Rosario de Acuña y Villanueva

Madrid, 1850- Gijón, 1923

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Trata de blancos

 

Desde hace algún tiempo el teatro español abrió sus puertas a uno de estos poetas que, según frase conocida, entraba en él por la puerta grande; su inspiración de briosos arranques y enérgicos atrevimientos ha venido elevándolo, sin desviación alguna, hasta colocarlo en alturas sólo ocupadas por los grandes caracteres humanos; el Sr. Cano ha enriquecido su corona de gloria con un florón en que se engarzan sobre filigranas de poesía pensamientos de diamante e intenciones de acero, y al escribir Trata de blancos ha llevado a los esplendores del arte ese fondo de crítica sangrienta, redentora y precisa en toda sociedad decadente como la que nos rodea. Inútil empeño sería el que mi pluma intentase algo parecido a un juicio del drama; en el territorio literario osar, por mi parte, a obra como la suya, fuera, a más de necio, innecesario; pero sobre toda ilustración y todo estudio se levanta siempre poderoso el sentimiento, y por tener plena conciencia de que el sentimiento no debe sucumbir en soledad egoísta sobre ninguna criatura humana, es por lo que me voy a permitir levantar mi voz para decir una y mil veces ¡bravo! al autor de Trata de blancos.

El Sr. Cano ha hecho una obra magna, gigante; ha descendido a esos fondos sombríos donde se revuelven como manada de víboras las concupiscencias engendradas por todos los fanatismos del espíritu, todas las groserías de la carne y todas la hipocresías de la forma, y dirigiendo con batuta de oro esa monstruosa sinfonía de la lujuria, de la vanidad, de la ambición y de la pereza, ha levantado en un crescendo sublime el ideal humano, que palpita en su drama con trazos luminosos, dominando con divino impulso aquellas figuras repulsivas, degeneradas, roídas por la carcoma de todo lo viejo, lo caduco, lo estéril, lo inútil, y que sólo sirven de fermento a las nobles aspiraciones y a los sentimientos dignos, encarnados con maravillosa perspicacia del autor en los corazones de dos desheredados, el uno, por la falta de legitimidad en el nacimiento, que es Juan de Dios; el otro, por la soledad de un hogar vacío de afecciones generosas, que es Luisa.

Cuando veía aquella muchedumbre de personajes que juegan en la obra, atraillados por el látigo de la impudicia, con obediencia de rebaño, ir cediendo de concesión en concesión hasta caer en lo más hondo de las degradaciones, y volviendo después la vista al ancho campo de la sociedad la contemplaba con sus contracciones de serpiente oprimida, revolviéndose para librar el rostro del férreo guantelete que la mano del genio esgrimía para castigarla, sentí un orgullo inmenso al recordad que alguna vez oí llamarme poeta, y de este modo me asemejaba en algo a quien habíase empeñado en tal empresa.

Del drama de Cano brota la frase incisiva, cruel, con desnudeces propias de nuestros clásicos, y vibrando al cortar el ambiente con chasquidos de látigo, cae de lleno sobre los podridos cimientos que sostienen nuestra generación, haciéndola estremecer al sentir, no la crudeza de la forma, que bien acostumbrada debe estar a ella en sus noches de crápula y sus días de murmuración lasciva y casquivana, sino la agudeza del concepto, que penetra como saeta envenenada hasta lo más hondo de su conciencia, que por pervertida que esté aún conserva algo de humana: y es en vano que procure, con el satánico despecho de toda perversión castigada, rebelarse fingiendo escrúpulos risibles o inverosímiles pudores; la inspiración del genio la envuelve, la acorrala, la empuja; la poesía, la verdadera y sagrada poesía, derramada como desbordado torrente en todo el transcurso de la obra, diviniza las imágenes, engrandece los pensamientos, purifica las pasiones y, saltando a todos los tonos, matizando con todas las tintas el cuadro tremendo de las miserias sociales, arranca a los iris de la luz sus cambiantes, a las grandezas del océanos sus magnificencias, a las profundidades de los abismos sus terrores, y en mágico conjunto, plácida o sombría, suave o terrible, con acentos de majestad o de ternura, borda el diálogo con primores tales, que avasallando lo mismo el alma de los buenos que la de los malos, arranca de las manos el aplauso, bien que le pese al despecho, le apesadumbre a la envicia y le mortifique al miedo; y así, sobre las alas de oro de la poesía, vuelan los agudos dardos tan múltiples como certeros, hiriendo sin piedad ni zozobra; y castigando a la soberbia humana, la vence como audaz domador de chacales y hienas, bien seguro de que sus acobardadas fieras no habrán de rebelársele mientras el hierro se muestre candente en sus manos y la inteligencia se levante serena en su frente.

Hábiles habrán de ser, y hablo fuera del terreno literario, los aulladores que le salgan a la última obra de Cano: diálogos largos; escenas repetidas; falta de claridad en la exposición; oportunidades rebuscadas; falseamiento de algunos caracteres; nimiedades como la de la onza falsa; exceso de aticismo; pretensiones de mentor; semejanza de alguno de los personajes con otros de La Pasionaria; copia de sí mismo, repetición de frases; impudores de estilo…¡Bah! sobre todos esos granos de arena que arrojarán a Trata de blancos se afirmará el pedestal en que habrá de asentarse esta creación grande, profundamente humana, henchida de anhelos regeneradores, sabiamente dispuesta para que en el gran cristal de la escena se reflejen con exactitud de contornos los cuadros más salientes de nuestra carcomida sociedad. Trata de blancos es algo más que un drama, es la imprecación que lanza el genio desde las cumbres del ideal sobre los réprobos hundidos en la sensualidad y el escepticismo.

 

El Imparcial, Madrid,  21-2-1887

 


Nota. Leopoldo Cano fue militar y dramaturgo de ideología liberal a quien Rosario de Acuña, aparte de esta elogiosa crítica, dedicó por estas fechas un soneto.

 

 

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