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Zaragoza: una nueva vida

 

Recibida entre vítores y aplausos

En los últimos días de junio de 1876, tras regresar a Madrid después de su viaje por Andalucía, Rafael y Rosario parten hacia Zaragoza, ciudad a la que ha sido destinado el teniente. En la capital maña la pareja podrá lucir sus mejores galas: al joven militar le ha sido autorizado el uso de la Medalla Conmemorativa de la Guerra Civil; la escritora sigue viviendo un momento dulce: Rienzi continúa cosechando aplausos allí donde se presenta; Ecos del alma, su primera colección de poesías, recibe críticas favorables... Sus nuevos convecinos la aclaman:

Según vemos en los periódicos de Zaragoza, el sábado se ha puesto en escena por primera vez en dicha ciudad el drama Rienzi el tribuno, de Rosario de Acuña, habiendo alcanzado un brillante éxito y siendo llamada a la escena diversas veces por el numeroso y escogido público que llenaba todas las localidades, y que le ha demostrado con nutridos y espontáneos aplausos, así como con flores, palomas y coronas, el aprecio que hace a esta obra, que ha conquistado a su autora un envidiable puesto entre nuestros poetas dramáticos.

 

La inexplicable utilización de un seudónimo

Vista la buena acogida que le dispensa el público zaragozano, resulta bastante extraño que la aclamada autora de Rienzi decidiera ocultarse tras el nombre de Remigio Andrés Delafon para presentar ante los zaragozanos Amor a la patria, su segunda obra dramática. La prensa local parece dispuesta a mantener la autoría de la obra en el más absoluto anonimato a juzgar por el suelto que el día del estreno publica  El Diario de Zaragoza: «… cuyo conocido autor lo dedica a los nobles descendientes de los inmortales zaragozanos de 1808». Si bien es verdad que, como ha puesto de manifiesto María del Carmen Simón Palmer, el hecho de que las escritoras ocultaran de una manera o de otra su personalidad no fue inhabitual en el pasado, el que Rosario de Acuña lo hiciera sólo en esta ocasión, cuando ni la obra ni su persona podían provocar polémica alguna, resulta muy extraño. Mucho más si tenemos en cuenta que la ocultación se mantiene durante poco tiempo, pues unos meses después la obra aparece publicada la obra con su nombre. ¿Cuál fue la razón? ¿Fue quizás por temor a defraudar las expectativas que había despertado tras el clamoroso éxito de Rienzi? Pudiera ser, aunque tampoco deberíamos desechar que algo hubiera tenido que ver su nuevo estatus de mujer casada, de esposa de un militar.

 

Escritora de éxito y «señora de Laiglesia»

Si la utilización de seudónimo quedó limitada al estreno de Amor a la patria, la sustitución del apellido de su madre por el de su marido se mantuvo durante mucho más tiempo: a partir del día de su boda fue conocida como Rosario de Acuña de Laiglesia, nombre que utilizó con cierta frecuencia para firmar sus obras, pues la esposa del teniente Laiglesia no renunció a su actividad literaria. Además de la presentación de Rienzi el tribuno y del estreno de Amor a la patria a los que me he referido, en Zaragoza escribe poesías (El canto del poeta, publicado en La Moda Elegante; los sonetos Europa, Casualidad, Al siglo XIX, La fraternidad, publicados en Revista Contemporánea o A Tamberlick, que aparece en Crónica de la Música; y otros poemas más extensos como A la luz de la luna o Morirse a tiempo cuya primera edición tiene lugar en la capital aragonesa en 1879) y artículos (Pipaon, un singular gallo zaragozano que lleva el nombre de un conocido personaje galdosiano ; El camino de Torrero,  el que conduce al cementerio y donde el cortejo fúnebre, todo mesura en su recorrido urbano, se convierte en descompuesta carrera para abandonar prontamente la llorada carga que transportan;  o Rafael Ducassi, un maño de corta edad que apunta cierto virtuosismo musical).

 

Tres años que cambiaron su vida

Fueron tres años –tres años y medio para ser exactos, desde finales de junio de 1876 hasta los primeros días de enero de 1880– los que el matrimonio vivió en Zaragoza, y todo parece indicar que en ese tiempo surgieron serias desavenencias en la pareja que provocaron el precipitado retorno a Madrid y, tiempo después, la ruptura de su matrimonio. Sin salir del ámbito de las conjeturas, podríamos aventurar que, al igual que sucediera en otros casos conocidos, la decisión de Rosario de mantener su actividad literaria pudiera haber chocado con los planteamientos vitales de su marido quien, recordemos, contaba con veintidós años de edad (tres menos que su mujer) y había crecido al cuidado de sus hermanas tras el fallecimiento de su madre en 1862 cuando él contaba con ocho años de edad. El joven militar tuvo que acostumbrarse a los viajes que con cierta frecuencia realizaba la señora de Laiglesia, bien fuera por motivos familiares o literarios: además de desplazarse a Madrid a finales de agosto de 1878 para asistir al entierro de su abuela materna, sabemos que en abril de 1877 estuvo una temporada en Valladolid al objeto de dirigir los ensayos de Rienzi el tribuno, previos a su presentación en un teatro de la ciudad, que en diciembre de ese mismo año reúne en su casa madrileña a un grupo de literatos para presentarles Amor a la patria, o que en ocasiones se la ve en algún estreno que tiene lugar en la capital.

Mayor consistencia parece tener la hipótesis de que la ruptura se habría producido por la infidelidad del marido. Al menos ése es el testimonio aportado a finales de los años sesenta del pasado siglo por Aquilina Rodríguez Arbesú quien, al parecer, así lo escuchó de la propia interesada. Hacia la misma dirección parecen encaminarnos las siguientes palabras publicadas por Rosario de Acuña en Avicultura femenina: «Impuse al matrimonio la condición expresa de vivir en los campos, pues nada me importaba que el hombre corriese al placer ciudadano, si era respetado mi aislamiento campestre…»

 


En relación con su estancia en Zaragoza se recomienda la lectura de los siguientes comentarios:


114. Ostracismo zaragozano

Vista de la iglesia de la Virgen del Pilar tomada desde el Ebro (La Ilustración Española y Americana, 15-10-1880) Poco después de su boda, Rosario de Acuña se traslada a Zaragoza, ciudad a la cual es destinado su marido. Aquel traslado debió de suponer un cambio muy brusco en su vida: sabe que se halla al comienzo de un largo camino que la puede llevar al olimpo literario; sabe también de las dificultades que le aguardan, y la lejanía de la corte...

 

108. Cervantes: ¡¡Yo te saludo!!

Retrato de Cervantes incluido en El Quijote de los niños, 1861 Extraño resulta que una admiradora confesa de don Miguel de Cervantes no hubiera dado a la imprenta detalle alguno de tal sentimiento. Ni siquiera en aquel tiempo en el cual –joven escritora; poeta, que no poetisa– prodigaba laureles de admiración a los integrantes ...


 

 



 

Rosario de Acuña y Villanueva.

Una heterodoxa en la España del Concordato

 

 

 

Rosario de Acuña. Comentarios

Algunas notas acerca de la vida de esta ilustre librepensadora

 


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