Rosario de Acuña y Villanueva

Madrid, 1850- Gijón, 1923

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Al recién nacido hijo del Sr. Chíes 

 

 

   Ya de tu vida la risueña aurora

comienza a fulgurar, como esas rosas

frescas y ruborosas,

de esencia halagadora,

que el sol naciente con sus rayos dora.

Ya viniste a la tierra

dejando en los alcázares del cielo

las alas inmortales

con que tendiste en lo perenne el vuelo.

 

   Espíritu indeciso, vacilante,

que allá en lo eterno de la vida,

en tenues vibraciones, ondulante

cruzabas los espacios

como antorcha encendida

de Dios en los magníficos palacios;

ya estás entre nosotros; bien venida

alma o destello, esencia o derivante,

de la Suprema Luz, desconocida

en los valles profundos

de este planeta hermano de otros mundos.

Todo tu ser se agita ya en la tierra,

y todo cuanto encierra,

lo mismo allá, en sus fúlgidas alturas

que en sus negras honduras,

es patrimonio de tu vida humana.

¡Alma que naces hoy, busca el mañana!...

 

   ¡Oh sombra de la muerte,

no eleves tu fallida silueta

sobre esa vida flébil

que arriba a las orillas del planeta!

Déjala caminar con firme paso

de su oriente a su ocaso;

déjala conquistar, una por una,

las gradas de ese trono

que la razón levantara en su cuna;

déjala consumir el fuego interno

que arrancó a sus orígenes divinos,

cumpliendo los destinos

trazados por la leyes de lo eterno.

 

  Como ráfaga leve

de una lejana estrella

que entre las nieblas sin cesar se mueve,

de tal manera, al alma de ese niño

se la mira brillar, luciendo breve.

Bien venida a la lucha,

si aporta una energía inconmovible;

¡ay de ella si con ímpetu sensible

la voz de la pasión tan solo escucha!

Se arrollará a sí misma, y sin aliento

trémulo y vacilante el pensamiento,

oscurecida la razón severa,

unas veces ligera,

otras cruel, alguna sanguinaria,

en horas vanidosa

y siempre estrafalaria,

poco a poco volviéndose envidiosa,

primero consentida por el vicio,

después, a su pesar, llorando hastiada,

olvidará el deber del sacrificio,

y siendo en su conciencia despreciada,

arribará a la muerte

no altiva, y digna, y resignada, y fuerte,

sino humillando con pavor insano

su pensamiento humano

ante un poder estúpido e inerte

de turbadas conciencias soberano.

 

   Bien venida, si guarda en el arcano

del porvenir, esa alma hoy misteriosa,

una fuerza grandiosa,

destello inmaterial, ráfaga ardiente,

onda sonora del cénit traída,

que late, conmoviéndonos la vida

con un ritmo elocuente,

y brilla en nuestro frente

con fúlgido matiz, y una templanza

de tan suave bonanza,

que entreabre el infinito de los cielos

y nos llena de plácidos consuelos

al llevar hasta Dios nuestra esperanza...

 

   ¡Oh, inteligencia! ¡Rastro del empíreo

donde la luz de lo Absoluto brilla!

Tu poder maravilla;

¡a tu voz prepotente

la razón s levanta,

el corazón emocionado siente,

el pensamiento humano se agiganta

y el Sumo Bien Eterno se presiente!

¡Ven con tus leves átomos de lumbre!

¡Sobre ese débil ser, que a nuestra vida

acaba de llegar, vierte los dones

que en la inmortalidad al hombre dejan!

Que en su frente dormida

con éxtasis ajeno de emociones

resbalen, sin herirle, las pasiones;

y en la lucha tenaz y embravecida

que habrá de confirmarlo en la existencia,

sálvalo, ¡Inteligencia!

de llevar la conciencia pervertida

 

   Hazle duro al dolor cuando él lo sienta,

débil al llanto, o pena, del amigo;

que la maldad descubra y la presienta,

y sepa perdonar al enemigo,

teniendo pro afrenta

dar con sus propias manos el castigo;

sereno en el combate,

y estoico en la alegría,

que solo en ti sus esperanzas lleve,

y si en las horas de apacible calma,

en la dulce ilusión meciera el alma,

al recibir el desengaño aleve

levanta en su conciencia

el panorama espléndido del mundo;

¡sálvale de dudar fuerte y profundo!

que nunca llegue a odiar, ¡oh, inteligencia!

 

   Niño: cuando esas brumas que te mecen,

el sol de mayo, en primavera hermosa,

disiparlas consiga,

y en juventud dichosa

sientas la vida que en tu ser rebosa,

tal vez tu pobre amiga

dormirá el sueño eterno allá en la fosa.

Mi voz, si eco alguno,

te será tan extraña,

que acaso pienses en que fue patraña,

o inventada conseja

lo que de mí en tu infancia te contaron.

 

   ...¡Si le llegara a ver aun siendo vieja!...

Feliz si, como cuento o fantasía,

tu fe en mi fe sus ilusiones fía,

y al llegar a la cumbre de tus horas,

cuando el ayer en el recuerdo quede

y el presente ruede,

como audaz torbellino,

lleno de luz y luchas tu destino;

cuando en esas alturas

que arrojan en la sombra los treinta años,

veas surgir estériles llanuras

llenas de iniquidades y de engaños,

feliz si cual leyendo, mi memoria

surge, con mis palabras, a tu paso;

feliz si, llega el caso

en que al calor de generosa idea

fijando en los espacios tu mirada,

al hundirse tu vida en el ocaso,

el alma de lo bueno enamorada,

dice, pensando en mí ¡Bendita sea!

 

                                               5 de junio de 1884

 

La Luz del Porvenir, Gracia, Barcelona, 2-7-1885

 

 

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