Rosario de Acuña y Villanueva

Madrid, 1850- Gijón, 1923

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A Violeta [1]

 

Mi estimable compañera:

Su artículo sobre la mortalidad de los niños de la inclusa ha dado en el clavo.

Ínterin los centros de enseñanza, los manicomios, los presidios de mujeres, los hospicios, las inclusas; el nacimiento y la muerte de los españoles sean feudo de las comunidades religiosas, no puede haber en España nada absolutamente a derechas.

La caridad, el amor hacia los débiles o desvalidos, la protección hacia los pequeños o desgraciados, no puede tener por génesis el monstruoso egoísmo de agenciarse un asiento en la grada de sombra o el tendido de sol del paraíso.

La fraternidad humana sucedió ya, en medio mundo, a la religiosidad sectaria, convertida ésta en una casa de banca, donde se expenden letras a cobrar en el otro mundo.

Cuando en nuestra carne y en nuestro espíritu sintamos el dolor de la carne y del espíritu de los demás, habremos llegado al primer eslabón del templo de la religión humana, que ha de ser el de la justicia.

España, toda entera, en todo su orden de valores, está atascada en el poder absorbente, asolador y regresivo de la Iglesia católica. Mientras el Estado no sea laico, estaremos dando vueltas, inútilmente, como burros atados a noria de cangilones rotos.

¡Buen rejón el de su artículo, quebrado, con oportunidad y energía, sobre el terrible mansurrón del clericalismo que nos envilece y aplasta!

Su amiga

 Rosario de Acuña y Villanueva

 17-6-18

 

El País, Madrid, 21-6-1918



[1] Seudónimo utilizado por la redactora de El País Consuelo Álvarez, que mantuvo una larga amistad con Rosario de Acuña desde que a finales de 1885 polemizaran   en las páginas de El Buen Sentido de Lérida («Ecos del bello sexo») a propósito de las creencias de nuestra protagonista.

 

 

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