Rosario de Acuña y Villanueva

Madrid, 1850- Gijón, 1923

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A las mujeres del siglo XIX

 

 

Hermanas mías: Vosotras, en primer término, las que pudierais llamaros mujeres de Las Dominicales, no con menos razón que las mujeres de la Biblia y mujeres del Evangelio. Luisa Cervera, Dolores Navas, Cándida Sanz de Castellví, Valentina Muñoz de Maynou, Adela Pardina de Infante, Josefa Overtín, Braulio Igea, Juliana Barrios, Cristina Redal, Encarnación Ramírez, Luisa Hidalgo, Amalia Domingo Soler, Carmen Piferrer y Ángela de Sira, que con vuestra pluma, inspirada en los más generosísimos pensamientos, contribuís poderosamente a sostener el espíritu liberal en el pueblo español; y vosotras, en segundo lugar, las que con vuestras adhesiones, por cientos contadas, y vuestras firmas al pie de las adhesiones masculinas, sois dique inconmovible a las iras impías de las ideas teocráticas; y por último, vosotras, todas las que en el silencioso retiro del hogar, de donde ha de surgir la nueva era, sentís en vuestras almas el latido de este siglo, y respiráis esta atmósfera regeneradora, que comienza a estremecer a las sociedades, anunciando a la mujer que su sitio está al lado de la libertad y del progreso: ¡oíd a la última de vosotras en mérito y altura, a la primera de todas en entusiasmo y fe!

Una a modo de niebla, llena de hielos y de oscuridades, rodea vuestra patria. Sus pliegues, deslizándose desde la rotonda de San Pedro de Roma, tejidos por el dogma católico, e impulsados por la soberbia más inusitada que cabe en un cerebro desvanecido con la adulación de diez y ocho siglo, pugnan por extenderse, destructores e infecundos, sobre esta patria nuestra, donde el sol parece que eligió su nido y la Naturaleza canta sus amores. En esa estéril noche que intenta rodearnos, ¿sabéis lo que viene para nosotras? Las argollas del esclavo, los escarnecimientos del bruto, las vejaciones del paria. ¡Sí, hermanas mías! El catolicismo, rigiendo la sociedad, es la esclavitud, el rebajamiento y la humillación para la mujer: los varones, dentro de esta secta, podrán acaso individualmente (aunque es difícil), por causas ajenas y aún contrarias al dogma que profesan, considerar a la mujer como su semejante, ¡alto ideal que toca a nuestro sexo defender, aún a costa de cien siglos de tormento!, perola doctrina, la esencia, el alma católica, nos lleva a ser montón de carne inmunda, cieno asqueroso que es necesario sufrir en el hogar por la triste necesidad de reproducirse. ¡He ahí el destino de la mujer católica! Fuera sofismas ridículos y necias exclamaciones del idealismo cristiano, la mujer, en la comunión de esta Iglesia, es sólo la hembra del hombre… Carga de los padres en su juventud, procuran hacerla antes bella que útil, antes sagaz que digna, antes vanidosa que honrada, antes sensual que inteligente, antes mercadera que trabajadora, viniendo a colocarla en las contrataciones sociales como deleite impuro de los sentidos, no como chispa luminosa de las inspiraciones. La sociedad la compra por su carne, o por su oro, y la esposa se levanta en un hogar maldito, de donde el amor avergonzado huyó al entrar en el la lubricidad o la avaricia; y la esposa, en el mundo católico, lleva durante su vida entera dos cadenas anudadas a la garganta: una, la del desprecio, cuando no la del odio de su marido; la otra, la de los vicios, que haciendo presa en ella, por una debilidad impuesta desde su misma cuna con una educación infame, se la enroscan en el seno, hasta dejarla sin piedad y sin conciencia: las dos más altas prerrogativas del alma humana. Y sin conciencia y sin piedad, ¡cómo ha de existir la madre! Peor que la de las fieras, pierde, con frecuencia, hasta el instinto heredado de la animalidad, que obliga a amar a los hijos más que a la propia vida, y la madre católica se alza en todo su esplendor, separando el corazón de los hijos del corazón del padre, y sosteniendo en lo más íntimo del hogar, con la tenacidad propia de una ignorancia completa, la horrible tea de la discordia, al colocar entre ella, su marido y sus hijos, esa máscara, llena de perdones, y aún de alegrías, para las más repugnantes faltas, con tal de hacer de tercera en la sublime asociación matrimonial, adonde la mujer lleva el último germen de disolución, al llevar, con vanidades de arrepentida, las absoluciones del confesionario. Y habiendo sido de virgen fatua, necia e inútil, y de esposa esclava numerada, señuelo de ambiciones, juguete de libertinos y cómplice de errores; y de madre núcleo de antipatías, semillero de rencillas y potencia de enemistades, llega a la edad más noble de la vida, cuando todas las décadas de los pasados años deberían asegurarla, con sus recuerdos, el haber sido útil, precisa y amada, como cumplía a su destino de mitad humana, y se encuentra con que sólo por excepción ha sido semejante del hombre; y que al principio, buscada por lujuria, vanidad o interés, más tarde sufrida por lástima o por cálculo, y por último, respetada por rutina o por ocasión, ha consumido su existencia toda sin llevar al engrandecimiento de la especie un átomo siquiera de trabajo fertilizante; antes bien, sirviendo de rémora incansable a la gran nave humana, que marcha sobre el océano de los siglos, con rumbo hacia Dios por la ruta de las perfecciones…¡He aquí la mujer en el seno del catolicismo!

Vosotras, que habéis sacudido el yugo de esa iglesia, con la valentía propia del que no tema a nada más que a su conciencia, y ésta se inspira en el más puro amor a la humanidad; vosotras, que estáis enfrente del catolicismo como muralla viva, palpitante, llena de efluvios generosísimos y de abnegaciones sublimes; vosotras, que habéis levantado bandera de rebelión, ¡qué es bandera divina! puesto que por ella ha venido subiendo la vida desde el zoófito al pájaro, desde el hotentote a Newton, desde el siervo al ciudadano, desde el instinto a la inteligencia, desde el egoísmo al amor; vosotras, que lleváis ya en vuestro cerebro el resplandor de la futura sociedad, sobre otras bases constituida y hacia otros fines encaminada, meditad en la empresa; ved que en nosotras se fijan las esperanzas más grandes de la regeneración española, y acudid en compacta muchedumbre a unir vuestras femeninas voces al grito varonil que la patria liberal va a levantar en son de protesta contra el mundo católico.

La libertad es nuestra redención. Este siglo XIX, servido por las ciencias físico-químicas, alentado pro el gran principio de la equidad, sintiendo el amor, no en los paraísos de alucinados, sino en las supremas leyes de la Naturaleza; caminando con plena conciencia de que avanza a suprimir el dolor y a  eternizar la vida, ha levantado a la mujer desde los linderos de la bestia a las fronteras del ángel, y aquellos que mecieron la cuna de este siglo en las postrimerías de su antecesor el XVIII, aquellos que esculpieron con letras imborrables sobre el corazón de la humanidad los derechos del hombre, los hijos del 92, levantaron a la mujer en el trono de las responsabilidades, ¡que es el trono de la libertad!, al hacer rodar las cabezas femeninas bajo el cuchillo de la guillotina, como si quisieran demostrar al mundo que aquellos cerebros que mezclaban su sangre con la sangre de los girondinos, eran capaces de mezclar sus pensamientos con todas las inteligencias varoniles del género humano. ¡Allí, sobre aquellos enrojecidos paños del cadalso de la Revolución Francesa, quedó para siempre realizada la fusión intelectual de las dos naturalezas, y desde aquellas terribles gradas por donde subieron la juventud y la ancianidad, la belleza y la gracia, la sabiduría y el candor, cantando el himno de la emancipación al marchar hacia la eternidad, corrió, ¡y aún corre!, anchísimo reguero de excelsitudes para la personalidad de la mujer!... ¡Uníos a los herederos de aquella gran epopeya, en donde comenzó a lucir el sol de un nuevo mundo, que ya no tendrá por eje la tiara, ni por secuaces las maldiciones bíblicas, ni los crímenes jesuíticos! Aquí, en nuestra patria, comienzan a estremecerse las conciencias: ya se yerguen, ya preguntan, ya analizan, ya sienten el soplo de la vida moderna aquí; aunque ha tardado cerca de cien años en atravesar nuestras fronteras, viene henchido por las brisas meridionales de vigores irresistibles, y de energías asoladoras. Un grupo de hombres, ¡qué importa quiénes sean!, hoy empuña con mano potente la bandera de alistamiento para caminar al combate, e impulsados por la muchedumbre más bien que guiándola, llevan los ideales del siglo de ciudad en ciudad, de aldea en aldea, tan pequeños individualmente considerados, como grandes por lo que representan. El viento de las revoluciones acaso arranque de sus manos la enseña, pero esta ya  no podrá ser jamás pisoteada por el monstruo de la reacción, si en torno de sus flotantes pliegues se agrupan, como invencible trinchera, los corazones de las mujeres españolas, de las hijas de aquellas mujeres de Sagunto, Numancia y Zaragoza, que cuando ya los hombres rodaron  vencidos, trémulas de espanto y de pena, pero llenas de fe y de valor, desgarrado el ropaje, sangrante el desnudo seno, apretando en sus brazos a sus inocentes hijos, supieron arrojarse a las llamas, antes que entregarse al vencedor, o supieron detenerle, con un arranque heroico, levantándose sobre montones de cadáveres para hacer vomitar la metralla a los desmontados cañones… Y esta enseña que hoy se tremola bajo el lema de Las Dominicales del Libre Pensamiento, es la de nuestro siglo, la de nuestra emancipación, la de nuestra dignidad; ella nos ofrece la llave sagrada para recoger del santuario de la vida los derechos de la mujer a los dones del racionalismo. Nada importa que la excepción individual haga de un repúblico libre-pensador (cosa difícil, si lo es en conciencia) un tirano o un impío; el dogma, la esencia, el alma de la libertad, lleva en su primer capítulo la consideración de la mujer como un semejante del hombre. A la doncella le dice: «No te vendas ni por oro, ni por hambre, ni por vanidad, ni por miedo, ni por holgazanería; debes darte por amor. La humanidad tiene el derecho a tu trabajo y el deber de remunerártelo. El estudio, la carrera, el oficio, compatibles con tus pudores, son tuyos, exclusivamente tuyos: tu defensa no es tu debilidad, ni tu impudicia, es tu inteligencia. El amor sexual no es tu único destino; antes de ser hija, esposa y madre, eres criatura racional, y a tu alcance está lo mismo criar hijos que educar pueblos. ¡Alza, pues, tu frente y mira el horizonte ilimitado a tu actividad de ser pensante! Tu misión es paralela a la del hombre: entre los dos tenéis que mejorar la especie, y tan necesario es que tu cerebro piense como que  sienta el corazón masculino; la vida es una, repartida en los dos sexos, y jamás nacerá el hombre en el apogeo intelectual, sin que su mitad, que es la madre, con cuya sangre (como medio insustituible) se desarrolla, hasta llegar a ser humano el embrión de la vida orgánica, ofrezca el mayor cúmulo de perfecciones. Tienes, pues, igual sitio en las sociedades, que mal que les pese, tendrán que otorgártelo de derecho, en cuanto pongan de acuerdo sus leyes con las de la Naturaleza. Hija, no se te educará para una venta infame, sino para una existencia independiente. Esposa, serás considerada como mitad del hombre, y vuestros juramentos, tomados con igual seriedad por ambas partes, serán tenidos por valederos en el uno y en el otro, y el castigo del perjuro caerá igualmente sobre las dos cabezas. Madre, no abarcarás más fin que el mayor bien de tus hijos, y, como ni te vendiste, ni fuiste humillada, tus hijos ni podrán despreciarte ni compadecerte, viniendo a ser para ellos el tipo sublime de la dignidad femenina; y en el último instante de tu vida, dirás al morir: “Serví a la humanidad; le di primero mi trabajo y mi inspiración, después mi amor y mis hijos, por último mi inteligencia; he contribuido al glorioso triunfo de la vida sobre el planeta”»

He aquí la ancianidad femenina coronada por el racionalismo con diadema inmortal… Pues bien, este ideal está escrito en esa bandera que se tremola en nombre de la república y de la libertad de pensamiento, dos libertades unidas bajo un solo trono: el de la regeneración española. ¿No querréis defenderla, hermanas mías? ¡Ah, sí, ya oigo rumor de cien y cien voces dispuestas a morir antes que el enemigo llegue a tocar la sacrosanta enseña! Agrupaos en torno del ideal de nuestro siglo, no dejéis que se extiendan las sombrías nieblas que surgen del Vaticano; protestad del pasado; del mundo viejo; del mundo podrido, que llamó a la mujer, «vaso de inmundicias»; «escorpión de cien cabezas»; «el mayor de todos los demonios», y otros mil epítetos pronunciados por las bocas de los llamados «santos padres del catolicismo»; acordaos de que hubo un concilio de eminencias de la secta, en el que, sólo por tres votos, se aprobó que el alma de la mujer era superior a la del animal, y mandad a Roma vuestra protesta. Firmad y jurad sobre vuestra firma, arded mil veces como las numantinas, antes que rendirse al enemigo; firmad, hermanas mías, y que este siglo que nació bautizado con la sangre de los revolucionarios franceses, confirme sus maravillosas conquistas con las energías indomables de las mujeres españolas… Algunas de vosotras, las que en repetidas ocasiones me habéis preguntado «¿Qué tenemos que hacer para llegar al vencimiento?», he aquí mi contestación: «Unirnos hoy alrededor de Las Dominicales, mañana en donde luzca a mayor altura y con mayor viveza el ideal que nos lleve a la dignificación; unirnos, y llevar a la práctica nuestra creencia. ¿Cómo?, me diréis… ¡Ay, hermanas mías! Nosotras, nuestras hijas y nuestras nietas morirán siervas; y es en vano que el alma suba, y el entendimiento crezca, y la voluntad se acrisole, y el corazón se abnegue, antes de que el astro de la nueva era comience a lucir en el rosado oriente, el sudario de la tierra envolverá con sus pliegues sombríos los despojos de nuestros huesos. ¡La lucha hay que empezarla en nuestro hogar! ¡La rebelión hay que inaugurarla al lado de la cuna de nuestros hijos! ¡Todas las amarguras, y las humillaciones, y los trabajos, y las penas, y los sacrificios, y las anulaciones, son nuestras; y todas las felicidades, y las grandezas, y los descansos, y las satisfacciones, y las glorias, y las dignidades, serán de nuestras nietas; alejad de vosotras la más efímera y leve idea de triunfo que os seduzca con sus espejismos de dicha. Esta hora nuestra es la hora del sufrimiento; la hora de nuestras descendientes será la hora de la emancipación.

El hogar, el hombre, el padre, el esposo, el hijo, ahí está vuestro palenque; ahí está el hemiciclo donde habéis de ejercitar vuestras fuerzas; no tenéis otro campo de batalla; hoy por hoy no tenéis otro sitio de mayor extensión para vuestra actividad organizada.

He ahí el hombre, combatido por cien y cien opuestas tendencias, decadente unas veces, otras ensoberbecido con ínfulas de Dios, siempre vacilando, ¡jamás creyente!

He aquí esta España, la de los grandes hombres llenos de ambiciones pequeñas, roída por las inmoralidades, resquebrajada en mil partidos, sin norte ni sosiego, hambrienta y ostentosa, escéptica y sensual, fatalista y engreída, caminando a la ventura, llevada por manos indecisas, petulantes o criminales; ¡esta España masculina puede ser inspirada por vuestros sentimientos, despierta por vuestras frases, engrandecida por vuestras costumbres, que el sol y las mujeres de España siempre fueron el alma de sus instituciones. Llevad a su seno la fe, a su inteligencia la severidad, a sus acciones la pureza; sed las patricias sin mancilla, dentro de vuestro hogar. A esas vanidades femeninas, a esos refinamientos de sensualidades y de orgullos que han engendrado en las alturas sociales el agio y el negocio, o sea el robo y la estafa, y en las honduras de la holgazanería y el alcoholismo, oponen la sencilla modestia de las púdicas vírgenes, y la severa naturalidad de las castas matronas; a ese endiosamiento impuro de la mujer cortesana, que todo lo sacrifica al más leve de sus caprichos, que es la semilla inagotable en los campos monárquicos, de las envidias y de las soberbias masculinas, oponed una humildad tranquila y firme, que no pida nada, ni quiera nada, ni desee nada que no sea el triunfo de la libertad; y, cuando el hombre acuda falto de valor y de fe a recogerse en la soledad de la meditación, como sibila no interrogada acudid a su lado, sea en el concepto que sea, y, con plácida sonrisa y ademán reposado, decidle: «¡Muere por la libertad!» Y cuando vuestros padres os preguntes por vuestros sueños de vírgenes, respondedles: «Soñé que defendías la libertad». Y cuando vuestros esposos se acojan al lecho nupcial, preguntadles «¿Defendisteis la libertad?». Y cuando vuestros hijos, balbuceando los primeros conceptos, os pidan la razón de la vida, contestadles: «¡Hijos, la razón de la vida es la libertad!». Y sin cesar extendiendo su atmósfera bendita, con vuestros pensamientos, y vuestras palabras, y vuestras acciones; y en vuestros cariños, y en vuestra juventud, y en vuestra vejez; sin cesar combatiendo pro ella; hoy haciéndosela amar al hombre; mañana consiguiendo imponerla en las leyes; más tarde, haciéndola consagrar en las costumbres, llegará un día en que la mujer la verá guiando como sol de su alma todos sus destinos sobre la tierra.

Y las que sin hogar vean palidecer sus vidas; las que todo lo hayan dado a la desolación, y, como aquellos cuerpos sin almas que, muertos estaban en pie, según las frases del inmortal Bécquer, subsisten sin más familia que la humana, colóquense en primera línea, para que si la saña de los enemigos trajese a nuestra patria una hora sangrienta, seamos las víctimas en las aras donde habrá de purificarse el ideal, viniendo a servir nuestros inútiles restos para amurallar el recinto donde brilla inmaculada la antorcha de la libertad.

Venid, ¡hermanas mías!, con vuestro pensamiento a contribuir a la gran obra de la redención de la mujer… ¡Nuestro pensamiento! ¡He aquí  lo único libre sin traba alguna que ha conquistado, Dios sabe a costa de cuántos martirios, la mujer del presente! Servíos de vuestro pensamiento por la escritura expresado para barrenar el inmenso talud que nos separa del porvenir; luchemos en el seno de la sociedad con nuestra pluma, en el fondo de nuestro hogar con la perseverancia, y abramos el camino de la victoria a nuestras descendientes. Que todas las energías de nuestra alma, y todas las ternuras de nuestro corazón, y todas las altezas de nuestra inteligencia vivan sólo para este ideal, y que esa mujer futura, que como sueño de infinitas bellezas se levanta en los siglos venideros, ceñida su frente con el limbo de la racionalidad, al volver sus ojos hacia nuestra memoria, nos salude con una bendición inmortal, que resonando en las altas cumbres del templo de la historia reconozca al siglo XIX por el siglo de la emancipación de la mujer.

 

 

Las Dominicales del Libre Pensamiento, Madrid,  10-12-1887

 

 

Rosario de Acuña y Villanueva.

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Rosario de Acuña y Villanueva. Comentarios

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