verlo vestir de peregrino (con calabaza y todo), o de blancas pieles de borrego, para asistir a las procesiones del santo patrón; llevan a los retablos el par de manos de cera o la mortaja de gasa, como ofrenda beatífica por no estar sin manos o en la fosa; y, por último, se disputan las andas en la rogativa que se hace para que llueva en los campos, mientras en los inmediatos hacen la misma función para que cese la lluvia, rindiendo así el más grande culto al poder de la Iglesia.

¡Felices existencias! De entre ellos y ellas debe surgir la luz del evangelio como de un fanal purísimo; deben ser el arca santa donde se guarda la semilla de todas las felicidades salvadoras de la sociedad; la sencillez de su vida debe ser ejemplo edificantes para los protervos; respetuosos, crédulos, humildes a las enseñanzas católicas, todos nosotros deberíamos volver la mirada hacia ellos, envidando la paz sublime de sus almas inocentes, donde se reflejan los destellos de todas las virtudes.

Ved, sin embargo…

En aquellos hogares es donde existe, e impera, el amancebamiento más impúdico: mi hombre, dicen aquellas hembras, para señalar, no al marido recibido por la Iglesia, sino al encontrado en la francachela de una romería, que mañana será sustituido por el que se halle en el baile de una verbena. ¡A la calle, vagos! se les oye gritar a aquellas mujeres en pos de un terrible juramento, o de una palabra repugnante, arrojando en medio de la plaza una caterva de chiquillos de dudoso abolengo (alguno de los cuales es el peregrino de marras) e iniciando así para la infancia la verdadera peregrinación hacia el crimen, en el que se adiestra hurtando fruta al vendedor, poniendo mistos explosivos a los pies del transeúnte, dando gritos desaforados al pasar junto a una anciana, o arremetiendo con fingida caída contra algún ciego para que tropiece, recogiendo en su tierna organización todas las inmundicias del arroyo, criándose como plantea que, hermosísima y útil por su origen, se volviera disforme y dañina por falta de cultivo; pero en cambio se amontonan como racimo al paso del cura católico, y le besuquean la mano con sus boquitas manchadas con las impurezas de la colilla, o los acres vapores del aguardiente; pero en cambio tienen siempre dispuesta la piedra agresiva pronta a caer entre insultante vocerío sobre el pastor protestante señalado por sus madres como hereje. ¡Helos ahí en la vía pública, que es la vía-crucis de su alma, pregonando las excelencias de la tolerancia católica!

De aquellos hogares sale la mujer embrutecida por el trabajo, rebajada por las palizas, perturbada por el hambre, despojada de toda idea de dignidad, de pudor y de conciencia, a encerrarse en esas horribles casas del vicio, baldón de la sociedad, escudo heráldico de la miserable insuficiencia del catolicismo, guaridas infectas legalizadas por un silogismo espantoso –la necesidad de la naturaleza- ¡profanación sacrílega de la criatura racional que no puede ser disforme ni monstruosa, sino engendrada y nutrida en unos hogares faltos de aire, de luz, de trabajo físico nivelador y regenerador; faltos de máximas severas, edificantes, elevadoras del alma hacia un ideal de pureza! en una palabra; faltos de creencias de religión, y en cambio llenos de banalidad enervadora, de supersticiones idólatras, de pasatiempos inútiles; hogares incrustados en vías lóbregas e intranquilas, hogares irracionales que dan de sí organismos imperfectos, animalizados, ebrios por el fuego de las concupiscencias; hogares malditos a pesar de sus santos y sus cruces, que sostienen con sus prostitución íntima la pública prostitución; esa llaga que socava las sociedades y aniquila las razas, y cuya estadística arroja una mayoría respetable en las ciudades, relativamente en las aldeas, como si quisiera levantar el estigma ultrajante que se arroja sobre la naturaleza.

Aquellas moradas del pueblo católico son las antesalas de la taberna, antro donde degenera la raza del hombre con las blasfemias horripilantes, con las maldiciones estupendas, las disputas nimias y los juegos de azar; con la atmósfera ahumada, pestilente, deficiente para la sangre, excitante para el sistema nervioso; atmósfera de cubiles de hiena, donde el semejante de Dios salta como bestia carnicera a la garganta de la víctima y le hunde el hierro homicida, cebándose después en destrozar el inanimado cuerpo; de ella sale la repugnante mascarada de la embriaguez al caer, como fardo asqueroso, en la plaza pública; a profanar la naturaleza con delitos nefandos, terminando su carrera de obscenidades y de crímenes en un afrentoso y bárbaro cadalso o en el espantable deliriums tremens, facsímil de los tormentos del condenado entre las llamas del infierno católico. Allí se incuban, se desarrollan, se alimentan y se fortalecen todos los instintos de venganza, todas las pasiones del odio, todas las asperezas del corazón y todas las groserías de la forma. ¡He ahí ese pobre y desgraciado pueblo, irresponsable de su perversidad, anonadado bajo el peso de una depravación terrible; he ahí esa masa de seres defendidos por su positiva ignorancia, amenazando como formidable ametralladora el asilo de la sociedad del porvenir que, cual larva preciosa e inapreciable, se anida en la mente de los sabios y de los buenos, acariciada por el fuego de la ciencia y los efluvios de la caridad! ¡He ahí a ese pueblo pronto a lanzarse a la lucha, no con la serenidad del valor, con la fuerza de la conciencia y la grandeza del mártir, sino con la ciega ira de los dementes, con la violencia de los tiranos y con el apetito de los buitres! ¡He ahí como pregona con su actitud la trascendencia de la tolerancia católica, de esa tolerancia cuyo perdón es transacción, la cual castiga y no corrige, amenaza y no enseña, provoca y huye, insensibiliza y no consuela, sintetizada más exactamente en la palabra impotencia.

 

IV

 

«Por todo esto rechazamos la Tolerancia, que para nosotros es equivalente de Libertad, que a la vez es sinónimo de Licencia: por esto  los puros católicos nos atenemos a la autoridad apoyada por la fuerza; representada por los expedientes inquisitoriales; servida por el fuego purificador de las hogueras, por el saludable torniquete de los potros y el regenerador calabozo de las prisiones…» Esto dicen los moralistas católicos, ante el cuadro desolador que presentan nuestras sociedades. Dejando a un lado la historia del ayer, en el cual tuvieron esos poderes omnímoda influencia, sin que dieran otros resultados que la relajación más horriblemente hipócrita de las costumbres, y el principio de decadencia de la raza latina; dejando esto sin comentarios, se puede exclamar: ¡Brava contestación! Vuestro Espíritu Santo no sabe servirse más que de un arma de dos filos; el uno mata la humanidad, arrojándola a los desiertos ascetas y a las comunidades contemplativas, o bien churruscándola en los autos de fe; con el otro filo la asesina lentamente entre soberbias, avaricias, lujurias, iras, gulas, envidias y perezas; de ambas maneras herido, el hombre muere; de ambos modos se va a la negación, al ateísmo; ateos, intransigentes o tolerantes… todo es igual!

¡Ah! ya se les oye gritar. «¡La carne, la naturaleza tiende al mal…(¡!)… somos impotentes contra la carne maldita, esclava de Satanás…!»

Volvemos a encontrarnos otra vez frente a la redención; lo que está redimido no puede ser maldito, y además, en la carne libre-pensadora se comprende, y hasta es lógico, que entre el demonio, y la haga invencible contra la palabra, el consejo y la inspiración divina, ¡pero en la carne católica! ¿Cómo no vence el catolicismo? En esos que acuden una y mil veces con la llaga del pecado abierta a su balsámico tratamiento ¿cómo no se verifica la cicatrización y se da de alta al paciente? Una de dos: o esas confesiones son válidas, por sinceras, o no lo son, por falsas; en el primer caso el alma está dispuesta a desarrollar la semilla del bien, y a que florezca la planta, el terreno se halla preparado; en manos del catolicismo está sembrarlo y cultivarle; en el segundo caso los que se arrodillan a sus plantas son unos monstruos de iniquidad, que venden miserablemente a la iglesia; si es así el catolicismo tiene la más horrible de las maldiciones; la de la verdad profanada cuando más grande ostentación se hace de respetarla; de las dos grandes maneras nos encontramos con el ateísmo, el que escarnece los consejos, y el que se burla de los preceptos; de todos modos se encuentran en conflicto permanente con la divinidad, es decir, ultrajan a Dios.

Pero aún hay más; aún llevan más a lo hondo del alma la corruptora gangrena del ateísmo, que se extiende como lepra mortífera sobre los hombres: se abrogan los derechos de Dios. Nada importa que exista una criatura, honrada, trabajadora, leal, dispuesta siempre a seguir los consejos de los mejores, llena de sinceridad para conseguir la felicidad de los suyos; nada importa que esa criatura, con el alma purificada en los crisoles de las desgracias, lleve su abnegación a lo sublime, y, encendida en el amor de la caridad, haga el beneficio por donde quiera que vaya; su vida, sus acciones, sus virtudes, su ser todo, queda inutilizado ante el catolicismo; su palabra no es verdad, sus hechos no son puros, sus consejos no son prudentes, su existencia es inútil, enfrente de la existencia, de los consejos, de los hechos y de la palabra de la iglesia; henos con la división de castas, esa irritante línea que da a los unos aquello mismo de que despoja a los otros; sea como sea, buena o mala, mancillada o enaltecida, perversa o justa, la casta sacerdotal es infalible, sagrada; Dios no baja al corazón ni a la mente de ningún hombre, por muy digno que sea, sin mediación de otro hombre, que aunque esté enfangado en el crimen se vuelve puro para restablecer la comunicación con Dios, es decir, hacen del Ser Supremo un jefe de partido; los que no están con él están enfrente de él. Para estar con él no basta llevar en el alma todas las aspiraciones hacia la divinidad, ni realizar todas las sublimidades del amor, para estar con él lo primero de todo, y después de todo, se necesita saber el latín y tener una ara de piedra o de oro. “Dios ha descendido sobre los hombres, pero no se deja ver más que de nosotros” Esto dicen, y corren las cortinas del templo. ¡Qué bien se contempla en ellos a los legítimos descendientes de aquellos que, metiéndose dentro de los huecos ídolos, los hacían pronunciar el oráculo, mientras la muchedumbre escuchaba confundida en el polvo y la oscuridad!

«Negación de todo principio que sea contrario a la verdad que poseemos». He aquí el lema del catolicismo; las demás componendas de tolerancia, misericordia, dulzura, suavidad, mansedumbre, son soflamas bajo los que se esconden la impotencia, el egoísmo, la astucia, la ambición, la sensualidad. Con tales sofismas se corrompe el cuerpo social y se prostituyen las razas; con tales sofismas alimentan la esperanza de que, cuando llegue a su colmo la descomposición, se volverá la mirada hacia la iglesia; por esto su afán de sostener, sobre la virtud real, la virtud aparente, sobre toda religiosidad concienzuda, una religiosidad milagrera, y supersticiosa, arpones que tienen arrojados sobre la sociedad y cuyos cables, sujetos en el fondo de su nave, pretenden utilizarlos para recuperar la ambicionada presa, y hacer ostentoso triunfo de su lema fundamental, que les sirve para erigirse en casta opresora, vengativa y cruel.

 

V

 

Nada importa que, gritando tumultuosamente, desempapelen los polvorientos anales de su historia, y, haciendo desfilar a los siglos (que después de todo son un minuto en la vida del planeta), y apropiándose la misión, algún tanto sacrílego, de testificadotes de Dios, alcen a sus mártires, a sus sabios, y a sus santos, exponiéndolos como cuerpo de avanzada ante nosotros los ateos, los malditos, los réprobos; a modo que el cobarde coloca delante de su cuerpo la púdica doncella de casta hermosura, o el venerable anciano de rostro apacible, para que se conmueva el enemigo y no ose sacrificar tanta perfección y tanta debilidad.

¡Subterfugio vano!

A los lamentos de sus once mil vírgenes, responderán los gritos de los millares de indios sacrificados en las comarcas americanas, ante las gradas de los altares católicos, por negarse a renegar de sus dioses Mejicanos o Incas; a las elucubraciones místicas de sus teólogos responderán las leyendas de los Vedas, los ritos druídicos, las metempsicosis del Asia, la filosofía griega, en cuya metafísica se inspiraron esos grandes doctores; a las virtudes de sus santos, responderán las generaciones de esclavos, llegados hasta el tercio de nuestro siglo, sobrias, trabajadoras, humildes, besando la mano que cerraba collares en sus cuellos.

Y esto sin negar la autenticidad de estos anales; esto sin desentrañar de la historia las vergonzosas páginas de los Borgias, y otras tan sabidas y comentadas, esto aceptando la tradición y la leyenda como medio histórico, y dispensando la relación de sus cismas, de sus escandalosos concilios, de sus guerras sectarias. Queden separados sus mártires, sus sabios y sus santos de su doctrina, para unirlos a la estirpe excelsa de los escogidos de la Humanidad; todos ellos (los que existieron verdaderamente) se asientan en el templo de la inmortalidad, con coronas de inmarcesible gloria. Nacieron en el catolicismo, pero si hubieran nacido fuera de él, habrían sido lo mismo; su verdadera grandeza no consiste en que profesaran aquella secta. ¡No son grandes por católicos! El catolicismo se hizo grande por ellos, que llevaban en sí mismos una parte de la Verdad, de la Belleza y del Bien. Asociados a los mártires de la Libertad y de la Ciencia, equiparados a los filósofos de todos los tiempos y de todas las razas, nivelados con todas las criaturas que hacen religión del sufrimiento y de la humildad, no los tiembla el libre-pensador, ni los puede herir el justo; retírense, por lo tanto, de las avanzadas del catolicismo, alguna de las cuales bien cierto es que se encuentra en conflicto permanente con las ciencias exactas y físico-naturales. Sobre los seres que forman esas avanzadas se extendió el velo de la muerte, y como no pueden salir de sus tumbas para respondernos, es preciso dejarlos en paz dormir el sueño eterno, escribiendo en su sepulcro como epitafio: «En contra de ellos nada puede decirse, sino que fueron católicos»

«El mundo se despeña en la impiedad; el ateísmo cunde sembrando el más espantoso desconcierto; nada hay sagrado; nada se respeta, y la humanidad se precipita en un abismo de dudas y de negaciones». Esto pregonan con grandes alaridos y entre furiosos anatemas y espeluznantes maldiciones, y la Historia se alza majestuosa preguntándoles: «Si en vosotros está la Verdad, la Belleza y el Bien ¿qué habéis hecho del género humano? ¿Qué hacéis de él en el presente? –Hecatombes espantosas en que la sangre se mezclaba a miembros carbonizados; guerras crueles iniciadas a favor del Hijo del hombre, en que morían a millares los hijos del hombre; costumbres crapulosas ante las cuales palidecen los crímenes sodomíticos; razas envenenadas por los gérmenes de repugnantes enfermedades; plagas de mendigos asiladas en monasterios y abadías; ejércitos de dementes cuyas alucinaciones pregonabais como revelaciones de Dios; príncipes sanguinarios que alzaban sus alcázares, protegidos por la cruz, sobre los cadáveres de sus súbditos y el fruto de sus rapiñas; plebes tumultuosas arrollando todos los derechos para evadirse de todos los deberes; sociedades enteras depravadas en la más horrible inmoralidad, cuyos únicos puntos luminosos han sido las personalidades nacidas en ellas. He ahí vuestra obra, en la cual no se ve otro Dios que una colectividad fuertemente unida (por la atracción que poseen todos los vicios) imponiéndose sobre una parte de la Europa con la utilidad astuta de la serpiente; he ahí vuestro pasado y vuestro presente, vuestras obras todas; vuestro ser todo que niega a Dios. Luego vosotros sois los ateos

 

VI

 

¡El porvenir…! ¡contad años…! ¡contad siglos…! ¡contad edades…! ¡qué importa cuándo, el porvenir no es vuestro; la negación no puede subsistir como estado permanente. La vida es muerte sin la fe; vosotros mismos lo habéis dicho por boca de la teología. ¡La reacción vendrá y la fe se alzará triunfantes sobre vuestros cadáveres…! ¡Llenad nuestras almas de amargura; emponzoñad nuestras existencias, rodeándolas de esa atmósfera helada y sombría que la palabra ateo extiende en derredor del hombre! ¡lanzad vuestros sicarios jesuíticos hasta los más recónditos asilos de nuestro hogar, armándolos de la vil calumnia, del sangriento epigrama, del equívoco ultrajante, de la prueba falsificada, del testigo pagado; o de la dulcísimo palabra, del tentador placer, de la condescendencia halagadora o de la adulación narcotizante! ¡todo inútil! Mataréis un hombre, hundiréis una inteligencia, prostituiréis una virtud, pero cada gota de sangre vertida se infiltrará en la sangre por verter; cada infeliz arrojado en las celdas de un manicomio llenará de razón a miles de cerebros; cada santidad enfangada en los vicios, hará brotar en el vergel de la virtud las más espléndidas santidades: y el inocente labriego, cuando se persuada a que vuestras bendiciones no dan tantas cosechas como un canal de riego, o un estudio agrícola, os negará el diezmo, que indirectamente seguís cobrándole todavía; el potentado inmoral y sensualista, cuando se convenza de que no le sirve vuestra sombra para máscara de sus vicios, os cerrará las puertas de sus palacios y su oro dejará de afluir a vuestros bolsillos; la apasionada mujer, cuando se convenza de que por buscar amor no hizo otra cosa que huir de la frialdad del marido… (Frialdad inspirada, protegida y aconsejada por la iglesia, que fiel a su principio de negación, para lograr su fin dominador, ha tendido a separar el hombre de la mujer, halagando en él el amor propio hasta saturarlo de una falsa dignidad, que ahoga los movimientos expansivos de su ser, únicos por los que se fusionaría en el alma de la mujer, y para ensanchar más el abismo aviva en ella las delicadezas hasta un estado de patológica sensibilidad que mata sus energías; en el fondo de este abismo coloca el catolicismo su confesionario para aconsejar al hombre con una teología semi-racionalista y para guiar a la mujer con la poesía fantástica del evangelio) cuando se convenza la mujer de que por huir de esa frialdad del marido ha caído en la melosa indiferencia del confesor, os cerrará las puertas de su alma; dejaréis de dirigir el hogar del hombre; y al llegar este supremo instante, emancipada la infancia de vuestra tutela, nunca provechosa, empezará a crearse una sociedad completamente libre de vuestras garras. Impulsado por ella e incapaz de contrarrestar sus fuerzas invasoras, el Estado dejará de ser católico o protestante, judío o mahometano, para convertirse en Padre de la patria y Poder regulador de todas sus energías, y he ahí vuestro golpe de gracia. “¡Sin religión!” diréis todavía; la religión de las leyes basta para la felicidad de las naciones. “Esas leyes sin la gracia serán impías y arbitrarias” No; si son hechas por hombres que no puedan sacar aprovechamiento personal y directo de ellas; vosotros también creo que dijisteis a mayor abnegación mayor razón. Constitúyase un tribunal compuesto de hombres; acudan a asociarse por los esplendores de virtud que luzcan en sus hogares, por la riqueza de descubrimientos científicos que hayan aportado a la historia, y por la rusticidad sencilla de su vida; y las leyes que dicten esos hombres serán tan inspiradas por el espíritu de la verdad como si dimanaran de Sócrates, Darwin y Cristo; la unidad de principio residen en el alma del hombre con sus aspiraciones hacia la justicia, siempre que separa su  medro o felicidad personal, del medro y felicidad de sus semejantes. Los seres dotados de exquisitas aptitudes, y los seres en contacto directo con la naturaleza, madre de toda ley, poseen hasta un grado sutil la propiedad de separar su causa de la cause ajena, y una vez conseguido esto, la inspiración baja en el mayor grado posible de intensidad, dentro de la esfera de relación, sobre la frente de los legisladores.

La hora vuestra empezará a sonar cuando el catolicismo oficial pase al grado de secta religiosa, y ¡quien sabe! entonces acaso empiece la verdadera misión moralizadora de vuestro evangelio. Sí; cuando el poder autoritario de la Iglesia deje las sendas de la arbitrariedad; cuando despojado de todos los poderes mundanales y de toda su tendencia absorbente, quede reducido a escuela filosófica; y, derribado en pedazos su principio negativo, comience el libre-examen de su doctrina; descartada ésta del ateismo que hoy la inspira, colocada en el camino de los siglos como un cuerpo de ejército, o legión, que avanzó sobre el paganismo, podrá esparcir la buena semilla de las grandes personalidades que cuenta en sus seno, equilibrando las reacciones materialistas y suavizando las escabrosidades metafísicas.

Mientras llega vuestra hora, henos aquí, dispuestos a ser destrozados. Nuestros huesos servirán de cimiento al templo del porvenir. Resuene por doquiera la palabra ateo: mientras ella escala los baluartes del libre-pensador, y llena de ecos fatídicos los caminos de su vida, vuestro sudario, tejido por la Historia, orlado de las ricas preseas sacerdotales, llevado sobre las arcas repletas de oro de los palacios pontificios, se despliega a vuestras espaldas extendiendo una sombra negra y pavorosa sobre las cúpulas de las suntuosas basílicas. La hora sonará; y entonces, al derrumbarse los ídolos en catarata polvorienta sobre esta vieja Europa; al sentirse la conmoción en las vírgenes comarcas americanas; cuando las oleadas de la vida empujen al abismo vuestro cadáver petrificado, al grito de vuestra agonía, que será la palabra ¡Ateos! responderá el himno triunfante del ¡Amor! elevándose en alas de la libertad…

   ¡Oh Dios absoluto, eterno, infinito, cuyo nombre, por lo que sintetiza, es a nuestros oídos lo que a nuestros ojos la luz, el más puro de todos los deleites! ¡Nombre sublime formado con las notas armoniosas que vibran arrancadas de la música de las esferas y del cántico de los átomos! ¡Creador ante cuya omnipotencia se anonada el vuelo del pensamiento más profundo, ante cuyo poder ilimitado vacilan todos los poderes del hombre! ¡Heme postrada sobre el polvo vil de este mísero planeta que denominamos Tierra, bebiendo sedienta los reflejos de tu soberano esplendor! ¡Fuera de mí, soberbia impía de traducir uno solo de sus mandatos al imperfecto lenguaje de mi especie! ¡Salga de este finito cerebro, y de esta organización finita, la presunción sacrílega de definirte, comprenderte e interpretarte…! ¡A Ti que Eres sin tiempo, espacio ni lugar! ¡cómo habrás de estar en mí! ¡cómo habrá de encerrarse lo inmortal en lo perecedero, lo absoluto en lo relativo…! Llegará el último de mis días; el organismo, frío e inmóvil, sancionará la dispersión de las moléculas, y cuando me hiele y me desmenuce la muerte, seguirá la vida dando su caluroso fluido a mis semejantes, fructificando en la extensión de la tierra, llenando de armonías y de tonos la esfera toda del planeta ¡Se hundirán, resquebrajándose, los continentes; el mar, volcado por las convulsiones de la película terráquea, levantará sus montañas de espuma; las masas de lava que encierra en su seno la hija del sol, saltarán en cascadas de fuego, subiendo en gigantescas espirales de vapor hasta las frías atmósferas que la rodean;  perdidos todos sus equilibrios, el hielo de la muerte, rompiendo el núcleo terrenal, extenderá sudarios de fuego y de nieve sobre nuestro mundo, y cuando salte hecho pedazos a las regiones interplanetarias y lleve sus átomos inanalizables a la soledad del vacío; cuando su órbita de rotación quede desierta; cuando queden desiertas las do todos los planetas satélites del sol; cuando este mismo rey de nuestras esferas, desprendiéndose de su corona de llamas, caiga deshecho en las oscuridades del éter, aún seguirá fulgurando la vida en otras moradas australes, aún seguirá corriendo su savia prepotente sobre el infinito de los cielos, poblando de amorosas inspiraciones  el mundo de las almas!

VII

 

¡La eternidad! ¡temor pueril! y espanto de los que no te aman! Ellos se estremecen ante ese nombre, porque sin confianza, es decir, sin amor, quieren abarcar todo lo que encierra la palabra; lo que no se termina nunca; lo que jamás empezó, ni se acabará nunca; el más allá ahora, y luego, y ¡siempre!... En verdad que cuando se quiere llevar el pensamiento a la realidad de esa palabra, el frío de la locura invade nuestras venas… Hemos violado una ley de nuestra naturaleza, la relatividad, y sufrimos el castigo con la infracción ¡inútil es empeñarnos en lo imposible!... ¡Fuera de mí, conato profanador, que pretendes alzar mi pensamiento humano a la Divinidad! En su seno reposo, como reposa el alga microscópica del Océano en la roca sumergida, rodeada por todas partes de la inmensidad! Punto en la línea de lo infinito, instante en el reloj de lo eterno, anillo en la cadena de lo absoluto, por donde tienda la mirada no ve mi vista otra cosa que espacio, cerniéndose sobre mi destino con todas las maravillas de lo incomprensible; entreabriendo las regiones estelares, cuyas miríadas de soles radiantes de fulgor me mandan sus destellos, a los cuales responde la fosforescencia molecular de los mares (destellos tan espléndidos como los de las constelaciones) que, enlazando la grandeza con la pequeñez, trazan la gigantesca espiral de los organismos, curva misteriosa que rastreando lo perecedero y alzándose hasta lo ilimitado, engarza en sus revueltas la nebulosa perdida en los desiertos celestes, y el polen de la flor que cruza los arenales para transformarse en cáliz perfumado.

¡Bajel inmenso, que me arrastra con vertiginoso volar por los imperios del Sol, es la morada que huella mi planta: sobre ella me postro, levantando mis ojos a la inmensidad que por todas partes me rodea, y de la cual se nutre mi pensamiento como se nutre mi organismo!

¡Oh Dios niéguete quien no te sienta! ¡que se defina quien no te venere! ¡que tiemble quien no te ame! Verdad y Belleza, que sólo en ti residen, alientan nuestro ser, como ráfagas de tu luz: en vano es que las iniquidades amontonen sobre ellas espesísimas nieblas; todas se disipan y se hunden ante el fuego sublime que, permanente, inviolable, anexo a nosotros mismos, escapándose a la definición (en cuanto se le quiere dar formas y señalarle límite), se agiganta cuanto más se aleja, y, manumitiéndose de toda autoridad, sin más apoyo que el de su sacrosanto origen, reside en nuestras almas, haciéndolas subir por la escala infinita de la perfección!

¡Oh, Diós! sólo como vaga promesa de una felicidad inexplicable, veo un leve resplandor de tu ser, y partiendo de ella, cultivando esa aspiración de mi espíritu hacia la bondad permanente, es como puedo, sin zozobra de ser sacrílega, profesar en una religión asaz grande para que no te ofenda con su culto: la religión de la Naturaleza. ¡Bendito seas, Dios de la Naturaleza, que pueblas los cielos con las maravillosas huestes de los mundos estelares, y me diste poder para penetrar en aquellos espléndidos campos, que me envían, con su rutilante esplendor, el casto beso de la vida universal! ¡Bendito seas, Dios de la Naturaleza, que arrancas de su lecho de seda a la tenue crisálida y espolvoreas sus alas con los matices del iris, para llevarla a los altares del himeneo! Mis ojos no bastan para admirar tus obras, mis oídos son torpes para recoger todas las ondas sonoras del himno triunfal con que te saludan, lo mismo el cóndor con su vuelo gigante sobre las cordilleras, que el zoófito tornasolado con sus delicadas fibras, ondulantes en la profundidad del mar; lo mismo la estalactita irradiando cascadas diamantinas en el fondo de las grutas, que la palma de los desiertos sacudiendo su empenachada copa para besar a su lejano amante! ¡Mi vida es corta, mi entendimiento es rudo, para ofrecerte toda la admiración y darte todo el amor que mereces ¡a Ti! que resides en mi conciencia para inspirarme toda idea de felicidad!

¿Sectas, doctrinas, escuelas, ¡qué importa las que sean! te buscan en el protoplasma de la célula cerebral, perseguida desde las vetas del mineral o desde el éter cosmológico, la cual, formando la sustancia gris, se desliza en circunvoluciones y arranca con su vibrátil choque en los centros de idealización, la facultad de la memoria, del entendimiento y de la voluntad? Pues hasta allí seguiré con el más ínfimo de los átomos, mientras la experimentación siga hablando; cuando ésta calle, cuando el silencio del cadáver responda a sus preguntas, y la inmovilidad del organismo conteste a sus reactivos; cuando la fuerza se escape a sus análisis y sus laboratorios dejen de ser creadores, me separaré  de ellos para seguir amándote y reverenciándote fuera de la materia.

¿Te buscan en la revelación conservada sobre los siglos por tradiciones y leyendas con toda la severidad que se guarda un tesoro insustituible? Pues mientras la revelación concuerde con tus obras; mientras la Verdad y la Belleza, escritas en mi ser con el ansia de felicidad que me sustenta, resplandezcan en la revelación, llevando mi espíritu hacia los horizontes de un porvenir dichoso, seguiré bendiciéndote y amándote. Cuando la revelación se burle de tus leyes, escarnezca tu nombre, profane tu ser con mixtificaciones, y me lleve a la inmovilidad del sepulcro, anulando mi memoria, mi entendimiento y mi voluntad, me separaré de ella, para seguir adorándote mientras haya en mi pecho aire que respirar y en mi frente idea que emitir.

¿Te esparcen como fluido inmaterial en todo lo que, sensible o inanimado, conocido o desconocido, forma escalas en los pentagramas de la creación? ¿Te llevan como alma o esencia hasta los mismos átomos de arena que esparce el huracán? Pues allí estaré, mientras la inviolabilidad de tu misterio no sea ultrajada por ritos monstruosos; mientras no se te desvanezca en una abstracción que arranque la actividad ascendente de mi alma, abstracción precisa cuando se intenta darte forma o determinar tus designios, abstracción impía cuando se atenta a tu personalidad. Sí; sean los que fuesen los que, explicándote por fuera de la creación, paralicen las fuerzas vitales en un sopor estático, y saliéndose de la esfera de relación, único mundo positivo a la dicha del hombre, invadan tus reinos de lo absoluto, eterno e infinito, me separaré de ellos, para seguir besando al colibrí de los bosques como obra hermosísima de tu poder, y humedeciendo mis ojos con el raudal de la ternura al contemplar la germinación de la semilla por ti ordenada.

 

VIII

 

Auroras esplendidas, que despertáis al dormido planeta con los fulgores de vuestra luz precursora del sol, al levantaros sobre el Oriente recoged mi bendición y unida al hosanna que brota del fondo de las cañadas, de las selvas y de los prados, de los continentes y de los mares, con el zumbido del insecto y el rugido del león; unida con el piar de la golondrina y las fulguraciones del rocío, con el aroma de las flores, con las rompientes de las olas, el rumor de las tempestades y la frescura de las brisas; unida al grito que brota de la Naturaleza entera, y, subiéndola hasta donde Él es, véame sometida a su voluntad. Nada quiero, nada pido, sino vivir dentro de sus leyes, que me señalan un porvenir abierto, sin limitaciones, en cuyas etapas han de quedar las tosquedades del espíritu y la materia, cada vez más perfectos, cada vez más sublimes, cada vez más unidos en la concordia del amor.

¡Sus leyes! Escritas están con caracteres legibles a todos los hombres en el código de la Naturaleza, inapelable tribunal que no consiente una violación, ni sanciona una desarmonía, ni ocasiona un dolor; código que me ofrece la Humanidad, pronta a volver sus páginas ante mis investigadoras miradas. La Humanidad es tan necesaria para reconstruir el pasado, como para fundamentar el porvenir. En Ella estamos al presente; todo por Ella y para Ella. Que nuestra vida de acción comience en la Humanidad y en Ella termine; que el caudal de nuestro ser marche en la corriente de los siglos, llevado por Ella, que reasume en sí la dignidad de sacerdote de Dios. Sacrifiquemos, pues, en sus altares, y ante las palabras que pronuncie, paremos nuestra planta, escuchando sus consejos, estudiando sus dictámenes, reverenciando sus órdenes.

La Moral se desprende ella, como de Dios irradian la Verdad y la Belleza. Las sociedades que se suceden la conturban en su superficie, como se conturba el lago sereno con el aura suave. Mientras nos rodean estas pasajeras ondulaciones, creemos que la Humanidad, perdido su nivel y cambiado su fondo, se desborda hacia el caos, pero la profunda serenidad de su grandeza, por Dios regida, no se turba jamás: en Ella, en sus cristalinos raudales se conserva inmaculado el principio del Bien, dando el calor de la fe a las generaciones, llenando de efluvios redentores la inteligencia de los escogidos, nutriendo el espíritu de los privilegiados con la savia de la caridad.

 

DIOS EN LA NATURALEZA

 

LA CIENCIA - - - - - - - -- - - - - - - -- - - - - - - - LA VIRTUD

 

Y en el centro de esa trinidad rodeada de lo infinito y de lo eterno

 

LA HUMANIDAD

 

representada por el hombre y la mujer marchando sobre el mismo camino, unidos en el lazo indisoluble, constituyendo la familia, principio inviolable de toda sociedad racional, fijando su mirada en los destinos de sus descendientes, y recogiendo la herencia de los siglos, para llevar a la inmortalidad a todos los mártires, a todos los sabios y a todos los héroes.

He aquí la oración que asciende del alma, cuando las olas de purpurina luz que surgen del astro-rey, llegan hasta mis ojos con sus postrimeros resplandores, anunciándome que uno de los días de mi existencia terrenal se ha hundido en el pasado. Huya en buen hora, triste o alegre, que nada representa la risa y el llanto de las pasiones extraviadas y ante la excelsitud de los destino del hombre, coronamiento espléndido de toda la escala orgánica que puebla nuestro mundo.

¡Feliz mil veces si, al llegar el último día en que vea la luz de los cielos, se impregna mi vida en la más grandiosa de sus aspiraciones, y, sintiendo en sus más recónditos repliegues las oleadas del amor, arroja de mi lado el áspid de la duda y del egoísmo, y me dispone a dormir el sueño de la muerte en la fe en Dios, y la esperanza en la eternidad!

 

Pinto, Enero, 1885

 

                        

 

 

 

 

Imagen de la portada del libro

 

¿Quién fue Rosario de Acuña?.

 

 

 

 

Rosario de Acuña. Comentarios
Algunas notas acerca de la vida de esta ilustre librepensadora