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FERNÁNDEZ RIERA, Macrino: ¿Quién fue Rosario de Acuña? 

Albacete: Uno Editorial, 2017

 ISBN: 978-84-16823-99-4

Formato: 24 x 17

Páginas: 272

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Introducción

 

La sorprendió la muerte de un modo inesperado; cuando se hallaba dedicada a los quehaceres domésticos, que, a pesar de sus setenta y dos años, atendía con la energía de una joven, sin que por eso descuidase sus valiosos y bellos trabajos literarios, en los que ponía jirones de su alma como ofrenda a las gentes humildes […]

La circunstancia de no haber publicado los periódicos la triste noticia, fue causa de que no llegase a conocimiento de muchas personas; no obstante, y pese a lo des-apacible del día, afrontando las molestias de una lluvia incesante se dirigieron al Cervigón numerosos elementos obreros, representaciones de sociedades y entidades democráticas y muchas personas, en fin, de todas las condiciones sociales […]

El cadáver, encerrado en un modestísimo féretro [...] fue sacado a hombros de obreros, que se disputaban este honroso tributo. La carroza fúnebre, también modestísima, resultó innecesaria, porque el pueblo, las gentes humildes que viven del trabajo y a las que dedicó doña Rosario el fruto de su talento y el tesoro de su innata bondad, se apoderaron del querido despojo encerrado en aquel modesto féretro y quisieron rendirle el último homenaje de su gratitud.

Nada más conmovedor que presenciar el desfile de aquella multitud silenciosa y apenada, en la que ponían una nota doblemente sentimental las mujeres. Doña Rosario de Acuña fue ante todo una mujer ejemplar que dedicó sus mayores entusiasmos a orientar por caminos más sanos a las mujeres de España.

La representación femenina en el cortejo fúnebre era un deber de agradecimiento, y el haber cumplido este deber con el espontáneo impulso que se manifestó el domingo dice mucho a favor de las mujeres gijonesas.

¿Quién era esta mujer que recibía tales muestras de afecto, admiración y respeto por parte del pueblo gijonés una lluviosa tarde del mes de mayo de 1923? ¿Quién era la tal doña Rosario, a quien tanto debían las mujeres de España? Los lectores de la edición del diario gijonés El Noroeste correspondiente al martes día 8 del referido mes de mayo del año veintitrés encontrarían alguna información al respecto, pues en sus páginas no solo se da cuenta de las circunstancias de su muerte y del posterior sepelio, sino que también se menciona los hitos principales de su biografía y su relación con la villa gijonesa, el lugar que ella eligió para pasar los últimos años de su vida. También se refiere el cronista en varias ocasiones a las disposiciones testamentarias de la finada, en relación con la prohibición de dar noticia de su muerte o con las características del féretro y demás atavíos funerarios. Dado que el conocimiento de esa última voluntad bien pudiera ser de gran utilidad en esta introductoria aproximación al testimonio vital de nuestra protagonista, he aquí algunos de los párrafos del testamento ológrafo al que se hace mención en las páginas del diario gijonés:

Habiéndome separado de la religión católica por una larga serie de razonamientos derivados de múltiples estudios y observaciones conscientes y meditados, quiero que conste así después de mi muerte, en la única forma posible de hacerlo constar, que es no consintiendo que mi cadáver sea entregado a la jurisdicción eclesiástica, testificando de este modo, hasta después de muerta, lo que afirmé en vida con palabras y obras, que es mi desprecio completo y profundo del dogma infantil y sanguinario, visible e irracional, cruel y ridículo, que sirve de mayor rémora para la racionalización de la especie humana.

Conste pues, que viví y muero separada radicalmente de la Iglesia católica –y de todas las demás sectas religiosas– y, si en mis últimos instantes de vida manifestase otra cosa, conste que protesto en sana salud y en sana razón de semejante manifestación, y sea tenido como producto de la enfermedad o como producto de manejos clericales más o menos hipócritas impuestos en mi estado de agonía. Y por lo tanto ordeno y dispongo que diga lo que diga en el trance de la muerte –o digan que yo dije– se cumpla mi voluntad aquí expresada, que es el resultado de una conciencia serena derivada de un cerebro saludable y de un organismo en equilibrio.

Cuando mi cuerpo dé señales inequívocas de descomposición – antes de ningún modo, pues, es aterrador ser enterrado vivo– se me enterrará sin mortaja alguna, en-vuelta en la sábana en que estuviese; si no muriera en cama, écheseme como esté en una sábana, el caso es que no se ande zarandeando mi cuerpo ni lavándolo y acicalándolo, lo cual es todo baladí. En la caja más humilde y barata que haya, y el coche más pobre –en el que no haya ningún signo religioso ni adornos o gualdrapas de ninguna clase, todo esto cosa impropia de la sencilla austeridad de la muerte–, se me enterrará en el cementerio civil y si no lo hubiere donde muera, en un campo baldío, o a la orilla del mar, o en el mar, pero lo más lejos posible de las moradas humanas. Prohíbo terminantemente todo entierro social, toda invitación, todo anuncio, aviso o noticia ni pública ni privada, ni impresa, ni nada de palabra que ponga en conocimiento de la sociedad mi fallecimiento: que vaya una persona de confianza a entregar mi cuerpo a los sepultureros y testificar dónde quedé enterrada […] [1]

¿Quién era esta mujer que tan claras parecía tener las cosas en asuntos de religión, en una época en la cual, no lo olvidemos, no era tan fácil –y menos para una mujer– defender el racionalismo y abjurar públicamente de la fe católica, «la única de la Nación española»? ¿Quién era esta mujer que, no conforme con hacer pública profesión de sus heterodoxas creencias, se empeñó en dedicar buena parte de su vida a su difusión, convirtiéndose en una activa propagandista de la libertad de pensamiento?

Aquella opción tuvo consecuencias. Fue blanco de todas las críticas de sus poderosos e influyentes enemigos. La calificaron de «mujer extraviada», para añadir a renglón seguido que «aprendió a recitar y a escribir en público las blasfemias más atroces de la impiedad y del librepensamiento»[2] . Lanzaron sobre ella la lista de los insultos más comunes (histérica, alcohólica, cretina, degenerada), y aun la de los menos frecuentes y más elaborados («harpía laica», «proxeneta roja», «engendro sáfico», «chantajista de sufragio universal» o «trapera de inmundicias») [3]. En titulares le negaron su condición de mujer y de española, por ser una «radicala desaprensiva»[4]. Bien es verdad que también hubo quien alabó su «firmeza de convicciones y sus virtudes cívicas»[5]; quien afirmó que era «admirable por su talento y más admirable porque, siendo mujer y española, ha logrado sobreponerse, con la sinceridad de su espíritu y la rectitud de su conciencia a las hipocresías y prejuicios…»[6] ; y quien, tras visitarla en su solitaria casa, exclamó «¡Qué mujer más santa; qué mujer más hermosa, en un elevado sentido de la palabra!»[7.

Rosario de Acuña y Villanueva había nacido en Madrid en 1850 en el seno de una familia lo suficientemente acomodada para que la suya hubiera sido una vida plácida, dedicada a disfrutar de los viajes, los conciertos, los eventos sociales, las tertulias literarias, las excursiones por la naturaleza, las estancias en las posesiones jiennenses de sus abuelos paternos, la creación literaria. Y así fue hasta que, mediada la década de los ochenta, cuando apenas había llegado a los treinta y cinco de su vida, decidió tomar otro rumbo. Abandonó la capital y se instaló en una quinta situada a las afueras de una pequeña localidad; proclamó su adhesión a la causa del librepensamiento; se convirtió luego en masona. Con cada acción que emprende se involucra más en aquella pugna ideológica que parece no tener fin. Así las cosas, llega un momento en que decide poner tierra de por medio, alejarse todavía más, instalándose en una pequeña localidad de Cantabria, en la cual pondrá en marcha una modesta industria avícola y donde vivirá en compañía de un joven con el que permanecerá hasta su muerte. Lo dicho: librepensadora, masona, burguesa convertida en granjera… y ¡amancebada! Cada año que pasa está más lejos de lo que defienden quienes configuran lo que un día fue su grupo social, del cual solo recibe improperios y desprecios, cuando no agresiones y querellas. En cambio, las heridas de la batalla van forjando en ella un sentimiento de fraternal solidaridad con los que, como en su caso, se rebelan contra los convencionalismos y las injusticias de una sociedad instalada en la apariencia y la hipocresía. En la última etapa de su vida, la que transcurre en Gijón desde 1909 hasta su muerte en 1923, su implicación en la defensa de los más desfavorecidos, se hace mucho más evidente, involucrándose activamente en diversas campañas destinadas a socorrer a los más débiles. La burguesa ilustrada, que defiende la libertad de pensamiento como un instrumento para luchar contra el clericalismo reinante y que ansía ver, tras la victoria sobre la ceguera y la cerrazón, cómo se inicia la regeneración de la savia putrefacta que alimenta la patria, parece tener muy presente que mientras esa victoria llega es preciso echar una mano a quienes son víctimas de tan injusta sociedad. Instalada en su apartada casa situada sobre un acantilado de la costa gijonesa, a pesar de los años de lucha que ya lleva a cuestas y de las heridas recibidas, aún habrá de enrolarse en nuevas refriegas, algunas cruentas, como aquella que, por defender el derecho de las mujeres a realizar estudios universitarios, la obligó a huir a Portugal, en donde vivió durante más de dos años. El exilio se llevó la mayor parte de sus ahorros y pasó estrecheces durante los últimos años de su vida, aquellos en los que aprendió que no basta con defender la libertad de pensamiento, que es preciso involucrarse también en la lucha cotidiana, en el campo de las acciones, participando en manifestaciones por las calles gijonesas en apoyo de la Ley del Candado, asistiendo a los mítines de Melquíades Álvarez, líder del Partido Reformista, o al que se celebra en Madrid en 1917, en apoyo de los países aliados que combatían en la Primera Guerra Mundial. Se encuentra cómoda con la coalición entre reformistas y socialistas que preparó la huelga general de ese mismo año y que ella misma alentó, razón por la cual su casa fue objeto, en dos ocasiones diferentes, de un minucioso registro por las fuerzas policiales durante el verano. También estará al lado de los presos anarquistas acusados de atentar contra un miembro de la patronal, de los pescadores que, desasistidos de cualquier medida preventiva, ponen cada día en peligro su vida frente a los embates del bravío mar Cantábrico, de los humildes trabajadores que son tentados en el lecho mortal por la interesada caridad de quienes pretenden anotar en su cuenta la salvación de una nueva alma…

Dramaturga, masona, iberista, montañera, poeta, regeneracionista, librepensadora, avicultora, articulista, exiliada, feminista, melómana, filo-socialista, autodidacta, deísta, republicana, propagandista… Una vida intensa la suya. Una vida de la cual hasta hace unos pocos años casi nada conocíamos, pues los esfuerzos de sus próximos por mantener viva su memoria fueron sepultados bajo la losa del silencio de la posguerra. Tras varias décadas de vagar en el olvido, a finales de los años sesenta del pasado siglo hubo quien dio con una mujer que había sido su amiga, testigo directo de sus últimas andanzas. Se recuperaron fotografías, escritos, libros, algún que otro objeto y los recuerdos que no se llevó el tiempo. A partir de entonces comenzó una tarea laboriosa que, años después, dio su fruto.

Llevo años dedicado a colaborar en esa tarea colectiva que ha conseguido recatar del olvido el testimonio de esta mujer ejemplar. De mis investigaciones surgieron Rosario de Acuña en Asturias y, algo más tarde, Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato; también «Rosario de Acuña. Vida y obra» (www.rosariodeacuna.es) –una página, de acceso libre y actualizado en el que se puede encontrar la mayor parte de sus escritos– y «Rosario de Acuña y Villanueva. Comentarios» (rosariodeacu.blogspot.com.es)[8], un espacio con glosas, notas y acotaciones a los hechos más relevantes de su biografía.

Me piden ahora una biografía de Rosario de Acuña, pues se agotan los ejemplares de los libros antes mencionados que fueron editados ya hace unos años. De hecho, de Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato no quedan disponibles más ejemplares que los que se encuentren en las bibliotecas, la edición está agotada y no hay indicios de que se vuelva a reeditar. Me dicen que sea menos ambiciosa, que procure que resulte más biográfica que la última. Creo que con lo primero me están sugiriendo que reduzca su volumen, pues sus casi quinientas páginas deben parecerles excesivas para la tarea de divulgación que persiguen. Puedo entenderlo. Más difícil me resulta asimilar que «más biográfica» sea prescindir de todo aquello que configura el escenario en el cual se desarrolla la vida de una persona, pues soy de los que piensan que lo que uno es, o ha sido, tiene mucho que ver con la interrelación que se establece con cuanto te rodea. Más en el caso de nuestra protagonista, pues, como bien resalta la profesora Elena Hernández Sandoica, «la biografía de Rosario de Acuña representa una fusión ejemplar entre las esferas privada y pública» [9]. En fin, todo sea en pro de la divulgación del testimonio vital de doña Rosario, labor en la que llevo involucrado desde hace ya casi dos décadas.

Claro está que una cosa es asumir, en la medida en que resulte posible, las recomendaciones recibidas y otra, muy distinta, contar lo mismo que ya he contado, pero con otras palabras, con una nueva redacción. Creo que ello sería una tarea ardua, estéril y artificiosa, razón por la cual he decidido dar respuesta a la pregunta que da título a este libro utilizando las partes más «biográficas» de Una heterodoxa en la España del Concordato, el contenido de artículos y conferencias que a ella he dedicado en los últimos años, así como aquellas novedades o matices, tanto acerca de su vida como de su obra, que he ido publicando en los dos sitios que mantengo en internet, tanto la página Rosario de Acuña. Vida y obra, como el blog Rosario de Acuña y Villanueva. Comentarios.

Confío en que el resultado –este libro que, estimada lectora, estimado lector tienes en tus manos– consiga satisfacer tanto a quienes hayan leído Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato, como a cuantos se acerquen por primera vez a la figura de nuestra protagonista. Los primeros sabrán apreciar las novedades que aquí encontrarán; los segundos tendrán cumplida respuesta a la pregunta que encabeza esta obra. Unos y otros disfrutarán, sin duda, con la selección de escritos de doña Rosario que figuran al final del volumen.

 


[1] Testamento ológrafo de Rosario de Acuña y Villanueva firmado en Santander el 20 de febrero de 1907, según transcripción realizada por Luciano Castañón en «Aportación a la biografía de Rosario de Acuña».

[2] «Un discurso de Rosario Acuña», La Unión Católica, Madrid, 25-4-1888, en referencia al que con el título Las consecuencias de la degeneración femenina pronunció unos días antes en el Fomento de las Artes de Madrid.

[3] Ernest Homs: «Los estudiantes y la Rosario», Cataluña, Barcelona, 2-12-1911.

[4] «Ni mujer ni española», Diario de Galicia, Santiago de Compostela, 20-8-1918.

[5] Ángel Samblancat: «Una mujer ejemplar», El Ideal, Tortosa, 23-9-1916.

[6] Joaquín Dicenta: «La vuelta del gladiador», El Liberal, Madrid, 19-3-1907.

[7] Manuel Tejedor: «La solitaria de El Cervigón», El Socialista, Madrid, 19-5-1923.

[8] Estos espacios aparecieron en internet en el año 2009, pero por entonces no tenían la actual dirección. La página Rosario de Acuña. Vida y obra se alojó en los servidores de una empresa de comunicación por cable con la dirección www.telecable.es/personales/mfrie1. Allí permaneció hasta que en el año 2015 la citada compañía dio por concluido aquel servicio de páginas personales, lo cual me obligó a adquirir el dominio www.rosariodeacuna.es y buscar un nuevo alojamiento.

[9] Elena Hernández Sandoica: «Rosario de Acuña. La escritura y la vida», p. 195.

 


 

Rosario de Acuña. Comentarios

Algunas notas acerca de la vida de esta ilustre librepensadora