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 Al señor maestro de San Mateo

¡Así se hace patria, señor maestro! Al formar a los niños de su escuela al paso del entierro de Pereda, ha creado, en la mente infantil, una agrupación de ideas, que pueden servir de punto de partida para que salgan del salvajismo campesino, esos tiernos seres que hoy están a su lado. ¡Bravo, señor maestro! Usted y los compañeros que le hayan secundado, han demostrado saber lo que significa la muerte de un genio, de uno do esos seres predestinados, por la voluntad omnipotente, para repartir los pedazos de su alma entre sus contemporáneos y nutrir, con la propia sustancia de la vida, que son los pensamientos vocalizados, el tesoro inmortal de la razón humana...

¡Ah, señor maestro! ¿Por qué no hay en España muchos como usted? Quince o dieciséis kilómetros de carretera se cuentan desde Santander a Polanco; en ella enclavados, o cerca de ella, están Peñacastillo, Igollo, Bezana, Soto, Liencres, Mortera, Escobedo, Requejada y muchos más Ayuntamientos, quo tienen (o deberían tener) escuelas ¡Qué hermoso ejemplo!, ¡qué consoladora esperanza para los que amamos a la patria y la vemos hundirse en la barbarie más brutal y estúpida, haber contemplado en esos dieciséis kilómetros de carretera, una hilera de niñas y niños, sosteniendo en sus manos ramos de laurel y de mirto!

¡Con tal de verlos así formados, al paso del fúnebre cortejo, aunque hubieran estado cantando jaculatorias, se les podría haber aplaudido con entusiasmo! Pero, ¡quiá!, ¡ni para entonar los amenes de los responsos se desembrutece la patria! ¡Y acaso en ese trayecto, de dieciséis kilómetros, habrá ricachos que gasten su oro indiano en preceptores e institutrices para sus hijos!

¿Cómo se va a salvar España existiendo este abismo hondísimo, pavoroso, insondable, entre sus personalidades cultas, racionales, conscientes, europeas, y esa masa brutal, de una incultura desesperante, sin sentimiento de patria y sin conciencia de su deber?... Esta masa que dice que de los perros no se puedo uno fiar, porque no oyen misa; esta masa que consume su vida entre el fango de sus cuadras y sus cochineras y las miseriucas del chismorreo y de la envida; que lleva parásitos bajo la boina o el moño, y zapatos de charol y blusas con remanguijos, para vender un litro de leche con medio de agua en los mercados de la ciudad; esta masa, que no quiere leer periódicos, porque nada tiene que aprender en ellos y para la cual los libros son verdaderos mitos desconocidos... ¡No! ¡No! Las naciones no se engrandecen por sus genios, por muy sublimes que sean o por muchos que haya; las naciones se elevan por las muchedumbres que saben honrar a sus genios. Ya pueden nacer Peredas y padres Ceferinos González y Marcelinos Menéndez y Linares y Echegarays y Pérez Galdós; ya pueden echar el alma por la boca, predicando todas las modalidades de la cultura humana, y haciendo saber a las almas el camino del racionalismo, la senda para alejarse del salvaje, que es el primo carnal de la bestia. ¡Ellos predicarán, vocearán, acumularán sobre la patria toda la riqueza de sustancia pensante de que les dotó la Naturaleza y la patria seguirá hecha una manada de cafres. Los dieciséis kilómetros de carretera de Santander a Polanco, sin los Ayuntamientos de los pueblos, en pleno, con sus maestros a la cabeza y sus niños al lado, sembrando de laureles el camino por donde pasaba por última vez el inmortal cantor del pueblo de la Montaña, es una muestra irrebatible de que tenemos que ir pensando en  nacionalizarnos extranjeros.

¡Y reflexionar que por Pereda se conoce en el mundo de los seres verdaderamente humanos, este pobre rincón de la patria española! ¡Bravo, señor maestro de San Mateo! ¡Cuando se sumerja, en los revueltos mares de la conquista, este pedazo de tierra cántabra, el último destello del sol español lucirá sus gloriosos fulgores sobre los que supieron, como usted, cumplir sus deberes cívicos;  en el instante del total hundimiento, y en el reducido grupo de almas patriotas que sostendrá en sus manos la insignia bendita, su acción de ayer tarde le colocará, por derecho, en primera fila!

¡Hasta la vista!

Santa Cruz de Bezana, 4 de marzo

 

 

Nota

Al dar cuenta del trayecto que recorrió la comitiva camino de Polanco, los periódicos del día, además de resaltar la presencia de los niños en el borde de la carretera, se hicieron eco del homenaje que Rosario de Acuña brindó a la memoria de José María de Pereda (⇑).

 


 

Imagen de la portada del libro

 

¿Quién fue Rosario de Acuña?.

 

 

 

 

Rosario de Acuña. Comentarios
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