Rosario de Acuña y Villanueva

Madrid, 1850- Gijón, 1923

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Para el mitin femenino de la Unión Republicana de Gracia[1]

 

 

Me piden ustedes unas cuartillas para la sección que preparan. He aquí lo que puedo decirles:

Hondos sufrimientos morales y fatiga de largos días de monótonos trabajos, hicieron ya que mi espíritu se encuentre cansado.

Los confines del batallar humano, con su caos de horrores y hermosura sin clasificar ni encauzar aún por ninguna filosofía, por ninguna ciencia, religión ni edad, son ya para mi yo consciente lejanos países.

El más allá de la muerte está cercano a mí, y el sueño de paz y olvido, reparador y reconfortante, que brinda sus brazos, me atrae fuertemente hacia el inmortal seguro que cantó el poeta.

Muy trabajosamente, por lo tanto, escribo la presente; mas con la carta de ustedes llegó a mis manos otra de una mujer que, allá en mi juventud, conocí breves días, pero cuya amistad quedó sellada con un pacto recíproco: el de morir y morir fuera de todo dogmatismo religioso, gastando nuestras energías en despertar alrededor nuestro, en cuantos seres pusiera a nuestro lado el destino, las ideas racionales de justicia, bondad y belleza, desligadas de todas las religiones dogmáticas. Como este pacto fue hecho por mujeres conscientes, no puede romperse más que con la muerte, pues las almas enteras traen a la vida todo el caudal que en ella han de verter, sin que manantiales ajenos a la esencia del suyo las enturbien ni logren desviarlas del cauce que las trazó el destino.

Esta mujer, amiga mía, que hace 30 años viene dándose al ideal librepensador, por encima de su propio bien, porque ¡a cuántas más inferiores que ella en entendimiento, cultura y voluntad se las ve, como monigotes de feria, subir a los tablados de la vanidad social hasta conseguir, con buenas o malas artes, un sitio en los frisos de los olimpos contemporáneos!

Esta pobre, noble y mártir mujer, Ángeles López de Ayala, me ha escrito una carta suplicándome que les complaciese a ustedes, mandándoles algo para su velada.

Cumplo, pues, nuestro pacto y satisfago su deseo.

Sé, por su comunicación y la carta de Ángeles, que van a oírme mayoría de mujeres y que se tratará en la sesión de la libertad de pensar en materia religiosa. Pues bien, sepan que no hay para mí nada más esencial para racionalizar a la especie humana que el sentimiento de la religión. ¿De cuál?... De todas, incluso del ateísmo, que es una religión invertida, puesto que nombra a la Nada en lugar del Todo. ¡Cuestión de palabras!

Les parecerá a muchos un absurdo esta afirmación mía a favor del sentimiento religioso; mas no lo es. Todas las religiones llevan en sí un fondo de verdad divina. En todas se halla la idea de Dios y de la inmortalidad del alma como un núcleo de su razón de ser; todas ellas persiguen un mismo fin: relacionar la vida de los hombres y de la humanidad con las leyes universales; todas pretenden conocer a Dios y sumarse a El. No hay, pues, ninguna despreciable, ni ajena a la capacidad pensante de la especie humana. En su fondo, es tan respetable la judía, como la mahometana o la cristiana. Todas deben tener inviolabilidad para desenvolverse en las sociedades de los hombres, y, por lo tanto, todas deben y pueden discutirse, analizarse y compararse, sin privilegio para ninguna; el ser humano, cuya mente no puede pasar, por medio del raciocinio, del acatamiento de una –cualquier creencia- debe ser respetado, y no odiado, por todos los demás seres de las opuestas.

Esta es la pura y fundamental doctrina del librepensamiento. Otra cosa, es fanatismo, superstición, brutalidad, tan funestas del lado de los racionalistas como del lado de los inquisidores.

Mas, en los tiempos actuales, este transcendental estado de conciencia es imposible que subsista en España; primero porque el Estado español está adscrito a la dominación católico romana, y luego, porque, a pesar de los artículos de la Constitución que aseguran la tolerancia en materia religiosa, como todas las clases directoras, desde la cumbre al fondo, son completamente adictas al Vaticano y a sus enseñanzas, que tienen por verdad verdadera, resulta que están casi fuera de la nacionalidad, como parias, a quienes no se les debe ni el pan ni el agua, todos los que dejen de comulgar con la religión oficial, considerándose una virtud el dejarles la vida (en cuanto a los bienes, la honra, el respeto y el afecto, eso se les quita o merma por todos los medios posibles).

Nada de esto es extraño, pues es la consecuencia de dar a una religión supremacía sobre las demás. De aquí que la cuestión palpitante en España, la piedra angular que sostiene la ignorancia, incultura, crueldad, odio, disgregación, miseria, estancamiento y decadencia, es la cuestión religiosa. Resuelta ésta, las demás se resolverán con facilidad; ínterin la voluntad nacional no imponga todo esto. «Separación de la Iglesia y el Estado. El orden civil independiente de toda religión. Renovación de todos los Códigos en los ambientes científicos y racionalistas de la moderna edad. El inmenso caudal de riqueza que afluye a la Iglesia, y sus derivados, tales como Comunidades, Centros de enseñanza confesional, etc., etc., recogido en beneficio de la Sociedad Civil. En las escuelas oficiales enseñanza de todas las religiones. Prohibición de toda manifestación pública de carácter religioso y libertad completa en la Prensa y en la palabra para analizar, criticar, definir y comparar todos los dogmas de todas las religiones»

Puesto en pie de justicia el Estado español, nada importaría que después cada secta extremase su celo y propaganda para aumentar sus prosélitos. La libertad para esto también completa, sin más limitación que la del escándalo y el desorden.

Cuando sea dado públicamente, y en igualdad de circunstancias, desentrañar los dogmas religiosos, investigar sus fines y expresar sus medios ¿qué mal ha de haber en que aquellos que, a pesar de estas aclaraciones, no dejen su creencia, sean cristianos, moros o judíos? ¿Acaso no estarían todos de este modo más convencidos de su verdad? ¿No sería mejor convivir con creyentes sinceros, libres de imposiciones, que con hipócritas o cobardes, por fuera creyentes, por dentro escépticos; por fuera blancos, como los sepulcros del Evangelio, por dentro llenos de la ponzoña de la mentira?

¡Ay! ¡si nuestros católicos fueran siquiera cristianos! Porque lo que caracteriza a las almas religiosas no son las ceremonias de los cultos ni las apariencias de beatitud. El dulce ambiente de la religiosidad ha de surgir del amor al prójimo, única y segura base de todas las religiones conocidas y única base también de todas las que los hombres vayan inventando.

Entonces las mujeres españolas no serían las agarrotadotas de la patria, como lo son ahora; pues no hay duda que las mujeres –salvo contadas excepciones y contadísimas agrupaciones- sostienen este estado medioeval en que agoniza España.

La mujer tiene en sí un elemento adaptable a toda clase de sacerdocio; este elemento es la sentimentalidad.

Dios, la inmortalidad del alma, y la responsabilidad de sus actos, son los tres puntos cardinales de la personalidad femenina. Si sobre esta idiosincrasia del alma de la mujer se extendiera una educación sólida de conocimientos, la evolución de la mujer religiosa-dogmática a la mujer religiosa-racionalista estaría hecha y los hijos de los hombres beberían en los senos maternos sabia de ideas sublimes y no se envenenarían con linfa extenuante, henchida de prejuicios, absurdos y terrores. ¡Ah! cuando las madres sean racionalmente religiosas de la esencia divina que inspiran todas las religiones; cuando sena intransigentes en el único y solo mandamiento-raíz en que se apoyan todas, que es el amor a sus semejantes, entonces podría la humanidad llamarse orgullosamente racional.

Hoy por hoy, el espíritu jesuítico está infiltrado en el alma de la mujer española, y ésta es la que lanza a sus hijos al medio educador que tan funestos resultados tiene. Todas las mujeres que pertenecen a las clases impulsadotas de la vida nacional envían a sus hijos a los colegios de inspiración jesuítica; pues la iglesia católica, en su camino de petrificación, está entregada a esta doctrina. Los jóvenes de sano organismo, de índoles generosa, de mente equilibrada, resisten bien la influencia de todas las negaciones que les imponen, y aún algunos se salvan de pesimismo; los jóvenes insanos, débiles, de índole cavilosa y poca o indefinida personalidad caen, con  las almas dañadas por atormentamientos recónditos e inseguridades de voluntad y los jóvenes imbéciles, en los grados mínimo y máximo, salen a la sociedad aportando una corriente de anormalidades y estulteces que perturba y desorganiza; y todos llevan en su fondo un átomo dañado: el de la soberbia, que se les impone bajo formas más o menos comedidas, átomo que les impide luego, en el resto de su vida, sumarse, como partículas infinitesimales, al plan del Universo, todo armonía y equilibrio, sin más infierno para nosotros que el de la herencia de animalidad que aún circula en la carne humana, y sin más paraíso que la progresiva elevación de la mente, en etapas terrenales o ultraterrenales, al reconocimiento de su origen divino para  secundar la obra creadora como chispa fluente de lo Absoluto-Eterno, abarcador de astros y átomos.

Poco se necesita saber de psicología para conocer la marca de la educación a que las madres sujetan a sus hijas. En las mismas cumbres de la intelectualidad se ven sus efectos funestos: ¡cuán pocos de los genios que pretenden ser Mentores traspasan los umbrales de la pedantería, de la vacuidad, de las disquisiciones menudas, del análisis pueril y presuntuoso. Si pretenden hacer filosofía arman un galimatías de filósofos conocidos, todo sin ilación ni fundamento, de tal modo que, al acabar de seguir sus elucubraciones, se palpa uno a sí mismo, asombrado de hallarse vivo después de la pedrea de erudición y ausencia de ideas de que hacen gala. Si hacen literatura y se les lee con intención de aprender en ellos, no hay más remedio que buscar todas las obras del clasicismo para encender con ellas una hoguera, por embusteras y perturbadoras; de tal modo el guirigay de versos y prosas que nos sirven los ajesuitados excluye toda regla sana y todo bello orden de los maestros…¡y lo mismo pasa con las demás bellas artes!

En la mentalidad española salta lo nimio y lo cominero, lo presuntuoso y despreciador, el detalle del necio envanecimiento, de la soberbia disimulada, del ruin egoísmo… del átomo dañado que asimilaron las juventudes, durante más o menos años, en las aguas turbias que fluyen de las castas sacerdotales. Apoderados de los mitos y símbolos, con los cuales la Humanidad se ha ido perfeccionando, todos los sacerdocios los han clasificado con arreglo a su ansia de dominación y riqueza, para subyugar a las generaciones, no con las puras y gráciles fábulas que puedan dar consuelo y enseñanza, sino con los anatemas aterradores a que tan fácilmente se somete la mayoría humana, muy cercana aún a la infantilidad de la especie, y más cuidadosa de buscar guías que de guiarse a si misma.

¿Cómo salvar a la mujer española de ese desfloramiento moral en que su naturaleza generosa e inteligente cae apenas entra en la edad adulta?

¡Ah! Aquí no puedo menos de decir a los hombres de las izquierdas, a los de ideas sinceramente progresivas, que sólo ellos tienen la culpa de este abandono en que dejan a las mujeres para educar a sus hijos y aún educarse a sí mismas, toda vez que la mujer española tienen que estar educándose hasta la muerte.

Que el reaccionario, el dogmático, el conservador trate a la mujer como a hembra u objeto, nada tiene de extraño: sus doctrinas le llevan a ello; pero que los hombres llamados liberales, librepensadores, progresivos y positivistas tomen a la mujer como a hembra de animal, sólo destinada a la reproducción o para encargarse de las faenas domésticas, o para hacerla maniquí de lujo, cual si la hubieran comprado a la puerta de un mercado turco… esto es lo que no tiene explicación posible. Y esto es cierto, sí, excepto en contadísimas excepciones. Y aún hay más. Todas las huestes reaccionarias halagan, dignifican la personalidad de la mujer, llevándola y trayéndola a juntas y reuniones de arte y caridad, procurando darlas la primera fila para tenerlas contentas, pues saben muy bien todos la influencia poderosa de la mujer cuando se consigue tome afán en el asunto que se la encomienda. No me dejarán mentir los manejos e importancia de la obra de las damas catequistas y demás asociaciones de propaganda y absorción católica, que tanto elevan a las personalidades femeninas.

En tanto, los hombres de ideas avanzadas, en lo que ponen empeño es en que sus mujeres, se alejen lo posible de su labor reformadora, separándolas de sí, unas veces con sátiras y desprecios y otras con la especiosa razón de la inferioridad femenina respecto a la superioridad del hombre. ¡Como si la Naturaleza hubiese dado a ellos solos el derecho de esta clasificación que no es rebatida por las mujeres, no por falta de argumentos científicos, filosóficos e históricos, sino porque en la inmensidad de generosidades que encierran casi todas las almas femeninas, brota una especie de misericordioso perdón hacia el cuitado y débil compañero, ahogando el movimiento de protesta por la ofensa recibida.

Y las pocas mujeres que van por la misma senda que los hombres progresivos, las que quieren y pueden llevar sus energías a la evolución, se debaten inútilmente buscando puesto digno al lado de los avanzadotes. ¡Cuán bien se aprovechan de esta falta de capacidad mental y sentimental de los hombres de la izquierda los contrarios de la derecha para seguir su labor, que es, en el fondo, de aplastamiento de la personalidad femenina, aunque, aparentemente, hagan otra cosa, pues, en realidad, sus doctrinas fundamentales están basadas en el desprecio de la mujer, a quien debe su condenación el género humano, según el Génesis, y para la que el espíritu jesuítico, reinante en nuestra patria, sólo tiene sexo, puesto que hace función de santidad el celibato y sólo tolera el matrimonio como una triste necesidad.

Escuchadme aún con alguna paciencia, mujeres. Se hace preciso que vuestro espíritu, esencialmente religioso, tome el camino que se separa de las religiones positivas. No creáis que os invito a un grosero sensual materialismo; es preciso volver la mirada a los puros ideales que informaron los primeros pasos de todas las religiones, dejando a un lado, por despreciables, mitos y símbolos, de los cuales, se han hecho dogmas, origen de fetichismos, supersticiones, crueldades e impiedades que el aliento petrificador de los siglos dejó caer sobre ellos.

Voy a haceros conocer el testamento religioso de un hombre justo y sabio, poeta y estadista, legislador y publicista, que acaba de morir en Portugal donde todas las leyes de los radicalismos liberales han vivificado la sociedad lusitana de tal manera que hoy es el Estado de más generoso espíritu de justicia, de cultura y de fraternidad que existe en Europa.

En este testamento, que vais a oír, no sólo se manifiesta una alta ejemplaridad religiosa, sino que se ve una acrisolada honradez, puesto que al ocuparse en él de los bienes materiales, consigna el testador que en sesenta años de trabajo, y aún habiendo ocupado puestos preeminentes, no pudo reunir, después de sostener con modestia su numerosa familia, más que unas 6.000 pesetas de renta.

He aquí el testamento religioso del doctor Manuel de Arriaga , primer presidente de la República portuguesa:

«Nunca pude prescindir en mi creencia de que todas las cosas tienen el origen de una Causa Primaria, principio, medio y fin de todo lo existente, fuente de donde emana la vida del Universo, sol de donde irradia la luz de nuestras almas y las sabias leyes inalterables. La Ley por excelencia de la Belleza, del Ideal, de la Perfección Suprema, de la Verdad Eterna- Dios.

En esta creencia vivo con esta creencia espero morir. Como es natural que los representantes de las religiones reveladas no se quieran incorporar en el fúnebre cortejo de un filósofo que vivió toda su vida fuera de las barreras de los dogmas, en una religión alta, serena y luminosa, con absoluta e inalterable tolerancia para todas las opiniones, dispongo que mi entierro se haga civilmente, sin convites, coronas ni discursos».

Ved en ese testamento el molde que puede servir de creencia religiosa a todos cuantos sentimientos de religiosidad haya en vuestras almas. Con ninguna de estas afirmaciones puede enturbiarse la serenidad de una existencia honrosa. Nutrido el espíritu con ellas, jamás y en ningún caso seréis instrumentos de las sectas sacerdotales.

Ahora, escuchad también el verso que mandó poner en su sepultura este hombre admirable (traducción literal):

 

Astros sin fin ¡oh Soles que estáis por encima.

Lejos de la tierra, en regiones más puras,

Dejad que el cuerpo descienda a la sepultura…

A vosotros se debe el espíritu que lo animó!.

 

Sigamos la estela de estas grandes y puras almas que nos precedieron en el camino de nuestra redención de animales impulsivos, temerosos, crueles o estúpidos, que de todos estos modos tiene aún nuestra naturaleza. No son los dogmas de los sacerdocios, metódicamente empeñados en dominar los que nos han de sacar de nuestros limbos de sombra hacia las altas cumbres de la sabiduría y la virtud.

El cielo no puede iluminarse con nuestras alegrías ni entenebrecerse con nuestros dolores; el infierno y la gloria son dos términos arbitrarios que la soberbia de los que se creen primogénitos de Dios ha inventado para que nuestras conciencias, aterradas o gozosas, pierdan la serenidad y les dejen a ellos el derecho a dirigirlas.

Entretanto al problema feminista, que hoy empieza a debatirse en España, y en el que estriba, acaso, la libertad de conciencia para nuestra patria, hay que dejarle andar su camino, ayudando sabiamente a que tomen interés por él el mayor número de mujeres. La revolución mundial que está iniciándose en la terrible guerra europea, traerá grandes sorpresas. La progresión creciente de la mortalidad e invalidez en los hombres europeos (tal vez de la tierra entera) va a entregar a la civilización futura a un MATRIARCADO positivo, activo, consciente, que, bien sea reconocido por las legislaciones, o bien se abominado por ellas, nada ha de importar si se impone en los hechos; y si ya los tiempos no pueden retrogadar a que el nombre quede atado a la puerta de la choza, para asegurarse de su producción y descendencia, de tal manera la escasez de varones y la inutilidad de los más para sostener las necesidades familiares se va a imponer en la Nueva Edad que se avecina, que será la mujer una verdadera SEÑORA AMA del hogar, dirigiendo y dominando hijos y familia con soberanía indiscutible; siendo trascendental su responsabilidad como reformadora de generaciones que han de nacer dañadas y perturbadas, demostrando así, en una o más centurias, como la demostración del andar se prueba andando, que todos los raciocinios, conocimientos y energías cogen y son fecundos en el cerebro femenino, de igual manera que cogen y son fecundos en el del hombre.

Luego, cuando esta equivalencia justiciera quede evidenciada en costumbres y leyes y se equilibre en el fiel los platillos de las desigualdades, cuando los largos siglos de inferioridad, impuesta por la fuerza de la crueldad sobre las blanduras del sentimiento, se esfumen, como un mal ensueño, en los anales de la historia de los hombres, y la pura Verdad que se manifiesta en la frase de la mitad humana, refiriéndose a nuestro sexo, deje de ser un retorismo hueco, entonces alboreará la dicha paradisíaca que todas las almas pensantes ansían; porque, no lo dudéis, llevamos todos en nuestras mentes, incluso los hombres más entregados a la soberbia masculina, el divino espejismo de una pareja humana, unida indisolublemente desde la misma infancia hasta más allá de la vida terráquea, para ir ascendiendo por la senda de la perfección, con los corazones latiendo al unísono, las mentes evolucionando acordes, los cuerpos y las almas formando una sola floreciente entidad, como la vid y el olmo se abrazan y confunden para dar pompa a la selva, maduración al fruto, templanzas al ambiente.

Así, esta futura pareja humana irá cumpliendo los fines de la vida, dejando sobre la tierra una descendencia sana de cuerpo, lúcida de alma, alegre de voluntad, con fe en la inteligencia y amor en el corazón, al saber que fue engendrada, no sólo por el ayuntamiento de dos carnes, sino por el enlazamiento de dos almas.

¿Y por qué no hemos de tender nuestros brazos hacia ese ideal del lejano porvenir? Oigamos en nuestros ensueños de esperanza las palabras que los hombres de los remotos siglos futuros habrán de decirnos:

«Ven, amada, semejante mía que a mi lado empezaste a sentir la conciencia de la vida. Naciste, como yo, de la conjunción de dos naturalezas similares. Como yo piensas y sientes, como yo puedes salvar nuestra descendencia del daño y del odio, subiendo conmigo a las puras regiones de la verdad, la bondad y la belleza y con iguales alas que a mí me dieron.

«Mas tú, dulce cadena de amor, donde más impetuosidades quiebran sus rigideces, tienes una misión especialísima: la de conformar la iniciación del misterio creador que a los dos nos fue impuesta, perfeccionando tú, con tu maravillosa voluntad de paciente, el tenue embrión que te otorgó mi abrazo. Ven y apoya tus breves desfallecimientos en mis energías, no quebrantadas por el trabajo de gestaciones reales o nominales: yo seré para ti el fuerte, mas nunca el cruel, porque sólo a condición de repartirnos entre los dos la vida podremos arribar a las playas de la felicidad. Ven y sigamos subiendo, tú segura de mi vigor, yo valeroso con tu confianza. No nos separemos nunca, ya que nacimos semejantes, como hermanos crecimos y por mitad de nuestra carne nos tomamos. Contigo siempre llegaré al sueño de la muerte, donde habremos de esperarnos el uno al otro para seguir unidos a la conquista de nuestra inmortalidad, y vayamos juntos al único templo de aquel que le construyó, y a nosotros con él: al templo de la Naturaleza, cuyas lámparas inextinguibles son los soles que pueblan las regiones etéreas y los átomos que  conforman nuestro planeta; cuyos milagros son todas las leyes que rigen, formas, modos y destinos que en su seno sustenta; cuyos santos son los pensamientos de fraternidad, que toman vida en todas las generaciones y en todas las razas, para hacer de los seres orgánicos una inmensa familia, que ha de unirse, con lazada de amor, hacia debajo de nosotros por toda la serie de animales y plantas, hasta las mismas rocas, y hacia arriba de nosotros hasta las innúmeras humanidades que pueblan los millones de mundos caminantes en el cielo, y que son todos capillas del Divino Templo universal. Ven, semejante y amada mía; posternémonos juntos los dos, formando un solo conjunto de inteligencia y sentimiento; bebamos en la copa de la sabiduría el mismo generosos licor que nos ha de dar la facultad de creer y esperar y la misma fortaleza para afrontar las grandes conquistas que aún nos quedan por hacer en este planeta que para morada nos dieron. Adoremos, en meditación silenciosa, la Augusta Fuerza, de excelsa magnitud, que se manifiesta ante nosotros en el Sagrado Tabernáculo de la Naturaleza, y, sin pedirla nada, sin temerla en nada, cooperemos con honda alegría en su continuo laborar, en una gloriosa eternidad de magnificencias.

«Todo, todo cuanto necesitamos para secundar su obra aquí, en la tierra, nos ha sido dado, y está en nosotros manumitirnos del dolor, que, aunque siempre lo creemos injusto, las más de las veces es acicate para recordarnos la esplendidez de nuestro destino, con frecuencia olvidado entre las nieblas que nos legó la animalidad.

«Aquí, en la tierra, hemos de dejar terminadas todas nuestras misiones; porque aquí donde estamos y estaremos acaso por millones de siglos, tenemos que espiritualizar la vida en su grado máximo, si medir el tiempo por el diámetro infinitesimal de nuestras individuales existencias, sino por los anchurosos ciclos que trazan las generaciones, las razas y las especies. Y aquí, sólo por nuestro propio esfuerzo logrado, hemos de entrar en esa región que ansían, buscan y presienten las almas: el paraíso terrenal no perdido en la noche pavorosa del pasado, como las leyendas infantiles nos aseguran, sino clarivenciado en las lejanías del porvenir, adonde la ciencia y la virtud nos lo señalan.

«Ven, y sigamos este ideal luminoso, elevando al infinito la única oración, gracias a la cual podrá descender sobre nosotros el espíritu de la Sabiduría y de la verdad: trabajar y amar, la sola digna de nuestras naturalezas, y, al encontrarnos frente a la muerte, soñemos que dejamos viejas vestiduras, como la crisálida a quien ya le apuntan las alas; que alas tendrán nuestras almas cuando, vencedoras del odio, dominadoras de la ignorancia, serenas y risueñas por su continuo caminar adelante, hayan conquistado el derecho de bañarse en el Leteo del olvido para renacer puras a otro día mejor de labor ascendente.»

***

Os he hablado acaso demasiado largamente. Aprovechad de mis palabras las que mejor cuadren a vuestra voluntad y deseos; mas ved en todas mi afán de que lleguéis, más pronto o más tarde, a emanciparos del yugo de las religiones positivas.

 

 


[1] El texto iba precedido de la siguiente nota introductoria: «Nuestra eximia colaboradora la escritora doña Rosario de Acuña, ha enviado a Barcelona un notable discurso que fue leído en el mitin femenino que acaba de celebrar la Unión Republicana de Gracia. Consideramos de interés cuanto dice la distinguida y radical publicista, y por eso, aunque sea en varios días, vamos a darlo a conocer a los lectores de EL NOROESTE». Fue publicado por entregas los días 5, 6, 7 y 8 de junio de 1917.

 

 

Rosario de Acuña y Villanueva.

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