Rosario de Acuña y Villanueva

Madrid, 1850 - Gijón, 1923

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El padre Juan

Drama en tres actos y en prosa

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SEGUNDA EDICIÓN

Corregida y aumentada

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Madrid: R. Velasco, Impresor, 1891

 

 

 

 

Personajes importantes

ISABEL DE MORGOVEJO, de 26 años.

DOÑA MARÍA DE NORIEGA, de 46 años.

CONSUELO, de 28 años.

DOÑA BRAULIA, de 50 años.

RAMÓN DE MONFORTE, de 28 años.

LUIS BRAVO, de 25 años.

DIEGO, de 27 años.

DON PEDRO DE MORGOVEJO, de 60 años.

TÍA ROSA, de 60 años.

 

Personajes secundarios

SUÁREZ, arquitecto.

GUARDA.

JUANA, aldeana joven.

DIONISIA, aldeana joven.

PEPA, aldeana joven.

MANUEL, aldeano joven.

ROQUE, aldeano joven.

JUSTO, aldeano joven.

EL PADRE JUAN, fraile de la Orden de San Francisco.

Hombres, mujeres, y chiquillos del pueblo. Varias voces, dos caballos, dos terneras y un asno.

 

La acción pasa en Asturias en la época actual.

 

Atrezo y vestuario, lo más característico de las montañas de Asturias, comprendidas entre las Peñas de Europa y Covadonga.

 


 

DEDICATORIA

 Padre mío: Llegó el momento en que, vencida la imponente ascensión, mis arterias golpeaban con ciento veinte pulsaciones por minuto. A nuestras plantas se extendía un océano de montañas, cuyas crestas, como olas petrificadas, se levantaban en escalas monstruosas a 1000 y 1500 metros sobre el nivel del mar. Al sur, las dilatadas estepas de Castilla, con sus desolados horizontes de desierto, iban perdiéndose en límites de sesenta leguas, entre un cielo caliginoso, henchido de limbos de oro y destellos de incendio. Al norte, un inmenso telón límpido, azul, como tapiz compacto tejido con amontonados zafiros, se destacaba, lleno de magnificencias, intentando con la grandeza de su extensión subir hasta las alturas: era el mar. A mi lado había un ser valeroso, cuya respetuosa amistad, llena de abnegaciones y de fidelidades, había querido compartir conmigo los peligros y vicisitudes de cinco meses de expedición a caballo y a pie por lo más abrupto del Pirineo Cantábrico. Estábamos sobre la misma cumbre, en el remate mismo de la crestería de piedra con que se yergue, como atleta no vencido, El Evangelista, uno de los colosos de la cordillera Las Peñas de Europa, coloso que levanta sus pedrizas enormes, sus abismos inmedibles, sus ventisqueros henchidos de cientos de toneladas de nieve a 2600 metros sobre el nivel del mar. Sentíamos la felicidad de aquella elevación espantable, y el arriesgado propósito que teníamos de pasar la noche sobre aquellas cumbres, prestaba a nuestros cerebros la prodigiosa actividad de las horas de inspiración. El sol lanzó su postrer destello: todo el ocaso se tiñó de púrpura, y un rielar de luces, impregnadas con los calientes tonos de la nácar, comenzó a descender sobre nosotros, que nos vimos, por breves instantes, envueltos en aureolas de resplandeciente fulgor. Jamás el alma se había sentido más soberana de sí misma: por un momento la tierra entera nos presentó sus contornos, su historia, su principio, su fin: la aurora y el ocaso de la humanidad se desenvolvieron, con todas sus grandezas, ante nuestro pensamiento. El Cosmos surgía allí, eterno, infinito, anonadando nuestra pequeñez de átomos con sus inmensidades de Dios... Mi compañero se descubrió respetuosamente: su espíritu, capaz de comprender la majestad de la Naturaleza, había sentido la emoción religiosa; por su rostro varonil, lleno de energías juveniles sin corromper con el veneno de las prostituciones, se deslizó una lágrima: mis rodillas se doblaron en tierra, y nuestros labios murmuraron una bendición, cuya cadencia de plegaria fue repercutiendo en lejanos ecos, como si cien generaciones la hubieran pronunciado. Después el pensamiento recorrió, con su rapidez inmedible, los estrechos horizontes de la patria. Los pobladores de Levante, achicados con la herencia númida, de imaginación tan llena de colores y de fantasías, como llena de perfidias y egoísmos el alma: el septentrión, sombreado por las hecatombes civiles, cuyo vaho de sangre, aún caliente, marca en la historia rasgos de ferocidad inconcebible... Alrededor, los pueblos todos de la patria, dormidos en noche de ignorancias, luchando cruelmente por felicidades baladíes, por bienes convencionales: el odio latiendo a impulsos de la envidia y acribillando la integridad de la conciencia racional con las garfiadas de la rutina, de la superstición y de la impiedad...Más cerca de nosotros, Asturias, ¡la sin par Asturias! donde el alma se embriaga de suavidades y la imaginación se impregna de ideales, aletargada en una quietud de momia, dejándose arrastrar por el progreso en vez de iniciar el avance con sus indomables energías godas y sus austeras virtudes patriarcales: Asturias mandando la flor de sus inteligencias al nuevo mundo, y recibiendo en cambio el torrente del lujo y la molicie, como si el oro de México y de Chile, al ser traído a la patria, no sirviera más que para arrojarla en el camino de las fastuosidades... Después, más cerca, hiriendo nuestra personalidad, esos tipos intermediarios entre el mono y el hombre: la aristócrata de pueblo, mezcla de beata y de bacante que se embriaga en las romerías vestida de raso y adornada de escapularios, cuya carne, amasada con herencias del carlismo y siseos de sacristía, se dora por fuera con los barnices de la erudición y la escolástica, quedando por dentro vacía de sentido común y dignidad; el plebeyo, enriquecido con el oro americano, de ínfulas de señor y hechos de rufián; los tenderos de baja estofa; los aldeanos gazmoños... lo canallesco, alto y bajo, que mientras nos servían lo pagado o nos obsequiaban para satisfacer sus curiosidades, se permitían nombrarnos herejes, diciendo que tuvieran a mengua el ser como nosotros... Y dominando este conjunto de pequeños detalles, el Estado, representado en sus autoridades, creyendo ver en la turista entusiasta de las agrestes soledades campestres a la conspiradora de mala raza, y mandándome detener por parecerle imposible, en su alta e ilustrada civilización, que la mujer pueda vivir en el estudio y la contemplación de la Naturaleza [2]

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La noche se extendió silenciosamente: el pasado y el porvenir se fundieron con el presente en un hondo suspiro que se escapó del alma. Las estrellas rielaban con luz deslumbradora en un espacio negro, intensamente negro; la nieve de los ventisqueros lanzaba una reverberación blanquecina de matices de aurora, que extendiéndose sobre aquellas montañas, llanuras y mares, hundidos en profundidades inmensas, los cambiaba de realidad tangible en imágenes de ensueño. Parecía que el planeta se estaba deshaciendo bajo nuestras plantas, y que, separada para siempre de su rugosa corteza, iba a encontrarme pronto en el espacio sin principio ni fin, donde los soles y los universos forman, con sus vidas centenarias de siglos los segundos de la eternidad... Sobre mí flotaba algo perenne; mi pensamiento no encontraba límites. ¡Más allá! iba diciendo a medida que se alejaba desprendido radicalmente de la tierra. Entonces, padre mío, mi corazón te buscó. ¡No comprendo sin ti la inmortalidad! Sobre todos los abismos, por encima de todas las elevaciones, cuando lo eterno se me aparece como el verdadero horario de nuestro espíritu, me siento desfallecer de horror si no te llevo a mi lado. Mis ojos buscaron tu sepulcro: en aquellos horizontes sin contorno que se extendían a mi alrededor, supe encontrar la losa de piedra que, insensible a mis lágrimas, me rechaza siempre con fría dureza cuando mis labios buscan tu noble y hermosísima frente. Desde aquellas cumbres, en donde tanto poder adquiere la imaginación, me pareció más fácil romper el muro que me separa de ti, y cuando anhelosa, bajando con el pensamiento por los intersticios del sarcófago, esperaba escuchar tu acento bendito, impregnado del profundo cariño paternal que me tenías, el espectro de tu cadáver, los despojos de tu ser, rechazándome con sus asperezas de polvo y sus rigideces de hueso, tornaron mi pensamiento al vacío... ¡Entonces el amor inmenso que te guardo hizo surgir en lo infinito tu imagen adorada, llena de bondades, de indulgencias; de aquella castísima y sin igual ternura, que fue, para los días de mi vida lo que es para el caminante del desierto el oasis poblado de seculares palmas y regado por límpida corriente! Sonreías sin cesar: tu alma, donde la generosidad se instaló como soberana, me decía sin palabras: ¡Espera! ¡Y la paz de tu conciencia inmaculada parecía derramarse sobre mi corazón, que iba sintiendo esa quietud inalterable de los que nada piden ya a la sociedad humana!... En aquellos supremos instantes surgió en mi cerebro la idea de este drama que te ofrezco a continuación: veintidós días después estaba terminado. Padre mío: Recibe mi obra con benevolencia, con amor: esto será mi gloria y mi dicha. Donde quiera que sea, eres. Fuera o dentro de mí, existes. Mientras yo aliente tú alentarás en mí; o por la fe que me des subsistiendo en otra vida, o porque tu ser en herencia reside en mi ser. ¡Toda yo soy tuya, padre mío! ¡Para ti mi drama! Donde vaya mi firma, deja un beso; después de sentirlo vibrar en el alma, ¿qué más puede querer tu hija?...

Rosario de Acuña


 

 

Acto I

    

Plaza de una aldea asturiana, a la derecha del espectador la casa de DOÑA BRAULIA con el carácter de «caserío» de labor: balcón-galería de madera, donde se ven colgadas panojas (mazorcas) de maíz, cebollas en rastra, ropa, cuerdas y demás enseres propios del abandono y desorden de los caseríos de Asturias; emparrado sobre la puerta; debajo, heno amontonado e instrumentos de agricultura rústica. A la izquierda del espectador, casa-palacio antigua de piedra oscura: balcón con balaustrada de piedra y encima un gran escudo heráldico, aspecto general de casa solariega; sobre la balaustrada del balcón tiestos con flores; el balcón practicable; puerta debajo del balcón. -Enfrente del espectador paisaje montuoso, mezclado de rocas y arbustos; y hacia la izquierda, una casita muy humilde con una sola puerta y ventana; por encima de ella asoma el campanario de una ermita con campana y cruz; bien vistas por el espectador; entre la casita y la casa-palacio, siempre a la izquierda, una gran puerta como de establo o corralón para encerrar ganados (practicable). Por entre los peñascales una vereda practicable para el paso de una actriz, vereda que termina en escena, último término; bastidores de bosque por entre las casas. -Telón de fondo de altas montañas, algunas cubiertas de nieve en sus picos más altos; el cielo límpido. -A la puerta de la casa-palacio, un banco de piedra-. La decoración ha de «ceñirse estrictamente» al carácter de los usos y costumbres de Asturias; al levantarse el telón ha de representarse una aldea de aquellas montañas, dependiendo en parte el éxito de la obra de la propiedad escénica con que se presente, ofreciéndose al público en ésta y las demás decoraciones, un «lugar de acción peculiar», e inequivocable de la aldea asturiana, con sus paisajes dulces, agrestes, sus caseríos pintorescos, desordenados y envueltos en vegetación. -Es de día [3]

 

 

ESCENA PRIMERA

 

DOÑA BRAULIA (mujer fresca y ágil aún). ISABEL (ambas vestidas al uso moderno pero sin pretensiones, con las sayas cortas, y DOÑA BRAULIA con delantal asturiano, negro, largo y redondeado por las puntas).

 

BRAULIA.- (Apilando el heno con un rastrillo.) Es mucho esto, que yo lo tenga que hacer todo; ayer dije a Juana que metiese esta yerba en el establo, y sí, sí; al fin tengo que recogerla yo.

ISABEL.- (Asomándose al balcón que hay en su casa, que es la casa palacio.) Buenos días, doña Braulia, qué afanosa anda y qué enfadada.

BRAULIA.- Hola, ¿estás ahí burlándote ya de mí?

ISABEL.- ¡Dios me libre de ello! pero créame, me apena verla siempre de mal humor.

BRAULIA.- (Dejando de trabajar y volviéndose hacia el balcón.) ¿Malhumorada, eh? ¡Si no tuviera que hacer otra cosa que lo que a ti te afana! (Durante estas palabras ISABEL se ha puesto unas rosas en el pecho, cortadas de los tiestos.) Si poco después de salir el sol, fueran mis trabajos engalanarme con rosas... ¡Amigo, tu buena vida es sólo para ricos!

ISABEL.- Pues crea usted, doña Braulia, que aún no la llevo tal como mi padre quisiera, ni espero llevarla nunca mejor, aunque aumente fortuna. (Aparte.) No puedo menos de hacerla rabiar.

BRAULIA.- Ahuécate con tu buena vida, y danos en cara con ella.



 

Escena II

Doña BRAULIA, ISABEL y don PEDRO apareciendo por el fondo (traje de campo elegante).

 

PEDRO.- ¿Pero, será posible que no se cruce la palabra entre mi hija y mi prima, sin que se vuelva ácida como el agraz? ¿Qué demonio traéis entre manos?

BRAULIA.- Pues, lo de siempre, Pedro; que yo trabajo y tu hija se emperejila.

ISABEL.- (Con tono de reproche.) ¡Doña Braulio

BRAULIA.- Y que, como dice el refrán, donde no hay harina... y como por los umbrales de ésta, mi casa, no entra mucha...

PEDRO.- El ver contentos y ricos a los demás, te saca de tus casillas, ¿verdad?

BRAULIA.- No es eso, sino que...

PEDRO.- Válgame Dios con esta Braulia, y qué carácter tan benditísimo tiene (Todo dicho con segunda intención.); pero, vamos a ver, ¿qué te falta?

ISABEL.- Sobre todo, paciencia

PEDRO.- (A ISABEL.) A ver si te callas...

ISABEL.- Y luego caridad...

BRAULIA.- ¿Qué me falta? Dijeras mejor qué me sobra.

 PEDRO.- (Enumerando.) Veamos: tienes cuatro novillas como cuatro soles, cinco cerrados de pradería que no me dejarán mentir si los hecho a su cargo una de las mejores rentas en hierba del término de Samiego; tienes dos pomaradas que se descuajan de fruta; un castañal regularcito; cinco heredades de maíz, allá abajo en el valle, junto al convento, que te cambian en buenos pesos sus panojas; un hatillo de ovejas que es lo que hay que ver, y como sal de estas parcelas, guardas en el fondo del arca algunas peluconas de antaño que, ni deudas ni enfermedades, las hicieron salir de tu rinconcito. ¿Es esto verdad?

BRAULIA.- (Sofocada.) ¿Y a qué viene ese inventario?

ISABEL.- Viene, para probarla a usted que no por pobre tiene razón para su mal genio. (En escena.)

BRAULIA.- Más tenéis vosotros.

PEDRO.- Mujer, ya sé que tenemos más que tú, aunque de nombre allá nos vamos contigo, que los dos llevamos el mismo apellido ilustre de los familia de Pelayo.

ISABEL.- Cuyo solar no está lejos de aquí, en la aldea de Morgovejo, al pie de las Peñas de Europa.

PEDRO.- Pero, a la verdad, tu fortuna es bastante para una buena vida.

BRAULIA.- No como la vuestra.

PEDRO.- ¿Y quieres que por ser bastante ricos, vivamos mi hija y yo como patanes? Nuestra hacienda es de las mejores de Asturias.

ISABEL.- No siendo la de doña María Noriega de Monforte. (Con doble intención.)

BRAULIA.- (Con ira.) ¿Por qué no acabas la frase? -que será también mía...

PEDRO.- Vaya, y aunque así fuera, ¿que tenemos con eso? (Enfadado.)

BRAULIA.- Tenemos... tenemos... nada hombre. ¿Parece que no te gusta mucho el parentesco que vas a adquirir?

ISABEL.- (Con altivez.) Mi padre, doña Braulia, no tiene por qué sentir el ser consuegro de doña María, al admitir al hijo de esta señora por esposo mío; mi padre, pues, está orgulloso del parentesco.

BRAULIA.- A pesar de todo, ¿eh?

PEDRO.- (Con dignidad y mal humor.) Sí; a pesar de todo.

BRAULIA.- Bien, bien; allá vosotros, que en la conciencia sólo entra Dios y el confesor; pero si mi hija Consuelo tuviera la mala idea de querer para marido a otro como vuestro Ramón, yo, cristiana, católica, apostólica, romana, a macha y martillo, no estaría tan satisfecha de ser su suegra.

ISABEL.- ¿Qué quiere usted decir?

PEDRO.- (Interponiéndose entre ISABEL y BRAULIA.) Vamos, vamos dentro; no agriar la cuestión.



 

Escena III

BRAULIA, PEDRO e ISABEL y CONSUELO. Entra ésta en escena saliendo de su casa. Traje de aldeana asturiana, pero con cierto modernismo, alguna riqueza y serio.

     

CONSUELO.- ¿Quieres que yo te lo explique?

PEDRO.- Vámonos, Isabel.

ISABEL.- No, padre; es menester que termine esta ene mistad que nuestras dos primas y Diego tienen contra nosotros. Vale más una guerra franca que una amistad traicionera.

CONSUELO.- ¿Traicionera? Dura es la palabra; pero, al fin, la admito, y vamos a explicaciones.

BRAULIA.- A ti no te las pidieran.

CONSUELO.- Las daré mejor que usted. (A ISABEL.) ¿Quieres saber por qué ni nosotras ni ninguna familia de esta cristiana aldea, admitiríamos el parentesco con Ramón? Pues bien debe alcanzártese si conoces a tu prometido, porque es un hereje, impío, blasfemo, ateo, hijo de satanás, según tiene su alma de empedernida, y cerrada a la verdadera religión

ISABEL.- ¡Consuelo!

CONSUELO.- ¿No querías saber la verdad? Pues hela ahí.

PEDRO.- Mira lo que hablas; yo soy tan cristiano como vosotras, y Ramón va a ser dentro de quince días mi yerno.

BRAULIA.- Eso es lo que falta saber, si eres buen cristiano.

ISABEL.- ¡No consiento que insulte usted a mi padre! (Con energía.)



 

Escena IV

BRAULIA, don PEDRO, ISABEL, CONSUELO y JUANA, con una cesta de yerba en la cabeza, vestida de aldeana humilde.

 

JUANA.- Pongo esta yerba en el establo. (Descarga la cesta, y se queda esperando junto a la puerta de casa de Braulia.)

PEDRO.- Acabemos esta enojosa cuestión; iros a vuestras faenas.

ISABEL.- Y dejadnos, que no tenéis que dar cuentas de nuestras almas.

BRAULIA.- Eso ya lo dije yo.

CONSUELO.- Pero tenéis que darla vosotros de vuestro ejemplo.

ISABEL.- Palabras del último sermón. (Con ironía.)

CONSUELO.- ¡Renegada! (Se van Braulia, Consuelo y Juana, entrando en la casa.)



 

Escena V

ISABEL y don PEDRO.

 

PEDRO.- (Sentándose en el banco de piedra.) ¡Qué terrible es la envidia, y cuán enojosa nuestra situación!

ISABEL.- Padre, ¿por qué ese desaliento? *¿Acaso encuentra alguna razón en lo dicho por Consuelo?

PEDRO.- (Mirando a todas partes.) Estamos solos, hija mía; a qué disimular mi profunda pena. Cuando tu madre te dejó niña, hice el juramento de dedicarte mi vida entera, honrando la memoria de aquella santa, al educarte y quererte.

ISABEL.- Y así he salido yo de mimada, ¿verdad?

PEDRO.- No; tú eres buena. Conseguí hacerte sencilla, ilustrada, pues mi deseo no fue verte ciudadana inútil, sino aldeana honrada.

 ISABEL.- (Interrumpiendo a su padre, con tono doctoral y cariñoso.) Trabajadora, mujer de su casa, con ciertos conocimientos de buena ley, sin coqueterías... (Cambiando de tono.) y ya ve usted, como sé que no tengo abuela...

 PEDRO.- No bromees, hija; hablamos en serio.

 ISABEL.- Pero si yo no quiero hablar en serio cosas que le entristecen. ¿Quiere usted que siga la historia? Pues oiga, y verá cómo sé la pena que le aqueja. Quedamos en mi educación; consiguió hacer de mí lo que quería. Cuando me llevaba a Oviedo o Gijón, me aburría *aquella vida de ciudad en que todo oprime, desde el aire hasta los afectos, *mis vaquitas, mis libros, mis flores, mis fiestas de las romerías, del magosto, de la deshoja, me llamaban a la aldea, *sintiendo sólo haberla dejado por algunos meses. *¿Se acuerda usted cuando me llevó a Madrid?

PEDRO.- Si no te saco de allí te mueres.

ISABEL.- Yo aspiraba con fuerza, y nada, cuanto más afán por aire menos entraba en mis pulmones. ¡Qué horror de ciudades!

PEDRO.- Llamamos al médico...

ISABEL.- Y dijo: «Vuelvan a la aldea, al aire libre, al sol; entre aquellos raudales de salud que emiten los bosques y la montaña.» Cuando volvimos tenía fiebre: en Madrid no la notaba. Allí, padre, deben tener todos fiebre, sin que ninguno lo note.

PEDRO.- *Y, sin embargo, estabas alegre, hermosa.

ISABEL.- *¡Ah, sí! Con la alegría de la demencia. *¡Dios nos libre de ella!*

PEDRO.- Hice cuanto pude para aclimatarte a Madrid, donde nombre y fortuna nos guardaban un buen lugar.

ISABEL.- No pude acostumbrarme. *Madrid es un vene no demasiado activo para tomarle de pronto. Cuando se compara el esplendor de estos días con la reverberación extenuadora de aquellas noches; esta dulce alegría de un hogar sano y alegre, con aquellas mutuosidades lóbregas del hogar ciudadano, el alma se estremece de gozo y de gratitud, pensando en mi bendito padre que de tal modo me hizo distinguir lo falso de lo verdadero.*

PEDRO.- ¿Eres feliz, verdad?

ISABEL.- ¿Lo duda usted?

PEDRO.- ¿Lo serás después?

ISABEL,     Henos aquí en el punto culminante.

PEDRO.- Sí, hija mía, ¿A qué negarlo? *Será, acaso, vejez que invade el alma; serán restos de una educación religiosa, no por lejana olvidada, pero *cuando pienso en Ramón tengo miedo.

ISABEL.- (Sentándose al lado de PEDRO.) Hablemos claro, ¿por qué?

PEDRO.- ¡Qué sé yo! Lo que se siente no se explica.

ISABEL.- *¿Serán, acaso, influencias de nuestras primas? ¿Será que su alma asturiana se aferra a las supersticiones del montañés?

PEDRO.- *Es lo que quieras, pero es; no puedo discutir contigo, no puedo convencerte; pero ¡ay! las penas están en el corazón. ¿Cómo con tus razones quitar mis sentimientos?

ISABEL.- *¿Será posible, padre mío, que su claro juicio, que tan bien supo educarme, se cierre de tal modo a la reflexión?* Vamos a ver, ¿qué es Ramón?PEDRO.- Un joven ingeniero, noble, rico, cultísimo, simpático.

     ISABEL.- ¿Qué germina allá en su frente? ¿qué alienta en su corazón? ¿cuáles son sus costumbres?

     PEDRO.- ¿Y te niego yo sus admirables excelencias?

     ISABEL.- *¿No hay en su inteligencia ideales sublimes?

     PEDRO.- *Sí; no puedo negarlo.

     ISABEL.- *¿No hay en su corazón arranques generosísimos?

     PEDRO.- *¡Ah, sí! En esto raya en lo heroico.

     ISABEL.- *¿Hay, acaso, en su vida horas viciosas o impuras?

     PEDRO.- *No, hasta el punto de causar asombro que, un joven, educado en Madrid, conserve la juventud vigorosa y las costumbres sencillas.

     ISABEL.- ¿Pues, entonces?

  PEDRO.- Te dije que no discutiéramos, ¡pero su ateísmo completo!¡su libertad absoluta de pensar! ¡su falta, de fe!

  ISABEL.- ¡Mientras crea en mí! ¿le hace falta otra religión? (Con energía.)

  PEDRO.- ¡Isabel!

  ISABEL.- Hablemos de una vez para siempre:¿usted qué es? un hombre honrado, sobre todo; ¿necesitó usted llamarse moro o judío, para ser el modelo de los esposos, de los padres, de los caballeros?...

  PEDRO.- No, es cierto; mas por lo mismo, no me sobra hacer lo que hago, ir a misa, a confesar...

  ISABEL.- ¡Por un hábito! responda en conciencia: cree de absoluta necesidad, para ser como es, llamarse católico, ¿sí o no?

  PEDRO.- No...

  ISABEL.- Pues, entonces, ¿qué queda de todo eso? *¡Una sombra, una ilusión, un espejismo!

  PEDRO.- Un ejemplo: un motivo edificante que evita el escándalo aquí, en estas aldeas pacíficas, donde casi todos los habitantes no usaron aún de su razón para discernir el bien del mal sin la ayuda de las creencias religiosas

 ISABEL.- *Dijera usted de la superstición, y hablara con propiedad.

 PEDRO.- *¡Hija!

 ISABEL.- Bien: le concedo la necesidad de ser un poco hipócrita en estas aldeas, pero cuando haya dos motivos: o debilidad moral, por edad, o debilidad social por pobreza; Ramón es joven, es inmensamente rico; es fuerte de ambos modos...

 PEDRO.- No le va mal con su defensora.

 ISABEL.- Ya sabe usted cuánto le amo.

 PEDRO.- Adelante.

 ISABEL.- Ramón no puede ser hipócrita; debe dar el ejemplo de la verdad.

 PEDRO.- ¡La verdad! ¡aquí en este mundo!

 ISABEL.- Sí, padre, la verdad es de todos los mundos (son firmeza y austeridad.) (Se levanta.)

 PEDRO.- ¡Toda tú, eres de él!

 ISABEL.- ¿Y le pesa a usted? Los buenos esposos, ¿no han de tener sus almas desposadas?

 PEDRO.- ¡Oh! sí, serás su esposa, que en cuanto a alcurnia ilustre nada le falta; tiene nobles apellidos, genealogía bien limpia.

ISABEL.- Y esto le consuela, ¿verdad?

PEDRO.- *¿Cómo, si no, habría de enlazarse con una descendiente de la familia de Pelayo?

ISABEL.- Convengamos en que se da usted por vencido.

PEDRO.- ¡Quiera Dios que no te equivoques, que no tenga razón el Padre Juan al decir que las virtudes de un librepensador son ardides del diablo para seducirnos! (Levantándose con violencia.)

ISABEL.- Padre mío, le harán dudar a usted también. (Volviéndose hacia el foro.) ¿Qué hombre es ese fraile que de tal modo pervierte la noción del bien y del mal? *¡Oh, fraile impío! ¡de dónde saliste! ¡qué atmósfera llevas en derredor tuyo que hasta mi padre llegó a envenenarse!

PEDRO.- No te exaltes; te quiero mucho y tu felicidad es lo primero.

ISABEL.- Pues bien, basta de dudas y de penas; Ramón será mi esposo, según estaba convenido, mediante el matrimonio civil; el religioso le hicieron nuestras almas al darse juramento de amor; después, todos pasaremos una temporada en Andalucía, y cuando volvamos a nuestra amada aldea, Ramón a realizar sus proyectos, yo a secundarlos, estas buenas gentes ya no se acordarán de lo que llaman nuestras herejías (Durante la mitad del parlamento de ISABEL, DIEGO aparece por la vereda del último término y entra en escena con las últimas palabras de ISABEL.)



 

Escena VI

Don PEDRO, ISABEL, DIEGO, éste último en traje de asturiano rico.

    

DIEGO.- Buenos días.

PEDRO.- Dios te los conserve buenos, Diego.

DIEGO.- ¿Se espera a Ramón? Según me dijo Consuelo, hoy llega de Madrid, con ese amigote suyo, Luis Bravo, el que estuvo por acá el último verano... Buen par... salvo quien sepa más que yo para apreciarlos.

PEDRO.- No sé qué te hicieron don Ramón, ni don Luis.

DIEGO.- A mí, nada; por más que si fuéramos a cuenta porque ellos tengan don y din, y sea yo un aldeanote a la buena de Dios, aunque no muy pobre, no deberían así, sin más ni más, hacerse tan extraños de mí y de los mozos de la aldea.

PEDRO.- Ramón te estima y te respeta como a todos.

DIEGO.- Eso de que me estima y me respeta, sépalo él, en cuanto a tratar conmigo, siempre lo hace desde alto a abajo, y esto sería menester ser un bodoque para no conocerlo.

ISABEL.- ¿Quieres acaso tratar con él de igual a igual? ¿qué estudios hiciste? ¿qué eres?

DIEGO.- Poco a poco, que ya sé muy bien que él es un señor sabio, muy leído, etc.; pero, ¡qué diablo! no nos vamos tan lejos, sino porque él tuvo monises para embucharse de libros.

PEDRO.- Después de todo no te debe a ti nada.

ISABEL.- Y espero que no volverás a ocuparte de él en nuestra presencia.

DIEGO.- Descuiden ustedes

ISABEL.- Vamos adentro, padre. (Se van por la puerta de su casa.)



 

Escena VII

DIEGO, luego TÍA ROSA (traje muy característico de asturiana, con montera sobre el pañuelo anudado a la barba: todo en colores oscuros).

 

DIEGO.- ¿Y creerán los dos que creemos en su buena fe? (Valientes hipócritas! por todo pasan con tal de pescar los millones de Ramón... del canalla que se complace en rebajarnos a todos los de la aldea con sus cacareados conocimientos... ¡Vive Dios! ¡pensar que aquí en tierra bendita va a arraigar semejante familia de herejes!)

ROSA.- (Cruza la escena llevando del ronzal a un borriquillo cargado de panojas, talegos como de patatas, pollos, etc.; se acerca a la caseta humilde, ata el borrico a la ventana y comienza a descargarlo mientras habla; la carga metida en un serón.) ¡Diego! ¿quieres ayudarme a descargar el burro?

DIEGO.- (Acudiendo y la ayuda; unan los actores la acción a la palabra.) Buena colecta se ha hecho, tía Rosa; el Padre Juan no estará descontento.

ROSA.- No fue mal día para la comunidad: ¡si todos los legos del convento hicieran por recoger siquiera la mitad de lo que esta pobre sierva de Dios, humilde santera de las ermitas de Santa Cruz y de Santa Rita!...

DIEGO.- He aquí unos buenos pollos.

ROSA.- Son de la tía Sancha; los ofreció si su hijo salía libre de quintas, y como se libró...

DIEGO.- Ricos jamones...

ROSA.- Son de doña Remigia, esa santa mujer, tan distinta de esa hereje Noriega...

DIEGO.- Tía Rosa, en cuanto a lo de santa, dicen que si está separada de su marido, es porque la encontró con un tal González.

ROSA.- ¡Bah! Historias viejas y en todo caso calumnias; ello es que doña Remigia es una santa y una sabia. ¡Si la oyeras hablar en latín con el Padre Juan!...

DIEGO.- ¿Y qué relaciones tiene?...

ROSA.- Siempre con canónigos, obispos y condeses.

DIEGO.- Tía Rosa, se dice condes.

ROSA.- ¡Igual da! Es una bendición la tal doña Remigia; en donde cae, ya está alborotado el cotarro.

DIEGO.- Como aún está fresca de carnes...

ROSA.- Calla, mala lengua.

DIEGO.- Lo que está a la vista...

ROSA.- Es una santa y una sabia, en una pieza.

DIEGO.- (Terminan de descargar.) Y, ¿nada más?

ROSA.- Y lo mejor. (Le enseña un pañuelo lleno de monedas.) Y estas perrucas, que si no va mal la cuenta, importan tres duretes; son las ofrendas de las dos ermitas.

DIEGO.- ¿Aún hay religión?

ROSA.- ¡Vaya! ¡A Dios gracias, y a esos buenos frailes que han avivado nuestra fe! Y pese a todos los endemoniados que, como dice el Padre Juan, han caído sobre la aldea para probarnos.



 

Escena VIII

TÍA ROSA, DIEGO, DOÑA BRAULIA, CONSUELO y JUANA, ésta última con un cesto de manzanas.

     

CONSUELO.- (Se acerca a donde está TÍA ROSA, y mira la carga del burro extendida en el suelo.) Buena colecta.

ROSA.- No es maleja. (Comienza a meter todo en la casa, primero el burro y después lo que traía.)  

BRAULIA.- (Al ver a DIEGO.) Hola, ¿estabas ahí? ¿vino ya Ramón?

DIEGO.- Aún no, pero no deben tardar; anoche harían jornada en Framosa, y para las siete leguas que hay desde allí, a medio día llegarán; con sus caballos pronto las andan.

CONSUELO.- (A JUANA.) Lleva esas manzanas al Padre Juan y vuelve, que hay que encerrar el ganado. (Juana se va.)

BRAULIA.- (A DIEGO.) Verdaderamente está al fin del mundo nuestra aldea.

DIEGO.- Ya ve usted, a quince leguas de la primer carretera, y a más de veinticinco del primer ferrocarril.

CONSUELO.- Lo que no bastó para librarla del pecado... ¡En mala hora se les ocurrió a esas gentes posarse aquí!

BRAULIA.- Sin embargo, Ramón es bueno; para mí la culpa la tiene su madre, y el condenado masón de su padre, que con sus ejemplos de impiedad le corrompieron.

DIEGO.- La madre, quiá, es el hijo. 

CONSUELO.- Para mí, tal para cual, y dignos de los dos esos de enfrente; te aseguro que desde que doña María se estableció de hecho en El Espinoso, no tengo una hora de sosiego. 

BRAULIA.- Tampoco yo.

DIEGO.- Sin embargo, hasta ahora, no se metieron mucho entre nosotros.

CONSUELO.- ¡Que no!

BRAULIA.- ¿Te parece poco lo que hacen? ¿Se puede vivir con un ejemplo como el suyo? No oyen una mala misa.

CONSUELO.- No entran una vez en la iglesia.

DIEGO.- Doña María hace caridades.

BRAULIA.- ¡Hipocresías!

CONSUELO.- Por hipocresía y por miedo.

DIEGO.- ¿Por miedo?

CONSUELO.- Claro: ella sabe muy bien que aquí no se los traga; que en todas las casas se les mira por lo que son, y a fuerza de limosnas, de tirar el dinero, quieren ganarse simpatías

BRAULIA.- ¿Querrás creer que cuando la comunidad de franciscanos vino hace dos años a establecerse en el concejo, tuvo el atrevimiento de negarles unos terrenos que la pedían para hacer la vaqueriza del convento?

DIEGO.- Pues no sabía; eso lo haría Ramón.

BRAULIA.- El hijo y la madre. 

CONSUELO.- El Padre Juan fue el encargado por la comunidad de presentarles la demanda, y ¡asómbrate! recibió al reverendo...

BRAULIA.- En el corralón.

CONSUELO.- En la portalada; ni siquiera los consintió entrar en la casa.

DIEGO.- ¡Qué gentuza! 

BRAULIA.- ¡Al Padre Juan! ¡A ese santo varón, que nos lleva desde el confesionario por el camino del cielo!

CONSUELO.- Pues a mí me contó Pepa, una de las criadas de El Espinoso, otra cosa más horripilante.

BRAULIA.- ¿El qué, el qué? (Con afán.)

CONSUELO.- Que apenas salieron de El Espinoso los frailes, entró su ama en el gabinete y, sin más ni más, se dejó caer con un soponcio.

DIEGO.- ¡Hola!

CONSUELO.- Que el desmayo la duró una hora, y que cuando Ramón ya estaba asustado volvió en sí diciendo: «¡el fraile! huyamos, huyamos.»

DIEGO.- ¡Hola, hola!

BRAULIA.- ¿Y te lo contó así Pepa?

CONSUELO.- Así mismo.

DIEGO.- Y ¿qué sería?

BRAULIA.- ¿Qué había de ser?¡Los diablos que tiene en el cuerpo, que se le revolvieron al verse delante del fraile!

CONSUELO.- Eso mismo pensé yo. (A DIEGO.) ¿Crees tú que el demonio puede resistir la presencia de un santo?

DIEGO.- No digo que no: cuando yo estuve en Arteijo, allá en La Coruña...

CONSUELO.- Sí, cuando fuiste a llevar aquel encargo del Padre Juan.

DIEGO.- Bien claro vi cómo se retorcían los endemoniados, y endemoniadas, en cuanto los metían en el santuario y los rociaban con agua de la pililla.

BRAULIA.- Y por cierto que ahora caigo en una cosa.

CONSUELO.- ¿En qué?

BRAULIA.- Que siempre que doña María se encuentra casualmente, con un fraile, huye de su presencia.   

CONSUELO.- Naturalmente; si esto es más claro que la luz.

DIEGO.- Pues nada, que tienen ustedes razón, son una familia de endemoniados. *De Ramón ya lo sabía, porque un hombre tan orgulloso como él, no puede ser sino el demonio; pero de doña María... ¡la he visto hacer algunas cosas!... Cuando la viruela invadió el concejo, ella era la mejor enfermera; ella paga a todos los pobres los derechos de iglesia, cuando hay bodas, bautizos o entierros; en una ocasión la he visto quitarse los zuecos, para dárselos a un viejecito que iba con los pies en el agua, y una vez la vi coger una macona de panojas que llevaba una chiquilla con gran trabajo, y con sus manos tan blancas, cargarla a la cabeza e ir andando media legua.* ¡Pero doña María hace obras tan buenas!

BRAULIA.- ¡Bah! ¡Pamplinas!

CONSUELO.- Lo que yo te dije; afán de hacerse querer, y miedo a las justas iras de todos nosotros, adictos de la Santa Iglesia.

DIEGO.- Eso será de fijo, porque como dijo el padre Juan en un sermón: «Caridad sin religión es caridad del diablo, que corrompe al que la recibe y hunde más en los infiernos a quien la hace.»

BRAULIA.- Y ya ves tú que religión la suya. ¡Se van a casar por detrás de la iglesia!

DIEGO.- ¡Por detrás de la iglesia!

CONSUELO.- ¿Te desayunas ahora con ello?

ROSA.- (Sale por la puerta de su casa, que es por donde se marchó y viene al primer término, terciando en la conversación.) ¿Se habla de los herejes?

BRAULIA.- No sabes, Rosa, que va a casarse Ramón con nuestra prima al modo de los brutos.

ROSA.- ¿Cómo es eso?

DIEGO.- Pues ayuntándose...

ROSA.- Jesús, María y José, (Se persigna.) qué barbaridad; ¿y lo consienten las leyes?

CONSUELO.- Eso no lo sé, pero así van a hacerlo.

DIEGO.- Van a casarse de ese modo que llaman por lo civil, que es, como si dijéramos, por lo nulo; un amancebamiento a ciencia y paciencia de las gentes.

BRAULIA.- ¡Qué escándalo, Dios mío! Suceder esto en Samiego, a dos pasos, como quien dice, de la Santa Virgen de Covadonga. 

ROSA.- Y a las puertas del convento de San Francisco.

DIEGO.- Pues, anda, que la víspera de casarse, van a solemnizar el matrimonio de un modo que dejará memoria en la aldea.

ROSA.- ¿Eso más?

CONSUELO.- Es cosa sabida: ese día se colocará la primera piedra de esas escuelas y asilos que van a construirse con el nombre de ella.

DIEGO.- Sí, Villa Isabel; una agrupación de casas o cosa parecida.

BRAULIA.- ¡Enfrente del convento las obras del diablo!

CONSUELO.- Y esa odiosa Isabel dicen que las inaugura con paleta de plata.

DIEGO.- Además, se va a dar comida a los pobres del concejo durante ocho días.

BRAULIA.- Y aún hay más que no sabéis; me lo dijo ayer el alcalde, que está, como nosotros, escandalizado. Doña María solemniza el matrimonio librando de quintas a los mozos de la aldea que entren este año y dotando a las mozas de veinte con seis mil reales a cada una.

CONSUELO.- Miedo, miedo y miedo...

BRAULIA.- O remordimiento por consentir un concubinato.

DIEGO.- Y el tal Ramón irá luciendo en la fiesta su mejor caballo. (Con ira.) ¡Cuando pienso en el poco coraje de los mozos! ¡Si ellos quisieran, ya les daríamos boda!

CONSUELO.- Si todos tuvieran tu sangre valenciana.

TÍA ROSA.- No quieren, porque no hay quien los empuje.

BRAULIA.- Tú eres un mandria.

DIEGO.- ¡Doña Braulia!

CONSUELO.- Tiene razón mi madre; ¿te parece que si les hablaras a la conciencia y con maña, el que más y el menos dejaría de creerse en el deber de arrojar de la aldea a esa gente?

DIEGO.- Si por mí fuera...

CONSUELO.- Pues que no quede por ti.

DIEGO.- ¡Son tan ricos!

BRAULIA.- Y, ¿les debes tú algo?

DIEGO.- ¡Deberles yo! (Durante este diálogo han salido por la derecha último término MANUEL y ROQUE, JUANA y DIONISIA, guiando dos terneras, cruzan la escena y meten las terneras por la puerta del establo, a la izquierda.)

 CONSUELO.- Pues, entonces, a ello yo te ayudaré; ¿no soy tu novia? (Estas últimas palabras aparte.) Anda, así nos perdonará Dios nuestra caída, que sirviendo a la Iglesia se rescatan los pecados. (Durante estas últimas palabras MANUEL ha vuelto a salir por la puerta del establo, dejándola cerrada y se han acercado a primer término, figurando hablar con TÍA ROSA y doña BRAULIA.)

DIEGO.- (A CONSUELO.) Si pudiéramos...    

CONSUELO.- Con sangre fría y astucia.    

DIEGO.- Eso no me falta.



 

Escena IX

DOÑA BRAULIA, CONSUELO, DIEGO, TÍA ROSA, MANUEL, ROQUE, DIONISIA y JUANA. (Todos éstos con trajes asturianos.)

 

MANUEL.- (A Doña BRAULIA.) No lo permita Dios

ROQUE.- Pero, después de todo, a nosotros, ¿qué?

JUANA.- Y eso lo dice mi novio; no en mis días me casaré con tal mal cristiano. (MANUEL, durante estas frases, figura que ha hablado con DIEGO y CONSUELO.)

MANUEL.- Tienes razón, Diego; es menester darles un escarmiento.

DIEGO.- Seamos hombres de fe. Doña Remigia, esa señora tan principal de la villa, bien claro lo decía hablando con el Padre Juan. -«Lo primero la fe; que no se pierda la fe y que perezca todo.»

CONSUELO.- (A todos.) Y luego, que ya veis: si se llega a realizar esa boda sin que antes sufran un disgusto gordo, ¿en dónde estaría la Providencia?

DIEGO.- Nosotros tenemos que representarla.

BRAULIA.- En nuestras manos ha puesto Dios su castigo.

TÍA ROSA.- Seremos malos cristianos si no cumplimos sus designios.

MANUEL.- Pues yo, si tú diriges, voy donde vayas. (A DIEGO.)

JUANA.- Y también Roque, que ya está convencido.

DIONISIA.- En cuanto a los demás, no se quedarán en zaga. ¡A ver si esa señoritica de Isabel deja sus aires de reina!

DIEGO.- (Aparte.) Lo que tenéis vosotras es envidia. (Alto.) Bien; pues por mí no quedará.

CONSUELO.- Yo haré lo que pueda, pero por bajo de cuerda; ya sabéis que somos parientes de Isabel.

BRAULIA.- Y como le tocará algo...

MANUEL.- Pues mandad y ya veréis.

DIONISIA.- Piedras ni gritos no han de faltar, que para eso, las mujeres.

DIEGO.- Pues tú, Manuel, diles a los mozos de qué se trata y reunámonos en algún sitio para ponernos de acuerdo; tú, Dionisia, a las mozas.

TÍA ROSA.- Ya sabéis que mi casa está a vuestra disposición.

DIEGO.- Está muy cerca de ésa (Señalando a la de don PEDRO.), y no conviene.

CONSUELO.- Que vayan a la tuya; después de todo, ¿a ti qué?

DIEGO.- A mí nada, pero si luego se sabe de dónde partió el golpe... Y como en estas cosas el empezar no es concluir...

BRAULIA.- ¿Y doña Remigia? ¿Para qué serviría con sus grandes relaciones, sino para sacarnos del atolladero?

CONSUELO.- ¡No seas cobarde! (A DIEGO.)

DIEGO.- Pues, bien; mañana a la noche, en mi casa; pasado mañana es la romería en la ermita de nuestra patrona.

TÍA ROSA.- Santa Rita.

DIEGO.- Tal vez sea buena ocasión para mostrarles nuestro desagrado.

BRAULIA.- Y poco hemos de poder o esos Noriegas saldrán para siempre de la aldea.

ROQUE.- Pues convenido.

DIONISIA.- Hasta mañana a la noche, en tu casa.

JUANA.- (A DIONISIA.) Que no vuelva a decir el Padre Juan que somos tibias.

BRAULIA.- (A las mujeres.) Ya lo sabéis; para fundar aquí la Santa Hermandad de hijas de San Francisco sólo hace falta probar nuestra fe.

CONSUELO.- El cielo no se gana sin méritos.

JUANA.- Mal año va a ser para los herejes (Se van JUANA, DIONISIA, MANUEL y ROQUE hablando aparentemente con gran entusiasmo. Por la derecha. TÍA ROSA con ellos.)

DIEGO.- (A CONSUELO aparte.) ¿Estás contenta?

CONSUELO.- (A DIEGO aparte.) Sí, aunque bien pensado, sólo hiciste tu deber.

DIEGO.- Siempre arisca; adiós. (Se va por la izquierda. BRAULIA, durante este corto diálogo y monólogo se ha ido con los aldeanos y aldeanas y figura estar hablando con ellos antes de que se marchen.)

CONSUELO.- (En primer término sola, refiriéndose a DIEGO.) ¡Imbécil! ¡Creerá acaso que su rústica ignorancia satisface mi corazón! ¡Ah, Isabel! (Con el ademán hacia la casa de don PEDRO.) ¡No gozarás de tu dicha; te odio porque te ama Ramón! ¡A él... a él... también le odio! ¡Sólo el Padre Juan me dio consuelos! ¡Ese fraile sabe mucho! ¡Sabe hacernos llegar hasta Dios con las pasiones de la tierra!

BRAULIA.- (Acercándose a primer término, después de haberse marchado el grupo de aldeanos.) Me parece que se va a hacer algo bueno. (Frotándose las manos.)¡Vaya una alegría que tengo! (Aparece doña MARÍA por la vereda entre los peñascales; último término.)

CONSUELO.- Ahí viene doña María; vámonos. (Se van, entrando en su casa.)



 

Escena X

Doña MARÍA Noriega (el traje de la actriz moderno, pero severo y modesto; peinada con sencillez; su figura ha de destacarse en lo alto de la vereda, con un carácter austero y simpático), después ISABEL.

    

 MARÍA.- (Poniéndose la mano delante de los ojos y mirando hacia la torre y campanario de la ermita.) No le veo aún; verdad que mi vista está cansada, pero si estuviera cerca, mi corazón sabría adivinarlo. ¡Hijo mío!... ¡La cruz, la campana, la iglesia! ¡Siempre delante de mí sus enemigos! *¡Le busco anhelosa por la subida de la vega y encuentro esos emblemas de tortura, de superstición y de errores!* ¡Qué presentimientos más tristes cruzan a veces por mi alma!¿Venceréis al fin, espectros de dolor y de sombra? ¡Si Ramón quisiera salir de aquí! ¡Pero no quiere! ¡Es el héroe obscuro de la moderna edad! ¡Héroe sin legión, pero héroe! ¡Encariñado con su ideal, fiando en sí mismo, tranquilo por el porvenir! ¡El héroe!¡que no sea el mártir!... Aún no viene. ¿Le esperará Isabel con la misma impaciencia que yo? Veamos. (Desciende por la vereda a escena y se acerca a la puerta de casa de don PEDRO, llamando.) ¡Isabel! (Más alto.) ¡Isabel!

ISABEL.- (La voz desde sitio alto.) Allá voy; estoy esperando a Ramón; desde el palomar se ve todo el valle y allá lejos asoman dos jinetes, ellos son; ya voy.

MARÍA.- Le esperaba; *¡cuánto le ama! Tendré que repartir mi cariño entre dos hijos. ¡Ay, de las madres que no saben abdicar a tiempo!*

ISABEL.- (Entrando.) Doña María...

MARÍA.- Hija mía, ¿por qué no me llamas madre?

ISABEL.- (La besa.) Si usted quiere... *la mía era una santa y usted lo es también... poco pierdo en el cambio.*

MARÍA.- ¿Vienen ya?

ISABEL.- Sí, pero aún están lejos; ¿viene usted a esperarle?

MARÍA.- Aunque sólo hace un mes que Ramón se fue a Madrid, a comprar tus galas de desposada, ya me parece que hizo un siglo.

ISABEL.- De aquí en adelante no nos separaremos más; juntos siempre.

MARÍA.- *Eso no es justo.

ISABEL.- *¿Por qué?

MARÍA.- *La vejez hace mal tercio a la juventud.

ISABEL.- *Convenido, cuando se empeña en hacerla vieja... pero usted y mi padre saben muy bien guardar su sitio; dan más amor que exigen, y cuando los padres son tan buenos, cuando no estorban nunca, justo es que las alegrías de los jóvenes hijos, sus felicidades, iluminen como rosada aurora el melancólico crepúsculo de la vejez.*

MARÍA.- Eres un ángel.

ISABEL.- No, soy hija de un hombre honrado: ¿no dice el evangelio: «Por el fruto conoceréis el árbol.»?

MARÍA.- (Con horror.) ¡Oh! (Pausa.) Cada vez estoy más contenta de que hayas elegido a Ramón.

ISABEL.- Gracias por la delicadeza, madre; nacimos para comprendernos; su alma y la mía tomaron vida en un mismo ecuador de sentimientos; *para alzar mi inteligencia hasta la suya me bastó docilidad, «Lee ese libro, me decía» y en vez de arrojarle con el usual desdén femenino, estudiaba todas sus páginas teniendo orgullo en contestarle: «He aquí el libro que me diste, sé lo que encierra.» Así, poco a poco, llegó un día en que nuestras inteligencias se hallaron tan unidas como nuestros corazones.*

MARÍA.- La boda se hizo precisa.

ISABEL.- *Mi amor es tan puro madre, que si de pronto la eternidad se extendiera entre nosotros sin que sus labios de esposo dejaran en mi frente el beso de amor, me veríais sonreír tranquila;* las órbitas de nuestro destino no pueden romperse nunca; cuando el corazón y la inteligencia se unen, la muerte es una separación momentánea. ¡Los mundos nuevos debe crearlos el amor de dos almas semejantes!

MARÍA.- Al oírte, evocas en mí el recuerdo de aquellas mujeres godas tan apasionadas como enérgicas, tan castas como inteligentes.

ISABEL.- (Con graciosa coquetería.) Sangre hay en mis venas de su raza, y en estas montañas no se degenera mucho.

MARÍA.- (Sentándose.) ¿Y ese amor, no estuvo inquieto nunca por el porvenir de Ramón?

ISABEL.- Sí, madre; en medio de mi dicha, un hálito frío, áspero, como el soplo que baja desde los ventisqueros de Pena Vieja, se da a correr por mis venas, y con escalofrío de muerte hunde mis venturas en abismo de dolores; *entonces mis ojos se llenan de lágrimas, mis labios murmuran una maldición, y mis manos se crispan con deseo de venganza.*

MARÍA.- ¿Y no diste nunca forma a ese temor? (Con ansiedad.)

ISABEL.- En mi corazón resuena un nombre, ¡el Padre Juan!

MARÍA.- (Levantándose.) ¡Hija!

ISABEL.- Ese nombre está aquí luego, ¡le oigo en todas partes! Ya sabe usted que es el árbitro del concejo; la vejez del cura párroco le han entregado de hecho, si no de derecho, la dirección de la feligresía.

MARÍA.- Pero Ramón no se mete con él.

ISABEL.- Ramón no es hipócrita; no oculta sus ideales, sus creencias; obra según piensa, piensa racionalmente; su moral es la eterna moral de amor *puesta en práctica aquí, en la tierra, ejerciendo una caridad tiernísima, y ostentando una tolerancia sin límites... *¿A qué decirle a usted lo que es? ¿no es su retrato, e hijo de aquel masón ilustre fundador de una logia, allá en América?* El Padre Juan no puede menos de ser irreconciliable enemigo de Ramón.

MARÍA.- (Tapándose la cara.) ¡Qué horror!

ISABEL.- Acaso la descubrí lo que usted no adivinó.

MARÍA.- (Serenándose.) No es eso... Veo el peligro como tú: *Esta aldea, poblada de criaturas ignorantes, sin más entendimiento que el de la astucia y la malicia, era terreno fértil para desarrollar la epidemia moral del fanatismo

ISABEL.- *Bajo la influencia de nuestro cura párroco, cuya máxima moral era sencilla, amar al prójimo, se contenían los odios, las envidias, las soberbias y la evolución a la nueva edad, acaso, acaso se hubiera hecho sin grandes violencias...

MARÍA.- *Vinieron los frailes...

ISABEL.- *La discordia se encendió: la religión perdió sus piedades para recuperar sus venganzas.

ISABEL.- *Hoy, todo se compra desde el confesonario: el pecado no impone sus dolores a nadie que sirva bien a la Iglesia.

MARÍA.- *Los odios, las envidias, los orgullos, todo el nidal de pasiones bastardas que aún guarda la naturaleza humana, las acoge Dios con piedad, cuando el fraile ruega por el delincuente, y un culto pueril, lleno de sutilezas monjiles, de innobles farsas, entretiene los ocios de la mujer exigiéndola servilmente el camino del beaterío.

ISABEL.- *Nuestros pueblos son un semillero de rencillas, cuentos, calumnias, pequeñas maldades, e ínterin los bienes conventuales aumentan, desde los púlpitos se toma carácter de apóstol, y una enemistad sorda, mezcla de rencor y cobardía, late con rumores de culebra en torno de todos nosotros, cambiando la fe de las almas en repugnante esperanza de recompensas.

MARÍA.- Ramón es el centro de todas las iras... ¡si pudiéramos arrancarlo de aquí!

ISABEL.- Nuestros miedos de mujer no llegan a su alma: aferrado a su ideal, quiere ser el astro de luz que ilumine con resplandores de progreso su amada Asturias.

MARÍA.- ¿Y qué hacer?

ISABEL.- Defenderlo, si llega el peligro; después vengarle.



 

Escena XI

Doña MARÍA, ISABEL, don PEDRO, luego RAMÓN y LUIS y luego doña BRAULIA y CONSUELO.

    

PEDRO.- (Desde dentro.) Isabel, Isabel, ya llegan.

CHIQUILLOS.- (Entran varios en escena por la izquierda gritando; los chiquillos se paran al ver a doña MARÍA y se van por la derecha. Aparecen por la izquierda RAMÓN y LUIS en dos caballos precedidos de un guarda con uniforme de tal; al llegar a la mitad de la escena desmontan y el guarda se lleva los caballos. RAMÓN y LUIS en elegante traje de camino con botas de montar.) ¡Los señoriticos! ¡los señoriticos!

RAMÓN.- (Abrazando a su madre.) Madre mía. (Dando las dos manos con mucho cariño a ISABEL.) Isabel.

PEDRO.- (Entrando.) ¡Hola, los viajeros!

LUIS.- (Dando la mano a doña MARÍA.) Salud para todos, (Volviéndose hacia el grupo que forman ISABEL y RAMÓN) y felicidad para los novios; (A doña MARÍA aparte.); ya me tiene usted aquí, a sus órdenes.

MARÍA.- (Aparte a LUIS.) Gracias.

LUIS.- (A todos.) Hecho un señor abogado.

PEDRO.- ¿Conque abogado ya, eh?

ISABEL.- Que sea enhorabuena. (Dirigiéndose a doña MARÍA.) Mire usted qué sortija. (Se refiere a una en un estuche que durante el diálogo que RAMÓN e ISABEL han sostenido, éste le ha entregado. LUIS ínterin pasa a hablar con don PEDRO.)

RAMÓN.- Y ésta para ti. (Con tono de cariño enfático.)

MARÍA.- ¡Hijo! (Con cariño le abraza.)

RAMÓN.- Y cuenta que no puedo traerte lo que viene para Isabel.

PEDRO.- Siempre habrás hecho locuras en las tiendas de Madrid.

LUIS.- Le trae a usted...

RAMÓN.- (Interrumpiéndole.) Vaya, ¿te callarás?

MARÍA.- Dilo tú.

RAMÓN.- Pues, es... es...

ISABEL.- ¿Hablarás?

RAMÓN.- Un traje de asturiana. (Durante estas palabras, doña BRAULIA y CONSUELO han salido de su casa, quedando a la puerta, y oyen las últimas palabras.)

LUIS.- Una preciosidad.

CONSUELO.- (Entrando, aparte.) ¡Una preciosidad! (Alto.) Bien venidos.

ISABEL.- (Aparte.) Ya salieron las nubes.

RAMÓN.- Salud. ¿Y las novillas, y los maizales?

BRAULIA.- Bien... bien...

RAMÓN.- (A CONSUELO.) Y tú pareces triste; ¿estás mala?

CONSUELO.- Me duele la cabeza... ¿Traes las vistas de la novia?

PEDRO.- La trae un traje de asturiana.

RAMÓN.- Para que lo estrene en la romería de Santa Rita.

CONSUELO.- Me alegro.

ISABEL.- (Aparte.) ¡Hipócrita!

RAMÓN.- (A ISABEL.) ¿Qué tienen tus primas?

ISABEL.- (Aparte a RAMÓN.) Nada; lo de siempre.

LUIS.- (Aparte solo.) Sí; una indigestión de envidia con fiebre de convento.



 

Escena XII

DICHOS y DIEGO, JUANA y GUARDA en el fondo.

    

DIEGO.- (Entrando.) ¿Estorbo?...

RAMÓN.- Qué has de estorbar hombre; ¿dónde estorba lo bueno? (Con segunda intención.) ¿Qué tal?

DIEGO.- Sin novedad; y a usted, a lo que parece, no te fue mal entre nosotros, cuando vuelve.

LUIS.- (Aparte.) Si creerá este animal que vuelvo por ellos. (Alto.)

PEDRO.- Pues ya lo vé usted, estoy aquí. (Con ISABEL, RAMÓN, BRAULIA y MARÍA, ha formado un grupo como si se conversaran.) Conque a la romería con armas y bagajes.

RAMÓN.- Pasado mañana.

CONSUELO.- (A DIEGO.) Van a la romería, no hay que perder la ocasión.

DIEGO.- (A CONSUELO.) Enterado.

MARÍA.- Donde ahora vamos, es a comer. (A PEDRO e ISABEL.) ¿Supongo que seréis de los nuestros?

PEDRO.- Ésta (Por ISABEL.) que vaya; yo tengo que hacer.

MARÍA.- (A BRAULIA y CONSUELO.) ¿Queréis venir?

CONSUELO.- No.

BRAULIA.- Gracias.

ISABEL.- Hasta luego. (A don PEDRO.)

DIEGO.- (Disponiéndose a marchar.) Apetito y buen humor.

RAMÓN.- Si quieres, también coges en la mesa.

DIEGO.- Gracias.

MARÍA.- (A LUIS.) Su brazo, no quiero privar a los novios de su dicha; id delante hijos míos. (Se dan el brazo ISABEL y RAMÓN, yéndose por la derecha; los siguen don LUIS y doña MARÍA del brazo; don PEDRO entra en su casa.)

CONSUELO.- (A BRAULIA y a DIEGO.) Todos en la romería; yo ahora voy a ver al Padre Juan.



 

FIN DEL ACTO I


 

Acto II

     

A la derecha del espectador una tapia de piedra; en su centro una portilla de hierro de dos hojas, que entre sus labores, tiene con letras grandes doradas, EL ESPINOSO. -La tapia parte desde los primeros bastidores al fondo. Por encima de ella se ve asomar el tejado de un edificio bajo, como establo o pajar. -Cuelgan sobre la tapia plantas trepadoras, rosales silvestres, etc.; por dentro del recinto que cierra la tapia, se ven manzanos con fruta. -A la izquierda del espectador, bastidores de bosque. -En el fondo paisaje de rocas y selva, practicable para que en ellas se coloquen comparsas; en último término telón de montañas; el ciclo espléndido; bambalinas de fronda en primer término. -En medio de escena, hacia la derecha, un robusto y frondoso castaño; debajo dos bancos rústicos artísticamente colocados; diseminados por la escena algunos grupos de monte, alfombra verde imitando pradera de césped. -El aspecto general de la decoración selvático y risueño, propio de los sitios donde se celebran las romerías asturianas. -Dentro de bastidores, una campana preparada para tocarla cuando se indique. - Es de día. -Preparada entre bastidores una gaita y un tamboril que tienen que sonar lejos, cuando se indique, tocando un aire dulce de tonos montañeses.

 

Escena I

PEPA y JUSTO. PEPA sale con una herrada en la cabeza y cruza desde la izquierda a entrar en «El Espinoso». -Al llegar a mitad de escena sale JUSTO con una guadaña de segar yerba.

     

JUSTO.- Mucho se madruga hoy, Pepa.

PEPA.- Hola, Justo, ¿vienes al trabajo?

JUSTO.- Hasta medio día nada más; hoy es la romería aquí, a la vera de estas praderas, y no pienso ganar más que medio jornal.

PEPA.- Por ser hoy la romería ahí, en esa capilla de Santa Rita (Señala a la izquierda; marque la actriz el ademán.) he madrugado tanto; se prepara aquí, en casa de los amos (Señala al Espinoso.) gran merienda, y hemos tenido que empezar temprano la faena.¿Saldrás al baile?

JUSTO.- Pues, claro; saldremos juntos.

PEPA.- Si no trabajas más que medio día ¡bah! no perderás el jornal entero, que doña María ya sabes que es generosa.

JUSTO.- Ni que lo sea, ni que no...

PEPA.- ¡Desagradecido!

JUSTO.- Agradecer al diablo es perder el tiempo.

PEPA.- Siempre estáis con esas tontadas; pues para mí, quien más paga, más me obliga.

JUSTO.- Anda, boba, que ésa es condición de perro; ya sabes, menea la cola el can... (Durante el diálogo, la actriz puede, si quiere, haberse descargado de la herrada poniéndola en el suelo.)

PEPA.- ¡Ya quisierais vosotros ser muchas veces como ellos!

JUSTO.- Gracias por la lisonja...

PEPA.- Pues claro; desde hace algún tiempo andan por la aldea más moralidades, que... ¡Dios me perdone! Ni las de los judíos; no quisiera ofenderlos, que son siervos de Dios, pero desde que vinieron los frailes...

JUSTO.- Anda, hereje, ¡cómo se te conoce la compañía!...

PEPA.- Vete al cuerno.

JUSTO.- Conque hasta la tarde, ¿eh?

PEPA.- También se armará baile aquí mismo, y desde la casa del Espinoso, (Señala a la derecha.) oiré las panderetas y en seguida a hallar.

JUSTO.- Pues anda delante. (PEPA echa andar hacia El Espinoso, y abre la portilla, a tiempo que van a salir por ella doña MARÍA y don LUIS; Pepa entra y queda junto a la puerta. Justo, en solicitud respetuosa, saluda al ver a doña MARÍA.)

 

Escena II

JUSTO, doña MARÍA, don LUIS.

    

MARÍA.- (Contestando al saludo de ademán que le hace JUSTO.) Buenos días, ¿vienes al trabajo?

JUSTO.- La yerba de la pomarada esta buena de segar, y conviene recogerla; estamos en octubre.

MARÍA.- Deja por hoy la yerba y vete a engalanar para la romería; tú, como todos los mozos que trabajáis en El Espinoso, tendrás el jornal entero; vengo de ahí, de los establos, de decírselo así a los pastores.

JUSTO.- Gracias.

MARÍA.- Puedes marcharte, si no prefieres ayudarles a las muchachas a encerrar el ganado.

JUSTO.- Iré a ayudarlas. (Se va, entrando en El Espinoso; antes de entrar, aparte.) ¡Qué madrugadores andan éstos! ¿Qué traerán entre manos? (Se va.)

MARÍA.- Amigo Luis, en sus manos queda el porvenir de Ramón.

LUIS.- Y yo acudí deseando serles útil.

MARÍA.- En su poder queda la copia del testamento de mi esposo Monforte, instituyéndome heredera de todos sus bienes.

LUIS.- Estimo en lo que vale la confianza *que la he merecido: Ramón es para mí más que un amigo, un hermano; juntos siempre durante el tiempo de nuestros estudios, cimentamos el cariño en bases indestructibles; mi orfandad encontró en ustedes el dulce cariño del hogar; no es al amigo de Ramón, es a su hermano a quien habla*.

MARÍA.- Pos eso no vacilé en escribirle que viniera.

LUIS.- Sí, aquí la guardo.

MARÍA.- No tenía pariente forzoso, y su regalo de boda fue ése.

LUIS.- Y por la adopción legal, hecha con todos los requisitos que exige la ley, que en favor de Ramón hizo usted al enviudar, su hijo adoptivo es el único heredero de esa fortuna; también he guardado la copia de ese documento.

MARÍA.- Ahora me queda lo más doloroso del secreto; por eso he querido salir a estos sitios, libres de indiscretos. (Se sienta en el banco.)

LUIS.- Usted dirá.

MARÍA.- Ramón, que legítimamente no tiene padres, pues sólo por esa acta de adopción se titula hijo mío, es, en realidad, el hijo de mis entrañas.

LUIS.- ¡Ah!

MARÍA.- Sí, Luis, hay confesiones crueles, pero necesarias; Ramón va a casarse, es menester que la verdad cierta quede al lado de la verdad legal.

LUIS.- Estoy a sus órdenes. (Se sienta en el otro banco.)

MARÍA.- Lo que va usted a oír, debería acaso decírselo a Ramón; pero al declararme su madre tendría que acusar de villano a su padre, y temo herir su noble alma.

LUIS.- Lo comprendo.

MARÍA.- Hija única, fueron mis padres a establecerse a La Coruña. Tenía yo diez y ocho años; mi madre me idolatraba; mi padre era de áspero genio. Por motivos de un pleito tuvimos que ir a Sevilla, mi madre y yo. Allí conocí a un joven valenciano, a quien negocios de banca traían de Buenos Aires; era todo lo vil de la seducción y todo lo astuto de la hipocresía.

LUIS.- Vamos, era un miserable.

MARÍA.- Juzgue usted: yo era una niña y le amé. Mimada por mi madre, gozaba de una libertad incompatible con la funesta educación femenina de nuestra época. *Para atesorar el candor que todavía los rutinarios llaman el mejor dote, que viva la mujer en un gineceo; para la vida actual, la mujer, apenas salida de la niñez, debe saberlo todo. *

LUIS.- Es cierto.

MARÍA.- Sucedió lo preciso: el ángel perdió sus alas, y al poco tiempo comprendí que la corona de la maternidad iba a oprimir mi cabeza, no con los resplandores del cielo, sino con la lumbre de la vergüenza. Se lo confesé todo a mi madre. Ella buscó al miserable, y cuando esperaba poder borrar con un matrimonio nuestra deshonra, supo que el villano estaba casado en América con una rica anciana...

LUIS.- ¡Qué vil!

MARÍA.- ¡Veintiocho años hace de esto! ¡Cuánto cambié desde entonces! ¡El mal no tenía remedio! Se ocultó todo, y Ramón fue bautizado con el estigma de hijo de padres desconocidos.

LUIS.- ¡Él, un expósito!

MARÍA.- Una familia pobre, enriquecida por mi madre, se encargó en Sevilla de la crianza de mi hijo. Volvimos a La Coruña; a poco murió mi madre. En esta situación nos conoció Monforte, que venía de Méjico; se enamoró de mí, y me pidió a mi padre... pero yo era honrada: antes de decir que sí pedí hablar con él a solas, y se lo confesé todo.

LUIS.- ¡Noble mujer!

MARÍA.- *Mi culpa no me autorizaba a ser infame.

LUIS.- *La culpa no era vuestra; era de una sociedad que legisla a ciegas sobre las pasiones humanas.

MARÍA.- Monforte era un hombre honrado.

LUIS.- ¡Era un alma hermosa! *¡Corazón de niño e inteligencia de hombre!*

MARÍA.- Con noble generosidad, me dijo: -Antes la amaba a usted; ahora la amo y la venero; su hijo será también mío.

LUIS.- Reconozco a Monforte en ese rasgo. Merecía ser padre de Ramón.

MARÍA.- Le educó desde niño... Se hizo nuestra boda, y salimos para Sevilla; recogimos al niño, y durante dos años viajamos por Europa.

LUIS.- En realidad, ustedes son los padres de Ramón...

MARÍA.- Así lo creyó todo el mundo cuando volvimos a La Coruña. Ramón tenía tres años.

LUIS.- Pero Monforte, que tan generoso era, ¿cómo no se apresuró a reconocer legalmente a Ramón?

MARÍA.- ¡Inercias de la vida! Detalles que se agrupan para hacer una montaña de fatalidades en nuestro destino! Monforte pensó hacer el reconocimiento; pero nuestra vida de viajeros, la seguridad de que nadie habría de reclamar el niño... ello es que la muerte le sorprendió.

LUIS.- Sí; según me dijo Ramón, fue instantánea. (Levantándose.)

MARÍA.- Ramón contaba doce años. Viuda del que para mí lo fue todo, me retiré a esta aldea, patria de los míos; lo demás usted lo sabe.

LUIS.- ¿Y nunca volvió usted a saber de aquel miserable?

MARÍA.- (Después de vacilar.) Nunca. Antes de morir mi madre, supimos que el villano hizo lo imposible para llevarse su hijo; pero estaba bien guardado. Además, en Sevilla, por causa de nuestro pleito, usábamos uno de nuestros segundos apellidos; él no conocía nuestro nombre.

LUIS.- Y no le volvió usted a ver.

MARÍA.- (Levantándose.) No. (Saca del bolsillo un pliego en forma de carta abultada, lacrada de negro.) Ahora bien. Aquí está escrito el suceso; además, dos cartas del seductor y un retrato suyo, que bastan para reconocerlo. Para más seguridad, mi propia mano ha escrito al margen del retrato los nombres del padre de Ramón; bastará pasar la vista por todo para saber quién es. (Le da el paquete.)

LUIS.- ¿Qué debo hacer con esto?

MARÍA.- Por ahora guardarlo. Mi corazón de madre prevé horas crueles: Ramón está empeñado en una lucha de titán; quiere empujar a la humanidad en la ruta del progreso, empezando por estos rincones.

LUIS.- Ramón no va por mal camino. *El día en que Asturias se levante de su noche de ignorancia y fanatismo, la aurora de la libertad comenzará a iluminar nuestra patria.

MARÍA.- Eso es cierto. *Todas las decadencias fueron regeneradas por el septentrión.

LUIS.- *El núcleo del sol alimenta vivo su fuego porque reaccionan sobre él los fríos del espacio.*

MARÍA.- Pero Ramón tiene que arrostrar peligros; ya le cercan algunos.

LUIS.- Ese convento...

MARÍA.- ¡Ah! Por eso le entrego esos papeles; si algún peligro de muerte amenazara a Ramón, abra ese pliego; su cariño y su inteligencia tomarán la resolución conveniente.

 

Escena III

Dichos, JUSTO, va a salir por la portilla del Espinoso, y al ver a doña MARÍA y LUIS, se vuelve a entrar, acción que ha de ser bien notada por el público.

     

JUSTO.- (Desde la portilla.) Aún están aquí. (Entra.)

LUIS.- (A doña MARÍA.) Confiad en mí.

JUSTO.- (Desde lo alto de la tapia, por donde asoma la cabeza entre los rosales.) ¿De qué hablarán? Si es algo que merece la pena, se lo diré a Diego. (Esto figura dicho aparte.)

MARÍA.- Y si por fortuna la vida de Ramón se desliza en apacible dicha, os autorizo para entregar ese pliego a su esposa.

LUIS.- Este secreto será un lazo más de cariño entre nosotros.

MARÍA.- Sólo un cariño de hermano es capaz de decirle a Ramón, sin dañarlo, que es un expósito.

JUSTO.- ¡Ah! (Aparte.)

LUIS.- En efecto, es horrible para un hombre que se creyó hijo de noble y honrada familia, saber que es hijo del acaso.

JUSTO.- (Aparte.) ¡Hola! Ramón expósito.

MARÍA.- Y la verdad es ésta.

LUIS.- No importa; conozco a Ramón y sé que hay en su alma energías de buena ley.

MARÍA.- Triste es el caso, mas precisa aclararlo. *Pedro ya sabe usted lo que es respecto al honor del hombre, y para convencerle que consienta en la boda, es menester que todos estemos preparados, Ramón el primero.*

LUIS.- Descuide, doña María, en mi discreción y en mi prudencia. (Se van los dos por la portilla de El Espinoso. Pausa.)



 

Escena IV

JUSTO, RAMÓN, SUÁREZ el arquitecto y LUIS.

     

JUSTO.- (Sale por El Espinoso.) ¡Conque nada menos que el señor don Ramón Monforte y Noriega, hijo de la inclusa! ¡Menuda polvareda que se va armar en el pueblo! Corramos a decírselo a Diego, an tes de que nos ganen la mano. (Se va por la izquierda corriendo. -Entran por el fondo hacia la izquierda, RAMÓN y el arquitecto, a tiempo que sale por la portilla LUIS.)

RAMÓN.- (A LUIS.) Buenos días.

LUIS.- (A los dos.) ¿De vuelta ya de los trabajos?

RAMÓN.- Aquí estamos después de un delicioso paseo matinal.

LUIS.- Y de inspección... ¿eh?

RAMÓN.- ¡Qué obra tan magnífica! ¡Qué obra, Luis! (Dándole golpecitos sobre el hombro.)

LUIS.- Lástima que esté por estos andurriales.

RAMÓN.- Tu lamentación de siempre.

SUÁREZ.- Conque, señor Monforte, si no manda otra cosa, me retiraré.

RAMÓN.- Estoy completamente satisfecho; pero no se olvide, señor arquitecto, de que los letreros de los chalets se vean bien desde el convento.

SUÁREZ.- Así será; con letras doradas ostentarán los pórticos: «Escuelas.» «Hospital para niños. «Asilo de ancianos.» Y así en todos los edificios.

LUIS.- Los nombres de la caridad humana, frente a la casa divina.

RAMÓN.- Donde sólo dice: «Convento de San Francisco.»

SUÁREZ.- Comprendido; esas construcciones cuyo planeamiento acaba usted de ver, tienen que ofrecerse como enseñanza elocuente de la inutilidad del convento.

RAMÓN.- Justo.

SUÁREZ.- Pues a sus órdenes.

RAMÓN.- Id con Dios, y ya sabéis: para dentro de quince días, la inauguración; quiero que mi amada Isabel tenga digno marco a sus virtudes; que sea el acto espléndido.

SUÁREZ.- Convenido. (Se va por la izquierda.)



 

Escena V

LUIS y RAMÓN. [4]

     

LUIS.- Lo repito, y lo repetiré mientras viva...

RAMÓN.- Y yo tenga paciencia para escucharte, ¿verdad? He aquí tu queja eterna. ¡Todas esas obras escondidas en estas montañas, entre semisalvajes, a mil leguas de distancia por los difíciles medios de comunicación!... Un paréntesis. (Cambia aquí de tono.) Te advierto que pienso hacer un ferrocarril funicular. Y entonces verás a los extranjeros venir a extasiarse con esta grandiosa y feraz naturaleza... Cierro el paréntesis. (Vuelve al tono anterior.) Obras perdidas para la vida culta, inteligente...

LUIS.- (Interrumpiéndole.) Representando un capital enorme, muerto, inútil para la industria, para el comercio, para el esplendor de las ciencias y de las artes, de la civilización actual...

RAMÓN.- (Interrumpiendo y con tono de fingida declamación.) Y colorín colorado, mi cuento se ha acabado.

LUIS.- (Algo picado.) Y no es bastante lo dicho.

RAMÓN.- (Con cariño.) Ven acá, espíritu práctico, escéptico, sumamente fin de siglo.

LUIS.- ¡Hecha, hijo!...

RAMÓN.- Ven acá, epicúreo contemporáneo...

LUIS.- (Semi enfadado.) ¡Mira, tanto como eso!...

RAMÓN.- (Doctoralmente.) Epicúreo honrado... ya sabes que los hay de buena y de mala raza; conste que perteneces a los que tienen un poquito de corazón.

LUIS.- Ya escampa.

RAMÓN.- Y dentro de él una miajita de amor.

LUIS.- ¡Ingrato!

RAMÓN.- Del cual, como tu único amigo, soy poseedor, a medias con aquella rubia de Madrid, que al fin te hará pasar por el confesionario, y por el sacramento...

LUIS.- (Amoscado.) Y bien, pasaré, hombre, como el que pasa por un mal rato, sin darle otra importancia.

RAMÓN.- Con lo cual, aumentarás incautamente el número de los rutinarios...

LUIS.- (Imitando el tono de RAMÓN.) Y maldito lo que sale perdiendo ni ganando la humanidad.

RAMÓN.- Conforme, si la humanidad no se formara de individuos.

LUIS.- ¡Por uno!...

RAMÓN.- Uno; Luis, es uno: (Con seriedad cariñosa.) Es el atomillo sutil, impalpable, invisible; pero, el atomillo que se junta a otros átomos para sumarse haciendo la molécula, que a su vez forma el núcleo. Uno, un individuo de la humanidad, lleva en sí una parte de ella; si se vuelve inerte, es posible que extienda la paralización a los extremos; si se gangrena, puede inficionar el conjunto, de la misma manera que el atomillo microscópico que circula por los cuerpos orgánicos, corrompe y paraliza todas las funciones, cuando se arrastra inerte o podrido por el torrente sanguíneo...

LUIS.- ¡Intransigente!...

RAMÓN.- No; acaso más positivo que tú, pero menos egoísta.

LUIS.- Y siguen las adulaciones.

RAMÓN.- ¿Y, a qué te he de adular? si te estimo con afecto de hermano, *¿no es justo que la verdad cruce de tu cerebro al mío con la casta desnudez de diosa mitológica?

LUIS.- Pero, en resumidas cuentas, no has dicho nada que confirme la necesidad de esas obras, en las cuales te vas a gastar un par de millones por el gusto de hacer rabiar a los frailes.

RAMÓN.- (Con serenidad.) Pequeña fuera en verdad mi alma, si para tal satisfacción gastase una fortuna; ¿de veras me crees tan ruin?

LUIS.- No, Ramón, no: (Con cariño) pero me apena mucho verte obcecado en tus ideas, un tanto románticas y fuera del medio en que vivimos.

RAMÓN.- (Desde aquí con tono grandilocuente.) ¡El medio en que vivimos! ¡ese medio es la causa de nuestra asfixia moral y física!¡el ciudadanismo moderno, deslumbrante al exterior, por dentro agusanado! *Cogidos por el engranaje de esa vertiginosa máquina llamada gran ciudad, miles de seres han formado una sociedad de convencionalismos, donde la lucha por la existencia pierde su carácter de racional para convertirse en pugilato de fieras disfrazadas con máscara de virtudes... ese medio donde las grandes ideas se achican por el interés del lucro!...

LUIS.- Hay excepciones.

RAMÓN.- *(Sin hacerle caso.) ¡Donde toda virtud austera sucumbe entre las carcajadas de un montón de envidiosos y de necios! ¡donde todo sentimiento espontáneo, generoso, redentor, altruista, toma el camino de la miseria o del manicomio!

LUIS.- ¿Y aquí en estos pueblos?

RAMÓN.- Aquí, desgraciadamente, la mayoría de los que llegan de allá traen sólo lo malo.

LUIS.- Pues, entonces...

RAMÓN.- Se hace preciso que algunos traigan lo bueno... *Nuestra población rural está sumida en la ignorancia más espantosa, en un atraso moral repugnante. Creo de necesidad que la Escuela, la Granja modelo, el Instituto industrial con el Hospital y el Asilo, se levanten en nuestros campos como templos benditos, donde el pueblo español empiece a comulgar en la religión del racionalismo... Soy rico, joven, feliz: ¿será bien que vaya a aumentar la hueste del vicio de la vanidad?... *Mi sitio es éste, debo ser útil a mis compatriotas: mi inteligencia y mis riquezas deben sembrar de beneficios el solar de mis mayores.

LUIS.- Pero...

RAMÓN.- ¡Ah! Luis, a través de tu ateísmo práctico tengo seguridad que apruebas mis acciones.

LUIS.- Porque son tuyas y te quiero de veras; mas te juro que me espanta mirarte envuelto en esta mísera lucha de los villorrios.

RAMÓN.- Lucha que hasta el presente no me alteró.

LUIS.- Pero, acaso te alterará si entran los frailes en la contienda.

RAMÓN.- He ahí la última prueba de lo que antes decía; (Señalando hacia la izquierda último término. El tono de la conversación vuelve a ser familiar.) Mira qué convento se han construido; el instinto de conservación de la Iglesia la dice que aquí está el porvenir. *¡Oh! todas las almas firmes en un carácter pro gresista, debieran unirse para ofrecerla la batalla!... *

LUIS.- Pues lo que es de tus obras, bien puedes estar satisfecho.

RAMÓN.- Hemos de ir a verlas... *Cinco chalets deforma suiza, arquitectura rústica, líneas truncadas por las graciosas curvas de la vegetación trepadora.

LUIS.- *Es la construcción más a propósito para este país.

RAMÓN.- *Rodeándolo todo parques espaciosos, salutíferos bosques de pinos; la Naturaleza prestando sus bellezas a la obra humana.

LUIS.- Concluirás por hacer de la aldea de Samiego un modelo de ciudad futura.

RAMÓN.- Y del concejo una región civilizada.

LUIS.- Y ¡echa millones!

RAMÓN.- *¿Y qué haría con las inmensas rentas que me vienen de Méjico? Ya sabes que mi padre fue lo que aquí se llama un rico indiano.

LUIS.- *Sí; el que emigra y vuelve hecho millonario.*

RAMÓN.- Pues aún tengo otro proyecto, si tú quieres, un poco audaz, pero que mata de un golpe la mayor superstición y la mayor desidia.

LUIS.- Veamos.

RAMÓN.- (Se lleva hacia la izquierda a LUIS) ¿Ves esa ermita?

LUIS.- Sí; es la de Santa Rita, patrona del concejo, y una especie de Sancta Sanctorum para Samiego, que la hace tres romerías.

RAMÓN.- Justo; ya sabes que al pie de la ermita hay un manantial de aguas medicinales, de cuya virtud me aseguré por análisis químico, aguas que creen milagrosas estos inocentes.

LUIS.- ¡Vaya! Si la fuente es una peregrinación.

RAMÓN.- Pues bien; tengo en tratos de compra con el obispado, la ermita y los terrenos adyacentes; doy una fortuna por todo.

LUIS.- Pues, cuéntalo por tuyo.

RAMÓN.- En cuanto sea mío, ¡zas! (Une la acción de derribar, a la palabra.) al suelo la ermita; en su lugar, el sepulcro de mi familia, la fuente encañada en elegante kiosco, y al lado, una casa de salud con todos los adelantos modernos; ¿qué te parece?

LUIS.- Que al fin y al cabo vas a conseguir que te quemen vivo.

RAMÓN.- ¡Pasaron ya aquellos tiempos!

LUIS.- Allá en el centro, sí; aquí, en los extremos, aún colean.

RAMÓN.- Ya verás... ya verás...



 

Escena VI

RAMÓN, LUIS, don PEDRO e ISABEL vestida de aldeana de Asturias, con lujosísimo traje, de seda todo, y cargado el pecho de cadenas y joyas de oro sólo; grandes arracadas; cuídese de la propiedad. -Los trajes de LUIS y RAMÓN, de campo, elegantes; ídem, más serio, el de don PEDRO.

 

PEDRO.- (Presentando a ISABEL a RAMÓN.) En vista de que el señor novio no acudió por su prometida, vengo yo a traérsela.

RAMÓN.- (Volviéndose con sorpresa.) ¡Don Pedro!

LUIS.- ¡Paso a la aldeana modelo! (Con galantería.)

RAMÓN.- ¡Hermosa mía! (Con pasión.)

ISABEL.- (Dando vueltas delante de RAMÓN para que la vea bien.) ¿Te gusto?

RAMÓN.- ¡Cielo del alma! Si al mirarte parece que he salido ya de este mundo dejando en él todas las penas. (Durante este diálogo LUIS y don PEDRO figura que hablan.)

LUIS.- (A todos.) Conque dentro de unas horas estaremos ya en plena romería. (Durante estas palabras han empezado a bajar por los peñascales del fondo algunas parejas de aldeanos en trajes del país; al llegar a escena forman grupos; suenan las panderetas que ellas traen y se mueven con el agrado de quienes están de fiesta; cuídese de ensayar perfectamente a los comparsas, de modo que el escenario ofrezca la animación de una romería campestre de Asturias.)

PEDRO.- En lo de siempre: bailes, comilonas, alguna borrachera y con frecuencia reyertas.



 

Escena VII

Don PEDRO, ISABEL, RAMÓN, LUIS; doña MARÍA, DIEGO, doña BRAULIA, CONSUELO, TÍA ROSA, JUANA, DIONISIA, PEPA, MANUEL, ROQUE, JUSTO. Varias voces. -Comparsas, hombres y mujeres del pueblo, chiquillos, algunas mujeres con cestas de manzanas y otras con roscones metidos en el brazo, que compran los aldeanos; la TÍA ROSA pone una mesita pequeña en el fondo, donde despacha botellas de sidra que compran algunos y destapan con ruido, bebiéndolas en vasos que también pone en la mesa la TÍA ROSA. -Todas estas acciones y movimientos simultáneo con el diálogo de los actores, que estarán en primer término, según se indique; cuídese que el ruido no interrumpa la representación.

     

MARÍA.- (Entrando por El Espinoso) Ya estamos aquí todos. (A ISABEL.) Venga usted acá, espléndida aldeana; ¿será menester que bailes con alguno de montera y calzón corto? (Detrás de MARÍA, PEPA entra.)

RAMÓN.- Vaya si bailará; quiero que sea la reina de la fiesta. (BRAULIA, CONSUELO, DIEGO y MANUEL conversan en segundo término.)

PEDRO.- (A LUIS.) Y vaya usted atando cabos, amigo Luis, con las ideas de mi futuro yerno; todo un librepensador, anticatólico y casi hereje, festejando como el primero la romería de una santa. ¿Eh? (En tono de broma.)

LUIS.- ¡Como es la santa ahogada de los imposibles!

RAMÓN.- ¡Vaya, don Pedro; no sea usted burlón al estilo metafísico! Ya sabe usted que yo no acudo a la romería sino por lo que tiene de popular; se olvida usted que soy un buen republicano.

PEDRO.- Supongo que no te habrás enfadado por la broma.

ISABEL.- ¡Qué se ha de enfadar Ramón con usted!

MARÍA.- Pedro, mi hijo ya sabes lo que quiere: hacerse simpático al pueblo.

LUIS.- Levantarle hasta las superioridades de la inteligencia. (BRAULIA, CONSUELO y DIEGO, ponen atención.)

PEDRO.- Sí, sí; una obra verdaderamente de romanos. ¡Demasiado grande para la vida de un hombre! (Suena la gaita lejos.)

RAMÓN.- Otros seguirán donde yo termine.

ISABEL.- ¿Empezamos, como siempre, la misma cuestión? Vamos al baile. (A RAMÓN, cogiéndose de su brazo.)

RAMÓN.- Vamos. (Se van por la izquierda.)

CONSUELO.- (A las aldeanas y aldeanos agrupados a su lado, entre los que están JUANA, DIONISIA, PEPA, MANUEL, ROQUE y JUSTO.) Bailemos aquí nosotros. ¡Al corro! ¡Al corro!

VOCES.- ¡Al corro! ¡Al corro! ¡A la giraldilla!... (La colocación de los personajes y comparsas, es como sigue. A la derecha, doña MARÍA, don PEDRO, LUIS y doña BRAULIA mirando la formación del baile; en el fondo, sobre las peñas, algunos chiquillos; a la izquierda, grupos de aldeanos y aldeanas mirando también el baile; en el centro, pero en segundo término, se forma un corro; las mujeres agarradas de las manos, los hombres dentro del corro; le forman, CONSUELO, JUANA, DIONISIA, PEPA y otras dos aldeanas más; en el centro del corro, DIEGO, ROQUE, MANUEL, JUSTO y otros dos aldeanos más; hombres y mujeres cantan en coro a voces solas una canción cuya música dará la autora al final de la obra y cuya letra es:)

CORO.- Estando la paloma    en su palomar, vino un palomo hermoso,    la quiso llevar. No se va la paloma no; no se va la paloma, no. (Cantan de modo que los dos primeros versos coincidan con las vueltas del corro y los restantes bailando cada aldeana con su aldeano; al empezar a cantar el corro, la gaita y el tamboril cesan de tocar. Copla y baile son sumamente populares en las montañas de Asturias, donde ha tenido ocasión de oírla y verla la autora.)

RAMÓN.- (Entra por la izquierda con ademanes descompuestos y detrás ISABEL.) ¡Miserables; no querer bailar contigo!

ISABEL.- ¡Calma, por Dios!

LUIS.- (Se acerca a RAMÓN, seguido de don PEDRO, doña MARÍA y BRAULIA. En segundo término el corro sigue dando vueltas, pero sin cantar.) ¿Qué te pasa?

ISABEL.- Nada, una tontería; Ramón ha querido que bailáramos la danza ahí abajo y así que entramos en ella dejaron de bailar todos.

RAMÓN.- Y se fueron haciéndonos una ofensa inusitada en las sencillas costumbres de la aldea.

ISABEL.- Alguien murmuró no se qué de herejes.

RAMÓN.- Isabel tuvo habilidad para sacarme de allí; pero yo les juro... (Acción de amenaza.)

PEDRO.- No hagas caso, gente zafia.

RAMÓN.- No, no; obedecen a una consigna.

LUIS.- Y bien, ¿aunque así fuera? (La gaita y el tamboril vuelven a tocar, pero desde muy lejos, de modo que no llegue a escena sino un rumor.) En estando prevenido... se tiene prudencia.

RAMÓN.- ¿Prudencia o cobardía? Dame la mano, vamos a bailar ahí. (Señala al corro.)

ISABEL.- ¡Por Dios, Ramón, si sabes que es una consigna!... (Se resiste a seguirle.)

RAMÓN.- Sígueme, Isabel, que se descubran de una vez; es menester contar los enemigos.

MARÍA.- Ramón, hijo mío.

PEDRO.- El pueblo es como el mar: inconsciente.

RAMÓN.- (Con energía.) Pero la inteligencia humana ha sabido vencer las brutalidades del océano.

ISABEL.- Ramón...

RAMÓN.- Vamos...

LUIS.- Si te empeñas, cuenta con uno más. (Se va detrás de ellos hacia el corro. El corro comienza a cantar la segunda copla; la gaita calló.)


CORO.-      Si se va la paloma

                               ella volverá

..................................................

     (RAMÓN empuja a ISABEL al corro; ésta coge de la mano a CONSUELO, procurando entrar en el corro; en el mismo instante el corro se deshace y todos se separan fríamente de RAMÓN e ISABEL, volviéndoles las espaldas. Doña BRAULIA ha pasado a la izquierda con don PEDRO, quedando doña MARÍA a la derecha.)

     

RAMÓN.- (Con ira.) ¿Qué es esto? ¿por qué no bailáis?

ISABEL.- (Aparte.) ¡Miserables! (Alto.) Estarán cansados...

RAMÓN.- (Con violencia, cogiendo de la mano a JUANA e intentando enlazarla con la de ISABEL.) ¡Vamos, a formar el corro!...

JUANA.- Yo no bailo con herejes. (Se deshace de la mano de ISABEL y se pone al lado de doña BRAULIA.)

PEPA.- (Pasando también a la izquierda.) ¡Con judíos!...

MANUEL.- (Pasando a la izquierda.) ¡Con endemoniados!...

VOCES.- Que bailen solos... (Quedan en medio de escena solos RAMÓN, DIEGO, ISABEL, CONSUELO y LUIS.)

RAMÓN.- ¡Ah, viles!

LUIS.- (A RAMÓN.) Calma. (A CONSUELO.) ¿Quiere usted bailar conmigo? (Doña MARÍA sola a la derecha; en la izquierda y al fondo todos los personajes; en último término los comparsas. Escena que ha de estar perfectamente ensayada)

CONSUELO.- (A LUIS.) Gracias; no lo permite mi conciencia.

RAMÓN.- (A CONSUELO.) ¡Insolente!

DIEGO.- (A ISABEL.) Nosotros no bailamos con amancebados...

RAMÓN.- (Dando un bofetón a DIEGO.) ¡Canalla! (Confusión en la escena, que tenga gran carácter: los chiquillos corren; las aldeanas se arremolinan al lado de doña BRAULIA; los hombres se precipitan sobre RAMÓN y DIEGO, que están dos segundos luchando agarrados; por fin don PEDRO y LUIS consiguen separar a RAMÓN, sujetándolo y trayéndolo a la derecha, en donde quedan formando grupo RAMÓN, don PEDRO, LUIS, ISABEL y doña MARÍA. ROQUE, MANUEL y JUSTO, sujetan a DIEGO en la izquierda de la escena, algo en segundo término, están doña BRAULIA, TÍA ROSA, CONSUELO y detrás grupo de aldeanas. CONSUELO cerca de DIEGO.)

RAMÓN.- (A LUIS y don PEDRO.) ¡Miserable! ¡dejadme que le arranque la lengua!

LUIS.- (Sujetándole.) ¡Vive Dios, tendrás calma!

PEDRO.- Por Cristo, cálmate, que ya habrá lugar de castigarle!... (Sujetándolo.)

DIEGO.- He ahí cómo arregláis vosotros, los impíos, todas las cuestiones; a puñetazos.

CONSUELO.- (A DIEGO, sujetándolo.) Basta, Diego, ni una palabra más; ¿lo oyes?

DIEGO.- ¡Ah! es que el infame me cruzó la cara, y, ¡yo le juro! (Amenazándole con el puño.)

CONSUELO.- (A los hombres que sujetan a DIEGO.) Lleváosle pronto.

DIEGO.- (Forcejeando.) Sin matarle, ¡no!...

CONSUELO.- ¡Vete, Diego, basto yo para darle el golpe de gracia! (Los aldeanos que sujetan a DIEGO se lo llevan a viva fuerza.)

 RAMÓN.- (A ISABEL.) Y esas mujeres, parientas vuestras, le están defendiendo

PEDRO.- (Procurando llevárselo hacia El Espinoso.) ¡Vamos! terminemos este disgusto.

MARÍA.- ¡Hijo! (Procurando llevársele.)

RAMÓN.- ¡Terminarse, si ahora empieza!

LUIS.- ¡Calma!

ISABEL.- Diego es el novio de Consuelo, y la ofendiste. (CONSUELO, que se ha venido con su madre hacia la derecha, como si hablaran con otras aldeanas de lo ocurrido, presta atención a estas palabras de ISABEL.)

RAMÓN.- Su novio o su querido. (Consuelo oye este insulto, y se vuelve rápidamente, quedando en frente de RAMÓN.)

ISABEL.- (A RAMÓN, viendo que CONSUELO oyó el insulto.) ¡Silencio, por Dios!

CONSUELO.- (Con tono insultante.) No tanto, señor... Expósito.

PEDRO.- (Volviéndose rápidamente.) ¿Qué dice esta mujer? (Expectación en todos los personajes; a la derecha, doña MARÍA, LUIS, ISABEL y RAMÓN; en el centro, don PEDRO y CONSUELO; a la izquierda, BRAULIA, TÍA ROSA, JUANA, DIONISIA, PEPA y ROQUE; en el fondo, grupo de aldeanos; sobre los peñascales, dos o tres aldeanos en expectativa.)

RAMÓN.- (Con asombro; situación encomendada al actor.) ¡Expósito yo!

LUIS.- (Aparte.) ¿Qué es esto?...

ISABEL.- ¿Pero qué dices? ¿Estás loca?

BRAULIA.- ¿Que qué dice? La verdad; ese hombre no tiene padres.

RAMÓN.- ¿Que no tengo padres?... (Abrazando a su madre.) ¡Madre mía! ¡Lenguas de víbora! Pronto, recoged ese grosero insulto.

MARÍA.- ¡Dios mío!

LUIS.- (A RAMÓN.) Serénate.

RAMÓN.- Sereno estoy, ¿no ves que hablo?

PEDRO.- Braulia, el acaloramiento de una cuestión baladí, no es razón bastante para lanzar ese estigma de deshonra que cae sobre Ramón; sed nobles; decid que habéis mentido.

CONSUELO.- ¡Mentir! No creímos mentir.

BRAULIA.- En cuanto a la verdad, que la diga María.

RAMÓN.- ¡Yo expósito!¡Pero de dónde sale esta calumnia! ¡Qué monstruos de infamia se han desatado en contra mía!

LUIS.- (Aparte) ¡Qué va a pasar aquí! (A ISABEL, aparte.) Ayudadme, es necesario que Ramón me siga.

ISABEL.- Braulia... Consuelo... Sois de nuestra propia sangre; en nombre de tan sagrado lazo, olvidemos este suceso; vámonos, dejemos a Ramón tranquilo, tranquilicémonos nosotras. (A don PEDRO.) Venid, padre.

RAMÓN.- (Poniéndose delante de ella.) ¡No! No se marcharán de aquí sin que esta horrible sombra que se extendió en mi frente se disipe del todo.

LUIS.- Ramón, es inútil; las calumnias no se combaten, se desprecian.

RAMÓN.- ¡Por eso estamos todos roídos por la calumnia! ¡Yo la venceré, aunque me cueste morir!

MARÍA.- ¡Morir tú!

RAMÓN.- ¡Ah! madre, ¿no oíste a esas mujeres?

MARÍA.- ¡¡Hijo mío!! (Frase a cargo de la actriz.)

RAMÓN.- ¿Lo estáis oyendo?¡no llega su amor de madre hasta el abismo de odio en donde laten vuestras almas!

PEDRO.- María, tus palabras nos han devuelto la calma. (A CONSUELO y doña BRAULIA.) Espero que en lo sucesivo sabréis reportaros.

BRAULIA.- Cuando se aclare sin dudas el misterio.

CONSUELO.- Cuando María nos pruebe que es madre de Ramón.

MARÍA.- ¡Jesús! (Se tapa la cara con las manos.)

RAMÓN.- Lo habéis oído, madre. ¿Dicen que soy expósito?

MARÍA.- ¡Mintieron!

RAMÓN.- ¡Lo oís!

PEDRO.- No prolonguemos más estas horribles horas.

CONSUELO.- Pruebas.

BRAULIA.- Sí; pruebas.

LUIS.- ¡Basta, vive Dios!

CONSUELO.- ¡No... no basta!¿Queréis que mi madre y yo pasemos por calumniadoras? Somos el blanco de todo el concejo, mañana se dirá de nosotras; ahí van las maldicientes, las embusteras.

BRAULIA.- Todos están prestando atención a cuanto aquí pasa... ¿Qué contestaremos nosotras?

PEDRO.- ¡Que habéis mentido!

CONSUELO.- Cuando se nos pruebe.

RAMÓN.- (A su madre con vehemencia.) ¿No las oyes?¡Dicen que no eres mi madre, que no tengo padre! ¡Que soy un hijo del acaso, del vicio, o del crimen! ¡Algo que se arroja al montón anónimo de la humanidad! ¡Un desecho de la vida, que lo mismo puede llevar en sus venas la sangre de un héroe, que la sangre de un asesino!... Habla, madre, diles que no es verdad.

PEDRO.- Habla, María, que caiga el desprecio sobre las calumniadoras.

LUIS.- Y aunque así fuera...

RAMÓN.- ¡Diles que no es verdad; pruébales que hay en mi alma herencias de la honradez de mi padre, y de las virtudes tuyas; diles que sobre mi cabeza se alza algo inmortal, la legitimidad de la descendencia! ¡Háblales de mi raza, de tus padres, de mis abuelos, de ese código sagrado de nuestra especie, en donde se afirman las leyes de selección... ¡Madre, pronto!

LUIS.- (A MARÍA, aparte.) ¡Valor, callad!

PEDRO.- Sí, María, habla; nos obligan a descender a tan miserable defensa.

RAMÓN.- ¡Pero no hablas! (Separándose las manos de la cara.) ¡Y estás llorando!

BRAULIA.- ¿Se necesitan más pruebas que su silencio y sus lágrimas?

ISABEL.- (Con un movimiento rápido pasa al lado de RAMÓN, cogiéndole una mano y poniendole otra en el hombro.) ¡Ramón!

LUIS.- (Le coge la otra mano a RAMÓN.) ¡Tienes en mí un hermano!

ISABEL.- ¡Y en mí una esposa!

LUIS.- Esas mujeres no mintieron.

PEDRO.- ¡Expósito! ¡Él!

RAMÓN.- ¡Yo! (Con distinta entonación del anterior.) ¡Yo!

BRAULIA.- ¿Calumniábamos?... (RAMÓN cae desfallecido en el banco; movimiento de expectación en todo el personal del escenario.)

CONSUELO.- ¡Un miserable expósito, a quien la caridad dio una familia! (Con desprecio.)

MARÍA.- (Enérgicamente.) Mientes, infame; Ramón tiene padres...

RAMÓN.- (Levantándose.) ¡Por fin hablaste!

CONSUELO.- (Fríamente.) Pruebas.

MARÍA.- Las tendréis todas.

PEDRO.- ¿Su padre?

LUIS.- (A doña MARÍA con energía, aparte.) ¡Prudencia, por Dios!

ISABEL.- (A su padre.) No sea usted cruel.

LUIS.- Esto es forzoso que termine.

RAMÓN.- (Cogiendo una mano a su madre.) ¡Basta ya de piedades! Te debo cuanto soy; tu caridad hizo de mi vida un poema de felicidad, pero hay algo más grande que la dicha, ¡necesito un nombre! ¡una verdad civil, ante la cual enmudezcan los maldicientes! ¡mi alma ha sido débil al dolor, pero no lo será a la verdad! ¡quiero saberla, saber quién soy! ¡sobre mi vida social no puede haber sombras, la sombra casi siempre oculta el crimen! ¡que resplandezca la verdad como luz abrasadora! ¡si quema nuestras dichas, las lloraremos perdidas, pero no sacrílegas! ¡cuando las venturas humanas son incompatibles con la verdad, se las arroja a un lado! (Rechazando a ISABEL, que pasa a la derecha, al lado de don PEDRO.)

ISABEL.- (Al irse con su padre.) ¡Ramón mío!

RAMÓN.- He ahí a tu padre, al noble de abolengo ilustre, de jerarquía sin tacha; sepamos si puedo ofrecer al vástago de su nobleza un apellido honrado. (A su madre.) ¡Pronto, hablad!

MARÍA.- Tienes madre.

RAMÓN.- ¿Quién fue mi padre?

MARÍA.- No, no me preguntes más, no puedo decírtelo.

PEDRO.- ¿Pero Monforte adoptaría a Ramón? ¿Habrá documentos legales? ¿Si no por la naturaleza, por la ley será hijo vuestro?

LUIS.- Existe en mi poder el documento de adopción que hizo doña María después de enviudar.

ISABEL.- ¡Dios mío!

MARÍA.- Ramón lleva mi nombre.

CONSUELO.- ¿Necesitáis más pruebas?

RAMÓN.- No; me bastan. Os debo una gratitud inmensa: la del huérfano que encuentra a su madre. (Abraza a doña MARÍA.)

BRAULIA.- ¿Qué dice?

CONSUELO.- Tu madre es adoptiva. En realidad no la tienes.

RAMÓN.- (Desde este momento hasta la terminación del acto, el actor ha de ir creciendo en entonación hasta concluir en tono completamente dramático.) Para vosotros, todos los que me estáis oyendo, para ese tropel de los que nada valen, por sí solos, para esa masa informe, que es el légamo de la vida, está la ley, que os obliga a reconocerla por mi madre. Para mi corazón (Pasándola un brazo por los hombros.) existe su cariño, hablándome al alma con el ejemplo de sus virtudes sublimes. ¡Tengo madre!

MARÍA.- ¡Bendito seas!

LUIS.- Bien, Ramón.

RAMÓN.- ¡No soy expósito, miserables calumniadoras!

BRAULIA.- (A don PEDRO.) ¿Y consentirás la boda de Isabel con ese hombre?

CONSUELO.- ¿Será el primer bastardo que cruce su sangre con la nuestra? (Los personajes forman un semicírculo, cuya derecha ocupan MARÍA, LUIS y RAMÓN, y cuya izquierda BRAULIA, CONSUELO y don PEDRO e ISABEL.)

RAMÓN.- Isabel, un Noriega vuelve a ser tu prometido esposo; mi conciencia de honrado se afirma en el apellido de una santa. ¡Soy digno de ti!

PEDRO.- ¡Con una legitimidad dudosa! ¡Un acta de adopción! ¡Nunca! Con mi consentimiento, no serás esposo de Isabel.

 ISABEL.- ¡Padre! (Con desesperación.)

PEDRO.- (Con doloroso acento.) ¡Oh, te amo mucho, hija mía; pero el código del honor oprime las ansias de mi corazón! Eres el último vástago de una ilustre descendencia. Serás esposa de Ramón, porque tu voluntad es más fuerte que mi vejez; pero jamás la santidad de mis canas bendecirán tu matrimonio.

CONSUELO.- ¡Ateísmo y bastardía! Son demasiadas sombras para los nuestros.

PEDRO.- ¡Consuelo, rechazo esas palabras, que son impías! (Con indignación.)

RAMÓN.- (Con sarcasmo.) ¡Bien pronunciadas están! Dejadlas dichas. ¡Ateo y bastardo; pero no hipócrita ni cruel!

MARÍA.- ¡Hijo mío!

ISABEL.- ¡Ramón!

RAMÓN.- ¡Ateo y bastardo! ¡A plena luz! ¡Bajo la limpia bóveda del cielo! (A su madre y LUIS.) ¡Oh! No temáis que abusando de su debilidad descienda a los insultos personales. ¡Ésas son las armas de los cobardes!... (A todos.) Voy a hablaros de mí. (Se adelanta en medio de todos en actitud de reto.) Madre, a mi lado; Luis, ven aquí; ahora ante mi hogar; (Se colocan los tres delante de la puerta del Espinoso.) ha llegado el momento de la defensa y del ataque.

ISABEL.- ¡Oh! Ramón, yo a tu lado, a tu lado hasta la muerte.

RAMÓN.- Isabel mía; aunque bastardo, mi brazo te defenderá.

PEDRO.- ¡Isabel! ¡Dios no consiente la felicidad de los hijos rebeldes!

ISABEL.- ¡El amor de las almas no busca sólo la dicha!

RAMÓN.- Seremos dos para sufrir la desgracia. Vosotros allí, delante de vuestros ídolos, que ha llegado también la hora de defenderlos. (Los personajes quedan: don PEDRO, BRAULIA, CONSUELO y todos los aldeanos y aldeanas agrupados a la izquierda; LUIS, RAMÓN, ISABEL y doña MARÍA, a la derecha.) Aquí los ateos, el bastardo; ahí, los hipócritas, los crueles; ¡que la discordia encienda su tea en medio de nosotros!

VOCES.- ¡Fuera los herejes! (Consuelo hace ademán de detenerlos a todos.)

RAMÓN.- Hasta ahora, escuché vuestros aullidos de fiera con una piedad tiernísima; me figuraba penetrar en vuestros cerebros, colindantes con el del oso de las cavernas; los veía débiles luchando con el peso de un dogma que se impuso a la familia humana con la violencia del tormento. Veía en vuestra espantada fe de ignorantes los restos sombríos de las calcinadas hogueras inquisitoriales, cuya imagen se levanta en vuestro pensamiento como herencia de salvajes idolatrías.

VOCES.- ¡Fuera!... ¡Fuera!

CONSUELO.- Silencio, oídle hasta el fin; recojamos armas para nuestra causa.

MARÍA.- ¡Hijo!

RAMÓN.- (Sin hacerles caso.) *Todo el pasado tenebroso e impío, le veía yo estampado en vuestras rudas inteligencias, momificadas en un quietismo de sepulcro, al desarrollarse lejos de toda civilización... Antes, al sentir vuestros anillos de culebra procurando estrujar mis ideales, sonreía como padre amoroso ante las malicias de travieso niño.

CONSUELO.- (Conteniendo a todos.) Calma, calma.

RAMÓN.- Con la dulzura del apóstol, con la serenidad del mentor, llevaba a vuestros hogares el aura fecunda de la libertad, y apartando de mí el daño que intentabais hacerme, os sacaba de las estrechas sendas del instinto para llevaros a las cumbres de la inteligencia... (Murmullos.) Ahora... ¡escuchad! ¿Veis esa ermita, cuya romería celebráis hoy? Será derribada dentro de algunos días...

VOCES.- ¡Ateo! ¡Ateo! ¡Fuera! (Movimiento de efervescencia y de horror; algunas aldeanas se persignan; MANUEL se adelanta a todos.)

CONSUELO.- ¡Dejadle hablar! La ermita no es suya.

RAMÓN.- Lo será; la he cubierto de oro y los vuestros cambian fácilmente los bienes divinos por los humanos.

BRAULIA.- ¡Blasfemo!

RAMÓN.- ¡Sobre sus ruinas se alzará el sepulcro de los míos!... ¡Id por última vez a festejar a la abogada de los imposibles! (Movimiento de horror de la muchedumbre.) ¡Contadle mis proyectos, pedidle sus milagros! ¡que os proteja contra el Ateo, contra el Bastardo, contra el republicano! (Tumulto y movimiento en la escena a cargo del director.)

VOCES.- ¡Al hereje! ¡Al hereje! ¡Vamos!

MARÍA.- (Procurando llevárselo hacia el Espinoso.) ¡Hijo mío! (Todos los grupos de la izquierda se arrojan con violencia para acometer a RAMÓN; LUIS saca un revólver y se coloca delante de RAMÓN amenazando a MANUEL, que está primero.)

LUIS.- ¡Atrás, villanos! ¡que una sola mano se levante y os mato como a perros rabiosos!

ISABEL.- ¡Silencio, por mi amor!¡Silencio, Ramón! (Los grupos se contienen y retroceden atemorizados ante la actitud enérgica de LUIS.)

RAMÓN.- ¡Id a recoger inspiraciones del cielo! ¡Que os guíen vuestros frailes desde su cátedra!¡Aprestad el maridaje del error con la envidia, del fanatismo con la soberbia, de la ignorancia con el odio! ¡Mezclad las vilezas humanas bajo la más cara de la fe, y venid todos con vuestros dioses, a luchar contra nosotros! ¡Seréis vencidos! (Con gran entonación.)

 ROSA.- ¡Sacrílego!

VOCES.- ¡Impío! ¡fuera! ¡fuera! ¡A ellos! ¡a ellos! (Los grupos se abalanzan a ellos, algunos levantan palos y botellas.)

LUIS.- ¡Ay de vosotros!... (Poniéndose delante de RAMÓN y cubriéndolo con su cuerpo.)

ISABEL.- Mi vida antes que la suya.

PEDRO.- ¡Hija mía! (Al ver a su hija en peligro, se abre paso resueltamente por entre el tumulto, y con enérgicos ademanes establece la división, y libra al grupo de la derecha de los ataques del de la izquierda.)

PEDRO.- ¡Atrás todos, insensatos! ¡Vais a ser fratricidas!... (Suena una campana en sones de fiesta. Rápido movimiento de actores y comparsas. Doña MARÍA, LUIS, ISABEL y RAMÓN quedan siempre a la derecha; los demás se vuelven hacia la izquierda; por el fondo cruzan corriendo hacia la izquierda varios de los que había en el escenario.)

JUANA.- (Corriendo a la izquierda, se va.) ¡Al sermón! ¡Al sermón!

ROSA      ¡Al sermón! (Se va izquierda.)

VOCES.- ¡A ellos! ¡A los herejes!

BRAULIA.- ¡Primero Dios! ¡Primero Dios!

CONSUELO.- (Aparte.) ¡Luego ellos! (Se va amenazando. Movimiento general de salida por la izquierda, por donde todos se van corriendo; la campana sigue tocando.)

PEDRO.- (A ISABEL.) Te espera el hogar de tus mayores, donde tanto amor te guarda tu padre... (Le abre los brazos.)

ISABEL.- (Cruza la escena, y se arroja en brazos de su padre, yéndose los dos. Antes de salir.) ¡Padre mío!

LUIS.- Ve, Isabel, a ser la hija obediente, mientras las leyes te hacen la esposa amada.

DIONISIA.- (Cruzando la escena de derecha a izquierda.) ¡El Padre Juan!¡El Padre Juan!

PEPA.- ¡Al sermón! (Cruza la escena.)

MARÍA.- (Despavorida mirando hacia la izquierda.) ¡Allí! ¡Allí!... Huyamos... (Cae desvanecida en los brazos de RAMÓN y LUIS.)

LUIS.- ¡El Padre Juan!

RAMÓN.- ¡Oh! ¡Fraile impío! ¡Desde este momento comienza nuestra lucha!¡Apresta las fuerzas del pasado para defenderte, que yo invocaré las energías del porvenir para derribarte! (Cae el telón tocando la campana.) (Se recomienda, a los directores de escena, pongan el mayor esmero en ensayar desde la escena sexta, hasta el final del acto.)

 

FIN DEL ACTO II


 

Acto III

 

A la derecha bastidores de bosque. -A la izquierda, lo mismo.- En el fondo, bajando hasta mitad de escena, una montaña practicable hasta su mayor altura, todo lo más alta que sea posible; peñascos y grupos de vegetación alternando con la montaña, que ha de tener una vereda en «zig-zag» que termine en la escena, por la cual han de bajar actores; en último término, telón de cielo crepuscular límpido; si es posible, donde las condiciones del teatro lo permitan, téngase preparada para la última escena la salida de la luna por el fondo, de modo que la figura del fraile, que tendrá que bajar por la montaña, se destaque en el cielo; donde esto no sea posible, que haya luz «crepuscular» de abajo a arriba, para que el efecto sea igual. En escena, campeando bien en ella, apoyada en la montaña y en la derecha, una ermita: cayendo por la montaña y a la izquierda, una pequeña cascada (donde se pueda, de agua natural); entre la cascada y la ermita un banco rústico sin respaldo. -La vereda de la montaña ha de salir a escena por el lado de la fuente. -Dentro de la ermita un altar sin ornamento ninguno, con una Santa Rita de talla, muy pequeña: también en la ermita y tocando con la verja una lámpara de pie, perfectamente manuable para que la maneje una actriz; encendida de modo tal que «no pueda apagarla» ninguna corriente de aire del escenario (puede colocarse la lámpara sobre un pedestal.) -Delante de la ermita otro banco. -Es de día; luego anochece a mitad de acto- La ermita ha de ser bastante alta llegando la cruz hasta muy cerca de las bambalinas, quedando libre el primer término. -Se recomiendan todos los detalles de decoración y accesorios, que son importantes. -Carácter de la decoración, sombrío y agreste. -Preparar entre bastidores tablones de andamiaje. -La verja de la ermita tiene que figurar que es de madera y los dos barrotes (que se cuidará que todos sean ligeros), que corresponden al sitio donde está la lámpara, tienen que estar colocados de modo que la actriz pueda quitarlos, figurando que los rompe con un esfuerzo violento; (fíjense bien los directores de escena al ordenar estos detalles.) -La lámpara ha de ser sacada por el hueco que deje la verja rota. -Algunas panojas de maíz entre los barrotes de la ermita.



 

Escena I

TÍA ROSA, BRAULIA y CONSUELO. Al levantarse el telón TÍA ROSA entra en escena con una alcuza en la mano; detrás, BRAULIA y CONSUELO.

     

TÍA ROSA.- ¿Vienen ustedes a beber agua de la fuente milagrosa? (Señalando la cascada.)

CONSUELO.- Y al mismo tiempo a ver qué ocurre por aquí.

BRAULIA.- (Que trae una botella en la mano.) Decían ayer que ya había recibido Ramón los documentos que le hacen dueño de la ermita y todos sus alrededores.

TÍA ROSA.- ¡Qué escándalo para la cristiandad, que se apoderen los herejes de este santuario!

BRAULIA.- ¡La patrona del concejo!

TÍA ROSA.- La que presta a estas aguas sus virtudes.

BRAULIA.- Yo no sé en qué piensan los reverendos que no han puesto en juego su influencia para evitar el despojo.

TÍA ROSA.- ¿Hablaron ustedes con el Padre Juan?

CONSUELO.- Yo hablé.

TÍA ROSA.- Y, ¿qué dijo, qué dijo?

CONSUELO.- Nada; que tuviéramos resignación cristiana, que respetáramos los designios de Dios, que a veces consiente estas cosas para probarnos...

TÍA ROSA.- ¡Sí: lo que yo digo! ¡Si ese hombre es un santo!

BRAULIA.- Lo mismo me aconsejó a mí.

TÍA ROSA.- (Volviéndose hacia la ermita.) ¡Y pensar que no he de volver a encender esa lámpara, ni a recoger las panojas que ofrecen los devotos! ¡Vamos, si esto es para volverse una loca!

BRAULIA.- No hagas pucheros, Rosa; todavía no se sabe de cierto la noticia, y en todo caso, según lo alborotado que anda el concejo, me parece que no se atreverán por ahora a cometer el sacrilegio, y para cuando se atrevan, ya estaremos bien preparados.

CONSUELO.- No conoce usted a Ramón; está acostumbrado a no ceder nunca.

BRAULIA.- Claro; con esa malditísima educación que tuvo...

CONSUELO.- (A ROSA.) ¿Va usted a echar aceite a la lámpara?

TÍA ROSA.- Sí, hija; ya sabes que soy santera desde tiempo inmemorial.

CONSUELO.- (Recorriendo la escena, ínterin ROSA abre la puerta de la ermita y figura que atiza la lámpara y recoge las panojas.) Pues, hasta ahora, por aquí no hay síntomas de derribo.

BRAULIA.- (Dirigiéndose al manantial, donde figura que llena la botella.) Voy a llenar esta botella; mañana ya mandaré por buena provisión de agua, que en cuanto quiten la ermita, adiós sus virtudes.



 

Escena II

BRAULIA, CONSUELO, TÍA ROSA y GUARDA.

 

CONSUELO.- (Al ver el guarda.) ¡El guarda de El Espinoso! ¿Qué traerá por aquí? (Alto.) Buenas tardes; ¿a dónde se va?

GUARDA.- (Mostrando un pliego en forma de oficio que trae en la mano.) Voy a llevar esto al cura párroco y como por aquí es atajo desde El Espinoso a Samiego...

BRAULIA.- ¿Y sabes lo que dice el pliego?

GUARDA.- Saberlo, no; pero, presumirlo, sí.

CONSUELO.- ¿Y qué presumes?

GUARDA.- Que es una comunicación para que mañana a primera hora vengan de la iglesia a recoger la imagen de esa capilla.

BRAULIA.- ¡Mañana!

GUARDA.- Sí, mañana; según parece, les urge derribarla y cercar el terreno; el cura ya debe tener las órdenes directas de Oviedo.

TÍA ROSA.- (Saliendo de la capilla.) ¿Qué pasa? ¿Qué pasa?

CONSUELO.- Nada; que esta tarde es la última que atiza usted esa lámpara.

TÍA ROSA.- (Persignándose.) ¡Jesús, María, José!

GUARDA.- Vaya, que no puedo detenerme; con Dios. (Se va por la izquierda.)

TÍA ROSA.- ¿Conque está decretado? ¡Ni siquiera nos dejan quieta a nuestra patrona!

BRAULIA.- ¿Y no ha de hacerse nada para defenderla, para demostrar siquiera nuestro sentimiento?

CONSUELO.- No tenga usted cuidado; Diego y los mozos están en ello.

TÍA ROSA.- Pero, y de la boda de Isabel, ¿en qué quedó?

CONSUELO.- Pues, en nada; mucho ruido y pocas nueces.

BRAULIA.- Isabel amansó a Pedro.

TÍA ROSA.- ¡Padrazo!

CONSUELO.- Lo que dice el Padre Juan: -«No es lo malo de los herejes el que lo sean, sino que nada queda sano a su alrededor.»-

BRAULIA.- Ya ves tú: un noble y un cristiano como Pedro, consentir en tal boda con un expósito endemoniado.

TÍA ROSA.- Pero al fin, ¿se quedó en que era expósito?

CONSUELO.- Poco menos; hijo adoptivo es una legitimidad a medias, y luego, adopción de viuda.

TÍA ROSA.- Pues hace quince días, cuando aquel tumulto de la romería, yo vi el negocio malo.

BRAULIA.- ¡Vaya! Gracias a que llegó el Padre Juan a predicar el sermón, que si no... ¡Dios sabe!

TÍA ROSA.- ¡Y qué sermón! ¿Oyeron ustedes bien aquello de... «¡Dios lo perdona todo menos la impiedad! Es más fácil entrar en el cielo con un delito que con una falta de fe!... » -¡Si aquello era un pico de oro!

CONSUELO.- Es un hombre que llega siempre al corazón.

BRAULIA.- Sabe ofrecernos el camino de la gloria como una seda.

TÍA ROSA.- ¡Me parece que le estoy viendo, con su figura tan venerable y tan seria!

CONSUELO.- ¡Es mucho fraile!

BRAULIA.- ¡Dios nos le conserve por muchos años!

TÍA ROSA.- ¡Amén!

CONSUELO.- Conque ¿se viene usted, Rosa?

TÍA ROSA.- Tengo que ir a la otra ermita.

CONSUELO.- (A BRAULIA.) Pues vamos nosotras... (Se van por la izquierda.)



 

Escena III

DIEGO, TÍA ROSA. DIEGO, durante los últimos diálogos de la escena anterior, aparece por lo alto de la montaña, llegando a escena en el momento de terminar ROSA su monólogo. Diego trae escopeta al hombro y cinto de cartuchos, con un cuchillo de monte.

     

TÍA ROSA.- (Delante de la ermita.) ¡Ay, Santa bendita de mis entrañas! ¡Dios haga un milagro en favor tuyo! ¡Ojalá queden muertos esos impíos, antes de que toquen una sola piedra de tu ermita!

DIEGO.- ¿Estamos de oración, Tía Rosa?

TÍA ROSA.- ¡Hola, hijo mío! ¿Vas de caza?

DIEGO.- Vengo de ella; hay una jabalina en las laderas colindantes con el maizal de Braulia, que está haciendo muchos destrozos, y me dijo Consuelo que a ver si la mataba.

TÍA ROSA.- Encargo de novia y... de algo más...

DIEGO.- ¡Tía Rosa!

TÍA ROSA.- ¡Vaya, tonto! ¿No ves que soy vecina de ella y atisbo?

DIEGO.- ¿Y aunque así sea?

TÍA ROSA.- Sí, sí, ¡a mí qué! ¡Pues claro! ¡Allá vosotros! Eso, después de todo, nada tiene de extraño... Ahora mismo se van de aquí...

DIEGO.- ¿Irán lejos?

TÍA ROSA.- Un poco detrás del guarda de El Espinoso, ¿no sabes? Lleva la orden al cura para que vengan a recoger a Santa Rita

DIEGO.- Sí, ya lo sé todo: vengo también del convento, de hablar con el Padre Juan; lo sabemos todo, menos el día en que se hará el derribo.

TÍA ROSA.- Pues por allá abajo va el guarda; ¡si pudieras averiguar!...

DIEGO.- Antes de dos horas sabremos lo que haya; tenemos muy bien organizada la vigilancia; voy a alcanzar a Consuelo, para darle noticias frescas.

TÍA ROSA.- Anda, hijo, y que Santa Rita te acompañe; ¡si hubiera en el mundo muchos como tú!...

DIEGO.- ¿Y usted, no viene?

TÍA ROSA.- Voy a la ermita de la Cruz, y está más cerca por la montaña; de paso echaré un vistazo al Padre Juan.

DIEGO.- Hasta luego. (Se va por donde BRAULIA y CONSUELO.)

TÍA ROSA.- (Comienza a subir por la vereda de la montaña, conforme va andando.) Por aquí está muy cerca el convento.



 

Escena IV

RAMÓN, ISABEL y DIONISIA.

     

RAMÓN.- (Sale por la derecha, a punto que ISABEL entra por la izquierda. Se dan las manos.) ¡Isabel, tú aquí!

ISABEL.- Iba a El Espinoso, tenemos que hablar.

RAMÓN.- ¿Con mi madre también?

ISABEL.- Contigo, sobre todo. (ISABEL se vuelve a DIONISIA, que llevará una toquilla al brazo.) Dionisia, espérame por ahí; te llamaré si te necesito.

DIONISIA.- Está bien. (Se retira al fondo de la escena; la actriz que haga este personaje cuidará de aparecer y desaparecer de la escena, con la naturalidad de una criada que espera a que la llame su ama; lo primero que hará es arrodillarse delante de la ermita y estar algunos segundos, como si rezara un rato.)

RAMÓN.- Pues habla.

ISABEL.- Ramón del alma; desiste de tus proyectos; huyamos de aquí.

RAMÓN.- Isabel, amada mía, tranquilízate, desecha esos temores que te alteran.

ISABEL.- ¡Ah! no son temores; es nuestra felicidad que se va hundiendo en abismos de dolor; mi padre ha dicho su última palabra.

RAMÓN.- Y bien.

ISABEL.- Transige con la boda, aunque sin presenciarla, ni dar su consentimiento legal, porque dice que, siquiera en la forma, quiere protestar; pero no nos rechazará después de casados; será nuestro cariñoso padre.

RAMÓN.- ¿Pues entonces?

ISABEL.- Impone dos condiciones únicas, mas imperdonables.

RAMÓN.- ¿Cuáles?

ISABEL.- Que nuestro casamiento sea religioso y que desistas de tus proyectos respecto a esta ermita; ¡los cree sacrílegos!

RAMÓN.- Condiciones imposibles de cumplir...

ISABEL.- ¡¡Ramón!!...

RAMÓN.- ¡Isabel, alma de mis amores! ¿No me conoces? ¿No has nutrido tu corazón y tu inteligencia, con las palpitaciones de mi inteligencia y de mi corazón?

ISABEL.- Sí, sí, ¡mi alma es toda tuya!

RAMÓN.- Pues entonces, ¿cómo imaginaste que aceptara esas condiciones?

ISABEL.- Pero, ¿y nuestra dicha? ¿Y nuestra paz?

RAMÓN.- Si me amas, estará donde ambos estemos.

ISABEL.- ¿Y mi padre? ¡Y su vejez amargada por mi rebeldía! ¿Cómo dejarle a él, tan bueno, y tan cariñoso para mí? ¿Cómo arrancar de mi frente el recuerdo de su triste vida? ¡Allí, en su palacio metido, llorando la ingratitud de su hija! ¿Puede haber paz donde hay remordimiento?

RAMÓN.- (Con gran amargura.) ¿Y cómo, Isabel mía, quieres que fundemos nuestra dicha sobre las ruinas de nuestra conciencia? ¿No ilumina nuestro amor un ideal generoso, lleno de redenciones y de libertad?

ISABEL.- Sí, Ramón; para fortalecerle con nuestro ejemplo, pensábamos unirnos.

RAMÓN.- ¿Pues cómo aceptar esas dos condiciones que son la primera señal de apostasía a tan alto ideal?

ISABEL.- ¡Ay de mí! ¡voy a volverme loca! (Se tapa la cara con las manos.)

RAMÓN.- (Con sumo cariño.) Reflexiona, Isabel, ten serenidad; piensa en calma; que supere tu razón a la pasión.

ISABEL.- ¡Pasión y razón! ¡Incompatibles términos del problema de la vida!... ¡Oh, yo lo que sé es que sufro mucho! Mis noches son horribles: cuando el insomnio se cansa de martirizarme, viene la pesadilla con sus garras de acero a clavarse en mi frente... (Relatando su sueño con algún extravío y vehemencia.) Te veo huir de mí empujado por un torbellino que arrastra en espirales sin fin; sátiros y brujas con trajes aldeanos; momias petrificadas envueltas en hábitos de fraile; esqueletos ardientes con el sambenito inquisitorial sobre sus huesos; leprosos repugnantes prendidos con albos cendales; ángeles hechiceros con las plantas llenas de fango; murciélagos con cetros de reyes y mitras de obispo; arpías con aureola de santas... Nube de vestiglos que te cercan con algarada ensordecedora, consiguiendo hacerte rodar en un abismo lleno de sombras

RAMÓN.- Delirios de la fiebre. ¡Tu mano arde! (Le toma la mano.) ¡Oh! ¡y no poder comunicarte la serenidad de mi espíritu! Pobre y desgraciada niña, ¿por qué no confías en mí?

ISABEL.- ¡Y mi padre!

RAMÓN.- ¿Pero imaginas que yo había de arrancarte de su lado? Casémonos por la ley y bajo su amparo; después, el tiempo hará lo demás.

ISABEL.- No; mi padre concede mucho para no exigir que le concedamos algo; no cederá; ¡lo conozco!

RAMÓN.- Calma, por Dios; ¿qué será de mí si llegan a conmoverme tus femeninos dolores? ¿No concibes mi desesperación? ¿crees, acaso, que porque las lágrimas no surcan mi rostro, no hierve un incendio de emociones bajo mi cráneo? ¡Oh, Isabel! ¡Los dolores del hombre son como las tormentas de los grandes mares: tardan mucho en llegar a las orillas!

ISABEL.- (Con arranque de pasión.) Ramón mío, perdóname. Sí, sí; debes sufrir aún más que yo; eres el árbitro de nuestro destino, ¡qué lucha habrá en ti! Por un lado toda la fe de tu existencia, todo el fin social de tu vida, por otro...

RAMÓN.- Tus lágrimas, tu corazón palpitante de amor y estrujado por mis propias manos.

ISABEL.- ¡Ah! Ramón, ánimo; no luches, no vaciles, no cedas... mi dicha, mis remordimientos, mi vida... toda yo, ¿qué soy ante la representación humana que llevas en tu frente? ¡Haz lo que debas! ¡Siempre me tendrás a tu lado!

RAMÓN.- ¡Así, así llevas a mi espíritu el rayo de luz de un mundo perfecto! ¡Quisiera Dios que mi madre comprendiera de tal modo la situación!

ISABEL.- Tu madre...

RAMÓN.- No razona sino con el sentimiento que se desborda en ella, anegándolo todo; dijérase que no es mi madre adoptiva, sino mi verdadera madre.

ISABEL.- (Con resolución.) Yo la convenceré.

RAMÓN.- Ímprobo trabajo.

ISABEL.- Vamos a El Espinoso.

RAMÓN.- Yo no puedo moverme de aquí; espero a Suárez, el arquitecto.

ISABEL.- (Mirando a todos lados.) ¡Ah!... yo iré; necesitas un muro de corazones fieles que te defiendan de ti mismo.

RAMÓN.- ¡Ángel de mi vida!

ISABEL.- Ramón, cuando contempla mi alma la grandeza de la tuya, me avergüenzo de mi dolor.

RAMÓN.- Eres el iris que ilumina mi voluntad con destellos de esperanza.

ISABEL.- Que mis lágrimas queden evaporadas ante tu corazón, como el rocío ante los rayos del sol.

RAMÓN.- (La abraza.) ¡Isabel!

ISABEL.- (Antes de salir.) Voy a ver a tu madre. ¡Adiós! (se va por la derecha, haciendo seña a DIONISIA, que la sigue.)



 

Escena V

RAMÓN, después SUÁREZ el arquitecto.

     

RAMÓN.- (Como vencido por el dolor, se sienta en el banco que habrá delante de la ermita.-Antes de sentarse, viendo por donde se fue ISABEL.) ¡Cómo corre! ¡Isabel del alma!. ¡Destino cruel! (Se sienta.) ¡Qué círculo de dolores se extiende en torno mío!... ¡El porvenir!... ¡La vida!... Los grandes ideales por la humanidad y por sus días futuros, ¿serán incompatibles con nuestra misión de mortales?... ¡Oh, duda horrible!... ¿Cuál es mi deber?... ¡Mi cerebro estalla! ¡Me hicieron dudar de mí!... ¡Impíos!... ¿Ellos o mis pasiones?... ¿Es que mi corazón comienza a dejarse llevar del egoísmo, o es que esos miserables tienen más razón que yo?... Entre ellos están mi madre, Isabel, Luis... todo lo que amo; ellos, tan buenos, quieren lo mismo. ¡Que diga creo, sin creer!... ¡Que respete, sin sentir el respeto!... ¡Que aumente el núcleo de la degeneración, llevando el átomo de mi degenerada personalidad!... (Se levanta vivamente.) ¡Oh, madre Naturaleza! ¡Préstame fuerzas! ¡Vive en mí, según te plugo hacerme!... Loco o héroe, que sea fiel hasta morir a la órbita que me trazaste.

SUÁREZ.- (Entrando por la izquierda.) ¡Señor Monforte!

RAMÓN.- Llámeme usted Noriega; ya sabe usted que no tengo otro apellido... ¿Ha mandado traer el andamiaje?

SUÁREZ.- Sí, señor. (Durante esta escena entran dos obreros con tablones de andamiaje, que van colocando apilados a alguna distancia de la ermita, en segundo término.)

RAMÓN.- Ermita y terrenos adyacentes, todo, es ya mío, mañana el cura párroco vendrá a incautarse de la imagen.

SUÁREZ.- ¿Y quiere usted que en seguida comience el derribo?

RAMÓN.- El primer piquetazo quiero que suene en cuanto saquen la imagen.

SUÁREZ.- Pues las herramientas aquí están, pero hay una dificultad. (DIEGO aparece en el fondo, y se oculta entre los peñascos oyendo esta escena, y marchándose por la izquierda detrás de SUÁREZ; que el público se entere de esta entrada y salida.)

RAMÓN.- ¿Cuál?

SUÁREZ.- No hay trabajadores que quieran encargarse del derribo; ya sabe usted qué fanatismo tienen por esa ermita, en donde creen que se apareció la santa.

RAMÓN.- Doble usted los jornales...

SUÁREZ.- Los he triplicado; para mí hay manos ocultas en el asunto.

RAMÓN.- ¿Y qué hizo usted?

SUÁREZ.- He mandado venir obreros de Gijón; allí son avanzados.

RAMÓN.- Pero tardarán en llegar lo menos tres días, ¡un siglo para mi impaciencia!

SUÁREZ.- No habrá otro remedio.

RAMÓN.- E ínterin, ese monumento en pie, probando nuestra impotencia y estimulando su impudicia.

SUÁREZ.- ¡Don Ramón!

RAMÓN.- ¿Cuánto tiempo calcula usted que se tardará en derribar eso?

SUÁREZ.- Con tres hombres, en un día. (Después de echar una ojeada a la ermita.)

RAMÓN.- ¿Usted está resuelto a complacerme en todo?

SUÁREZ.- Ideas y gratitud me unen a usted.

RAMÓN.- Pues bien; mañana, usted, don Luis y yo, derribaremos la ermita.

SUÁREZ.- ¡Nosotros mismos!

RAMÓN.- Es poco trabajo, con eso les probaremos que alma y cuerpo van acordes.

SUÁREZ.- Yo contaba con que tendríamos que defender a los trabajadores forasteros, porque todo el concejo está en efervescencia; pero siendo nosotros mismos, no respondo de lo que pase.

RAMÓN.- Nos defenderemos.

SUÁREZ.- Secundaré sus propósitos, pero hay otra dificultad.

RAMÓN.- Veamos.

SUÁREZ.- Para hacer el derribo mañana, habría que poner esta tarde dos escaleras y unos tablones para quitar la campana; poca cosa; tampoco hay quien los ponga.

RAMÓN.- También lo haremos nosotros. ¿Qué hora es?

SUÁREZ.- (Sacan a la vez los relojes.) Las cuatro.

RAMÓN.- Pronto anochecerá; cuando cierre la noche, venga usted y dejaremos puestas las escaleras.

SUÁREZ.- ¡Raro espectáculo! ¡Quiera Dios que no se convierta en tragedia!

RAMÓN.- Tendré calma, pero si se empeñan, habrá lucha; a veces, también morir es vencer.

SUÁREZ.- Convenido; hasta la noche.

RAMÓN.- Traiga usted hachas de viento...

SUÁREZ.- No hacen falta; basta con esa luz.

RAMÓN.- Con eso alumbrará su propia muerte. (Al arquitecto. El arquitecto se va por la izquierda.)



 

Escena VI

RAMÓN, ISABEL, doña MARÍA y LUIS, por la derecha.

     

ISABEL.- Ramón, hemos llorado juntas y aquí estamos, trayendo una solución.

MARÍA.- ¡Hijo mío! ¡No niegues a tu madre este supremo favor que va a pedirte!

LUIS.- La prudencia, Ramón, es compatible con todos los ideales; lo que te van a pedir es sólo prudencia.

RAMÓN.- A veces, la debilidad entra en el alma del brazo de la prudencia.

LUIS.- Ya verás; es de razón lo que piden.

RAMÓN.- Habla, madre.

MARÍA.- Desiste... temporalmente, nada más que temporalmente, de tus proyectos.

ISABEL.- Yo te esperaré, guardándote mi amor.

MARÍA.- Un año sólo.

ISABEL.- Mi cariño y mi inteligencia sabrán convencer ami padre...

MARÍA.- Nos ausentaremos por unos meses de la aldea, y, al volver, estarán calmadas las pasiones.

ISABEL.- Tus proyectos, todos ellos, podrán seguir ejecutándose...

ISABEL.- La transición será suave: primero se cierra la ermita, después se derriba.

LUIS.- Ínterin, acaso yo, de quien tanto te burlas, pueda hallar un medio para amansar a los frailes

MARÍA.- Sí; es posible que cambie el porvenir.

ISABEL.- Un año sólo; un año y seremos felices.

RAMÓN.- Madre, Isabel, Luis: creed en mí. Al año estaremos igual que ahora; las concesiones hechas a la ignorancia, al fanatismo y a la crueldad, lejos de matar sus fueros, los aviva.

LUIS.- ¡Siempre viéndolo todo desde el punto doctrinario!

MARÍA.- ¡Siempre sobre el nivel de nuestra vida!

RAMÓN.- Si el alma del hombre no tendiera a levantarse, ¿cómo hubiéramos pasado desde la edad de piedra a la moderna edad?

ISABEL.- Detenerse, no es renunciar al avance.

RAMÓN.- Toda parada, es, en la vida, un retroceso: yo no quiero ser de los últimos, ni de los de enmedio; quiero ser de los primeros...

LUIS.- Pero es que acaso vas a la muerte... y entonces...

RAMÓN.- ¿Averiguaste si el morir no es avanzar?

LUIS.- Si no te conociera, dijese que estás demente.

ISABEL.- ¡Oh, no! ¡Ramón es un héroe!

RAMÓN.- ¡Heroísmos y demencias!¡He ahí los polos de nuestra vida humana!

LUIS.- No veo la necesidad de acudir a los extremos...

RAMÓN.- No me pidas cuentas que yo no puedo darte: cuando el águila vuela, ¿qué sabe ella de sus plumas?

MARÍA.- ¡Hijo mío! Pero, ¿y nosotras, y nuestra dicha, y nuestra paz?

RAMÓN.- ¡Madre del alma! ¡Isabel!¡Si con toda mi sangre pudiera libraros del tormento que sufrís, mi propia mano abriría la herida para que gota a gota se vertiera!

MARÍA.- Y, sin embargo, no accedes a nuestro ruego.

RAMÓN.- Me pedís más que mi sangre, ¡mis ideas!... lo que no pueden las fuerzas humanas arrancar de nuestro ser.

ISABEL.- ¿De modo... ?

RAMÓN.- Que no puedo complaceros.

MARÍA.- ¿Esa ermita... ?

RAMÓN.- Será derribada.

ISABEL.- ¿Nuestra boda... ?

RAMÓN.- Si eres fiel a tus juramentos, se hará ante la ley.

LUIS.- ¿Mediante el depósito?

RAMÓN.- Y en este concejo.

LUIS.- ¡Y tú hablas de violencias ajenas!

RAMÓN.- Un muro de granito se derrumba con el hierro y con el fuego.

MARÍA.- ¡Dios mío!

RAMÓN.- Madre, regresa a El Espinoso: la noche se echa encima... (La luz baja, pero suavemente; no hace sino amenguar.) Luis te acompañará: yo, ínterin, acompañaré a Isabel hasta las primeras casas de Samiego.

MARÍA.- ¡Ah, cruel! ¿Conque todo es inútil?

RAMÓN.- ¡Madre, no tienes piedad de mí!

MARÍA.- ¡Dios la tenga de todos nosotros!

RAMÓN.- (Aparte a LUIS.) (En cuanto dejes a mi madre, vuelve aquí.)

LUIS.- (A RAMÓN, aparte.) (Bien.) (Alto.) Vamos, doña María.

MARÍA.- (Aparte a LUIS.) (¿Tendréis que abrir el pliego?)

LUIS.- (A doña MARÍA.) (Aún hay tiempo.)

MARÍA.- (Abraza a RAMÓN.) ¡Hijo!

RAMÓN.- Tranquilízate; no corro ningún peligro.

ISABEL.- (Sola) ¡Oh, mi corazón me dice que sí! (Aparte a LUIS.) ¿Qué le ha dicho Ramón?

LUIS.- (Aparte a ISABEL.) (Que vuelva a buscarle.)

RAMÓN.- Vamos, madre, regresa a casa.

ISABEL.- (Sola.) No los perderé de vista esta noche.

MARÍA.- ¡Que no tardes, hijo mío! (Se van LUIS y doña MARÍA por la derecha.)



 

Escena VII

RAMÓN e ISABEL.

     

RAMÓN.- Ahora nosotros; vamos, te dejaré a la vista de la aldea.

ISABEL.- (Con recelo.) Y tú, ¿qué harás después?

RAMÓN.- (Brevemente.) Volver a El Espinoso.

ISABEL.- (Con zozobra y temor.) ¿Y... cuándo... derribas eso...? (Señalando a la ermita.)

RAMÓN.- Pronto: ya tiene el encargo Suárez.

ISABEL.- ¿Y... esos andamios?

RAMÓN.- Preparativos.

ISABEL.- ¡Ramón... tú no sabes la agitación que hay allá abajo...!

RAMÓN.- (Con energía.) ¡Isabel!... ¡O a mi lado o enfrente de mí!

ISABEL.- Pero... ¿esos andamios?

RAMÓN.- Mañana empezará el trabajo.

ISABEL.- ¿No me engañas?

RAMÓN.- ¡Vamos a casa; lo mando!

ISABEL.- (Antes de salir del brazo de RAMÓN.) ¡Oh!... ¡Yo volveré a velar por ti! (Se van por la izquierda.)

 

 

Escena VIII

DIEGO, MANUEL y JUSTO entran por la izquierda, pero por sitio distinto del que dio la salida a RAMÓN e ISABEL.

     

DIEGO.- (Examinando los andamios a la vez que JUSTO y MANUEL. Lleva el cinto y el cuchillo.) Ya lo veis; he aquí los andamios.

MANUEL.- Se dice que no han encontrado trabajadores.

DIEGO.- Aunque procuran recatar bien sus planes, he lo grado saber algo que os horrorizará; Ramón, Luis y el arquitecto van a derribar ellos mismos la ermita.

JUSTO.- Los demonios hacen por su mano todas sus obras.

MANUEL.- ¡Qué sacrilegio!

JUSTO.- ¿Y lo consentirá Dios?

DIEGO.- No lo consentiremos nosotros; esta noche vienen a poner los andamios.

JUSTO.- ¡Todo lo sabes, Diego!

DIEGO.- ¡El odio es buen espía!

MANUEL.- ¿Y qué hacemos?

DIEGO.- Velar por estos alrededores, y si osan profanar     la, ¡a ellos!

JUSTO.- (Con horror.) ¡Sangre!

DIEGO.- ¿Quién habla de tal cosa? Con buenas estacas del monte... Se les sujeta primero y luego una paliza, que magulla y no mata.

MANUEL.- En mal negocio nos hemos metido.

JUSTO.- ¡Sí!

DIEGO.- ¡Qué tontos sois! Detrás de nosotros está doña Remigia, el Padre Juan, la aldea entera y... ¡no tengáis miedo!

JUSTO.- Pero ello es que le vendieron la ermita a Ramón.

DIEGO.- ¿Y qué sabes tú, si lo que quieren es que se desprestigie para siempre con sus excesos?

MANUEL.- ¡Ah! ¡Ya!

DIEGO.- ¿Qué sabes tú de las políticas del mundo?

JUSTO.- Entendido; nosotros somos la mano y sólo nos toca obedecer a la cabeza.

DIEGO.- ¡Justo!

MANUEL.- ¿Conque por esta noche?...

DIEGO.- ¡Andemos por aquí, y si lo que sospechamos es cierto, a defender a nuestra patrona!

JUSTO.- ¡Silencio! Se oyen pasos hacia El Espinoso.

DIEGO.- Ocultémonos. (Se ocultan los tres entre los matorrales del fondo.)



 

Escena IX

LUIS y RAMÓN.

     

LUIS.- (Entrando derecha.) ¡Qué tarde más hermosa!¡qué noche tan serena se prepara; la naturaleza entera parece que canta un himno de paz! ¡y aquí en este mísero rincón del mundo, tanta guerra! (se acentúa la obscuridad.) (Pausa. LUIS se sienta.)¿Qué demonios me querrá Ramón? ¡ese atleta a quien los modernos tiempos ofrecen pedestal de barro!... En fin, ¡cómo ha de ser! digamos lo que el árabe: está escrito. En cuanto a mí, le seguiré hasta el fin; Ramón es de los que atraen, de los que sugestionan... desde lejos me parece un loco, a su lado me contagio de sus locuras. (Se levanta.) Aquí viene. (RAMÓN entra por la izquierda.) ¿Qué querías, Ramón?

RAMÓN.- (Volviéndose hacia el sitio de donde viene.) ¡Oh! ¡qué trabajo me costó convencerla que siguiese a la aldea!

LUIS.- También me costó trabajo dejar a tu madre en El Espinoso.

RAMÓN.- Naturalezas de mujer, llenas de amor y faltas de raciocinio.

LUIS.- No tanto, Ramón; el amor suele a veces ser un buen guía del entendimiento. ¡Ah!, en el fondo, sus sentimientos son más humanos que tus ideas.

RAMÓN.- (Con violencia.) ¿Volvemos a las mismas?

LUIS.- Ya no vuelvo a decir una palabra, ¿qué querías?

RAMÓN.- (Se sienta.) Lo primero, quiero tranquilizarme; Isabel me conmovió, quería a todo trance pasar la noche a mi lado.

LUIS.- ¿Y por fin?

RAMÓN.- La convencí de su imprudencia... (Pausa.)

LUIS.- ¿Y nosotros, vamos a echar raíces en este sitio? (Anochece del todo.)

RAMÓN.- Nosotros vamos a trabajar.

LUIS.- ¿En qué?

RAMÓN.- En poner esos andamios alrededor de esta ermita... si es que no te niegas a ayudarme.

LUIS.- ¡Yo!, yo no me niego a nada de lo que me pidas; ¿qué hay que hacer?

RAMÓN.- Espero a Suárez, que vendrá bien entrada la noche.

LUIS.- Te advierto que hoy no traigo revólver.

RAMÓN.- ¡Bah!, no ha de hacer falta.

LUIS.- Bueno. Pues ínterin viene el arquitecto, podemos hacer algo. (DIEGO, MANUEL y JUSTO, escondidos entre los matorrales.)

DIEGO.- (A MANUEL en el fondo.) ¿Qué tal, eh? estaba yo bien informado. (Aparte.)

LUIS.- (Volviéndose hacia la ermita y entre serio y jocoso.) ¡Ah! ¡Santa Rita, abogada de imposibles! No desmientes tu abogacía al transformar en albañil a todo un doctor en leyes.

RAMÓN.- No te burles, Luis; el lance es serio.

LUIS.- Pues por eso me burlo; ¡bueno sería que para coro del peligro entonáramos el gori gori... Mira, tú, que como ingeniero eres casi casi el número uno de los albañiles, dime por dónde empiezo.

RAMÓN.- (Se dirige hacia los tablones y coge uno por una punta.) Coge ese tablón. (LUIS coge el tablón y entre los dos lo llevan al lado de la ermita.) ¡Ajajá!, aquí delante.

LUIS.- Mira cómo chisporrotea la luz (Señalando a la lámpara de la capilla.); parece que tiene miedo.

RAMÓN.- No anda lejos de su agonía.

LUIS.- ¡Ay, Ramón! Aquí se apagará, pero se encenderá en otra parte. Faltan muchos siglos para que brille sola ésta de nuestro cerebro. (Señalando a la frente.)

RAMÓN.- (Cogiendo otro tablón.) Vamos, coge ahí. (LUIS va a coger a otra punta del tablón, pero en el mismo momento salen del fondo DIEGO, MANUEL y JUSTO, y con su presencia rápida hacen retroceder a RAMÓN y LUIS delante de la ermita.)



 

Escena X

RAMÓN, LUIS, DIEGO, JUSTO, MANUEL. Luego ISABEL.

     

DIEGO.- (Entrando.) ¿A qué esperamos? ¡A ellos!

RAMÓN.- ¡Miserables!

LUIS.- (Empieza lo mejor.) (Alto.) ¡Canallas!

DIEGO.- Si volvéis a tocar esos muros (Señalando a la ermita.) os vamos a moler las costillas.

LUIS.- Si nosotros nos dejamos, ¿verdad? (Con sorna.)

RAMÓN.- ¡No quedará de ellos piedra sobre piedra!

JUSTO.- ¡A ellos! (Se abalanzan a LUIS, JUSTO y MANUEL, y tras lucha de medio segundo, lo sujetan, llevándoselo al fondo.)

LUIS.- (Mientras se defiende.) ¡¡Villanos!! ¡¡Asesinos!!

ISABEL.- (Entra en escena, y al ver a DIEGO luchando con RAMÓN, con un movimiento natural se arroja sobre el grupo. -Todo esto rápido y vivo.) ¡Ramón! ¡Ay! ¡Socorro!

MANUEL.- (A DIEGO.) Éste ya no se mueve. (Derriban a LUIS al suelo y lo atan.)

ISABEL.- ¡Diego! ¡Malvado, suelta!

RAMÓN.- (Pegándole una bofetada.) ¡Toma la segunda!

DIEGO.- (Desenvaina el cuchillo de monte, y le da una puñalada en la espalda a RAMÓN.) ¡Y tú la tercera!

RAMÓN.- (Tambaleándose.) ¡Ay! ¡Soy muerto!

DIEGO.- Yo doy tarde, pero firme. (JUSTO y MANUEL, al ver herido a RAMÓN, sueltan despavoridos a LUIS y se van por la izquierda. Antes de salir dicen:)

JUSTO.- ¡Sangre!

MANUEL.- ¡Huyamos! (Se van.)

ISABEL.- (Sosteniendo a RAMÓN, que ha caído junto al banco que hay entre la cascada y la ermita, al pie de la vereda de la montaña) ¡Socorro! ¡Al asesino!

DIEGO.- (Despavorido, con el cuchillo en la mano.) ¿Quién me salvará? ¡Ah, sí! ¡Corramos! (Se va corriendo por la vereda de la montaña. Sube corriendo.)



 

Escena XI

LUIS, RAMÓN e ISABEL.

     

LUIS.- (Que se ha levantado, desatándose por sí mismo con algunos esfuerzos, se acerca rápidamente a RAMÓN.) ¡Estás herido! ¿Dónde?

RAMÓN.- Aquí, en la espalda.

ISABEL.- Donde sólo pueden ellos herir.

LUIS.- ¡Ánimo, Ramón!

RAMÓN.- Isabel, Luis; es inútil. Me siento morir. Llevadme junto al manantial: que se mezcle mi sangre con su limpia corriente...

LUIS.- ¡Valor! ¡Voy a buscar socorros!

ISABEL.- Sí, sí. ¡Socorro! (Gritando.)

RAMÓN.- (A LUIS.) ¡No la dejes sola! ¡No hay remedio! ¡Que se empape la tierra con mi sangre! ¡El porvenir surge del ara del martirio!

MARÍA.- ¡Dios mío! ¡Luis, salvadle! ¡Ramón de mi alma! (Se abraza a él. LUIS le sostiene.)

RAMÓN.- (Con tono profético y jadeante.) ¡Tus lágrimas y mi sangre! ¡Dejad que corran juntas! ¡Ellas santificarán nuestros ideales! ¡Las víctimas obscuras preceden a las grandes transformaciones humanas! ¡Isabel mía! ¡Valor! ¡Te dejo al frente de la lucha. Mi fortuna entera, a cambio de mi sepulcro sobre esas ruinas... (Señala a la ermita.) ¿lo juras?...

ISABEL.- ¡Por mi alma lo juro!

RAMÓN.- Luchemos donde podamos... ¡Luis, mi madre!...

LUIS.- ¡Ramón, hermano mío! ¡Ten sosiego!

RAMÓN.- ¡Silencio! ¡El nuevo día... ya resplandece!... (Delirando.) Viene lleno de rumores. Es el himno de la libertad, que inunda las conciencias.

ISABEL.- ¡Socorro! ¡Luis, socorro!

RAMÓN.- ¡Silencio! ¡Dejadme seguirle! ¡Se hunde el odio! ¡Triunfa el amor! ¡La verdad comienza su reinado!... ¡El nuevo día!... ¡La nueva edad! ¡Paso... paso al alma! (Muere. -Pausa.)

LUIS.- ¡De rodillas! ¡Isabel, ha muerto un justo! (LUIS sostiene el cadáver de RAMÓN, y lo deja deslizarse desde el banco al suelo. El actor que haga de RAMÓN tiene que cuidar de quedarse en una posición cómoda, pues ha de estar un rato en escena: posición artística, a la vez, para que luego resulte conmovedor y sombrío el cuadro final.)

ISABEL.- (Con desesperación vehementísima abrazada a RAMÓN.) ¡Ramón... Ramón!, no... ¡no quiero!, mírame... oye... ¡habla!... responde... soy yo... Isabel... ¡la amada de tu alma!... espera... espera... no te vayas aún, que está muy lejos la muerte de mi juventud...

LUIS.- (Procurando apartar a ISABEL del lado de RAMÓN.) Isabel, valor; es menester ser digna de ese mártir.

ISABEL.- ¡Ramón de mi alma!... ¡oh, Dios mío! ¡Esto es horrible!

LUIS.- Venid; vamos; busquemos gente; es menester recoger ese cuerpo querido.

ISABEL.- (Con fiereza de calentura.) Dejarle aquí solo, ¡no! Id a buscar socorro; yo aquí espero. (Transición a la ternura.) Es la última noche de mi vida en que podré mirar alguna luz, la que haya en sus ojos antes de cerrárselos.

LUIS.- Sed digna de Ramón: hay algo más grande que velar su cadáver.

ISABEL.- Sí, ya lo sé, vengarle.

LUIS.- Pues, bien, venid.

ISABEL.- Ahora no; ¿sabéis si sus enemigos se contentarán con haberle asesinado? ¡En esa raza hay también chacales! ¡Ese cadáver es sagrado: es el de un mártir!

LUIS.- Isabel, ¡por Dios! ¡en esta soledad!...

ISABEL.- ¡Qué me queda en el mundo, sino la soledad!

LUIS.- Pues bien, hermana mía, iré; valor... (Hace ademán de marchar.)

ISABEL.- (Deteniéndole) Dadme un arma; para mi corazón han terminado las horas de ternura y comienzan las de crueldad.

LUIS.- (Busca en los bolsillos un arma) Un arma... no podré... (Da con el pliego que le entregó doña MARÍA en el segundo acto y al cual hizo referencia en la última escena anterior.) Aquí... ¿qué es esto?... ¡Desgraciada madre, qué dolor la espera!

ISABEL.- Esos papeles... ¿son de su madre? ¿qué dicen?

LUIS.- No lo sé, pero guardan el secreto del nacimiento de Ramón.

ISABEL.- Dádmelos.

LUIS.- Sí, tomadlos; doña María dejó a mi voluntad hacer uso de ellos. Ánimo, El Espinoso está cercano; dentro de poco, Ramón dormirá en su hogar el último sueño. (Se va, derecha.)



 

Escena XII

ISABEL, luego el PADRE JUAN.

    

 ISABEL.- ¡Oh! ¡Sola! (Se arrodilla ante el cadáver de RAMÓN y hace ademán de cerrarle los ojos.) Sin él... para siempre... No... ¡Dios mío! ¡Haz que me espere en la eternidad! ¿Y he de vivir aún?... Sí, tengo que cumplir mi juramento!... ¡Aquí, aquí será su sepulcro!... ¡Al lado de tu hogar! ¡Su hogar, estos papeles!... ¿Qué misterio ha encerrado su vida?... (Se acerca a la capilla, poniéndose al lado de la verja donde ilumina la lámpara y abre el pliego; la acción unida a la palabra.) Veamos... Un retrato... y aquí escrito. (Lee.) ¡Cielo santo! ¡Justicia divina, y aún habrá quien te niegue! ¡Ah, Ramón; Dios se pone de tu parte! (En este instante aparece por la senda de la montaña, destacándose la figura en el cielo, el PADRE JUAN, fraile franciscano; trae la capucha caída; el aspecto venerable.) (La combinación de la bajada del fraile con el monólogo de la actriz, ha de estar perfectamente ensayada si ha de hacer el efecto deseado.) ¿Qué sombra es aquella? ¡Providencia bendita! ¡El Padre Juan! ¡Aquí la víctima y el verdugo!... (En medio de la escena retándole.) ¡Oh! ¡Baja, sombrío fantasma de un mundo de tinieblas y dolores!... Ven a posarte como ave fatídica sobre los despojos de tu rencor. No serás salvo, ¡no! Pensaste ofrecer a Dios en rescate de tus culpas la muerte de un hereje, y Dios te contesta con el cadáver de ¡¡tu hijo!!... (Transición de la actriz, que vuelve hacia el espectador.) Pronto... ¡Estos papeles!... Así; prendidos con esta aguja. (Se quita una aguja de oro que llevará al pelo y atraviesa con ella todos los papeles y el retrato.) Donde los vea bien... ¡en su mano!... (se los pone a RAMÓN en la mano; posición que esté bien ensayada); Ramón; enséñale a tu padre las pruebas de tu nacimiento. ¡Ah! Pero esta sombra... Esa luz... (Señalando a la de la ermita.) Sí... Sí... ¡qué idea! (se dirige hacia la verja y después de algunos esfuerzos simulados, rompe los barrotes de madera que, como se sabe, están preparados al efecto.) ¡Maldita verja!... ¡Por fin!... (Coge la lámpara y la lleva, colocándola sobre el banco en donde apoya su cabeza RAMÓN.) ¡Ven, luz encendida por el error de las conciencias, luce junto a la verdad!... (Se pone junto a los bastidores de la derecha para decir las últimas palabras.) Ahora baja; ¡comience tu castigo!... Que mañana, cuando vuelvas a esos altares a predicar el odio, te grite la conciencia: ¡Parricida!... ¡Parricida!... (El fraile ha de pisar la escena al decir ISABEL las últimas palabras.) -Cae el telón rápidamente.



 

FIN DEL DRAMA

Esta escena y cuadro final han de ser rápidos, como la situación de los personajes requiere; el cuadro final tiene que cuidarse mucho de que resulte artístico, sin que por eso deje de ser sombrío. Se recomienda que la lámpara sea de gasolina o de algún otro combustible que no se apague y que ofrezca seguridad para su manejo.


 

 

Apuntes de estudio para los tres papeles más importantes del drama.

 

PAPEL DE ISABEL (26 AÑOS)

     Es el papel más importante de la obra, por pesar sobre ella la última escena del drama, en donde radica y está el peligro y de la cual depende, en parte, el éxito. Isabel es la personificación de la mujer del porvenir; de la mujer ideal, de la mujer que ha de surgir en la gran familia humana como producto acumulado de todas las herencias de nuestras heroicas antepasadas y de nuestras ilustradas presentes. Como tipo ideal, Isabel tiene que ser muy estudiada por la actriz, que ha de cuidar de librar al personaje de toda vulgaridad; en ella han de dominar dos pasiones, mejor dicho una pasión, y una convicción; la pasión hacia Ramón y la convicción en la inmortalidad; panteísta sin saberlo, ella ha de representar la razón emancipada de todo dogma, de toda doctrina; creyendo sólo en el gran Todo que forma la naturaleza tan magníficamente manifestada en los soberbios paisajes de la región asturiana; ha de representar una naturaleza selecta, espontánea, noblemente activa, con la altivez prestada por su raza y por la propia conciencia de su valer; junto con este lado heroico, digámoslo así, de su carácter, ha de mostrarse sencilla, dulce, casi niña en sus ademanes, en su voz, en su modo de ser, hasta la escena final del tercer acto: aquí la exacerbación del dolor ha de levantarla hasta un carácter trágico: cuide bien la actriz de no caer en el sentimentalismo en el final del drama; en aquellos momentos ha de pasar como sobre ascuas por el dolor agudo que le cause la muerte de Ramón, para llegar en seguida a personificar a la mujer de raza goda, cuya valiente energía se sobreponía a todos los dolores femeninos, ante la idea de vengar a los seres amados. Al decir la actriz las dos palabras ¡Parricida! ¡parricida! su voz ha de vibrar como la hoja de su puñal, de modo que el público sienta que con aquellas palabras el castigo del fraile se realiza; esta escena final del drama, mejor dicho, el monólogo de Isabel, que es la escena final, ha de estudiarla la actriz concienzudamente en todas sus palabras y signos; repito que de ella depende el éxito de la obra. Los ademanes, los modos de la actriz, a más de los intrínsecos al carácter que queda expresado, han de estar dentro de la educación más esmerada, pero sin sombra de afectación ni amaneramiento. Isabel ha de hacerse profundamente simpática al público que tiene que decir mujeres como ésa no las hay, pero así deberían ser todas. Trajes graciosos, modernos en el primero y tercer acto; de aldeana asturiana, según la descripción del segundo acto.


 

PAPEL DE RAMÓN (28 AÑOS)

     Ramón es el drama: es la figura sintética de la obra; como Isabel, es ideal, abstracto, de carne y hueso no hay ningún Ramón, pero lo habrá: lo dice la lógica del pasado, que descubierto ante las leyes de selección, muestra en un porvenir no remoto los hombres viriles sobre los hombres degenerados. Ramón es el héroe de todos los tipos, que lo será también en el porvenir para bien de nuestra patria y progresión de nuestra raza. Como ideal, al encarnarse en la escena, no ha de vulgarizarse: además de su representación como tipo ideal, tiene otra: es la nueva Iglesia (cuyo dogma será la razón ilustrada por la ciencia), luchando contra la vieja Iglesia, representada en el drama por el grupo de personajes cuya alma, cuya esencia, cuyo espíritu es el Padre Juan; de modo que Ramón como hombre ideal y como doctrina también ideal, ha de ser un personaje muy estudiado, muy cuidadosamente sobrepuesto a todo lo que sea rutinario; ha de tener un poco de soñador, otro poco de maníaco, otro poco de egoísta; y sobre todo, una personalísima fuerza de concentración hacia todo lo que constituye sus ideales, única pasión, único objetivo, una vitalidad psicológica de Ramón. Ramón ama a Isabel, pero en segundo término; como todos los redentores (o los que se creen serlo).Ramón no ama a nadie más que a su obra de redención; fíjese bien en esto el actor, porque en el tercer acto ha de sobresalir enérgicamente esta obsesión de Ramón hacia la realización de sus ideales. En el tercer acto es donde el actor ha de estudiar mucho; el segundo es de sentimiento, de acción; las energías de Ramón puestas en contacto con las bajas pasiones de sus contrarios, producen naturalmente las escenas del segundo acto; en el tercero es donde Ramón se levanta a su verdadero carácter y por eso en el tercero tiene que estudiar el actor todas las frases y palabras, sobre todo el monólogo, que es donde está condensado el carácter de Ramón, monólogo cuyo fin es lo que dice cuando muere. Modales, voz, acción general, entonada de modo que sobresalga como excepcional sobre todos los personajes que le rodean. Trajes elegantes, pero sin rigorismo en la moda; no se olvide que Ramón es millonario. El personaje ha de aparecer profundamente simpático, arrastrando al público hasta cuando se muestre más intransigente, que es en las escenas del tercer acto.

 

PAPEL DE LUIS (25 AÑOS)

     Carácter simpático, con la simpatía que despiertan los hombres del siglo, es decir, con una simpatía un tanto recelosa y prudente. Perfectamente ateo; completamente egoísta en teoría y absolutamente generoso y abnegado en los hechos; este personaje ha de mostrarse como un tipo, como una concreción de nuestra época, descreída, materialista, sensual, epicúrea, y al mismo tiempo magníficamente humana, racional, filantrópica y abnegada; al exterior y aún en el fondo llena de un petrificante egoísmo, y en los actos y en los fines henchida de un sublime amor al género humano, hasta en los últimos límites de su porvenir. Luis es el alma, el espíritu, la esencia de nuestra sociedad, que hace un bien, lanzando un epigrama y realiza un beneficio envuelto en una sátira. Sus palabras han de ser siempre intencionalmente dichas; sus modales naturales, impregnados de una cierta afectación de escepticismo, hastío e indiferencia, propia de los hombres que creen vivir sólo por la razón; ha de resultar un buen muchacho, aun a través de su epicureismo, de su culta sátira, y de su desprecio hacia la humanidad. Voz vibrante, incisiva, pero no dañina; voz imperativa del que tiene la seguridad de no tener corazón, pero del que en realidad le tiene; ademanes del más perfecto caballero moderno. Traje moderno de completa elegancia. En la escena final del drama, sin descomponerse, debe, sin embargo, marcar el personaje el dolor real que le embarga; los personajes Luis e Isabel, son en realidad, los árbitros del éxito del drama, pues en la escena final que ellos hacen, es donde existe el peligro para la obra.

 


[1] Este personaje no habla, pero su figura ha de tener carácter.

[2] Fui detenida en el Barco de Valedoras en viaje anterior a este que aquí se expresa, por orden gubernamental, sin más razón que lo extraño de mi modo de viajar: iba a caballo.

[3] Todo lo señalado en la obra con asterisco * queda suprimido en la representación.

[4] Es la escena tesis del drama; cuiden los actores de ensayarla con cariño.

 

Rosario de Acuña y Villanueva.

Una heterodoxa en la España del Concordato

Rosario de Acuña y Villanueva. Comentarios

Algunas notas acerca de la vida de esta ilustre librepensadora