Rosario de Acuña y Villanueva

Madrid, 1850- Gijón, 1923

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Algo sobre la mujer

(Apuntes)

 

Paréceme cosa inverosímil y absurda que en medio de este concierto en que a voz en grito se trata de las facultades, condiciones y fines de la mujer no resuene el acento de una que a mucha honra tiene el haberlo nacido, y para la que, mal o bien, se dio tormento en más de una ocasión a la famosa invención de Gutenberg. Y es el caso que, arrastrada a mi pesar en esa contienda de defensores y detractores, tengo para mí como imposible no meterme de lleno en tan asendereada cuestión y dar mi voz y voto en el asunto, si no por su valer para el caso, por la desazón insufrible que, de no hacerlo, sentiría en las profundidades de mi pensamiento.

Con perdón de lectores y lectoras, y con perdón de los señores sabios que en la contienda tomaron parte, héteme aquí dispuesta a decir, mondas y lirondas, lo que a mi entender tengo por verdades indiscutibles, y lo que bien pudiera ser que no fuesen más que fantasmagorías de esa parte imaginativa, tan llevada y traída por el razonador y pensador sexo contrario.

Entremos de lleno en la cuestión y, puesto que de igualdades se trata y unos quieren propinárnosla con relación al bruto y otros la subliman hasta la naturaleza del ángel, juro y perjuro, sin que en esto haya ofensa para ninguna de las dos escuelas, que tan iguales nos hicieron nuestros padres Adán y Eva, si es que existieron tan inéditos personajes, como iguales venimos siendo a través de los siglos y a pesar de sus variables alternativas. Pues, repartido por igualdad de partes entre la raza del hombre el imperio de la naturaleza, lo que a ellos les sobró de brutalidad, nos lo pusieron de astucia y, lo que a nosotras se nos dio más de ternura, lo poseen ellos de fuerza. Y como para probarlo basta registrar los anales de la historia humana, paso a otro asunto, asentado como incuestionable verdad la perfectísima, equitativa y exacta repartición que de los reinos del sentir y el pensar nos hicieron los ilustres creadores de la raza a que pertenecemos.

No se me venga con la fisiología a probar, como dos y dos son cuatro, que nuestro cerebro, en cantidad y calidad, es infinitamente inferior al del hombre e igual casi al del hotentote, último ser de la escala racional, el más inmediato al cuadrumano, porque a esto respondo yo que órgano que no se utiliza concluye por atrofiarse y que, si desde nuestras más remotas abuelitas se vino relegándonos al pasivo papel de los irracionales, nada tiene de extraño que las nietas de tantas generaciones de necias tengan en su masa encefálica una infinitesimal cantidad de sustancia gris y un escasísimo volumen de cerebelo. Y con esto pongo el ejemplo de aquellas palomas de Darwin que nacieron con alas embrionarias solo porque a sus ascendientes se les fueron comprimiendo artificialmente tan utilísimos miembros; y añado, para mayor abundamiento, que no se me puede argüir contra semejante ejemplo aquello de que la geología, con sus descubrimientos, ha probado el cómo siempre existió esencial diferencia entre los cráneos de los distintos sexos, porque a esto respondo que la geología, con todos sus datos y habilidosos experimentos, apenas si ha conseguido levantar una pequeñísima punta del velo que envuelve los orígenes de la vida y que, a pesar de los múltiples ejemplares que manifiesta de tan notable inferioridad, no bastan para asentar como incuestionable verdad que, en las muchedumbres de nuestros ascendientes, apareciese marcadísima la diferencia intelectual de un sexo con relación al otro. Y sigo diciendo que como en el transcurso de los tiempos no representan nada las revoluciones que varios siglos pueden amontonar sobre los individuos de la especie humana, es muy posible que lo que en su origen fuese perfectísimo, se transformase en periodos más o menos extensos, dando lugar a modificaciones que luego sirvieron a la geología de comprobantes para que nuestros detractores se figuren asentar sobre firmes experimentos nuestra innata inferioridad. Y continúo mi relación, cuyo punto de partida es declarar la igualdad más perfecta como equivalentes en nuestro común origen, de todas cuantas condiciones físicas y morales arrastramos por este grano de tierra que rueda en las especies interplanetarias… Júzguese, pues, de mi asombro y estupor al ver a los defensores de la emancipación abogar con el más encarnizado entusiasmo por manumitirnos de una esclavitud que no existe más que en su fantasía, luchando a brazo partido con esa otra parte de batalladores que quieren suprimir a la mujer, haciendo lado en su lugar, a una máquina portátil que a más de servir para el placer del sexto sentido, guise bien, planche bien y tome con exactitud la cuenta de la lavandera, sin que entorpezcan las funciones de tan alta misión otros sucesos que la gestación y lactancia de algún futuro padre de la patria, o de algún asiduo concurrente al treinta y cuarenta…

Ni tanto ni tan poco, ¡ilustres campeones de los fueros de nuestro sexo!, con dejarnos donde estamos, ganaríais y ganaríamos muchísimo más. ¿Qué es emancipación para quien se tiene por libre? Un mito irrisorio; ¿llamáis emancipación a darnos el derecho de vestir la toga curial y el bonete de doctor, sentenciando con sistemática serenidad en causas y pleitos…? Nosotras de hecho tenemos lo que de derecho disfrutáis; ¿queréis saber cómo? Entreabrid con mucho tiento los cortinajes del lecho donde reposa el juez; que no os sienta, y escucharéis a su mujer, si la tiene (y así que el hombre es juez ambiciona tenerla), decirle:

–Tú estás preocupado; no duermes; esa causa te va a quitar la vida.

–Sí –contesta el juez–,  no sé que sentencia dar.

–Pues mira, yo que tú, puesta la mano sobre el corazón, haría esto y lo otro…

Y aquí encaja la mujer lo que sentenciaría, y si no es uno de esos seres, excepción de nuestro sexo, que más que mujeres deberían ser figuritas de biscuit, y si el juez no es otra excepción que también los hay en el opuesto bando, y más que vivir como hombre debiera sustentarse en los bosques de América, veréis como el magistrado se duerme tranquilo, porque ella, en los senos de su conciencia, bajo la palabra de la que durante muchas noches le oyó dar vueltas en agitado insomnio, ha brotado, como luminosa inspiración, la sentencia buscada y que aunque luego se piense, se medite y se varíe en condiciones y formas, lleva en el fondo el germen del pensamiento de la mujer, la esencia de la inspiración femenina… ¿Me queréis decir, promulgadores de la emancipación, quién dicta en semejante caso la sentencia de aquella causa…? ¿Queréis otro ejemplo…? Rara es la esposa del médico que no está al corriente de las visitas de su marido, y aun es más rara la que no conoce los primeros elementos de la medicina cuando el esposo pertenece a tan sublime ciencia; pues penetrad en el estudio del sabio que busca inútilmente una solución a al crisis del pobre enfermo; él duda, ella no.

–Créeme, si estuviese en tu lugar cerraría los ojos y le daría…

El médico piensa, reflexiona; la palabra de la mujer vibra en su oído, «cerraría los ojos» «¿Por qué no cerrarlos…?» La solución se acerca; el médico vuelve a aparecer después de haber escuchado el hombre, y el enfermo sufre el tratamiento que la inspiración femenina depositó como embrionaria idea en la mente del sabio… ¿Quién es aquí de hecho el doctor?, ¿quién acude a la crisis del padecimiento?

¿Queréis penetrar en el hogar de la madre que cuenta entre sus hijos al hombre pervertido, cuya vida se desvía en el adulterio y la crápula? Pues vedla un día y otro día, hoy con lágrimas, mañana con razones, luego con amenazas, más tarde con un desprecio fingido y convencional, y luego, buscad bien en el corazón de aquel hijo, y veréis, como chispa luminosa en medio de amontonadas pavesas, el eco vibrante de la voz maternal, de la voz de la mujer, que cual Argos de cien cabezas vela pidiendo con incesante clamoreo, la redención del prevaricador, el cual al fin sucumbe al invasor torrente de aquella moralidad nacida del pensamiento de la mujer, y depositada en el corazón del malvado para redimirlo y perdonarlo.. ¿Puede el moralista más escogido luchar con el poder de tan hábil moralizadora…?

¿Queréis hallar al patricio defendiendo los fueros de la libertad o las tradiciones de la teocracia? ¿Queréis encontrar al diplomático que concilia hábilmente los opuestos intereses de enemigas naciones? ¿Queréis ver al heroico guerrero que lucha por defender su ofendida patria? Pues buscad a la mujer; donde exista el patricio liberal o autócrata, donde exista el diplomático y el guerrero, existen los hilos invisibles del avasallador poder femenino. ¿Para qué, pues, una emancipación tan ridícula en la forma como innecesaria en el fondo? ¿Es acaso para que las leyes, ante cuyo criterio es cuestionable nuestra igualdad con el hombre, nos favorezcan en nuestras relaciones sociales con el opuesto sexo?

Tengo por seguro que cuantos achacan a defectuosa legislación las miserias que sufren las mujeres, desconocen esa ley de las compensaciones ante la cual vemos que se inclinan cuantos poderes amontonan los hombres; además, si es un hecho que nuestras leyes, por sus defectuosas consecuencias, pero no por su equitativo espíritu, favorecen al hombre en cuantos cuestiones sociales se presentan, téngase en cuenta que la primera que contribuye a tan anómala situación es la mujer, por sus incalificables condescendencias, y es justo que, por la frivolidad de sus pasiones y la intemperancia de sus gustos, sufra las consecuencias a que sus mismas culpas la hicieron acreedora, y si a esto se arguye que hay muchas inocentes víctimas de tan irritantes desigualdades, contesto con las palabras de Dios cuando la sentencia de Sodoma: «Con solo diez justos se salva una ciudad»; y añado que sin la sangre de los mártires no se consolidará nunca ninguna verdad, debiendo, por lo tanto, aceptar como alta misión del cielo ese calvario de la mujer honrada, virtuosa y sensata, que vive bajo el yugo de un perverso tirano sin que las leyes humanas acudan a su defensa y libertad; sigan el áspero camino, que allá en el porvenir disfrutarán sus descendientes de los beneficios de su martirio, siendo un hecho la igualdad ante la ley, como lo es ante la naturaleza; y con esto se prueba doblemente cuán innecesaria es una emancipación que a todas luces amenguaría nuestro poder incondicional.

Nuestro reino es inmenso, se dilata en las profundidades de la conciencia del hombre, en los oscuros antros de su cerebro, perturbado por el escepticismo, y en los inmensos vacíos de su corazón, vacíos que se llenan, por nuestra innata ternura, de todos los movimientos generosos y nobles que le hacen reconocerse como soberano de la tierra.

Para vosotras también, mujeres, hermanas mías, se levanta mi voz; huid de la emancipación, porque es la ruina de nuestro poder; desde el instante en que el hombre, teniéndonos por camaradas, penetre en los abismo, que hoy desconoce, de nuestros íntimos pensamientos, la tiranía de su poder no tendrá límites, y… ¿Pero a qué decir más sobre este particular? Jamás podrán los dos sexos tenerse por enemigos; somos dos partes de un todo, cuya entidad, invisible a los sentidos y potencias, tiene por única e ineludible misión la reproducción de la especie; y si en las manifestaciones especiales de nuestro distinto sexo puede haber diferenciales condiciones, en el fundamento primordial de la esencia, digo y repito, que son equivalentes las partes de nuestra organización, como corresponde al cumplimiento de nuestro común destino sobre la tierra, siendo, por lo tanto, imposible que ninguno de los dos sexos contribuya en absoluto al engrandecimiento o postración del opuesto, sin que por esto deje de ser cierto que en periodos, más o menos extensos, sufra ya el uno, ya el otro, las influencias que las organizaciones sociales o los trastornos fisiológicos impriman a sus individuos.

¡Con cuánta lástima contemplo a esos atrabiliarios enemigos de nuestro sexo! Casi me dan tanta compasión, como asombro los emancipadores… ¡Que no oigan lo que voy a decir! Aquel que coloca a la mujer en las escalas del animal; aquel que, fiándose de sus aparentes inferioridades, la relega al puesto de los irracionales, es la primera víctima de las influencias femeninas; como más confiado, deja más lugar a la astucia de la mujer, y nada tiene de extraño ver a uno de esos detractores del género buscar, como débil niño, el consuelo de algún dolor en brazos de una meretriz, o vivir atareado en trabajo superior a sus fuerzas para que aquella que, según él, eligió por la necesidad de reproducirse, derroche en fútiles caprichos el capital conseguido con ímprobas mortificaciones. ¡Compadezcamos al desgraciado! En todo caso, sólo merece lástima. Pero, ¡alerta en la lucha que la actual generación emprende contra nosotras y por nosotras!

A pesar de que las leyes de la naturaleza se rigen por principios fijos, y por tanto lo inmutable es su esencial condición; a pesar de que nunca podrán alterarse las diferencias que distinguen, sin inferioridad por ninguna de ambas partes, nuestros opuestos sexos, pudiera muy bien venir un lamentable periodo revolucionario que nos sumiese por largo espacio de tiempo en las más funestas consecuencias. ¡Alerta, mujeres! Nuestros emancipadores quieren para nosotras la libertad de medios; pero no olvidarse que con ella perdemos la libertad de acción, mil veces mejor que el falso oropel de los aparentes poderes.

Tomad de la escuela emancipadora lo que a nuestros fines nos conviene, es a saber, la instrucción más amplia. Engolfaos en el estudio para que, en la lucha que entre unos y otros estamos llamados a sostener, tengáis armas de reserva con que defenderos. Me diréis muchas que, ¿cómo estudiar? El libro es el maestro, y no todas podéis disponer de libertad, de tiempo, de recursos para tan precisa ilustración. Pues… estudiad… observando, haciendo uso de esa perspicacia analítica que debéis a la naturaleza. ¿Se os niega el libro que describe al hombre y sus obras? Pues estudiad al hombre mismo, y al conocerle, conoceréis todas sus creaciones. ¿No podéis abarcar desde vuestro solitario albergue la vida entera de la sociedad en sus amplias ramificaciones? Pues levantad los tenues visillos de vuestra ventana, os descubrirá un abismo de problemas sociales. ¿No podéis penetrar en los escabrosos senderos de los conocimientos científicos? Pues contad las pulsaciones de vuestras arterias; recoged la gotita de sangre que la afilada aguja hizo brotar de vuestro dedo, y miradla con lente de poderoso aumento; depositad un grano de trigo entre varios de tierra; alejad de los rayos del sol la planta que nació entre sus efluvios; fijaos en la posición de lo que llamáis estrellas en los doce meses del año; colocad sobre un tablero de ajedrez algunos granos de mijo, siempre aumentados en cada casilla  en el número de diez… Y conoceréis el movimiento circular de la sangre; las diferentes partes de que se compone el jugo que baña nuestros tejidos; las maravillas germinativas de que están dotados los átomos de la tierra; los principios nutritivos que deposita sobre el planeta la constitución física del sol; la marcha invariable de nuestro mundo a través de los cielos, y la multiplicación infinita, fac simil de un tiempo y de un espacio infinito.

Cuando todo esto, y mucho más que está a vuestro alcance, lo posea vuestra inteligencia, tendréis los primeros elementos de la instrucción científica. ¿Queréis avanzar más? Pues avanzad, y con ánimo sereno, recoged el último suspiro del moribundo; ved aquel cuerpo, poco antes lleno de vigor y de fuerza, ceder, como frío barro, bajo la presión de vuestros débiles dedos; buscad la luz que antes hizo latir el corazón de aquel semejante nuestro, y en seguida preguntaos: ¿Qué somos? ¿Para qué somos? ¿Por qué somos? Ved como entráis de lleno en los campos de la filosofía; seguid, seguid pensando sobre tales preguntas, y tal vez, encadenándose vuestros pensamientos, formen el principio de alguna nueva escuela que, ávida de conocer las fuentes de la vida, encuentra la palabra que hasta ahora cierra su santuario. ¿Os encontráis sin fuerza para tan áspero trabajo? Pues sabedlo: vuestra misión es ir a la par del hombre; si os quedáis atrás, hoy que unos quieren empujaros con ciego fanatismo, y otros os sujetan en los últimos límites de los seres animados, se trastornarán nuestros fueros, se perderán nuestros privilegios, y en tanto que unas, abandonando la rueca por el escalpelo, sufrirán todas las míseras penalidades que aquejan a los destinos del hombre, otras, esclavas del fanatismo de escuela, devorarán en el silencio y la oscuridad lágrimas de rabia y desesperación.

Avanzad, y que el hombre, al regresar a sus hogares bajo la impresión de los sucesos exteriores, se halle con una parte de la vida representada por la mujer, la cual, con alto criterio y analítico juicio, desempeñe el sacerdocio del deber y la sabiduría. Entonces vendrá el libro, tan necesario para la completa ilustración; cuando el hombre se convenza de que la meditación no ha de llevaros al extravío, os abrirá las puertas del santuario, y la mujer científica será un hecho, sin que para ello hayamos tenido que pasar el ridículo del doctor-hembra y del catedrático-femenino; entonces disfrutaréis de las prerrogativas que hoy, casi a la fuerza, quieren regalarnos nuestros entusiasmados defensores, sin meditar que, sin la conciencia del propio mérito, nunca habrá emancipados. Procurad, mujeres, la íntima seguridad de vuestro valer; llegad a ser sabias sin vanidad, grandes sin amor propio, entendidas sin falsa erudición, modestas sin hipocresía, generosas sin debilidad, y vuestro reinado quedará asegurado por largas miríadas de siglos. Sorprended  los abismos del alma del hombre, cuidando de dejar en la sombra alguno de los que hay en vuestra alma; que llegue un día en que os encuentre educadas y poseedoras de la más alta ilustración, sin la molestia de haberos dado educación, de haberos ilustrado. He aquí el único ideal posible del porvenir, que nunca se llamará emancipación, porque, lo repito, solamente al esclavo se le puede manumitir, y nosotras nunca lo fuimos. El que otra cosa os haga ambicionar, os lanzará de lleno en el país de las quimeras, vestidas con el burlesco traje del ridículo, a la par que aquellos que intentan arrojarnos del pedestal donde nos colocó la naturaleza, no consiguen más que anudarse con dobles vueltas el dogal de las astucias femeninas.

Solo diré algunas palabras sobre la misión exclusiva que se imaginan ver en nosotras la mayoría de los que penetraron en el palenque de la lucha. Se cree que la mujer vive y nace para el amor, y se olvida, al asegurarlo, que es el único sendero abierto, sin restricciones, ante las facultades del alma femenina. Extiéndase en otros horizontes más dilatados el pensamiento de la mujer, y el amor será en ella lo que es en el hombre, siendo así que tanto el uno como el otro no hacen más que representar una nota en esa escala universal del amor, que principia en las atracciones de los astros y termina en la cristalización del diamante, pentagrama donde la naturaleza recorre sus múltiples fines, sin que uno solo se aleje del eterno principio de armonía por el que se rige el universo, y que se puede condensar en una sola palabra: AMOR.

Ella vive y nace por él, porque de las prerrogativas de su origen es la única que posee con la conciencia de su valer, sin que jamás haya entrevisto fuera del amor más que un caos insondable de luces y donde giran en confuso tropel los destinos del hombre. Por lo demás, en nada ofende a la alteza de su alma poseer esa cualidad distintiva que muchos nos arrojan al rostro como la prueba más concisa de nuestra inferioridad intelectual; el alma de la mujer, dotada de las más altas aptitudes para el amor, demuestra lo inmediata que se halla a las grandes bellezas de la naturaleza; y al encontrarse más cercana de la excelsa cuna del linaje humano, se hace más acreedora a la veneración de los que, impelidos por falsas pasiones, se alejaron de su origen, olvidando los fines para que fueron creados.

Nada, pues, tan absurdo como asegurar que nuestro único destino es la manifestación de un culto que en nada se refiere a las facultades del hombre, y nada tampoco más inverosímil que ciertas aseveraciones probando que , el día en que la mujer adquiera una ilustración superior, serán olvidados sus altos deberes de esposa y madre. No digo que no suceda en ejemplares aislados, porque, sin necesidad de recurrir a excelsa sabiduría, vemos hoy a muchas mujeres sacrificar a la necia vanidad de fútiles caprichos todos los grandes movimientos del alma, siendo casi seguro que muchas de las que hoy por cualquier cosa dejan de ser amantes esposas y tiernas madres, mañana, ante el vano triunfo que les pueda proporcionar una alocución científica, olviden las manifestaciones de sus relevantes cualidades; pero afirmo a la vez que las que así obraren, como las que así obran, son excepciones del sexo, y que además lo harán impelidas por la vaciedad de sus sentidos intelectuales, como hay muchos hombres tenidos por sabios que demuestran en sus hombres la falta de capacidad para desempeñar el magisterio que representan.

Desde luego puede asegurarse que, a medida que la mujer eleve su valimiento espiritual al nivel del otro sexo, crecerá en su corazón esa facultad innata a su destino de compañera del hombre y madre de los hijos de ambos, y a la par que su inteligencia abarque los grandes fines de la humanidad, los altos problemas de la ciencia y las sabias leyes de la naturaleza, el movimiento de su alma hacia el otro sexo, en sus relaciones de esposa y madre, adquirirá la intensidad de lo sublime, y entonces sí que podrá decirse con algunos visos de verdad que su alma, servida por las vivas luces de su inteligencia, nace y vive para y por el amor. ¿Se necesita un ejemplo? Pues recorramos la historia de los hombres ilustres. Cuantos más grados de perfección demuestra su inteligencia, más intensidad de pasión se advierte en su corazón; y no hay uno solo de cuantos con su ingenio, su sabiduría o su valor han contribuido al engrandecimiento de la especie, que no hayan sentido con toda la plenitud de su fuerza esa llama voraz del amor que acerca a la criatura a las idealidades del cielo, y hace que se pinten en la tierra las felicidades del paraíso.

No, no  hay que temer por el amor el día en que la mujer alcance al hombre en su perfeccionamiento intelectual; al contrario, entonces sentiría el amor que hoy apenas inconscientemente conoce; entonces sabría todos los sacrificios que se merece esa religión de la naturaleza, y entonces, sin las nimias preocupaciones que hoy la rodean, sabría elevar al ídolo de sus amores sobre todas las consideraciones, hasta la región de lo sublime, dándole el culto de los grandes movimientos de su alma, y siendo para el hombre, no el vano capricho del placer pasajero, sino la hermosa mitad de su especie, el admirable semejante de sí mismo.

…..

¿He dicho algo sobre la mujer? Creo que sí; pero pudiera equivocarme y, a la verdad, lo siento, porque me seducía decirle a los unos: las mujeres no necesitamos para nada una emancipación que a nada conduce. Y a los otros: cuidado con un desliz, porque es ridículo que quien nos trata de inferiores caiga bajo nuestro poder… En fin, ello ya está dicho, y me alegraré que alguna de mis compañeras, que sueña en su fantasía con ceñirse la incómoda basquiña del abogado, comprenda la inmensa ventaja de desempeñar el bufete sin género ninguno de responsabilidad y molestia; y que alguna otra que acaso pasa una parte de su vida plegando y desplegando un volante para ver si la falda está más graciosa a la inglesa que a la turca, y la otra parte en averiguar si el blanco Matilde da más brillo que la crema a la nieve, entre en cuentas consigo misma, y reflexionando lo que mejor le conviene, desdoble la hoja marchita de alguna pobre enredadera, buscando entre sus pliegues los primeros elementos de un estudio que la habrá de colocar en su primitivo puesto de compañera semejante del hombre.

Con esto, y con haber hablado de un asunto en que todos se creen con derecho de hablar, me doy por satisfecha, pidiendo gracia, con toda la dulzura que caracteriza a mi sexo, para estos ligeros apuntes que, acaso andando el tiempo, se conviertan en más amplio trabajo; apuntes en que, intentando decir algo sobre la mujer, pudiera muy bien haber demostrado la inutilidad e insuficiencia del género a que pertenezco.

 

Escrito incluido en Tiempo perdido (1881) y en Cosas mías (1917)

 

 

Rosario de Acuña y Villanueva.

Una heterodoxa en la España del Concordato

Rosario de Acuña y Villanueva. Comentarios

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