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[El paisaje y el hombre. Carta abierta]

 

 

Sr. D. Anselmo López

 

Apreciable señor y amigo: Doy a usted mil gracias por el artículo que me dedicó en El Noroeste.[1] Rechazo los elogios; me quedo con su buenísima intención y con el calificativo de librepensadora valiente. Sí, señor, sí; valor acreditado… (como dice la hoja del militar que guerreó) se necesita para seguir viviendo en España, siendo mujer, vieja, racionalista y pobre.

Mas (que esto quede entre usted, el público y yo), a la fuerza ahorcan. Si me tocara la lotería; si el mar no estuviera tan lleno de piratas teutónicos, si la bandera española sirviera para cobijar a los navegantes, sin necesidad de embarcarse en las sacristías flotantes de la Trasatlántica, donde acaso, si me vieran entre puentes, me tirarían por la borda. si todos estos inconvenientes se pudieran allanar, ya me hubiera embarcado rumbo a California, al archipiélago de las Marquesas o al Japón (climas poco más o menos como este), todo lo más lejos posible de España, porque ya estoy honda y seriamente cansada de la convivencia con mis católicos compatriotas.

¡Con qué alegría vería difuminarse las costas españolas! Para lo poco que ya, lógicamente, me queda de vida, ¡qué descanso tan grande de los últimos días, sin sombras de jesuitas, sin alientos de calumniadores, de difamadores, de hipócritas y viles perturbadores de la vida del que no se mete en las vidas de nadie. de los que no quieren ser embusteros, egoístas, ni sinvergüenzas y para los cuales es España madrastra cruel!...

¡Ah, sí! ¡España, la tierra española, la Península Ibérica, es hermosamente espléndida! Usted siente bien la naturaleza y tiene que comprender toda la belleza de ella en este rincón español. Yo la conozco casi palmo a palmo; en cuanto a Asturias, La Montaña y Galicia, las sé como mi casa.

Mi última expedición fue salir de aquí a pie y, por la costa, contorneándola, llegar a Ribadeo, subir a Villaodrid, trasmontar la sierra Bobia y entrar en los Oscos… ¡Qué Oscos! ¡Qué riqueza de tierra! ¡Hace un siglo se fundía el hierro de sus minas con leña de roble, es decir, había bosques tan seculares y espléndidos como pueden ser los de los trópicos. Hoy casi todos Los Oscos son un desierto, pero sus brezales soberbios, sus aliagas gigantescas, sus praderías de verde esmeralda, están diciéndoles a los hombres: «¿qué hacéis, que no utilizáis los tesoros de mi fecundidad?» Si Los Oscos se cultivasen intensamente, si se replantasen sus bosques, antes de veinte años toda aquella región sería un río de oro…

Por las sierras de Salime, bajando y subiendo aquellas agrias cuestas, donde medí un castaño que tenía once metros de circunferencia a la mitad de su tronco, ascendí a la sierra de Rañadoiro, el fantástico cordal que permitía, sin vadear su río, llevar el oro de sus minas por la cumbre hasta los puertos de Navia y Luarca, labor que hicieron, primero los romanos, después, los árabes: ¡Bien se conoce en las escondidas aldeas de la región la influencia legendaria de aquellos pueblos!, por todas partes se habla de ninfas, odaliscas, dueñas de un poder soberano, repartidoras de tesoros escondidos en grutas, en bosques; por todas partes se habla del encantamiento de pepitas de oro, convertidas en polvo por no obedecer o por no amar o por no ser valientes y abnegados.

Sierra de Rañadoiro, río de oro, vega de oiro, cuesta de oiro ¿qué riquezas inexploradas guardan aquellas montañas abruptas, dislocadas por derrumbamientos ciclópeos? Aquellos regatos de agua cristalina que serpentean por cañadas inverosímiles de escabrosas, ¿de dónde arrancan sus arenas de oro que esmaltan el lecho del Sil como constelaciones descubridoras de los tesoros que encierran los cordales del macizo de Consagrada, del nudo montañoso, abruptísimo, que forma por un lado los Oscos y por el otro lado El Bierzo?

Por Grandas de Salime salí a Tineo, atravesando el puerto del Palo, y luego, por la Espina, a Salas, Grado y aquí; unos cuantos puñados de leguas (las tengo consignadas en mis apuntes de viaje, que no tengo a la vista).

Leitariegos, con sus asombrosas bajadas a Caboalles, y luego toda la ribera del Sil, desde su nacimiento en el Miño, fue también recorrido por mí en otras expediciones.

El Nalón, desde sus fuentes principales, en las heleras majestuosas de la Nalona, hasta el deslumbrante panorama de su desembocadura en el Soto del Barco. Después las altísimas cumbres de toda la cordillera cántabra. Peña Ubiña, los picos de Mampodre (2300 metros), cuyo último y más alto bloque fue escalado por mí a gatas. Las Brañas, de esmeraldino y dorado heno, adonde acuden los ganados merinos de Andalucía y Extremadura. Los Picos de Europa, que dominé en Torre Cerrado, El Evangelista, La Silla del Caballo, habiéndome quedado incólume el Naranco de Bulnes, por ser insuperable a mis fuerzas su escalamiento. Luego los puertos de San Isidro, Tarna, Ventaniella, haciendo noche en sus cumbres, oyendo el aullar de los lobos a pocos pasos de mi campamento; espiritualizándose mi alma en contemplaciones ultraterrenas, rodeada de aquel silencio incomparable, entre los grandes neveros, en cuya diáfana superficie se reflejaban los lejanos soles que allá, en la infinitud del espacio, me abrían la misteriosa ruta de la eternidad, toda ella llena de promesas de Justicia y Amor, aquí abajo imposibles, como el aullar de las carniceras fieras me lo avisaba.

Después la subida por Castilla (Riaño y Oseja de Sajambre) al puerto del Pontón, una de las cumbres más maravillosas del Pirineo  –recorrí las cumbres del francés y aragonés–, pues no hay panorama comparable en toda la cordillera al que se descubre al desembocar por Oseja en el anfiteatro ciclópeo del Sella, que se abre paso, primero en regatos innumerables, luego en torrentes irisados, más lejos en impetuoso río de cascadas estruendosas por el desfiladero de los Bellos, uno de esos cañones de ríos inverosímiles si se explican, asombradores si se contemplan; con rocas gigantescas caídas de una a otra cumbre del cañón, formando puentes fantásticos; con agujas de rocas erguidas cientos de metros y puestas en hileras, casi matemáticamente; con robles, alisos, hayas y fresnos nacidos y sostenidos, casi en el aire, encima de los lastrones inclinados como monolitos egipcios…

Después desde el mismo cabo Higuer hasta La Coruña, toda la costa cántabra recorrida, y, en Santander, todos los valles de sus ríos, todos. El Portillo de la Sia, desde cuyo boquete se domina, por un lado, toda la Montaña, cerrada en lontananza por el inmenso telón del mar, y, por el otro lado, todo León y Castilla enmarcadas en las lejanías por el Guadarrama, cuyas crestas semejan fantásticas nubecillas azules, prendidas entre brumas de nácares rosados… Los montes de Reinosa, con el escalamiento de sus picos. pico Cordel  escalado  hasta la misma cumbre, y enclavada en él (2.200 metros) puse una bandera gigantesca en que con un ¡Viva la República! y un ¡Viva la libertad de pensamiento! se enlazaba mi nombre… (A los dos días de estar enhiesta en aquella soledad pavorosa, un cura de una parroquia de una parroquia del valle de Campóo mandó subir unos gañanes de aquellas pobres aldeas, don ellos son los únicos PASTORES, para que arrancaran y quemaran la nefasta bandera) ¡Ah! qué bien conozco la tierra española!; pues de igual modo que esta región me sé Sierra Morena y Guadarrama.

En cuanto a Galicia, meses enteros la recorrí en todas direcciones. En casi todas estas expediciones fui a caballo, pues mientras pude siempre tuve en mi cuadra dos de estos nobles brutos, que procuraba fuesen fuertes y mansos, y que siempre eran cuidados por mis propias manos, con lo que conseguía que de tal manera se identificasen conmigo que, en más de una ocasión, su fidelidad y su cariño hacia mí me salvaron de graves lances; cuando mermó mi hacienda, desmonté e hice a pie otras expediciones. Con un escaso equipaje a la grupa y un viejo y fiel criado, obediente y respetuoso –sin lo cual no concibo tener criados– de acompañante y, más tarde, con un amigo abnegado y también respetuoso, salía de Madrid a caballo a primeros de mayo y volvía a Madrid a fin de Noviembre. Entonces vivía en mi finca campestre de Pinto. En jornadas de seis a ocho leguas, todos los años recorría una parte de España; así lo hice durante once años.

¿Sabré lo que es mi Patria? ¿La habré estudiado y entendido durmiendo en sus mesones, en sus casas rurales de aldeas, míseras o en sus fondas de tono de sus villas? (Toro, Tordesillas, Infiesto, Pas, Lerma, etcétera) ¿Conoceré bien a mis compatriotas de todas clases y cataduras, desde los originales pastores pasiegos, en cuyas cabañas trasnoché muchas veces, estudiándolos atentamente como a fuegueses (habitantes de la tierra del Fuego) o como a los Primitivos de Reclús; hasta los benaventinos, posaderos de Castilla, con sus aires de bonachones y sus listuras de pícaros; desde las dulces, amorosas y trabajadoras hembras gallegas, todas, altas y bajas (salvo excepciones), atrailladas por el señor abad; hasta las pizpiretas camareras de las ciudades, más interesadas, como buenas hijas de la ignorancia y el vicio que corroe a la mayor parte de nuestro pueblo…

Pues bien, yo que he visto, conocido, aprendido, admirado, entendido esta tierra, cuyo terruño es el más rico, sano, fértil, hermoso y útil de todos los terruños de Europa; el más soberbiamente dispuesto para hacer la felicidad de una raza, le diría adiós para siempre, con alegría tan honda como es posible sentirla.

Porque esta tierra, que tiene todo esto, tan incomparable, está gran parte poblada por unos seres totalmente catequizados, sugestionados por todas las fuerzas elementales de represión, de anulación, de disgregación y de embrutecimiento, fuerzas reaccionarias que tiran hacia atrás en dirección contraria a toda selección de progreso y perfeccionamiento; fuerzas atávicas en las que renace el espíritu inquisitorial, cruel, sanguinario, de tiempos pasados; fuerzas que son cama caliente de las castas, es decir, de hombres que por la violencia y el castigo se erigen a sí mismos en superiores a los demás hombres; y cuando en una raza, nación, tribu o familia se clava la garra de la casta, sea sacerdotal, científica, capitalista o militar, aquella agrupación de seres humanos que se dejan clavar la garra, está irremisiblemente condenada a desaparecer de entre los seres racionales y quedan todos sus valores deshechos entre las tiranías y las brutalidades.

Sí, sí, valor se necesita para vivir en España no siendo ni de los negros, ni de los rojos, ni de los cucos. Todos los países heridos por los zarpazos de las castas son inhabitables para los que forman consigo mismos un todo racional y consciente.

Le deseo que no abandone su afición a las contemplaciones de la Naturaleza, y me repito su agradecida amiga.

El Cervigón, Gijón, enero de 1917

 


Notas.

[1] El miércoles anterior, El Noroeste había publicado, en efecto, un artículo titulado «Mirando a Gijón» que Anselmo López, su autor,  encabezaba de la siguiente manera:

Dedico la pobreza de esta crónica a la muy culta y esclarecida escritora doña Rosario de Acuña y Villanueva. Dispense el atrevimiento y lo malo de la oferta porque mi pluma, ilustre mujer, no sabe describir los nobles y sinceros sentires de mi alma.

Más adelante, al describir su visión de El Cervigón, vuelve a referirse a la escritora con palabras de tanto afecto y admiración, como las que siguen:

Las cosas inanimadas parecen moverse, hablarse entre sí en un raro coloquio; el Cervigón, fantástico cerro, parece andar, moverse; parece querer marchar por los ámbitos del mundo como presuntuoso y orgulloso sostén de un templo desamparado de una raza dormida y en cuyo templo se halla la Diosa Sacerdotisa del progreso librepensador, anciana venerable, esclarecida escritora, espejo de la universal mujer que piense y estudie, madre que pudiera ser de una raza de gigantes.

[2] Sobre el contenido de este artículo de Anselmo López, véase el siguiente comentario:

    97. De la admiración del fundador del Sporting a Rosario de Acuña

 

 


 

Imagen de la portada del libro

 

¿Quién fue Rosario de Acuña?.

 

 

 

 

Rosario de Acuña. Comentarios

Algunas notas acerca de la vida de esta ilustre librepensadora