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Las mujeres: sus hermanas

 

A la luz de lo sucedido tiempo después, no parece aventurado afirmar que el escenario en el que la joven Rosario se había desenvuelto, gozosa y feliz,  se hizo jirones durante su estancia en tierras aragonesas, lugar al que se había trasladado pocos meses después de su boda al ser destinado su marido a Zaragoza. No sabemos con mucho detalle lo que sucedió durante aquellos tres años y medio, pero lo cierto es que a principios de 1880 el matrimonio regresa a Madrid, y nuestra protagonista parece que lo hace con otra mirada. No le gusta lo que ve; no le gustan ni la hipocresía, ni la vanidad, ni la falsedad que impregnan la vida de las ciudades: la patria, su querida patria, necesita una cura...No, España no va bien y algo hay que hacer para enderezar su rumbo. Toca tiempo de reflexión, de leer y releer a quienes hablan de regenerar la patria. Coincide con ellos en el objetivo, pero difiere en quién ha de ser protagonista del cambio. En su opinión, todo intento de regeneración debe pasar por la mujer, sin ella cualquier cambio es imposible.

Desde entonces, mediados de los ochenta, y hasta el mismo momento de su muerte, las mujeres se convertirán en las principales destinatarias de sus propuestas para regenerar la patria; junto a ellas, sus hermanas, caminará en busca de esa sociedad justa, regida por la VERDAD que, diez o veinte generaciones más adelante, habrá de alumbrar el porvenir.

 

Las burguesas ilustradas y la vida en el campo 

Convencida de que el alejamiento de la Naturaleza y de los principios que la rigen es la causa primordial de la degeneración social que se observa en la vida ciudadana, propugna una vuelta al campo como elemento de primer orden en el necesario proceso de regeneración patria:

En vano es que los moralistas pretendan la regeneración colectiva, si la de la familia y la del individuo no se realiza; y ésta, forzoso es decirlo, jamás ha de verificarse en los grandes centros, donde se amontonan las pasiones bastardas, las ambiciones mezquinas, los pensamientos innobles... (Influencia de la vida del campo en la familia, 1882)

Es preciso volver al campo, para crear allí el nuevo germen que, andando el tiempo, sea capaz de regenerar la patria. Y esta labor sólo la pueden realizar las mujeres, pero no todas.

...faltaría a mi deber de sincera si no dijese que no han de venir los remedios ni de las altas esferas donde la indiferencia se anida, ni de las nulidades medias que pasan su vida intentando, siquiera sea aparentemente, figurar en las posiciones superiores. En una palabra, y de otro modo dicho, no escribo ni para la aristocracia ni para las vulgaridades: las unas saben lo que conviene hacer para preparar el camino a las sociedades futuras… no lo hacen… por apatía, por falta de necesidades, por educación… y por cálculo: las otras ignoran lo que es deber, no tienen noción del sentido natural, el espíritu de imitación es sólo lo que las domina, viven petrificadas entre la rutina y la superstición… (Cuatro palabras de prólogo)

Dicho y hecho, cada cierto tiempo tendrá una cita en El Correo de la Moda con  aquellas lectoras más dotadas de espíritu de observación y de análisis, con la esperanza de que sus apuntes puedan ayudarles a la hora de tomar parte activa en la labor de regeneración a la cual están invitadas «puesto que la sociedad tiene que regenerar por vosotras, que en vez de dar jimios como los que se dan desdichadamente en los planteles de la familia contemporánea, tenéis que formar hombres dignos de la supremacía de sus destinos sobre la tierra y del altísimo cumplimiento de sus deberes racionales».

Sólo las mujeres pueden regenerar la sociedad patria, y para ello necesitan huir del mundo de las apariencias y de las sensualidades al que las han abocado y dedicarse al estudio y al trabajo. Esa es la receta que prescribe insistentemente a quienes la leen en aquella revista destinada a las mujeres que cuentan con cierta formación, las únicas que por entonces cree capacitadas para iniciar el proceso de regeneración que habrá de cimentar   la sociedad del porvenir. Entre ellas, eliminadas las aristócratas, que saben lo que conviene hacer para preparar el camino a las sociedades futuras, pero no lo hacen por apatía, por falta de necesidades, por educación…y por cálculo, y las vulgares que «no tienen noción del sentido natural, el espíritu de imitación es sólo lo que las domina, viven petrificadas entre la rutina y la superstición…», las hay que intuyen que aquello no va bien y estarían dispuestas a realizar el esfuerzo que se les pide para lograr un futuro mejor para sus hijos. A ellas les dice que sin educación no hay nada, que sin formación no puede haber emancipación de la mujer:

El camino de vuestra regeneración es éste, única y exclusivamente éste; el hogar, la familia, descentralizada de la ciudad por medio de la quinta o casa de campo. Los que pretenden llevaros por otro camino están locos, y es más, no conocen ni penetran toda la espantosa degradación física y moral que nos acosa, a pesar de nuestro conocimiento del francés, de la música y de otras quisicosas por el estilo. ¿Sabéis lo que pedís, emancipadores de la mujer, repartidores de doctorados y tribunales del sexo femenino? ¿Queréis, sin educarnos, llevarnos a la cátedra y la academia? Ni hablo de las excepciones, ni creo que deban mentarse en estas cuestiones de escuela. ¿Sabéis lo que haréis al darle a la mujer una muceta y una toga? Ponerla en sus manos un medio más de colocarse el pelo a la Virgen o la Valliere; entregarle una prenda más con que recrearse en su figura, haciendo dengues delante del espejo; darla un pretexto más para que arruine el templo de la familia, al abandonar su culto entre criados mercenarios o fondistas especuladores; inclinarla con más fuerza a que arroje sus pequeños hijos en colegios o instituciones, donde, como en manada, les den el alimento del cuerpo y de la inteligencia; y ponerla en peligro más eminente de materializarse, de petrificarse en un egoísmo infecundo, en medio del cual vea a sus padres como enojosa carga, al matrimonio como feroz tiranía, a la maternidad como repugnante impedimento; ponéis a su alcance todas las armas no para defenderse, sino para suicidarse; todo esto quieres hacer, escuela de emancipadores, al pretender, con la imaginación desbordada por el entusiasmo, esos encumbramientos de la mujer, que no está en disposición de desempeñarlos más que con toda la dignidad necesaria, y los cuales sólo acarrearán una reacción lamentable, que acaso la volvería a encerrar en la oscuridad asoladora de los serrallos orientales (El Correo de la Moda, 10-1-1885).

Esta cita permite conocer el campo en el que se debate su idea acerca de la mujer en estos años ochenta. Para ella que está convencida de la superioridad moral de la mujer con respecto al hombre, todo intento de virilizarla, supone su precipitación al nivel de degradación en que se encuentra el otro sexo. Antes que nada, la educación: « ¿Queréis, sin educarnos, llevarnos a la cátedra y la academia?». Parece tener miedo de que la igualación que proponen «los emancipadores de la mujer» sin la previa y necesaria formación suponga a la postre un retroceso, y que tras la inconsistente elevación, perdidos en el trayecto los valores que ella ve como propios, quede aún más postrada e indefensa. No; ese no es el camino adecuado. Andando el tiempo tendrá ocasión de explicar   que entiende por verdadera emancipación de la mujer la que le permite liberarse del servilismo de la conciencia. Ahora, desde las páginas de El Correo de la Moda, lo que ocupa sus esfuerzos es trasladar a sus lectoras la imperiosa necesidad de alejar a sus familias de las artificiosas banalidades de la vida urbana y dedicarse a la propia formación y la educación de los suyos en contacto con la Naturaleza.

 

Las masonas y la lucha contra el fanatismo religioso

El papel de la religión católica en relación con la situación de la mujer en la España del Concordato: he aquí uno de los rasgos distintivos del pensamiento feminista de Rosario de Acuña.  Si en otros aspectos (contestación de las tesis que justifican la supuesta inferioridad de la mujer, atribución al hombre de su postergación social, reivindicación de acceso a la más amplia formación posible…) coincide con otras contemporáneas que cuentan con una clara conciencia feminista, será en la lucha contra el que considera pernicioso control de las conciencias femeninas por parte de los clérigos católicos donde su discurso se habrá de distinguir nítidamente. Para ella es la Iglesia católica la responsable por suministrar a la sociedad el soporte ideológico y moral para justificar el sometimiento de la mujer:

¡Sí, hermanas mías! el catolicismo, rigiendo la sociedad, es la esclavitud, el rebajamiento y la humillación para la mujer: los varones, dentro de esta secta, podrán acaso individualmente (aunque es difícil), por causas ajenas y aún contrarias al dogma que profesan, considerar a las mujeres como su semejante, ¡alto ideal que toca a nuestro sexo defender, aun a costa de cien siglos de tormento!, pero la doctrina, la esencia, el alma católica, nos lleva a ser montón de carne inmunda, cieno asqueroso que es necesario sufrir en el hogar por la triste necesidad de reproducirse. ¡He aquí el destino de la mujer católica! Fuera sofismas ridículos y necias exclamaciones del idealismo cristiano, la mujer, en la comunión de esta Iglesia, es solo la hembra del hombre… (A las mujeres del siglo XIX, 1887).

 

Las hijas del pueblo

Mientras se aplica a mostrar a las de su clase y condición cuál ha sido el camino que ella ha seguido para liberarse del destino que como mujer se le había asignado, a las de condición más humilde les habla de los asuntos que estima son más acuciantes para ellas: a las unas, sobre cómo combatir la miseria y suciedad que inunda sus hogares; a las otras les dirige unas palabras de apoyo en su lucha contra el alcoholismo que arruina la vida de los suyos:

 

¡Mi pensamiento está a vuestro lado, mujeres del pueblo!: os veo sumidas en una desesperación amarga y profunda: amáis a vuestro hombre, vuestro, ¡solo vuestro! Os casasteis con él para formar una sola vida; privaciones juntos; alegrías juntos, miserias y abundancias siempre juntos; […] De pronto se interpone entre vosotros dos el enemigo: la mujer se pregunta por qué ya no es el mismo hombre; llega a dudar de sí misma, porque ¡oh mujer! ¡criatura más cercana que ninguna de la Suprema verdad! ¡tú dudas de ti misma antes que dudar de aquellos a quienes amas! La mujer se hace más hacendosa, aconseja más, economiza más ¡todo inútil! Su trabajo no merece un signo de aprobación; su consejo fastidia; su economía enoja; ¡es que el vicio, al encontrarse con la virtud, se siente humillado y la echa en cara su humillación! Más tarde la mujer comienza a mirar la realidad: la taberna ya no le roba solamente el marido sino el pan de la familia: el jornal viene más que mermado al peculio del hogar: la mujer lucha aún; primero llora, luego amenaza; ¡ay de aquellos que hacen amenazar al débil! La violencia de la ira extiende su fatídica sombra alrededor de la familia: el insulto despiadado rompe la monotonía de la miseria; no sólo se sufre hambre, sino injurias; ¡acaso el palo se enarbola y manejado por la mano del borracho, consciente o inconsciente, cae de lleno sobre la mujer, los hijos, o los padres, sobre los débiles que, sin embargo, ante la Razón Suprema, tal vez serán los fuertes!; a partir de este instante se ha quebrantado para siempre la dignidad de la familia, que ya no es sino agrupación de seres sujetos por el más torpe egoísmo: este lazo de unión se rompe por un leve incidente, por un acaso cualquiera, y la mujer del pueblo, ya rebajada ante su propia conciencia por ser la esposa de un hombre pervertido, rueda a los abismos de la prostitución, y ella o sus hijas, manchan con la liviandad vendida por un pedazo de pan, o un traje nuevo, la noble y digna genealogía del hijo del pueblo (Discurso de doña Rosario de Acuña leído en el Ateneo-Casino Obrero de Gijón…,1888).

 

Las solteras y las viudas que hagan lo que quieran

Que las mujeres piensen por sí mismas: esa es su obsesión y su objetivo. Y para conseguirlo es preciso no sucumbir a los cantos de sirena que adulan y adormecen: «No esperemos nada de la piedad de hombre, jamás seremos su mitad siendo sus libertas». La mujer es la única que con su esfuerzo puede salir de la situación de inferioridad en que se encuentra tras siglos de dominación masculina.

En su primera conferencia pronunciada en Fomento de las Artes lo expone de manera muy clara: el espejismo de la emancipación que por entonces algunos enarbolan puede suponer un serio retroceso para la situación de la mujer si no se dan las condiciones necesarias:

 

...solo en virtud de sus propios esfuerzos ha de reconquistar su sitio en el concurso social, […] todo engrandecimiento que le llegue a la mujer en el orden social por determinación del hombre, solo servirá para especificar más claramente su inferioridad, verificándose de este modo una apariencia de regeneración, espejismo esplendoroso por el cual adquirirá nuestro sexo más privilegios, pero también más dolores, ganando en vanidades lo que pierda en fortaleza, y, a la larga, la reacción de este engrandecimiento ficticio atraído, no por el íntimo valer, sino por la clemencia masculina, pudiera muy bien llevarnos a un nuevo gineceo en donde perdiéramos hasta la conceptuación de criaturas racionales que hoy ya poseemos, adquiriendo, en cambio, el calificativo de irredimibles, peligro pavoroso que expongo a vuestra consideración, segura de que vuestro juicio alcanzará lo trascendental de la catástrofe. Nosotras no debemos esperar nada sino de nosotras mismas, no por terquedad de rebeldía orgullosa, sino por convencimiento de razones deductivas. Nosotras no podemos intentar otro valer que el alcanzado por aquellas condiciones que poseemos, bien que sean latentes, perfectamente dispuestas para nuestra progresión (Consecuencias de la degeneración femenina, 1888).

 

La lucha por la eliminación de toda traba que impida a la mujer su desarrollo como persona tiene para Rosario de Acuña y Villanueva una sola limitación: las obligaciones que a las madres impone la Naturaleza. Es probable que esta supeditación de la mujer a las obligaciones maternales, sin apenas matices, sea también deudora de una cierta sublimación de la maternidad por quien queriendo ser madre no lo fue.  Aquel fracaso quizás haya propiciado el enaltecimiento de la mujer-madre hasta dominios propios de cierto misticismo, nada extraño en ella, por otra parte, que la llevan a realizar afirmaciones como la siguiente: «Todo mi hijo es mío: toda yo soy mi hijo. He aquí el principio y el fin del amor materno; en este círculo, solución de continuidad, están encerradas todas las palpitaciones del alma femenina amor materno» (Carta enviada a los responsables del Círculo La Constancia de Cuenca, 1891). En varios de sus escritos podemos observar esa tendencia casi automática a identificar mujer con madre («en toda mujer hay una madre»), pero quizás sea en aquellos referidos a su público madrinazgo de un soldado español combatiente en la Guerra Mundial donde se vea con mayor claridad. Detengámonos, pues, en contar brevemente esta historia.   En diciembre de 1916, coincidiendo con una campaña abierta por el semanario España a favor de los voluntarios españoles que, enrolados en el ejército francés, combaten a las tropas alemanas, nuestra escritora envía un paquete conteniendo varios productos que, sin duda, habrían de reconfortar al anónimo combatiente español: una botella de Jerez, una libra de chocolate asturiano, unos cigarros, unos calcetines y un libro de Galdós o una caja de turrón levantino. El envío incluía además una larga carta en la que, tras una larga presentación, se ofrece para amadrinar al desconocido soldado. En la misiva le habla de su frustrada maternidad: «No tuvimos hijos; al principio lloré el fracaso de mi feminidad; toda mujer-madre es inmortal» (Carta a un soldado español voluntario en el ejército francés durante la Gran Guerra, 1930), por más que en ocasiones, viendo el producto de las entrañas de otras madres, llegase a encontrar cierto consuelo en no haberlo sido: «¡Ah! ¡no! bien muertos están los senos de mis entrañas si hubieran de tener hijos decrépitos en su juventud, pueriles en sus orgullos, viciosos en sus costumbres…». No obstante, aquella maternidad no realizada parece haberla rondado largo tiempo. El destinatario del paquete, un joven voluntario de una ilustre familia malagueña, aceptó gustoso el madrinazgo ofrecido y mantuvo con ella regular correspondencia. En otro escrito referido a su ahijado que nuestra escritora hace público meses después, vibra una vez más con la maternidad compartida no solo con sus congéneres, sino también con todas las madres de todas las especies animales de la tierra:

 

Sí, lloro, tiemblo, me estremezco de que carne humana, hecha en mayor parte de carne de mujer, puesto que la madre es la que pone más intensamente, más cotidianamente y más abnegadamente su alma y su cuerpo en la procreación… Yo, como todas las madres (en toda mujer hay una madre), tiemblo y me espanto con tus sufrimientos, con las agonías de esos terribles instantes en que todo tu ser ha de vibrar de horror al sentirte ACCIÓN VIVA en el combatir de esas trincheras… Mas, por encima de mi llanto, de mis sufrimientos, arde la mente racional, encadenando el INSTINTO de la maternidad, galardón también de las madres de todas las especies animales de la tierra; y yo, madre humana, madre racional, madre que me elevé sobre la pantera en su cubil de parida, sobre el nido de la alondra cuando incuba en el surco sus guacharros, sobre la ensenada del mar polar, donde la ballena pare y amamanta a su hijo con amor incomparable. (Una ofrenda, 1917)

El pensamiento feminista de Rosario de Acuña mantiene, por tanto,  ciertos elementos coincidentes con el que por entonces expresan otras compatriotas que tienen reconocido el mérito de haber sido pioneras del feminismo en España (rechazo de la  inferioridad intelectual de la mujer, conciencia de la marginación en la que se encuentran,  imputación a los hombres de la situación de inferioridad en la que viven, importancia de la educación como medio para sacudirse la postración social…),  al tiempo que   difiere en algunos otros (otorga prioridad a la función maternal sobre cualesquier otras que pueda realizar;  imputa a la Iglesia la responsabilidad de la situación de oscurantismo, ignorancia y superstición en que vive  la mujer en España; prescribe el cultivo de la razón como medio para lograr su emancipación…).  En cualquier caso, parece claro que la conciencia feminista arraiga en el pensamiento de Rosario de Acuña y Villanueva, con los matices que se quieran hacer al respecto, antes de haber cumplido los cuarenta y que desde entonces su pluma y su voz siempre estarán prestas a defender a las mujeres  donde fuera necesario, sin importarle en demasía las consecuencias que tal postura pudiera ocasionarle, aunque éstas fueran graves. Así sucederá a finales de 1911, cuando no puede menos que subir a la palestra para protestar airadamente contra el comportamiento de «unos caballeros estudiantes que se pusieron en acecho, a la salida del claustro, para insultar de palabra, y hasta de obra, a unas jóvenes estudiantes de la facultad de filosofía y letras» («La jarca de la universidad»). Y se armó una buena: manifestaciones de universitarios, huelgas, asambleas, protestas, intervención de la fiscalía…  No tuvo más remedio que huir antes de ser detenida, convirtiéndose en la primera mujer que, por utilizar un lenguaje viril en defensa del derecho de sus congéneres a recibir la más completa educación posible, tuvo que exiliarse, pasando dos largos años vagando por las tierras portuguesas.

A su regreso  a la casa gijonesa del acantilado, tras reponerse un tanto  de las heridas de aquella desigual batalla, decide seguir viviendo, decide seguir luchando, a pesar de sentir sobre sus hombros el peso de los años, a pesar del  cansancio acumulado por tanta lucha  baldía, a pesar  de la postración económica en que se encuentra tras los obligados dispendios del exilio…; a pesar de todo, no escatima esfuerzos en apoyo de sus compañeras, «pues toda mujer que trabaja y piensa lo es mía». Y así lo hace, cuando en el mes de junio de 1919 no duda en desplazarse hasta Turón, en el valle minero del Caudal, para asistir a los actos de inauguración de la Agrupación Femenina Socialista, gesto que las numerosas asistentes, allí congregadas para escuchar a Virginia González, dirigente nacional del PSOE, agradecen irrumpiendo con vivas a la escritora y al socialismo.  La pluma será también el medio que utiliza para salir en apoyo de una convecina, una joven gijonesa que decide casarse ante un juez ignorando las presiones que recibe de su entorno para que lo haga como Dios manda, ante un sacerdote: «Usted, religiosamente o civilmente casada lo estará igual si está usted bien unida, en cuerpo y alma, al varón con quien se concordó para vivir la vida; y esto sí que es matrimonio» («A la señorita María Oliva Riestra Rubiera», 1916). Para el caso, bien podría haber echado una mirada al pasado y encontrar parecidas palabras puestas en boca de Isabel de Morgovejo: «Ramón será mi esposo, según estaba convenido, mediante el matrimonio civil; el religioso le hicieron nuestras almas al darse juramento de amor» (El padre Juan). Pero en vez de mirar hacia el pasado, sus ojos se fijan en el futuro, que encuentra más venturoso para el porvenir de la mujer, aunque sea por coyunturas tan amargas como aquella guerra que asola el continente europeo. Así se lo transmite a las mujeres que asisten al mitin organizado por la Unión Republicana de Gracia: 

 

Entretanto al problema feminista, que hoy empieza a debatirse en España, y en el que estriba, acaso, la libertad de conciencia para nuestra patria, hay que dejarle andar su camino, ayudando sabiamente a que tomen interés por él el mayor número de mujeres. La revolución mundial que está iniciándose en la terrible guerra europea, traerá grandes sorpresas. La progresión creciente de la mortalidad e invalidez en los hombres europeos (tal vez de la tierra entera) va a entregar a la civilización futura a un MATRIARCADO positivo, activo, consciente, que, bien sea reconocido por las legislaciones, o bien se abominado por ellas, nada ha de importar si se impone en los hechos; y si ya los tiempos no pueden retrogradar a que el nombre quede atado a la puerta de la choza, para asegurarse de su producción y descendencia, de tal manera la escasez de varones y la inutilidad de los más para sostener las necesidades familiares se va a imponer en la Nueva Edad que se avecina, que será la mujer una verdadera SEÑORA AMA del hogar, dirigiendo y dominando hijos y familia con soberanía indiscutible; siendo trascendental su responsabilidad como reformadora de generaciones que han de nacer dañadas y perturbadas, demostrando así, en una o más centurias, como la demostración del andar se prueba andando, que todos los raciocinios, conocimientos y energías cogen y son fecundos en el cerebro femenino, de igual manera que cogen y son fecundos en el del hombre (Discurso para el mitin femenino de la Unión Republicana de Gracia, 1917).

 

Como ella anticipa en aquellas cuartillas manuscritas, los conflictos bélicos posibilitarán que las mujeres ocupen espacios más amplios en la vida colectiva. Así ocurrió en las dos guerras calificadas como mundiales: las necesidades bélicas obligan a los países contendientes a acudir a las mujeres para sustituir a los hombres que combaten en los frentes. Ellas ocupan sus puestos de trabajo, administran sus granjas y mantienen sus familias. Su concurso se hace imprescindible para que la sociedad siga funcionando;  la victoria también es suya. Así las cosas, cuando la paz llega ¿quién puede mantener que la mujer solo puede ser esposa y madre?  La Nueva Edad que vislumbraba al final de aquella primera gran guerra quedó más cerca, ciertamente, pero hasta ella solo llegó un lejano destello de aquel tímido avance,  pues pocos años después de escritas aquellas frases su vida se apagó.

El día de su entierro fueron numerosas las mujeres que, abandonando su reducto doméstico, se echaron a la calle para testimoniar su gratitud a aquella compañera que había peleado los últimos cuarenta años de su vida por la dignidad de todas ellas. Algunas crónicas no dejan de mostrar su sorpresa al comprobar cómo la lluvia, que incesantemente caía aquel sábado de mayo, no había impedido que fueran numerosas las mujeres que acompañaron su cadáver hasta el cementerio civil. Allí estaban sus convecinas, gijonesas apenadas y agradecidas,  mas, de haber podido, muchas otras, venidas de todos los rincones de su querida España, se habrían unido a aquella comitiva  para testimoniarle el dolor que sentían ante su partida, como antes lo habían hecho por escrito agradeciéndole  tantos años de lucha, incansable lucha,  en su misma trinchera.  Lloraban por el dolor de la partida, pero también por la orfandad en que todas ellas quedaban: se iba la luz que las guiaba. Se iba, sí, aunque a todas ellas les dejaba el testimonio de su vida, largo camino de trabajo, estudio y lucha, de perseverante batallar frente a quienes habían sumido a la mujer en la oscuridad de la ignorancia y la superstición. Allí quedaban sus discursos, sus artículos, sus lecciones, sus dudas, sus apoyos… las mujeres de sus dramas: seres fuertes, vigorosos, con esperanza.

 



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¿Quién fue Rosario de Acuña?

 

 

 

 

Rosario de Acuña. Comentarios

Algunas notas acerca de la vida de esta ilustre librepensadora

 


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