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Recuerdos de una excursión

 

 

Escalamos una escarpa abrupta en que tuve yo que decirle a mi caballo: «¡Vamos arriba, Viejo...» Siempre, más que las riendas, espuela y látigo, guié a mis caballos con la voz; no sé qué hay en ella para los animales, mas sí sé que todos cuantos me rodearon obedecieron, dulce y prontamente, mis palabras; siempre cabalgué en animales de raza noble, es cierto, mas siempre una de las orejas del bruto iba vuelta hacia atrás, escuchándome, y me bastaba decir: «¡A correr!», para que corriera; y cuando la escabrosidad del camino surgía delante, con decir: «¡Cuidado!», bastaba para que sus cascos se posaran con tiento y firmeza. Mi Viejo de entonces tenía una cabeza inteligentísima y una arrogancia de formas encantadora; sobre él di la vuelta entera al litoral cantábrico, saliendo de Madrid y regresando a Madrid desde Vigo, sin que diera un mal paso, ni me hiciese una mala jugada; y solo en una ocasión, cerca de Ribadesella, fue su ijar rasgado por mi espuela y azotado a la vez su lomo con mi látigo, y es bien cierto que, a pesar de que traíamos seis leguas de jornada, partió a un galope furioso, llevándome, y llevando en el arzón a su perro Tom, que era un animal corpulento, de cerca de un metro de altura.

Vencimos aquel escalón pétreo, y nos encontramos en una mesetuela del tamaño de una gran plaza de toros: por algunos lados la cerraba un talud rocoso, casi vertical; por otro, cañadas descendentes iguales a la que seguimos, y, al frente, la abrupta mole de la linde del puerto se elevaba en varias mesetas, cada vez más estrechas y pendientes, cortadas todas por la hendidura de un torrente, entonces arroyito; cortadura que subía serpenteando entre rocas hasta la misma cresta. Echamos pie a tierra; a caballo no se podía subir más; había que escalar, por el lecho del torrente, la alta y última meseta.

Procedimos a dejar los caballos convenientemente instalados en aquel prado de heno: desparejamos, ciñéndoles las mantas sudaderas con la cincha de repuesto; les quitamos las cabezadas de brida, dejándoles los cabezones de cuadra sin la cadena; sacamos las trabas de lana y los maneamos con holgura; cada uno de nosotros arregló su caballo: hombre y mujer deben hacer igualmente toda clase de faenas y menesteres de la vida. Ya sueltos, pastando y a sus anchas, los caballos, colocamos sobre una gran piedra, adosada al talud perpendicular, las sillas-monturas, las alforjas, los maletines y el bridaje, tapándolo todo con los impermeables, y sujetándolo con las cadenas de los cabezones; antes sacamos la merienda, pues queríamos comer en la misma cumbre. Mi noble Tom nos miraba hacer estos preparativos sentado en guardia; me llegué a él, le cogí su hermosa cabeza entre mis manos y me arrodillé frente a sus ojos, ¡sus ojos dulces, grandes, expresivos, del color del ámbar tostado, brillantes como dos magníficos topacios del Ural!

–Mira, Tom –le dije— tienes que quedarte aquí, guardando aquel equipaje y los caballos –mi cabeza se volvía hacia ellos mientras le hablaba–; no puedes venir con nosotros; nos haces más falta aquí; ahora, a ser vigilante; que nadie se acerque a estos sitios.

¡Ah! Mi Tom era admirablemente inteligente: con su ojos me dijo que me entendía; primero los cerró un momento, dijérase que sentía no seguirnos; después los abrió húmedos, los tornó alrededor de sí; los fijó en los caballos y en el equipaje; se puso en pie; posó sus dos enormes manos en mis hombros y meneó su cola, de largas y sedosas lanas, a modo de inteligente conformidad. Le acaricié y recogiendo la merienda en un pañuelo, con el cayado ferrado en la mano, empezamos la subida por el torrente.

Traspasamos la cumbre y entramos en la soberbia meseta central de La Nalona, una llanura de heno alpino, y lastrones de piedra incrustados por los deshielos en la tierra; el cielo la limitaba por todas partes, excepto por una en que un bloque de hielo de treinta o cuarenta metros de altura, diáfano, reverberante al sol, como monolito de nácar azulado, cortaba el purísimo azul del espacio con sus aristas de iceberg terráqueo; parecía que estábamos en una llanura de la estepa castellana, de tal modo estaba todo llano y liso, y a no ser por el heno finísimo, propio de las grandes altitudes, y por aquel promontorio de nieve deslumbradora, nada suponía estar a más de mil novecientos metros sobre el nivel del mar. Seguimos andando, siempre al Norte, y, a unos cientos de metros, se cortó de pronto la llanada majestuosa con una crestería de piedra cuyas agujas se inclinaban hacia fuera de los que ya barruntábamos precipicio; era el balcón magnífico, maravilloso, que lanzaba una balaustrada natural de rocas hacia toda la región asturiana bañada por el alto Nalón.

Un panorama de belleza incomparable se extendía delante de nosotros. Nos echamos al suelo y a gatas, para mayor seguridad y menor riesgo de desvanecernos, fuimos acercándonos a la arista volada sobre el abismo para contemplar a nuestro sabor aquella sucesión de valles, montes, colinas, vegas y pueblos, que se derrumbaban delante de nosotros en inacabable sucesión. Estábamos sobre las mismas fuentes del Nalón; acaso aquella nevera que dejamos a nuestra espalda, mantenía, con sus filtraciones, los manantiales múltiples que rodeaban Peñalba y los Porrones para acrecentar la corriente del hermoso río astur.

Jirones inmensos de nieblas blancas se prendían, ondulantes, en las cabezas de los montes, como cendales vaporosos de esposas de titanes. Las cascadas de los riachuelos, que rezumaban las cumbres, caían, acá y acullá, en revueltas o en líneas, unas veces argentadas por la espuma, otras como cintas de zafiro, espejos del cielo. Manchones de selvas verdes, escalonados desde el claro verdemar hasta el ensombrecido verdinegro, bajaban desde los picachos, derrumbándose por la cañadas, orlando los torrentes, extendidas en mantos riquísimos, que la distancia transformaba en repujados de esmalte esmeraldino. Cuadros, triángulos, rombos… todas las formas de la geometría se esparcían allá abajo en las vegas: eran los prados y los maizales de verdes límpidos; y cortando los tonos armonizados en toda la gama de los verdes de la vegetación, surgían, a un lado y otro, morrones abruptos, peñascosos, de duro y bruñido color que unas veces parecían castillos fantásticos de un feudalismo redivivo, y otras agrupaciones de ciudades con murallas, torres y minaretes. El Nalón corría allá, lejos, muy lejos, y detrás de los últimos límites, en el fondo brumoso, sobresaliendo sobre las nieblas, que sacudían sus pliegues sobre vegas y picachos, cortando el esplendor de una mañana gloriosa de luz, un telón inmenso, azul cobalto oscuro, confundido en línea indecisa con el celeste del infinito, se desplegaba en el horizonte: ¡era el mar! Menudos puntos rojos, grises y blancos, en agrupaciones casi microscópicas, o esmaltando el verdor de los campos, salpicaban este soberbio panorama: eran pueblos, aldehuelas, caseríos: Tarna, Sobrecastello, Pendones, los primeros pueblos ribereños del Nalón alto.

Allí estaba Asturias, ¡la incomparable Asturias!, el florón más espléndido del solar español; el rincón más hermoso, florido y fecundo de la patria, que pudiera ser, si los hijos de sus montañas quisieran, el mayor manantial de riqueza para la extenuada España, con solo ofrecerse cultamente, amablemente, económicamente, inteligentemente, a la admiración de la Naturaleza que el mundo extranjero profesa, uno de cuyos principales sentimientos educados es la contemplación de sus bellezas y magnificencias. Medio mundo vendría a extasiarse en estos incomparables paisajes astures, menos monótonos que los de Suiza, de más suave y blanda temperatura; más gráciles y más llenos de matices, con las notas de lo abrupto y rocoso, más suavizadas y esparcidas que los del Pirineo Central… ¡Ah! Sí, sí; el día en que los europeos y americanos puedan recorrer Asturias sin miedo a inculturas, con una comodidad relativa y con una economía compatible con fortunas modestas un río de oro recorrerá por estas montañas, porque no hay nada más soberanamente bello que Asturias.

Pasamos más de dos horas; no sabíamos separarnos de aquel balcón, donde la madre Naturalea nos mostraba de una vez todos sus encantos y preseas. Llegó la hora del mediodía: el hambre nos acusó; con igual precaución que al llegar al balcón de La Nalona nos apartamos del precipicio: volvimos a cruzar la meseta; nos acercamos a la nevera; queríamos explorarla; se erguía escueta en la planicie, y toda ella estaba atravesada por un túnel donde cómodamente cogería un vagón: las filtraciones habían hecho aquel socavón, que goteaba hilos de cristal transparente, como cordones de diamantes sujetos en la bóveda para iluminar con sus destellos el antro: todo el bloque lucía un resplandor de ópalo, como palacio dispuesto para vivienda de hadas. ¡Gran sitio para comer! En aquellas horas, Castilla, abrasada por el sol, ardería de calor, y en todas las urbes de las llanuras se estarían congelando en las garraferas, sorbetes y quesitos; era el 11 de agosto, y nosotros allí, bajo un cielo de azul purísimo, ante un sol tibiamente acariciador, sobre una pradera perfumada, oíamos caer las gotas líquidas del hielo en una deliciosa frescura… A la boca del túnel nos sentamos, sacando la merienda: una tortilla de patatas; dos gruesas magras de jamón; dos manzanas; un pedazo de queso y unas pastillas de chocolate fue nuestro yantar, con el correspondiente pan moreno y sabroso hecho de escanda. Colocamos los vasos de piel bajo una gotera de la nieve, de aquella nieve, acaso eterna, pues no era fácil que con lo que restaba de verano se deshiciese del todo el inmenso bloque. Comimos bien, bebimos mejor, y a regresar…

Llegamos a la cresta descendente por donde subimos, y miramos prontamente a la meseta donde nuestros compañeros quedaron, y he aquí lo que vimos: un hato de ovejas y cabras circundaban la parte de meseta practicable; tres pastores, subidos en peñascos, miraban con atención a nuestro perro que, ladrando roncamente, galopaba amenazador, trazando medios círculos alrededor de los caballos aculados y juntos los dos, al pie del tahuel y la piedra donde quedó el equipaje… Bajamos por el torrente todo lo más pronto posible.

–Buenos días, señores  –nos dijeron los pastores, acercándose a nosotros– ¡Vaya un perro de primera que tienen ustedes; hemos querido esperarlos para darles el parabién. Ahí le tienen, no nos ha dejado atravesar la llanada; acoquinó a nuestros perros y hubo que verlo, cómo fue achuchando a los caballos hasta recogerlos junto a la pared; los mordía en las patas, los empujaba materialmente al rincón y, luego, se puso delante de todo a dar vueltas, dispuesto a matar o morir en su defensa. Tienen una verdadera alhaja; no vimos cosa semejante.

En plática gustosa y acariciados ya por el perro que los reconoció por amigos al vernos hablar con ellos, contamos mil anécdotas de sus mastines y de mi san bernardo…

La tarde declinaba: sendos tanques de leche de cabras, tibia y espumosa, nos fueron servidos por aquellos amables montañeses. Mientras ellos saboreaban algunas golosinas de las que llevábamos, mi noble Tom comía sobre mis rodillas mirándome con sus ojos inteligentes y dorados, con los que parecía decirme: «Ves como te entendí; ves cómo supe defender lo que a mi cargo dejaste; sólo matándome me lo hubieran quitado»

¡Noble animal querido! Cuando después de catorce años de tenerte a mi lado y de haberme maravillado de tu entendimiento, te vi morir, tu cabeza en mi falda, tus ojos vidriados por la muerte, mirándome con un postrer reflejo de bondad e inteligencia, comprendí todo el inmenso cariño que te tenía! ¡Hoy, que hace ya algunos años que te perdí, todavía se llenan mis ojos de lágrimas al recordar tu vida; un nieto tuyo está a mis pies, mas como tú no fue ninguno de tus descendientes!...

Aparejamos los caballos y, al caer la tarde, descendíamos por las sendas de Cofiñal. Al brillar en el crepúsculo las primeras estrellas, una suculenta cena, bien regada con leche de cabras, nos fue servida en nuestra posada de Lillo, mientras los caballos, ya enmantados, comían su pienso en la tinada, y mi Tom se tendía cual largo era a mis pies.

Así terminó aquel día inolvidable de nuestra ascensión a La Nalona, nuestra contemplación de Asturias, y el ejemplo de inteligencia y lealtad de mi perro Tom.

 

 

Nota. En relación con este escrito se recomienda la lectura del siguiente comentario: 24. Para los asturianos de La Habana
 
 

 

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¿Quién fue Rosario de Acuña?.

 

 

 

Rosario de Acuña. Comentarios
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