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Consecuencias de la degeneración femenina

 

Conferencia pronunciada en el Fomento de las Artes de Madrid, la noche del 21 de abril de 1888

 

Señores y señoras:

Por segunda vez, en el espacio de breve tiempo, dirijo mi palabra a esta nobilísima asociación, adonde vienen a confluir las fuerzas más sanas, más nobles y más importantes de mi patria; que solo trabajo, sinceridad y honradez pueden admitirse con aquellos calificativos en los núcleos sociales; y aquí, en el Fomento de las Artes, sinceridad, honradez y trabajo parece que se aúnan en estrecho consorcio, para levantar en una atmósfera de pureza el verdadero escudo heráldico de la especie humana; ese escudo en el cual no encajan ni los cuarteles de la soberbia científica, ni los del oro mal ganado, sino aquellos otros en donde están escritos los altos lemas de la fraternidad, y cuya cimera, en vez de ser la corona, la espada o el látigo, es un triángulo de luz por todas partes mirado, nos dice siempre: Amaos los unos a los otros.

Honra, y bien sabe Dios que la tengo por inmerecida, es para mí el encontrarme nuevamente en presencia de este auditorio, y no sería mi lengua servidora sincera de lo que en mi conciencia late, única misión de la humana palabra, si no aprovechase estos momentos, aún a trueque de alargar más allá de nuestros deseos la conferencia, para expresar la gratitud que embarga mi alma hacia la Junta directiva de esta asociación por el empeño con que me invitó a ocupar esta cátedra, viniendo a levantar mi personalidad, ¡solitaria arista que los vientos sociales empujan al vacío del no ser! hasta una altura de prestigio en que, a través de las rutinas que intenta denigrarme, veo surgir un auditorio en cuya inteligencia hallan eco mis palabras, y en cuyo corazón, no encallecido por la ruin vanidad, repercute con vibraciones de ternura el ritmo de mi corazón.


Fragmento del texto de la conferencia publicada en Las Dominicales del Libre Pensamiento

Aquí, en vuestra presencia, se rehace todo mi ser, como si de vuestras almas corriese un fluido de vigor que en la mía se condensara obligándome a la lucha, no por mí, sino por vosotros; como si en mí residiera la facultad de reproducirse lo que en vuestro pensamiento late, y mi entidad, átomo nulo cuando a su propia iniciativa se abandona, se engrandeciese en este solio de la enseñanza por el reflejo de vuestra fuerza, hasta adquirir un sagrado carácter de inviolable autoridad, que dimana de la alta investidura que me habéis otorgado.

Medid por todo lo expuesto cuán profunda será mi gratitud, al sentirme subir desde la realidad de mi pequeñez hasta la altura de vuestra valía; desde el ciclo estéril y hueco donde rueda mi personalidad, hasta la órbita luminosa y fecunda donde giran las huestes civilizadoras; desde el fondo de un hogar desconocido, hasta el santuario donde se escriben con letras inmortales el nombre de los genios.

Vedme, pues, como servidora de vuestra voluntad, dispuesta a emitir aquellos conceptos que, si bien brotando de mis labios, toman su origen en el conjunto de la inteligencia humana. Sí, por cierto; que el eterno femenino, en su misión de sintetizar la vida, cuando acciona en el mundo intelectual, tampoco inicia la creación, sino que condensa, recoge, acumula, conforma, reúne, armoniza y abarca, hasta dejar un Todo cumplido, capaz de transmitir con su riqueza de cohesiones los rasgos de la perfectibilidad.

Y sobre estas mis últimas palabras va a desenvolverse el tema de la conferencia. Como la anterior está dedicada a vosotras, por y para la mujer, he aquí mi emblema: he aquí en lo único que me permito tener egoísmo, porque, ¿quién duda que hay egoísmo en mí, que soy mujer, al querer la justificación y el engrandecimiento de la mujer? Pero este egoísmo, por una derivación del alma femenina, destinada a no ser egoísta, ni aún en su mayor egoísmo, permitidme el concepto; por una derivación escrita en mi organismo con las mismas frases con que la escribe Naturaleza en toda organización femenina; este egoísmo, que me hace privilegiar a la mujer en mis pensamientos, palabras y acciones, busca su finalidad, su terminación en el bien humano, en el bien de la especie, en el bien sintético que ha de formarse de las dos dichas, de las dos felicidades, de la masculina y de la femenina. No hay, pues, en mí esos exclusivismos imprudentes que matan en el corazón de la mujer toda ternura, arrastrándola a un hibridismo repugnante, en el cual no ofrece sino lo más mísero, lo más depravado, lo más ruin del carácter femenino, aquello que la mitología griega simbolizó en las desenfrenadas bacantes, haciéndolas las divinidades de la sensualidad. ¡Funesto privilegio que ostentan aquellas que, violando la ley natural, pretenden reunir en su voluntad las dos virilidades, la de la inteligencia y la del corazón, olvidándose que a la mujer no le es dada más que una, - la virilidad del corazón-; por la cual se encontrará esa meta sublime hacia la cual marchan las civilizaciones, hacia la cual es menester que marchen, si han de progresar, meta que se reduce a nivelar los destinos de ambos sexos, otorgándolos derechos y deberes tan equivalentes, que en el concierto de la vida no se desentonen sus esfuerzos, ni desarmonicen sus actividades.

Vedme, pues, queriendo vuestra dicha para lograr la dicha del hombre, queriendo vuestro engrandecimiento para su perfección, vuestra dignidad para su progreso: vedme, mujer, cumplidamente mujer, amando más allá de mí misma, deseando otorgar, reunir, sintetizar, dentro de aquel medio en que el destino ha querido colocarme, para juntar las inspiraciones de nuestras almas, y con impulso maternal llevarlas hacia las alturas de la regeneración de la especie, en lazando con vuestros esfuerzos el molecular esfuerzo de mi corazón, todo él henchido con la suave ternura femenina.

¡Que no huya vuestro juicio cuando mis argumentos lo llamen a recapacitar! Inteligencias masculinas, no ofenderos, no resentiros con las acentos que van a salir de mis labios proclamando la elevación de mi sexo a nivel de vuestra personalidad, quedáis íntegros en vuestra personalidad, quedáis íntegros en vuestros hermosos vigores del pensar. ¡Inteligencias masculinas! esa esfera de acción es vuestra; pero dejadme enlazar en su radio la facultad del sentir, en la que todos los vigores nos pertenecen, y la cual voy a intentar una llamada a vuestras almas, deseando fundirlas tan estrechamente con las nuestras, que le sea posible a las humanidades del porvenir encontrar realizado el ideal del presente: La formación de un ser racional, tan grande por su inteligencia como por su corazón.

Entremos de lleno en el asunto, y permitidme bajar al detalle, que rápidamente presentaré al auditorio por uno solo de sus aspectos, pues es demasiado breve el tiempo que vuestra paciencia puede otorgarme para la complejidad del problema.

Una vez en el terreno del detalle, voy a elegir aquel más positivo y libre de nebulosidades metafísicas, harto discutidas ya en la ardua cuestión que pudiéramos llamar la médula de nuestro siglo: la emancipación de la mujer. El terreno que me voy a permitir recorrer, acompañada de vuestra atención, no va a partir de acumulamiento de erudiciones, siempre enojosas y aquí contraproducentes; el libro más sublime es el de la naturaleza; abrámosle con sereno pulso y estudiemos alguna de sus páginas, procurando traducirlas en lenguaje que no ofenda la pudorosa delicadeza del oído humano.

Un misterio inexplorado hasta el día, hace que la vida se avecine en el seno materno al compás de las ondulaciones del corazón. Nada anuncia que aquella crisálida comprenda la importancia del destino que ha de resumir, y no hay augur ni experimento que determine con evidencia, en los períodos más culminantes de la conformación, el sexo del neófito de la vida; no pareciendo sino que la naturaleza, ocupada primero que en nada en la supremacía racional, deja para los últimos momentos la división sexual, por considerarla, relativamente a la grandeza de la creación humana, cuestión de un orden secundario. Llega el momento de la clasificación, y su mandato sagrado se cumple sobre la criatura, no modificándose en ella muchos, ni siquiera los más esenciales órganos de la vitalidad consciente, sino remarcándose con mayor fuerza de acentuación alguno de ellos: el niño y la niña nace a la luz del planeta; el vaso de la vida se ha colmado; se ha cumplido el génesis, y esa flor encapullada que atesora las herencias de millares de siglos, ese cuerpecito infantil donde van esbozadas las graduaciones de todos los organismo, comienza a palpitar, recogiendo en el medio que la rodea elementos para desenvolver las condensaciones de vigor que la otorgó su origen; es el hijo de la especie humana; lleva en sí la sagrada delegación del progreso vital, y tan alto, tan grande es su destino, que la naturaleza le ha entregado la virtualidad de los dos sexos, trazando sobre su organismo con la potencia del uno la semblanza difuminada del otro, como si hubiera querido decirle al hombre: eres hijo de la mujer, y a la mujer: eres hija del hombre. Allá en los centros más latentes de la vida, donde radican en las primaverales horas del amor las dichas de la fecundidad, se descubren vestigios de una unidad completa, llamada acaso a realizarse en especies venideras, o derivada de una realidad cumplida en especies anteriores; y, bien que sea una promesa del porvenir, o un recuerdo del pasado; bien que sea una conceptuación impuesta a la humanidad para unir en fraternal consorcio los dos sexos, ello es que sobre todo organismo humano hay escritos rasgos que en la fortaleza del varón imprimen la fragilidad de la hembra, y en la pasividad de la hembra imprimen la energía del varón. ¡Suavísimo matiz, tenue celaje, modulación delicada del organismo que ostenta sobre un sexo los vestigios del otro!

La niña y el niño son entregados a la familia, esa pequeña sociedad que cual madrépora agregada a un conglomerado de políperos, toma su vida, es decir, sus costumbres, en la gran raíz del Estado y de la raza, nutrida por las leyes y por la religión. La familia, al recibir al hijo de la especie, comienza a intentar la distinción de los sexos en radicales extremos, y aquellas manifestaciones de la comunidad de origen son violentamente combatidas por el medio educativo; el manantial de la vida encuentra un dique y se separa cada vez más, hasta el punto de que, ni en la senectud, cuando el descanso de la sepultura llama a la carne bajo el nivel igualitario de la transformación, cuando se está muy cerca de ese otro encapullamiento que ha de sufrirse en el seno de la tierra, tan semejante al sufrido en el seno de la madre, ni aun entonces llegan a caminar las dos corrientes en un solo cauce, y la ancianidad femenina y la masculina, siguiendo como piedra que cae el impulso recibido en su infancia, se hunden en la muerte, sin que uno solo de sus sentimientos se confundan, ni una sola de sus inspiraciones se armonicen, habiéndose realizado la odisea de la vida sin regocijo en la tierra ni glorificación en la humanidad.

La deformación, la ineptitud, la enfermedad, la ignorancia y la astucia: he aquí la dote que la sociedad le prepara a la mujer. El castigo de esta violación de la naturaleza se cumple inexorablemente, porque el mal engendra el mal en el orden de todos los sucesos. Esta hora de castigo llega en el instante en que el hombre, esa mitad de la mujer, tiene que cumplir el mandato de multiplicación.

Como la naturaleza no desvía sus procedimientos de acción; como ha sido, es y será siempre igual, lo mismo al modelar el hierro en las entrañas de la tierra que el hombre en las entrañas de la mujer, que el astro en las entrañas del universo; como la naturaleza no cambia nunca por la peor o mejor voluntad del legislador, el ser humano, producto de las dos grandes entidades de la especie, recoge los extremos de ambos, y aquellas deformaciones, ignorancias y astucias que constituyeron la dote de la madre, se condensan, se recogen, acumulan, conforman y armonizan sobre la organización del hijo, y sobre todo del hijo varón, por el gran trabajo sintético que el sexo femenino realiza en el misterio de la creación. El hombre nace llevando levadura de errores que le harán pueril en sus costumbres, supersticioso en sus creencias, inconsecuente en sus afirmaciones, ruin en sus dudas, necio en sus vanidades, despreciable en sus ambiciones, vicioso en sus placeres, hipócrita en sus virtudes, y en todas sus ideas, palabras y actos asomarán los rasgos de aquellas inferioridad recibida en su cerebro y en su corazón por los impulsos del corazón y del cerebro femenino.

Y bien; por todo lo expuesto, ¿no comprenderéis la imprescindible necesidad de llevar a la vida otro caudal más perfecto que este de condiciones negativas con que dotamos al hijo del hombre? Indudablemente vuestras voluntades femeninas, que son todo amor, vibran en estos instantes al unísono de la mía; porque es menester determinar claramente que ninguna excelencia adquirida por la mujer en el terreno de la costumbre, madre de las leyes, puede recibirla sino es de la mujer. Sí, por cierto; solo en virtud de sus propios esfuerzos ha de reconquistar su sitio en el concurso social, en atención a una ley que voy brevemente a exponeros. Todo lo que implora, todo lo que vive en la pasividad expectante de ajena determinación que le entregue el beneficio, jamás obtendrá sitio seguro en los banquetes de la vida; y así como la planta flébil sucumbe si hábil jardinero que la defienda, y solo existe por una otorgación más o menos cuidadosa, así todo engrandecimiento que le llegue a la mujer en el orden social por determinación del hombre, solo servirá para especificar más claramente su inferioridad, verificándose de este modo una apariencia de regeneración, espejismo esplendoroso por el cual adquirirá nuestro sexo más privilegios, pero también más dolores, ganando en vanidades lo que pierda en fortaleza, y, a la larga, la reacción de este engrandecimiento ficticio atraído, no por el íntimo valer, sino por la clemencia masculina, pudiera muy bien llevarnos a un nuevo gineceo en donde perdiéramos hasta la conceptuación de criaturas racionales que hoy ya poseemos, adquiriendo, en cambio, el calificativo de irredimibles, peligro pavoroso que expongo a vuestra consideración, segura de que vuestro juicio alcanzará lo trascendental de la catástrofe. Nosotras no debemos esperar nada sino de nosotras mismas, no por terquedad de rebeldía orgullosa, sino por convencimiento de razones deductivas. Nosotras no podemos intentar otro valer que el alcanzado por aquellas condiciones que poseemos, bien que sean latentes, perfectamente dispuestas para nuestra progresión. He aquí por qué mi voz se dirige a vosotras, no con el propósito de levantar una bandera ridícula y contraproducente que nos emancipe den las exterioridades, sino con el empeño de que nuestras inteligencias sacudan su letárgica quietud, y, reconcentradas en el fondo de nuestras conciencias, bebiendo la luz de la sabiduría en el cálido resplandor de nuestras intensas ternuras, cimentemos son solideces de granito las manifestaciones de nuestra indiscutible personalidad racional, hasta levantarla en el solio que la destinó [la] naturaleza desde el cual presida con iniciativa perfecta la conformación de las razas. He aquí el plano sublime sobre el que se nivelarán las energías intelectuales, dejando en los siglos estela gloriosa de excelsitudes.

Veamos, para llegar a este plano, qué trámites hay que seguir; pero veamos antes si los que se siguen son los conducentes.

Herencias de ferocidad salvaje, no encubierta[s] con bastante rigidez por las civilizaciones orientales ni por los siglos medios, causas que no son del caso indagar, pues antes que de nada me ocupo de que llegue mi palabra a todos los oídos con la mayor brevedad y sencillez posibles: herencias o causas bien funestas, nos ofrecen un presente social incoloro, rebajado, ficticio, en el cual las olas de las más desenfrenadas pasiones no encuentran otra barrera que unos ideales religiosos caducos, fantásticos, huecos, momificados en ataúd de leyendas, que se desmoronan como polvo estéril al reflejo más tenue de la investigación científica. En el fondo de este océano social, tan pobremente contenido por tan mísera barrera, corre[n] los deshechos temporales, un principio admitido casi sin controversia, que dimanando de la autoridad religiosa, traza el camino de la existencia de la mujer, imponiéndose en todos los planes de su educación, en un espacio tan estrecho y penoso, que maravilla cómo en él se desenvuelven las energías vitales. La reglamentación acomodada a un molde inflexible, pesa como losa de plomo sobre la entidad femenina, y recogiéndola de manos de la naturaleza, vigorosa en sus músculos, firme en sus nervios, rica en su cerebro, ondulada en sus formas, la entrega a la civilización (no olvidaros que hablo en España y para las españolas) como masa deforme de músculos relajados, nervios vibrantes, cerebro empobrecido y formas angulosas, para lo cual si no usa del hierro y del fuego, materialmente hablando, usa del hierro y fuego moral, que son la acumulación de quietudes sobre su vitalidad física, y la acumulación de hipocresías sobre su vitalidad intelectual.

En efecto, contemplemos a la niña desde el momento en que, según una frase gráfica, comienza a ser una mujercita. Todo lo que se la impone es inmovilidad de cuerpo y de alma. ¡Ay de aquellas que se muestran rebeldes a la doma! La expansión, el movimiento, el raciocinio, los diversos modos de que la naturaleza dispone en su arsenal maravilloso para evolucionar el desarrollo humano, son cruelmente fustigados en la niña como crímenes de leso impudor del sexo. ¡Pobre sexo; adónde se empeñan en encerrar tu pudor! La impasibilidad de la estatua comienza a extenderse primero sobre las exterioridades, más tarde llegará al cerebro; ínterin el corazón late, y como toda aquella fuerza impulsiva no encuentra sitio vivo más que en el corazón, este va engrosando, permitidme el símil, hasta que pasa desde la sensibilidad normal a la patológica, y la mujer, a poco de salir de la infancia, se encuentra con un cargamento inútil de sentimientos, lastimosamente perdidos en el hueco asilo de una fantasía delirante. ¡Cuántos Pranzini deben especular sobre la gran perturbación de estos organismos! Pero ¡es pudorosa! Sabe andar sin mover más que los pies, y esto por ser indispensable; saber hablar sin que su rostro exprese ninguna movilidad de afectos. Como mueve los pies mueve los labios, y así como la voz hay que emitirla a compás, sin darla el menor relieve, el concepto, el fondo de la frase, es menester que sea de una simplicidad anodina y dulzona, que no se extralimite más allá de las expresiones inocentes. ¡Ah! ¡Cómo se venga la juventud femenina de estos frenos del torpe error, lanzando por sus ojos llamaradas de provocación y por sus labios sonrisas de atrevimiento! No parece sino que el pudor impuesto por orden de la hipocresía, solo sirve para enardecer en ella todo género de impudores.

La enfermedad, tan admirablemente atraída sobre aquel organismo, violentado y envilecido, llega con cauteloso paso y espera el momento supremo en que la vida toma derechos de reproducción en el ser femenino, para invadirla con caracteres latentes, o caracteres determinantes. En el primer caso la mujer será una enferma toda su vida, una enferma con apariencia de sana; en el segundo, pasada la crisis eminente, quedará lacerada hasta más allá de la vejez, hasta la senectud.

La enfermedad latente, el desequilibrio, el estado anómalo, la violencia y el espasmo en todos y cada uno de sus órganos… ¡Ah! Cuando el hijo del hombre comience a vivir en aquel seno tan horriblemente perturbado, acaso el equilibrio se restablezca, o acaso se acentúe la ruina; y ¿sabéis el resultado de estos extremos? pues el resultado del primero es que el hijo del hombre se lleve a su organismo las defectuosidades de su madre, y en el segundo es la muerte, o la locura, para la madre o el hijo; de todos modos la degeneración, el dolor; ¡de todos modos el alma humana revolviéndose en ligaduras de oscuridad que no aquilatan su purísima esencia!

Y como si no bastara que toda la vida de la mujer se ofreciese para la desventura, la tenacidad del error avanza hasta un grado inconcebible; y aquella hermosura suave ya ondulada que lleva en sí algo de inmaterial, como si fuese hecha más que para el recreo de los ojos para enaltecimiento del espíritu, se hunde sumida en un caos de ángulos y recortes; y la mujer, figurín con cintura de avispa, seno de bacante, plantas de pájaro y rigideces de escultura, sustituye a la bella mitad del género humano, estrujándola en un tipo de hermosura risible, más propio de figurar en aquelarre de brujas rejuvenecidas que de ofrecer sobre los altares de la vida el holocausto del amor. A estas dos decadencias expuestas se ajusta el empobrecimiento cerebral. Henos aquí ante esas diferencias que la frenología señala entre los cerebros del hombre y la mujer. Ella nos la indica y nos la evidencia, no hay que negarlo. Pero ¿sabe establecer el punto de partida de la diferenciación? La biología hablará; ya hace tiempo que está hablando. Cuando se cultive suficientemente esa gran rama del árbol del saber; cuando sus declinaciones no se hagan exclusivas de las escuelas intransigentes, y comience a sintetizar sobre los grandes análisis, sin cerrar los oídos a las enseñanzas filosóficas; cuando abarque con esa modesta humildad de toda ciencia fecunda, los elementos que la ofrezcan las demás corrientes de la sabiduría, entonces se dirá la última palabra; hoy podemos colocar, sin escrúpulos, al lado del cerebro del hombre, el de la mujer; traslademos el tiempo y el espacio, y veremos el cerebro femenino de la europea infinitamente superior al masculino del mogol o del indio. Insuficiencia por medios, no inferioridad por origen; he aquí todo.

Entre los sexos de nuestra raza existe la diferencia; repito que es imposible negarla, al menos en el estado adulto. De esta diferencia brota la última y más funesta de las perturbaciones. Voy a exponerla, y ruego al auditorio que ponga de su parte un poco de paciencia: es de hondo interés comunal la cuestión que me he permitido traer a vuestras consideraciones. ¿No será posible que en vuestras claras inteligencias encontréis bondad para escuchar mis palabras, que, si bien toscas e inhábiles, llevan el latido de intenciones sanísimas? Yo os suplico vuestra condescendencia en atención no a mí, sino al asunto de que se trata. Prosigo.

El cerebro de la mujer no piensa. Bruscamente detenido en su desarrollo por infinitas concausas, algunas de las cuales he tenido la honra de manifestaros, sufre un estancamiento, una especie de atrofia, metafóricamente hablando, en relación paralela a la hipertrofia que acomete a su corazón, hasta el extremo de que los cuadros menos punzantes que ofrece a la vida moral el dolor de la lucha, toman en su imaginación la intensidad de tragedias sombrías. Ni un vestigio de virilidad se descubre en los sentimientos que traduce su cerebro; la única nota que emite, acorde con los grandes afectos humanos, es el amor materno, muchas veces excepcional virilidad del alma femenina. Fuera de esta bien delineada condición, lo degenerado; una quietud sombría preside en aquel centro de las actividades intelectuales. Y cuando la multiplicidad de las sensaciones le impulsan al movimiento, suele desordenarse entre las garras de las locuras afectivas. En estado normal refleja la luz de todas las grandes pasiones, como si sus dos hemisferios fueran opaca masa de médula, no florescencia luminosa del alma. Dijérase, al contemplar el actual cerebro femenino, que es uno de tantos ganglios como se concentran en el aparato de la nerviosidad refleja, y no el cáliz henchido por la divina esencia, cuyos pétalos nacarados ostentan el eterno matiz de la razón. Allí no hay pensamiento más que bosquejado, allí no hay atención suficiente; allí está seca y fría la petrificación de la inteligencia, detenida por la mano de hierro de una educación física y moral, monstruosa e impía. La necesidad de pensar se imponen en toda naturaleza humana, degenerada o perfecta. ¿No se piensa por sí?, pues hay que pensar por accidente.- ¿No se piensa por obra de las impresiones atraídas al fondo de la conciencia, en virtud de un trabajo de reconcentración?, pues hay que pensar por obra de una influencia externa, atraída sobre la propia voluntad en virtud de una laxitud abarcadora de las facultades. En el orden de todos los procesos intelectuales, no hay más que dos extremos: vencer o ser vencido. La mujer tiene que pensar por accidente. A esta condición, que se la impone al deformar su órgano intelectual, se añade aquella modalidad ineludible de su ser, construido para otorgar, para resumir la vida. He aquí ya dispuesta la víctima; el ara ha venido del Oriente; la han traído las auras de las religiones positivas, que al ir aquilatando sus absurdos hasta la quinta esencia, nos han legado a nosotros, los hijos del siglo XIX de la era cristiana, la gran aberración, el hombre célibe por mandato de la ley, el ser humano destinado a nutrir, no la vida de la especie, sino la vida de los gusanos; y este último absurdo de las religiones positivas, esta depurada insensatez, este producto de la más impía de las soberbias humanas, que intenta colocarse nada menos que entre las legiones angélicas de un cielo sin sexos, esta entidad que tan repugnante excepción pretende ostentar en el conjunto de las fuerzas vitales, es la destinada a sugestionar a la mujer, imprimiendo en su cerebro la acción del pensar. ¡Sacrificador digno de la víctima y del ara donde se realiza el sacrificio!

Con él se comunica la mujer, con él se fusiona, se nivela, se iguala, se funde, en ardoroso fluido intelectual, ¡con el hombre célibe! ¡Con la más innecesaria individualidad de la familia humana! La luz de sus pasiones, bastardeadas por el matiz de ilegítimas que las imprime la ley, será la que caiga en el cerebro femenino, en lluvia de frases elegidas para llevar sus sensaciones a las alturas fantásticas. El dolor minucioso ira a exponerse con relieves de catástrofe al fondo de la inteligencia de aquellos hombres que casi son ángeles; la llaga será curada con promesas idealistas, que hundirán cada vez más la voluntad de la mujer en lo inepto de la conformidad. Allá arriba, en el cielo, está Dios; aquí, no; la justicia allí ha de encontrarse; en la tierra, imposible; todo será devuelto allí; hay que morir para resucitar. Todos estos, o parecidos conceptos, hacen de bálsamo, y las llagas se cierran. ¡Son tan pequeñas, que basta un deslumbramiento de la imaginación para curarlas! En cambio de esta paz, estado tan seductor para inteligencias inferiores, la mujer recoge un caudal de pensamientos. Es verdad que no son suyos, que no brotaron de sus fuerzas psíquicas; pero ¿qué mayor gloria para ella que ser el receptáculo de los pensamientos del hombre-ángel? El asunto no merece discusión; entre pensar con nuestra fuerza y exponerse al dolor eterno como el impío Satanás, o pensar por cuenta de Dios, con la esperanza de una paz continuada aquí y en el otro mundo, la elección no es dudosa; la causa de Dios triunfa, y allá va la mujer, al paraíso, ínterin el hombre, el hombre verdadero, que sienta, piensa, ama, espera, desea, sufre y trabaja, se queda aquí luchando, en la tierra, para cumplir el mandato de la naturaleza, y hacer de su morada un jalón sobre el cual se afirme el progreso de la vida.

La mujer del devocionario en la mano y la envidia en el corazón, la mujer tiernísima, amorosa, conmovedora en la actitud de la adoración ante el misterio, y áspera, fría y díscola en la actitud del trabajo ante las vicisitudes de la vida, es la consecuencia de esa degeneración cerebral, que se cumple bajo la autoridad de un principio que tiende a separar, a divorciar los dos sexos en la realización de todos y de cada uno de sus fines.

La sociedad refleja todas estas consecuencias. La superstición nos acomete por todas partes. Allí donde la idea, la palabra o el concepto religioso deberían significar amor y respeto a todos los seres, nos saltan al paso los fanatismos, como si fueran hordas de monstruos, y con sus garras de acerada impiedad destrozan nuestras almas abrasándolas con la calumnia. El desaliento invade todas las esferas. El varón se torna infantil en cuanto el peligro reclama las energías del vigor; las inconsecuencias, llamadas rectificaciones en el púdico lenguaje que se escandaliza de la palabra y no del hecho, las rectificaciones, inconsecuencias o apostasías forman de la entidad humana un arlequín de virtudes que ofrece satisfacción a todas las doctrinas. Una inercia, una atonía, un pesimismo corrosivo aplasta todo impulso de generosidad que se levante sobre este nivel sombrío hacia las puras regiones del ideal redentor. El hombre cínico surge con alarmante frecuencia de nuestras sociedades, y disfrazando su egoísmo soez y brutal con las vestiduras de la ciencia o del arte, entra impunemente en todos los círculos, adonde lleva la levadura de su envilecimiento, a fermentar con el eco de los aplausos en larga serie de iniquidades. El oro, que los albures del vicio o el impudor depositaron  en las arcas de los audaces, sirve para endosar en valores de buena ley la más torpe inmoralidad; y aquellas personalidades nebulosas que en un pasado no lejano ejercitaron en el manejo del engaño y de la rastrería, triunfan en la lucha social; y sobre los pedestales del prestigio no se levantan por lo general el decoro, la bondad, el trabajo y la sabiduría, sino la ferocidad, el orgullo, la astucia y el charlatanismo. Esta tremenda revulsión de retroceso decadente que por todas partes nos acomete y que en vano pretenden contener los grandes pensadores, invade a la familia. El odio se desliza en el hogar. En los corazones humanos se verifica una manifestación de las leyes del atavismo. El período del celo triunfa del amor inteligente en las relaciones de los dos sexos, que no se aman sino que se buscan. A la satisfacción de la ley instintiva de reproducirse sucede la enemistad, la desestimación, la indiferencia propia de las especies inferiores. En el hogar de la raza impera la soberbia del individualismo, y el matrimonio humano está compuesto siempre de víctima y verdugo, y en tanto que el hombre lleva sus vigores a la actividad febril del neuronismo, la mujer se desliza por una pendiente sibarítica y el lujo de las preciosidades ¡o el lujo de los andrajos! es el único centro hacia el que convergen sus esperanzas. Los hijos de estos hogares crecen sin amor; el nido humano desciende más abajo del nido de los bosques; al niño se le impone la lucha por la vida antes de imponérsele la razón, y unas frases horribles dirigidas a los padres por los labios filiales, sirven de corolario a este panorama que es verdadero, que es positivo efecto de decadencia, confirmado por las excepciones que me complazco en consignar, y que, para dicha de nuestras almas, encontramos a nuestro alrededor.

Vosotros tenéis la culpa de que haya nacido. He aquí esas frases que, si en la medición del raciocinio son elocuentemente justas, lanzadas hacia los padres como reproche por la desesperación, sirven para evidenciar el más espantoso de los sentimientos, el odio a la vida.

Ved ese cuadro y comparadle con aquellas realidades de la justicia, la bondad y la razón que se imponen a todas las generaciones como esplendente meta de las actividades humanas.

El remedio más esencial está en nosotras, porque el daño más importante nosotras le hacemos. Que lleve el hijo la herencia de una madre amorosa e inteligente, y el equilibrio quedará reestablecido. Para esto hay que formar las futuras mujeres, a las futuras madres, pasando con enérgica firmeza sobre este camino de espinas que el presente nos ofrece. No esperemos nada de la piedad de hombre, jamás seremos su mitad siendo sus libertas. La naturaleza, siempre justa, ha querido resarcirnos y poner a nuestro alcance el arma más poderosa: los hijos. Los hijos son nuestros en la edad más esencial y más precisa para la conformación del juicio y de la voluntad. Hijo de mala madre se le dice al hombre, como el más sangriento de los ultrajes. Estas frases consagran la soberanía de nuestro poder sobre los hijos; el hombre dudará de Dios, de su padre, de la sociedad, de sí mismo: de su madre ¡jamás! la lleva en él con certidumbre absoluta. No hay nada más hondamente desesperante que la evidencia de una madre indigna. Todo esto os lo expongo para afirmaros en la convicción de nuestro poder sobre el hijo y la hija; igualad sus cerebros; rebajad la fatuidad del hombre; elevad la dignidad de la mujer; enseñadlos a pensar en la misma escala, a sentir en el mismo tono: educad el varón para que sea justo con la mujer, no galante. ¡Justicia es lo que necesitamos, no galantería! Que la mujer tenga conciencia de sí misma; hacedla inteligente. Para que tenga inteligencia desarrollad su organismo con elementos iguales que aquellos que rigen la educación del varón; para atraer sobre ella estos elementos y no chocar de frente con las corrientes enervadoras que nos rodean, fundad el hogar campestre donde llevéis a reposar a la familia en largas temporadas; el hogar en el seno de la naturaleza en donde luz, aire, sol, espacio, ejercicio, meditación, sencillez y libertad se aúnan sobre la mujer predisponiéndola a saber pensar; el primer fundamento de todas las humanas dignidades. Para conseguir esto, sacrificadlo todo, galas, vanidades, felicidad, posición, intereses; cuanto sea sacrificable en el orden material de la existencia, y a la par que forméis estas futuras entidades femeninas, con arreglo a la ciencia, a la filosofía y a la moral, decid al oído de vuestras hijas estas palabras: «Toda libertad tiene sus víctimas; toda redención sus mártires; no se triunfa sin luchar; a la mayor altura del ideal corresponde la mayor elevación del calvario; preparaos a la batalla haciendo la renuncia voluntaria del vencimiento, y no levantéis jamás vuestros ojos al cielo cuando se os ofrezca el cáliz de la amargura; a la inmensidad de Dios no llega nunca la pequeñez del hombre, ni aún en su mayor grandeza, que es el dolor; profanar con una sola lágrima de pena el sereno ideal de la gloria es el más impío de los sacrilegios; la hiel no traspasa nunca los límites de nuestro propio corazón, y el secreto para convertir su acritud en dulzura de néctar, consiste solo en levantar nuestro amor más allá de nosotros mismos, más allá de la familia y de la patria, hasta el majestuoso cosmos universal donde se deslizan las humanidades.»

Habladles de este modo a vuestras hijas y entrarán en las nuevas generaciones como la Minerva de la mitología, armadas de todas armas.

Dispensadme que haya abusado de vuestra paciencia y llevaros en vuestro pensamiento la certidumbre de que, para testificar mis convicciones, no he vacilado un solo instante en entregar mi personalidad a los sacudimientos de la pública opinión, ¡tan inclinada a colocar en la picota del desprecio a toda alma que intenta evadirse del nivel admitido! ¡picota más abrasadora que las hogueras inquisitoriales! picota a la cual, si es preciso subir, ascenderé serena; de tal modo encuentro insignificante la felicidad, la vida y el nombre, ante la grandeza de ese ideal sublime que surge en los orientes del porvenir, levantando sobre apoteosis gloriosa al hombre y a la mujer, unidos por eterno abrazo de sus inteligencias y de sus corazones, para el solo fin de la ventura humana.

He dicho.

 

Las Dominicales del Libre Pensamiento, 25 de Abril de 1888 (Número extraordinario)

 


 

Imagen de la portada del libro

 

¿Quién fue Rosario de Acuña?.

 

 

 

 

Rosario de Acuña. Comentarios

Algunas notas acerca de la vida de esta ilustre librepensadora