imagen de la cabecera


 

 

Conociendo las tierras de España

 

 

Nació en Madrid, murió en Asturias, vivió en Zaragoza, vivió en Cantabria, vivió en Gijón... y viajó, viajó mucho, a lo largo y ancho de su querida España:

...desde el mismo cabo Higuer hasta La Coruña, toda la costa cántabra recorrida, y, en Santander, todos los valles de sus ríos, todos. El Portillo de la Sia, desde cuyo boquete se domina, por un lado, toda la Montaña, cerrada en lontananza por el inmenso telón del mar, y, por el otro lado, todo León y Castilla enmarcadas en las lejanías por el Guadarrama, cuyas crestas semejan fantásticas nubecillas azules, prendidas entre brumas de nácares rosados… Los montes de Reinosa, con el escalamiento de sus picos […] ¡Ah! qué bien conozco la tierra española!; pues de igual modo que esta región me sé Sierra Morena y Guadarrama.

[...]

¿Sabré lo que es mi patria? ¿La habré estudiado y entendido, durmiendo en sus mesones, en sus casas rurales de aldeas, míseras o en sus fondas de tono de sus villas? (Toro, Tordesillas, Infiesto, Pas, Lerma, etc.) ¿Conoceré bien a mis compatriotas de todas clases y cataduras, desde los originales pastores pasiegos, en cuyas cabañas trasnoché muchas veces, estudiándolos atentamente como a fuegueses (habitantes de la tierra del Fuego) o como a los primitivos de Reclús...

 

En compañía de su padre

Como ella misma ha dejado escrito, cuando ni los grandes oculistas del momento ni los remedios farmacológicos por ellos recetados conseguían mitigar los dolores, llegaban casi al tiempo las prescripciones de sus abuelos; el uno desde Londres, Viena o cualquier otro lugar en que se encontrare: « ¡Esa niña al campo!»; el otro, desde sus campos jienenses: «¡Venga esa niña al campo!». Y al campo se iba la niña acompañada de su joven padre, «…en el tren andaluz hacia las posesiones de mi abuelo en pos de las valles floridos, en pos de las selváticas cumbres de la sin par Sierra Morena». Allí podía observar detenidamente y con asombro el animado transcurrir  de la vida en las umbrías de Madrona, los llanos de Navalahiguera,  las cumbres del Tamaral o las mesetas de la Solana, pues aquella niña cegata veía curar sus ojos con el solo roce de  los vientos serranos. Cuántas cosas pudo aprender del comportamiento de los animales, de las plantas o de los hombres, con solo mirar con curiosidad y atención de sagaz exploradora, cualidad probablemente heredada de aquel abuelo naturalista, doctor y viajero. Muchos fueron los momentos de su niñez y juventud pasados en las posesiones de su familia paterna: cualquier ocasión era buena para trocar las penalidades oculares madrileñas por el terapéutico disfrute y la provechosa lección que casi siempre proporcionaba la campiña andaluza. Con todo, no fueron esas tierras las únicas que enseñaron a Rosario las lecciones básicas del funcionamiento de la Naturaleza, pues los beneficios terapéuticos de las aguas yodadas del mar llevaron también, en alguna que otra ocasión, a que  padre e  hija emprendieran viaje hacia las proximidades del Cantábrico. Sabemos de sus estancias en la villa de Gijón (véase «Un recuerdo de mis quince años») donde, quizás por primera vez, sus ojos, calmados por la brisa marina, se posaran extasiados ante la inmensidad del océano. Allí, ante aquel mar, presto a perder la calma con prontitud, aprendería otras lecciones sobre otras gentes, otras aves, otras plantas, que no habría visto en las tierras del sur. También conoció la otra imagen, la más calmada, aquella que ofrece el mar cuando baña las costas alicantinas, pues sabemos que cuando contaba apenas con doce años realizó una expedición por tierras alicantinas e ilicitanas.

 

Los viajes con su marido

Aunque su matrimonio no duró mucho tiempo, sabemos que Rosario realizó algunos viajes en compañía de su marido. Dejando a un lado los obligados por el traslado de su residencia a Zaragoza,  del primero del que tenemos noticia fue del realizado por tierras andaluzas pocos días después de su boda.

Seis años más tarde, en el otoño de 1881, Rafael obtiene una licencia para realizar un viaje por diversos lugares de España y Francia al cual, probablemente, le acompañaría Rosario, pues por estas fechas escribe el artículo que lleva por título «De Pau a Panticosa»,  que está firmado en la población francesa.

 

A lomos de un caballo 

La convivencia matrimonial se puede dar por concluida en la primavera de 1884: en abril Rafael traslada su residencia a Badajoz, Rosario se queda en Pinto. Que sepamos, ya no volverán a estar juntos. Nuestra protagonista reside en su Villa Nueva, en compañía de sus criados (un matrimonio y su hija). Aquel mismo año iniciará sus excursiones a caballo por las tierras de España:

Con un escaso equipaje a la grupa y un viejo y fiel criado, obediente y respetuoso –sin lo cual no concibo tener criados–, de acompañante, y más tarde con un amigo abnegado y también respetuoso, salía de Madrid a caballo a primeros de mayo y volvía a Madrid a fin de noviembre. Entonces vivía en mi finca campestre de Pinto. En jornadas de seis a ocho leguas, todos los años recorría una parte de España; así lo hice durante once años.

Aunque, lamentablemente, no tenemos noticias del manuscrito  Asturias y Galicia: diez meses de viajes a caballo y a pie por las provincias de Oviedo, Lugo, Coruña, Pontevedra y Orense, sí que se han conservado varios escritos suyos en los que nos da cuenta de alguna de las peripecias que le ocurrieron en el transcurso de sus viajes. Veamos algunos de ellos:

 

Recuerdos de una excursión

Mi Viejo de entonces tenía una cabeza inteligentísima y una arrogancia de formas encantadora; sobre él di la vuelta entera al litoral cantábrico, saliendo de Madrid y regresando a Madrid desde Vigo, sin que diera un mal paso, ni me hiciese una mala jugada; y sólo en una ocasión, cerca de Ribadesella, fue su ijar rasgado por mi espuela y azotado a la vez su lomo con mi látigo, y es bien cierto que, a pesar de que traíamos seis leguas de jornada, partió a un galope furioso, llevándome, y llevando en el arzón a su perro Tom, que era un animal corpulento, de cerca de un metro de altura.

 

La servidumbre

Viajaba yo por las estepas centrales, lindantes con Extremadura; era el mes de noviembre, y llevaba prisa de llegar a Madrid del que me separaban aún más de 80 leguas; hice alto en una ciudad castellana y visto, a la ligera, lo que en ella había de notable, y descansados ya los caballos me disponía a salir muy de mañana de la posada extramuros donde había parado...

 

Dedicatoria, en El padre Juan

 Padre mío: Llegó el momento en que, vencida la imponente ascensión, mis arterias golpeaban con ciento veinte pulsaciones por minuto. A nuestras plantas se extendía un océano de montañas, cuyas crestas, como olas petrificadas, se levantaban en escalas monstruosas a 1.000 y 1.500 metros sobre el nivel del mar. Al sur, las dilatadas estepas de Castilla, con sus desolados horizontes de desierto, iban perdiéndose en límites de sesenta leguas, entre un cielo caliginoso, henchido de limbos de oro y destellos de incendio. Al norte, un inmenso telón límpido, azul, como tapiz compacto tejido con amontonados zafiros, se destacaba, lleno de magnificencias, intentando con la grandeza de su extensión subir hasta las alturas: era el mar. A mi lado había un ser valeroso, cuya respetuosa amistad, llena de abnegaciones y de fidelidades, había querido compartir conmigo los peligros y vicisitudes de cinco meses de expedición a caballo y a pie por lo más abrupto del Pirineo Cantábrico. Estábamos sobre la misma cumbre, en el remate mismo de la crestería de piedra con que se yergue, como atleta no vencido, El Evangelista, uno de los colosos de la cordillera Las Peñas de Europa, coloso que levanta sus pedrizas enormes, sus abismos inmedibles, sus ventisqueros henchidos de cientos de toneladas de nieve a 2.600 metros sobre el nivel del mar.

 

 

Si no queda más remedio...

Ya mayor, arruinada por los dos años de exilio pasados en Portugal, con el único sustento que le deparaba su pensión de viudedad, sin caballos andaluces, no tuvo más remedio que echar pie a tierra y caminar, caminar, caminar… Leamos en este fragmento de una carta fechada en enero de 1917 y dirigida a Anselmo López el relato del viaje que realizó desde Gijón a la zona de los Oscos, en el suroeste de Asturias:

 

Mi última expedición fue salir de aquí a pie y, por la costa, contorneándola, llegar a Ribadeo; subir a Villaodrid, trasmontar la sierra Bobia y entrar en los Oscos… ¡Qué Oscos! ¡Qué riqueza de tierra! ¡Hace un siglo se fundía el hierro de sus minas con leña de roble; es decir, había bosques tan seculares y espléndidos como pueden ser los de los trópicos; hoy casi todos los Oscos son un desierto; pero sus brezales soberbios, sus aliagas gigantescas, sus praderías de verde esmeralda, están diciéndoles a los hombres: ¿Qué hacéis, que no utilizáis los tesoros de mi fecundidad? Si los Oscos se cultivasen intensamente, si se replantasen sus bosques, antes de veinte años toda aquella región sería un río de oro…

Por las sierras de Salime, bajando y subiendo aquellas agrias cuestas, donde medí un castaño que tenía once metros de circunferencia a la mitad de su tronco, ascendí la sierra de Rañadoiro, el fantástico cordal que permitía, sin vadear su río, llevar el oro de sus minas por la cumbre hasta los puertos de Navia y Luarca, labor que hicieron, primero los romanos, después, los árabes: ¡Bien se conoce en las escondidas aldeas de la región la influencia legendaria de aquellos pueblos!, por todas partes se habla de ninfas, odaliscas, dueñas de un poder soberano, repartidoras de tesoros escondidos en grutas, en bosques; por todas partes se habla del encantamiento de pepitas de oro, convertidas en polvo por no obedecer o por no amar o por no ser valientes y abnegados.

Sierra de Rañadoiro, río de oro, vega de oiro, cuesta de oiro ¿qué riquezas inexploradas guardan aquellas montañas abruptas, dislocadas por derrumbamientos ciclópeos? Aquellos regatos de agua cristalina que serpentean por cañadas inverosímiles de escabrosas, ¿de dónde arrancan sus arenas de oro que esmaltan el lecho del Sil como constelaciones descubridoras de los tesoros que encierran los cordales del macizo de Consagrada, del nudo montañoso, abruptísimo, que forma por un lado los Oscos y por el otro lado El Bierzo?

Por Grandas de Salime salí a Tineo, atravesando el puerto del Palo, y luego, por la Espina, a Salas, Grado y aquí; unos cuantos puñados de leguas (las tengo consignadas en mis apuntes de viaje, que no tengo a la vista).

 

Con los actuales trazados, el itinerario seguido supone una distancia total de alrededor de cuatrocientos kilómetros, lo cual no está nada mal para una mujer que cuenta por entonces con sesenta y tantos años de edad.

 

 


Nota. En relación con este tema se recomienda la lectura del siguiente comentario:

 

130. De un viaje a caballo por Léon, Asturias y Galicia

Mapa en el que señala el itinerario del viaje que realizó Rosario de Acuña en el verano de 1887Convertida en librepensadora y masona, su nombre no dejaba a nadie indiferente. En el verano de 1887 realizó un viaje para estudiar la vida de la gente del Norte, en el transcurso del cual pudo comprobar las reacciones que provocaba...

 

 



 

Rosario de Acuña y Villanueva.

Una heterodoxa en la España del Concordato

 

 

 

Rosario de Acuña. Comentarios

Algunas notas acerca de la vida de esta ilustre librepensadora

 


© Macrino Fernández Riera – Todos los derechos reservados – Se permite la reproducción total o parcial de los textos siempre que se cite la procedencia