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La granja avícola de Cueto: trabajando por la supervivencia

 

 

El ejemplo de la viuda normanda

Desamparada del padre protector, desasistida de la mercenaria servidumbre que apechugaba con los quehaceres domésticos, y desprovista de la pasada fortuna que aseguraba su ilustrada vida campestre, debe ahora poner en práctica todo lo que antes ha predicado obligada por los avatares de la vida. Cuando ya llevaba un tiempo en tierras cántabras parece ser que algún lance imprevisto precipitó los acontecimientos: «una catástrofe de fortuna que me puso a las puertas de la miseria». No había más remedio que echar ingenio a la situación y pensar en cómo ganarse la vida cada día para ella y para quienes la acompañan en aquella tierra: su madre y Carlos de Lamo, su joven y fiel compañero. A su cabeza acude el ejemplo de una viuda que conoció en su juventud, durante los meses de estancia en el sur de Francia. Aquella mujer que, viéndose joven aún con dos hijos que mantener y una modesta pensión, decidió emprender una nueva vida en la Bayona francesa donde puso en marcha una pequeña granja avícola que, atendida con inteligencia y esmero, aportaba las ganancias suficientes para que la viuda y sus hijos pudieran llevar una vida desahogada. Ahora, que la situación económica de Rosario se asemejaba a la de la viuda, a pesar de no contar con pensión alguna por modesta que ella fuera, aquella experiencia se mostraba ante sus ojos como la mejor iniciativa a seguir pues las cuentas parecían claras:

 

 

Tuve ocasión de ver sus libros de contabilidad, y por ellos comprobé que aquella granjita le dejaba más de 40 duros mensuales libres de todo gasto, que, con los 30 que ella tenía de pensión, habían resuelto el problema económico de su vida (Avicultura).

 

Los primeros pasos del proyecto

Convencida de la bondad de aquellas tierras montañesas para que tan lucrativa industria tuviera éxito, inició los preparativos pertinentes para emular a la viuda normanda. No tenía duda alguna de la viabilidad del proyecto, contando como contaba con la ventaja adicional de aquella paradisíaca tierra «cuyos vientos saturados del acre yodo y del purificador sodio, vierten a raudales el vigor y la templanza». Así pues, como primera medida, se puso en contacto con quien por entonces más sabía de avicultura en España: Salvador Castelló Carreras, quien, hacía ya unos años había puesto en funcionamiento en Areyns de Mar una explotación avícola. El señor Castelló, a quien se le considera el introductor de esta industria ganadera en el país, puso en práctica en su finca Paraíso los conocimientos que sobre zootecnia había aprendido en el Instituto Agronómico de Gembloux (Bélgica). La decisión estaba tomada: corría el año 1898 y en la finca que tenía arrendada en las proximidades del faro que se encuentra en la, por entonces, aldea de Cueto situada a escasos kilómetros del centro de Santander, instaló convenientemente varios lotes de gallinas puras del Prat, de andaluzas negras, de brahma-pootra armiñadas, de andaluzas azules…, la mayoría de las cuales habían sido adquiridas en la citada granja catalana por una cantidad elevada de duros.  Adquirió también varias parejas de patos rouen importados directamente de Francia, con la intención de diversificar la producción de aquella granja que iniciaba su andadura en los años postreros del siglo diecinueve.

Todo estaba listo para aquella nueva aventura. El tiempo de predicar las bondades de la vida en el campo a las mujeres de la burguesía pudiente había pasado a la historia. Ahora se trataba de vivir del producto de su trabajo, pues había invertido en aquella empresa unas dos mil pesetas, la mayor parte de los restos del que en tiempos pasados fuera un cuantioso capital. Con aquellas selectas razas, con una completa y moderna maquinaria para la cría artificial, con el texto Avicultura de Salvador Castelló como libro de cabecera y con la determinación de no escatimar esfuerzo alguno para que la iniciativa saliera adelante, comenzó a poner en práctica la teoría que iluminaba el proyecto: crear una casta de gallinas rústicas, «ponedoras excelentes (de huevos gordos), fuertes, resistentes a las crudezas atmosféricas, de polladas sanas y fáciles de criar». La teoría hablaba por entonces de la pureza de razas como línea a seguir en la selección de las especies. Rosario, sin embargo, echaba mano de sus conocimientos de Darwin, de la importancia de la variabilidad genética en la evolución de las especies que había escuchado decir a su abuelo materno siendo una niña, y de sus muchas horas de observar pausadamente cómo en la lucha por la vida acababa triunfando el mestizaje. El plan de la Naturaleza es crear, crear hasta lo infinito: «la selección, sí, pero antes la variabilidad; sigamos humildemente a la Naturaleza, que para seleccionar mezcla antes siempre». Frente a la línea oficial optó, pues, por la mezcla de cuatro o cinco razas de las llamadas «puras».

No sin dudas, se adentró por aquel camino que se había marcado con la sola ayuda ocasional de una niña de pocos años, que sumaba a sus limitadas fuerzas su buena voluntad. Ocuparse de la granja sin desatender las ocupaciones domésticas, la abundante correspondencia, la escritura de artículos, la cotidiana lectura de un buen libro o la prensa de cada día hacían que sus jornadas se alargaran lo indecible, comenzando a las tres y media de la mañana y concluyendo a las nueve de la noche. Poco más de seis horas de reparador sueño para comenzar al día siguiente con la alimentación de animales, el cuidado de las cluecas, la cura de las aves enfermas, la selección de los huevos, según sea para la venta, la incubación o el consumo, etc. Trabajo interminable y metódico, pues no falta cada noche a su cita con los diferentes cuadernos de gastos e ingresos; libro de puesta y alza-baja de pollitos, así como la anotación en cada uno de los huevos de la fecha de su puesta y la raza de la gallina ponedora. No tardando mucho, el tesón va consiguiendo sus frutos y la pequeña empresa avícola empieza a recibir las alabanzas de quienes comprueban la calidad de sus huevos y la productividad de sus gallinas ponedoras. Su fama trascendió los límites de las localidades próximas y su granja debió atender encargos de casi todas las provincias españolas y algunos países americanos como México y Argentina: «en un solo año vendí 14 000 huevos para incubación» (El Noroeste, 21-11-1916). Al final, el éxito parece querer premiar la constancia y tesón del trabajo realizado, quedando ya en el olvido «la sátira, el desprecio, la sonrisa de conmiseración ultrajadora» con que fue recibida su experiencia de mestizaje de razas cuando acudió a la ciencia titulada en busca de consejo y estímulo. El reconocimiento de sus productos en el mercado cántabro la anima a divulgar su experiencia con intención de que su raza de mestizas y su trabajo como avicultora «rinda a la masa general del pueblo aldeano mayores productos que los acostumbrados». Las páginas de El Cantábrico acogen varios artículos dedicados a mostrar las bondades que para el desarrollo económico de la región representa la práctica racional y metódica de la avicultura. El mismo periódico inserta en diferentes días un anuncio que, bajo el título «Huevos para incubar», enumera los productos que la granja tiene a la venta: huevos de las distintas razas de su gallinero y de patos mixtos del país y de Rouen.

 

Medalla de plata en la exposición internacional de Madrid

Parece que las cosas marchan sobre ruedas y en 1902, cuatro años después de haber iniciado aquella aventura, obtiene el espaldarazo definitivo en la Primera Exposición Internacional de Avicultura celebrada en los Jardines del Buen Retiro de Madrid desde el primero de mayo. La Sociedad Nacional de Avicultores Españoles, a cuyo frente se encuentra el señor Salvador Castelló, consigue reunir a casi cuatrocientos expositores, de los que cien eran españoles, y un total de más de dos mil ejemplares de aves y demás animales de corral procedentes de Alemania, Bélgica, Francia, Holanda, Inglaterra, Italia, Suecia, Noruega y España. La muestra supuso todo un acontecimiento con seguimiento destacado por parte de la prensa diaria de Madrid y la especializada desde el momento de la inauguración oficial, que contó con la asistencia de Alfonso XIII y la reina regente,  miembros del Gobierno y representantes extranjeros. A la hora del reparto de galardones, Rosario de Acuña y Villanueva obtuvo una de las medallas de plata otorgadas por un jurado compuesto por destacadas personalidades de la avicultura europea. Con tal distinción se pretende premiar no solo la calidad del lote de andaluzas azules presentado a concurso, sino también su labor de divulgación de la avicultura que ha venido realizando a través de los artículos publicados en El Cantábrico.

Aquel reconocimiento público venía a compensar los esfuerzos y los sinsabores de los años pasados. Atrás quedan las burlas de los sabios titulados, a quienes dedica un soneto que con el título «Los seudo-sabios» aparece en la prensa santanderina («Parásitos de sabios verdaderos/ pululan cual langosta de la ciencia, / y a fuerza de aguzar la inteligencia/ suelen lograr prestigios y dineros…»), o los disparos que se vio obligada a realizar al aire para amedrentar a alguno de sus vecinos que pretendía acrecentar sus míseras rentas con productos de su corral. Es hora de sacar pecho y de contarlo a quien todavía no lo sepa: el anuncio de su granja que de vez en cuando aparece en la prensa incluye la mención al premio recibido; El Cantábrico, que se apresura a dar cuenta en sus páginas del galardón madrileño del cual, asegura sentirse copartícipe («participamos, pues, nosotros, aunque sea en proporción muy insignificante, de la honrosa distinción alcanzada en Madrid por nuestra ilustre colaboradora»), saca a la calle Avicultura, una pequeña publicación con los artículos premiados; Salvador Castelló y Carreras, que ya había publicado con anterioridad alguno de sus escritos en su revista, le solicita por carta permiso para incluir en Avicultura Práctica los mencionados artículos, a lo cual ella accede enviándole además una carta que pueda servir de prólogo.

 

Granjera y publicista

La granja, las cartas, los artículos...: la actividad cotidiana de Rosario de Acuña era incesante. Salvo las seis horas reglamentarias de sueño y el preceptivo descanso de un par de horas en las tardes del domingo, durante las cuales solía sentarse en un acantilado próximo a su vivienda para contemplar la inmensidad del mar, el resto estaba perfectamente minutado: la atención a la granja, los cuidados de la casa, la lectura, la correspondencia y la escritura de algún artículo, actividad ésta que nunca dejó de realizar desde  que a mediados de los ochenta tomase la decisión de convertir su pluma en ariete de su pensamiento. Durante los años de residencia en las tierras cántabras, sus trabajos aparecen con cierta asiduidad en  El Cantábrico, «un diario ajeno a luchas de partidos y de ideas que tiene por lema la democracia, el propagar y extender entre la gran masa del pueblo toda clase de cultura y conocimientos» , y, de forma más esporádica, en El Ideal Cántabro, de tendencia republicana y anticlerical, así como en el semanario socialista  La Voz del Pueblo; a  Las Dominicales envía algún que otro escrito, aunque lo hace de forma esporádica, coincidiendo con alguna efeméride o hecho de cierta relevancia. De la colaboración con la primera publicación que dirige el periodista José Estrañi hemos de destacar sus Conversaciones femeninas, serie de artículos que fue publicada con periodicidad semanal a lo largo de varios meses del año 1902. Los escritos, que están dirigidos a las mujeres montañesas,   giran en torno «a la costumbre arraigada en nuestra sociedad de preferir la vida ciudadana a la vida en el campo». Un tema clásico en la obra de la escritora. No obstante, hay cambios notables con respecto a los publicados casi veinte años antes en El Correo de la Moda. Quien emite el mensaje no es la ilustrada y desengañada joven que quiere convencer a lo más selecto de sus lectoras para que la sigan en la necesaria tarea de regenerar aquella sociedad que se pudre por los efectos de apariencias, vanidades, envidias y sensualidades vanas; se trata ahora de una mujer que tiene como único recurso lo que obtiene de su trabajo como avicultora; el sector de mujeres a las que destina sus escritos se amplía de manera sustancial, pues ahora   no se dirige a la minoría selecta y urbana que frecuentaba las páginas de una revista de modas, sino que lo hace a todas las que puedan leer las páginas de un diario popular; en cuanto al contenido, ya no trata de la labor de la mujer en la villa campestre, sino de una visión completa de la vida cotidiana en contacto con la naturaleza: la infancia, la juventud, la vejez, la enfermedad, la educación, la vida en la aldea… Entre todos los artículos que componen la serie, quizás sea el titulado Pequeñas industrias rurales el que mejor represente esta nueva etapa: a lo largo de varias entregas, va mostrando a sus lectoras las diversas posibilidades de producción con que cuenta cualquier explotación rural por pequeña que ésta sea: la cría del gusano de seda, la elaboración de quesos y mantequilla, la producción de miel, las conservas de frutas y legumbres o la producción de flores.

 

Un final inesperado

Tantas apariciones en la palestra pública, y tan seguidas, no hicieron ningún bien a la granja avícola que con tanto sudor había puesto en marcha; antes al contrario.  Llegado el verano, la avicultora anuncia que el futuro de la empresa se presenta bastante sombrío: «por motivos de salud mía y de mi madre, y por otras causas ajenas al asunto, mi modesto corral, está próximo a liquidar todas sus existencias». Y es que, al parecer, la dueña de la finca donde estaba instalada la explotación, «feligresa muy amada de un canónigo de la catedral de Santander», se dio por enterada de quién era su inquilina y la obligó a desalojar su propiedad, al sentir «terrores de conciencia por tener alquilada su finca a una hereje». Menos mal que aquel fue también el año en que verá reconocido su derecho a recibir una pensión de viudedad. Una Real Orden, inserta en el Diario Oficial del Ministerio de la Guerra del día 21 de enero, concede a Rosario de Acuña y Villanueva, viuda del comandante de Infantería de la Escala de Reserva Rafael de Laiglesia y Auset, una pensión anual de 1125 pesetas. Como quiera que la resolución establece que los efectos económicos de la misma se inician al día siguiente del fallecimiento del marido y dado que ya han pasado dos años desde entonces, la primera paga que recibiría será de unas dos mil doscientas cincuenta pesetas, cantidad similar a lo que le habría costado la instalación de la granja que ahora tiene que abandonar.

Por algunos datos disponibles, parece ser que el desahucio no acaba con el proyecto avícola, sino que poco tiempo después renace en otra finca de la misma localidad, pues existe constancia escrita de que en el año 1904 allí sigue con sus gallinas. Con fecha 10 de abril de ese año Rosario de Acuña envía desde Cueto una carta a Tomás Costa, por entonces Jefe Provincial de Fomento de Toledo así como presidente del Consejo de Agricultura y Ganadería de la misma provincia, aunque será más conocido por ser hermano de Joaquín, uno de los más ardientes defensores del regeneracionismo finisecular. Gracias a esa misiva y a la que recibe en respuesta de la misma, podemos confirmar que en ese tiempo Rosario de Acuña continúa dedicándose a la avicultura en Cueto. Parece ser que durante una de sus habituales estancias veraniegas en Santander llegó a manos del señor Costa uno de los ejemplares de Avicultura y que, tras su lectura, encargó varias docenas de huevos para incubación en la finca de doña Rosario. Enterada ésta de quién era el destinatario de tal pedido, «congratulándome de que un producto de mi granja haya ido a parar a la familia que es honra de España y galardón de la Humanidad», no dudó en enviarle la referida carta con toda suerte de recomendaciones para que el proceso al que iban destinados los huevos se desarrollara eficazmente.

 


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