Rosario de Acuña y Villanueva

Madrid, 1850- Gijón, 1923

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Un recuerdo de mis quince años

 

Por aquel tiempo, hace muchos años el ferrocarril de Madrid a Gijón llegaba sólo a Villamanín; allí se tomaban coches que bajaban hasta Puente Fierros, donde se volvía a tomar el tren. Viajábamos en el correo mi padre y yo, que veníamos a pasar un mes a Gijón, donde le aguardaban sus buenos amigos la familia Benigno Gil, Pérez Valdés y otros; mi madre no había querido salir de Madrid aquel verano, y esperaba nuestro regreso en septiembre para irnos juntos a París. Íbamos los dos solos, y mi alegría sin límites por viajar con mi padre, a quien adoraba, se velaba, en parte, por algunas noticias que durante el camino se habían recogido referentes a la aparición de la partida carlista dirigida por... (aquí un nombre que mi memoria no recuerda; lectores de esto habrá en Asturias que podrán llenar el hueco, pues, era por entonces muy famosa la partida, y muy conocido su jefe).

–Papá ¿veremos a los carlistas?, decía yo, entre curiosa y temerosa, a mi padre, en cuyo noble rostro se veía honda preocupación.

–No sé, hija, no sé; el conductor del tren me aseguró que están en Busdongo esperando este correo... ¿no tienes otro velillo de sombrero más espeso que ese que llevas? Póntelo doblado, tapa lo posible tu cara.

(Entonces mi cara valía la pena mirarla, y mis cabellos, del color del capullo de la seda, y tan sedosos como ella, caían en bucles gruesos casi hasta la cintura.)

–Súbete el cuello del cubre polvo -seguía mi padre-; tápate lo posible, hija mía.

–Pero papá ¿los carlistas son fieras?

–Casi, casi, hija mía; temo por ti; qué tontería no habernos enterado antes que andaban por estos sitios.

En este o parecido diálogo, íbamos ascendiendo en el tren desde León a Villamanín.

Yo, en cuya familia materna había habido un miembro de la Guardia Real, que en la primera Guerra Civil se había sublevado por don Carlos (El V in partibus) marchándose a las provincias vascas, a ser comandante de una hueste, me acordaba de mi tío, Miguel Elíces (el carlista) vivo aún, y el cual, ya viejo, era tan cariñoso, tan noble y tan bueno para todos nosotros, y le decía a mi padre:

–Pero, papá, tío Miguel es muy bueno.

–Hija, tío Miguel es bueno a pesar de ser carlista, pero las excepciones no hacen la regla y, además, si como pariente nuestro es muy bueno, como carlista no quisiera encontrármelo en el campo...

Una gritería ensordecedora y varios estampidos como de cañonazos interrumpió nuestro diálogo y una parada en seco, brutal, hasta el punto de hacernos caer de bruces, me arrojó en brazos de mi padre al que me abracé, no sé si para guarecerme en él o para guarecerlo yo, pues el cariño que le tenía era tan hondo que hubiera sabido morir por defenderlo.

–Serenidad, hija mía, ponte detrás de mí; estamos entre los carlistas.

–Estoy serena, papá, no dudes que sabré ser Acuña.

Frase esta que desde pequeñuela, me había enseñado a valorar mi abuelo y que tenía el don –sobre mí– de inspirarme una energía y un estoicismo imponderables. Me bajé el velo del sombrero; alcé el cuello del cubre polvo; cogí la maletilla de mano y saqué de ella un pequeño revólver que metí, cogido, en el bolsillo y me asomé por detrás de mi padre a la ventanilla. El tren, próximo un kilómetro de Villamanín, había parado por descarrilar la máquina al pisar unos raíles levantados, aunque aparentemente puestos en su sitio. A todo lo largo del tren, por ambos lados, una partida de hombres se alineaban y algunos jinetes, en caballos y mulas, trotaban a lo largo de la hueste.

–¡Quietos todos los viajeros! –decían– bajo pena de la vida que no salga nadie del tren hasta que nosotros lo ordenemos.

Aquellos hombres eran una partida carlista; todos podía ser, fotografiándolos en la actualidad, confundidos con los forajidos mejicanos de Villa por sus caras de criminales, de brutos o de idiotas; sus vestiduras eran casi harapos y sus armamentos eran escopetas, trabucos y pistolas enormes, dirigidos todos hacia las ventanillas del tren; los cinco o seis jefes, a caballo que los mandaban, apenas se distinguían de los demás en sendos galones dorados en las bocamangas de chaquetas o zamarras; muchos llevaban sobre el pecho un escapulario con la leyenda de Detente bala. Fueron bajando del tren a los empleados y maniatándoles y, después, hicieron bajar, vagón por vagón, a todos los viajeros: llegaron a nosotros; hacían esta requisa un jefe a caballo y tres peones.

–A ver los papeles –le dijeron a mi padre.

Sacó éste su cartera, la abrió y les dio su cédula; al sacarla, vieron ellos unos cuantos billetes de banco y con el movimiento más natural del mundo se apoderaron de ellos mientras el jefe leía la cédula.

–Un alto empleado del Estado –dijo– ¡Eh! No era mala presa, repitió volviéndose a los suyos.

–Voy con mi hija, enferma, a los baños; es esta niña que está detrás de mí.

Con un empujón en el hombro apartaron a mi padre de mi lado; en aquel momento, al verlo maltratado por aquellos miserables, mi manita apretó la llave del revólver y, en un tris estuvo que no lo disparara a boca de jarro sobre el pecho de aquél jefe con lo que, excuso decir, qué hubiera sido de nosotros... mas, no fue así porque, en aquel mismo instante, otro jefe de más graduación se acercó diciendo:

–Despachad pronto; los fondos están en el vagón de cola; los cuatro militares se nos han largado y a estas gentes (por los viajeros) dejadlas en paz.

El grupo pasó de largo y nosotros todos seguimos inmóviles esperando las órdenes de aquellos caballeros del orden y de la libertad que nos amenazaban con sus trabucos...

Mi padre, con 1.000 pesetas menos, pero muy gozoso de verme fuera de peligro, se volvió a mí diciendo:

–Ánimo, nenita, que pronto nos soltarán.

Volvieron al frente de nosotros y en alta voz nos dijeron:

–Pueden irse hasta Busdongo, si quieren, y hospedarse allí para salir mañana en carros, caballos, o a pie hacia Asturias; pero, cuidado con pasar el puerto antes de las diez de la mañana de mañana; entiéndanlo bien, porque si alguno no cumple esta condición, será fusilado. En cuanto a esperar tren alguno, no lo esperen, porque en muchos días no lo habrá (como así fue). Quedan libres.

Y, después de decir esto, tocaron una corneta, y la fila de salvadores de España se esparció.

Mi padre me cogió de la mano, y trepando por los riscos nos separamos del tren, y en una casuca que encontramos antes de llegar a Busdongo, pedimos que nos dieran albergue; pagando espléndidamente (mi padre llevaba en bolsillos ocultos más dinero que el robado por los carlistas) al matrimonio que vivía en la casa, nos buscaron leche, un pollo, huevos y queso y unas sacas del heno seco y perfumado de los puertos, para dormir sobre ellas; cenamos y nos echamos a esperar el día; así que amaneció, se fue mi padre a Busdongo y, a peso de oro, alquiló un carrito con un borriquín y volvió a la casilla donde yo esperaba, quietecita junto al hogar, como mi padre me lo había encargado; montamos en el carro y emprendimos la subida del puerto a las once y media de la mañana; hora y media después de lo mandado por los carlistas. La mujer que conducía el carrillo nos dio detalles de la partida; ésta buscaba en el tren a cuatro militares que venían en él de paisanos, con ánimo de hacerles rehenes; buscaban también una gran partida de dinero, que encontraron, matando a trabucazos a los guardias civiles que la custodiaban, y que cayeron en los primeros momentos del descarrilamiento. 

Seguimos, puerto arriba, y empezamos la bajada hacia Pajares: en una de las revueltas de la carretera un horrible espectáculo se presentó ante nosotros, que íbamos a pie, delante del carrito, disfrutando de la magnífica mañana que hacía; tres hombres estaban clavados en el suelo, de un lado de la carretera, con las cabezas desechas a balazos y teniendo, todavía, en sus pechos ensangrentados, las agudas bayonetas que los sujetaban en contorsiones terribles sobre las asperezas del terreno: eran tres pobres campesinos; uno aún tenía la ijada en la mano, era anciano ya, los otros dos eran jóvenes; a su lado unas carretas terminaban de arder, medio carbonizadas, y cuatro bueyes, abiertos los vientres a hachazos, y uncidos aún se revolcaban en una charca de sangre; 10 ó 12 cajones de tabaco ardían también por los derrumbaderos del camino; aquellos cajones debían venir en el tren y aquellos campesinos desobedeciendo la orden de los facciosos, cobijados bajo el Corazón de Jesús, habían salido de Busdongo antes de las diez pagando con su vida y su fortuna su desobediencia.

Este recuerdo de mis quince años me hace exclamar desolada: ¿Es posible que los liberales españoles consientan hoy, después de tres guerra civiles sangrientas y feroces, de episodios como el relatado, que se diga en público, y a los cuatro vientos, que se va a encender otra guerra civil si fuésemos a luchar, en los campos de Europa, por el derecho, la justicia y la fraternidad, contra las hordas de bárbaros que intentan retrogradar la humanidad entre lagos de sangre? ¿Es posible que se anuncie la cuarta guerra civil, con los mismos elementos y huestes semejantes, a las que robaron, asesinaron e incendiaron, delante de mí, en el puerto de Pajares? El alma liberal de España ¿cómo no levanta un rugido de indignación que ahogue, en diatribas, la palabra de los voceadores de tan nefandos crímenes? ¿Se dejará madurar en los campos de la patria a los cabecillas en canuto?

¿Están locas las izquierdas españolas?... ¿Qué hacen?

 

El Noroeste, Gijón, 11-4-1916

 

 

 

Rosario de Acuña y Villanueva.

Una heterodoxa en la España del Concordato

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