Rosario de Acuña y Villanueva

Madrid, 1850- Gijón, 1923

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A. S. M.

la Reina Dª ISABEL Segunda

Un ramo de violetas

 

Bayona (Francia): Imp. Lamaignère, 1873

(Portada)

 

 

Os le envío, Señora, de vuestra patria.

¿Tal vez perdió su aroma? Escuchadme, y si por mi desgracia se ha marchitado, que vuestra cariñosa mano no lo rechace; yo os dirá como recogí las flores de que está formado.

La aurora empezaba a juguetear ruborosa con el manto de la noche: ¡Allí está Francia! Una cordillera majestuosa, severa, lanza sus atrevidos festones de eterna nieve, en la inmensidad de lo infinito; gigante límite de dos Reinos hermanos, háceme comprender con su imponente grandeza, que al atravesar sus intrincadas florestas se queda en pos de mí la patria.

¡La patria! Aun la tierra que huellan mis plantas puede llamarse mía; al dar un paso más me encontré sin ella: mas allá, nada, nada que pueda despertar mi cariño en el fondo de mi corazón español.

Así pensaba, contemplando desde las alturas del Pirineo, la hermosa y rica alfombra que desenvolvía ante mis ojos la patria de San Luis.

–¡Ingrata! murmuraron las brisas al llevarse mi pensamiento.

–¡Ingrata! respondieron los ecos del monte:

–¡Ingrata! susurraron las ondas de un arroyo:

–¡Ingrata! me dijeron las aves entre las notas de sus trinos:

–¡Ingrata! suspiraron las flores al desprenderse de sus aromas:

–¡¡Ingrata……. ingrata! oí en mi derredor

¿Por qué? pregunte a la poesía, que envolvía con su ceñidor de nácar y oro los sueños de mi mente.

–¿Por qué, me preguntas? Escucha y medita.

–¿En esa nación que descubre tu vista, no encuentras nada digno de tu cariño, de tu respeto y de tu canto?...

¿Serán acaso las flores de sus vergeles? dije a la poesía. ¡En mi patria las hay tan hermosas!; no, no pueden ser las flores.

¿Serán los ruiseñores de sus selvas? No; los de mi patria cantan sus amores con más dulces gorjeos.

¿Serán los rayos del sol, cuando asoman por Oriente? No; el sol envía a mi patria, sus más ardientes besos.

¿Serán las pasadas glorias? Las de mi patria las alumbró la luz, en su carrera alrededor del orbe, y son tan infinitas y tan brillantes como los astros que giran prendidos en la bóveda de la oscuridad.

¿Serán las olas de sus mares? Las auras africanas rizan con sus abrazos el mar de mi patria, impregnándole de misterioso y poético fluido.

¿Será la belleza de sus mujeres, el valor de sus guerreros, la dulzura de sus cantos, la poesía de sus leyendas, o la religión de sus pueblos? No; la mujer española es tan hermosa como los sueños de los amores, en sus ojos reflejan las pasiones del alma como en un lago se refleja el sol, su sonrisa es tan juguetona, tan amante como el aura que riza el penacho de la palmera en medio de un oasis, su andar es más gracioso que el de la paloma, más dulce que el de la gacela, más severo que el vuelo de un águila. El valor de sus guerreros, dominó a la tierra, y estrechos para él los límites del mundo viejo, descubrió un nuevo mundo donde pudo probar cuan grande era. Sus cantos, son guirnaldas de notas tejidas por ruiseñores y calandrias, y armonizadas por los suspiros del amor. Sus leyendas, son fantásticas creaciones de la mente de Apolo; las Musas de su corte las prestan sus encantos para hacerlas brillar con esplendor. La religión de sus pueblos, está escrita en la eternidad con las almas de sus innumerables mártires.

¡Perdonad, Señora, mi extraviada fantasía!

¿Qué era lo que podía hacer latir las fibras de mi corazón, sino Vos, Señora? ¿Cómo cantar a las flores, al sol, a la belleza, respirando el ambiente que Vos respiráis, habitando la tierra que habitáis Vos? Solo hay en Francia, para mí, Vuestro nombre, y al pisarla, a Vos sola, Señora, debo cantaros.

Las brisas de España me llamaron ingrata

¿Tuvieron razón? No; pues si bien mi canto nunca llegó a Vuestras plantas, mi amor y mi respeto, siempre lo habéis tenido a vuestro lado. Mi poesía no fue nunca bastante atrevida para haceros oír una sola nota de su laúd, porque es pobre mi poesía para cantaros. He cantado al cielo, al mar, al amor; jamás se hubiese creído digna de elevaros un himno.

Hoy, si lo deposito a Vuestras plantas, es porque las auras españolas me dijeron: “Llévaselo, únelo a un ramo de violetas cogidas en la tierra que besamos con nuestros giros, y que así como esa aromática y delicada flor es emblema del modesto y puro cariño, tu canto pobre y sencillo sea emblema de un corazón Castellano, leal y sincero.

A Vuestras plantas está, Señora: no es digno de que lo escuchéis, pero ¿quién podrá cantaros cual merecéis Vos? En el mío, va todo cuanto yo puedo daros. En esas pobres violetas esté envuelto; ellas con su perfume os le entregarán: son tan modestas como él, Señora; pero como él son Españolas. Ellas y yo os entregamos nuestro aroma; ellas el de su pétalo, yo el de mi alma.

Errante peregrina de la vida, lanzo mi canción en alas del viento, escasa en armonía, rica en amor; escondedla, Señora, entre los pliegues de vuestro regio manto, y el día en que Vuestra patria y la mía, vislumbre la aurora de la felicidad en medio de la oscura noche que la envuelve, cuando la veáis para jamás perderla, decid a las auras españolas que cumplí su misión, y mandadme con sus revueltas y del fondo de Vuestra alma, un solo recuerdo cariñoso. Yo lo recibiré en la mía, y será como balsámico perfume de aromática planta, consuelo embriagador a las penas que en ella se alberguen.

Ya os conté, Señora, como cogí las flores de ese pobre ramo; que Vuestro corazón español, acoja benignamente los humildes pensamientos, que se ha atrevido a depositar a Vuestras Regias plantas.

 

 

Rosario de Acuña y Villanueva.

Una heterodoxa en la España del Concordato

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