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Los crímenes en la Montaña

 

 

Cuando hace diez años resolví abandonar mi pueblo natal, que es Madrid, abrí el mapa de España y (decidida a vivir –y si era posible a morir– en la costa cántabra, por las inmejorables condiciones de su clima para quien, como yo, sufría un paludismo inveterado) me di a estudiar en toda la región que se extiende desde Vizcaya al Ferrol qué provincia o pedazo de tierra ofrecía ciertas relativas seguridades para vivir con la mayor paz y tranquilidad posibles. Descartadas las provincias vascas por el furioso fanatismo religioso que alimentan los campesinos de ellas y que borra con ferocidades farisaicas sus patriarcales costumbres, medí y pesé la moralidad del resto de Cantabria, y en la estadística criminológica de aquellos años, vi que la menor cantidad y calidad de delitos correspondían a la Montaña, estando en primer término Lugo, luego Orense y después Coruña y Oviedo.

Aquí me vine, segura de que si la incultura selvática de sus naturales campesinos (ricos y pobres) no aseguraban un aislamiento completo, por lo menos tenía la completa seguridad de no presenciar, ni conocer, por relato siquiera, esas espantosas monstruosidades criminales que estremecen a todo ser racional, culto, y pensador; monstruosidades de las cuales hay ejemplos a montones en la kabila madrileña y en las provincias (aduares) meridionales.

Hace diez años que esto sucedía aquí. Hoy la Montaña espanta: ese crimen de Frases da frío en la médula y ensombrece el cerebro; esos frecuentes infanticidios de esas mozas livianas y necias, que no quieren, consagrándose madres, liberarse de prostitutas; esos hijos miserables, peores que todas las fieras y reptiles de la tierra, abofeteando a sus madres; esos niños cafres, mordiéndose unos a otros; esos bandos de mozuelos juramentados para exterminarse mutuamente; esos alcoholizados rasgándose las tripas por el más fútil motivo; ese estado continuo de «robo en rosca» (frase de Bonafoux): Pedro roba las coles a Juan, Juan roba a Diego las gallinas y Diego roba a Pedro la yerba, y ¡ande la rueda!; esa falta de respeto y piedad hacia los ancianos, las mujeres, los niños, los animales, los débiles, a quienes el hombre, ¡si ha de atreverse a llamarse «hombre»!, tiene el deber de amparar, respetar y cuidar...

Ese revoltijo de crímenes (¡todos crímenes en diferente escala!) asquerosos unos, espantosos otros, y todos acusadores de un completo hundimiento moral de la raza cántabra, han colocado a la Montaña en un cuadro de honor del crimen, que creo no tenga ya nada que echar en cara a la kabila madrileña o a los aduares meridionales.

La Montaña se está pudriendo. ¿Qué hacen esas agrupaciones socialistas, tan poderosas en esta tierra, y dechados de moralidad, defensoras del porvenir? ¿No meditan que el porvenir se les escapará, si en vez de formar huestes cultas, conscientes, altruistas, se rodean de mesnadas de parricidas, asesinos, borrachos y ladrones? ¿Qué hacen esos maestros y esos ensoñadores de los diez mandamientos del decálogo cristiano? ¿Cómo no esculpen en la niñez y en la juventud, y sin circunloquios de ninguna clase, no la letra, sino el espirita de esos sublimes... «No matarás». «No hurtarás». «Amarás al prójimo como a ti mismo»?

Estos mandamientos categóricos –que para los cerebros recién salidos de las selvas, deben ser el código de más pura moral–, resbalan por la memoria de la infancia y la juventud montañesa, como el agua por una cesta; no les dejan nada dentro y la infancia y la juventud montañesa, a pesar de todas las jaculatorias y sermoneos, de todo tienen menos de cristianas.

La corrupción se extiende como mancha de aceite. El camino del crimen empieza siempre por la holgazanería. Y la holgazanería entra en el hogar montañés por la envidia: el campesino envidia a quien no trabaja y come. El oro indiano, reluciendo demasiado cerca de la aldea, ha despertado en ella la ráfaga de Caín que todos los seres humanos llevan en su entraña, y los aldeanos van, poco a poco, odiando el trabajo, porque envidian al que no trabaja (encallándose las manos, que es lo quo ellos llaman trabajar.) ¡Si el oro indiano hablase, qué ríos de sudor, y a veces de sangre, correría por encima de sus destellos!

La envidia, la holgazanería: he ahí las dos piedras angulares del crimen; después, todo es cuestión de temperamento, de costumbres (viciosas ya en la Montaña desde que el vino corre en ella a torrentes), de ocasión. La fiera que todo ser lleva dentro, desencadenada de las blandas y firmes ligaduras del trabajo y la sobriedad, salta un día y el zarpazo es el asesinato, el infanticidio, el robo, la violación, el ultraje al débil. Todos crímenes, todos sombras de lodo y de sangre, que van borrando la característica del montañés, que era selvática, brutal, pero noble y honrada. Y así se va transformando esta Montaña en un triste pingajo a medio civilizar, que es lo más horrendo de la civilización, pues sirve solo para rellenar presidios, burdeles y hospitales.

¡Pobre Montaña, la de aquellos admirables tipos que Pereda trazó en Peñas Arriba y que yo, hace trece años, tuve ocasión de ver y de tratar! ¡Ya no queda de ellos más que el recuerdo!

No tendremos más remedio que huir de la Montaña: la ola de sangre y fango invade ya sus sierras, sus valles y sus costas. ¡A tiempo se murió Pereda! (1)

 

 

Nota

 (1) Apenas han transcurrido dos meses largos desde que murió José María de Pereda. Rosario de Acuña, que entonces escribió dos textos en su memoria (¡Duelo! ⇑ y Carta al maestro de San Mateo ⇑), aún lo tiene presente. 

 

 


 

Imagen de la portada del libro

 

¿Quién fue Rosario de Acuña?.

 

 

 

 

Rosario de Acuña. Comentarios

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