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Gijón: el compromiso social

 

 

La casa del acantilado

En el verano de 1909 la prensa gijonesa informa a sus lectores de la presencia de tan ilustre escritora en la ciudad, así como de las gestiones que está realizando con el fin de construir una vivienda en los alrededores. La ciudad, que no le es desconocida, pues ha estado en ella en diversas ocasiones (la última, el año anterior, cuando pasó varios meses en el más absoluto anonimato), se presenta ante sus ojos como el lugar ideal para pasar la última etapa de su vida: es una población pequeña, pues aun cuenta con menos habitantes que Santander; entre sus gentes se encuentran «algunos entusiastas de la razón y la libertad» que llevan tiempo insistiendo para que fije su residencia en la ciudad; y en sus alrededores se hallan rincones encantadores donde el embravecido mar no se cansa de rugir frente a los abruptos acantilados. Será en uno de estos lugares, un tanto alejado del centro de la población, donde encuentre el terreno sobre el que edificará su morada. Se trata de una finca de unos dos mil quinientos metros cuadrados situada sobre uno de los acantilados de la zona conocida como El Cervigón, que se halla a una distancia de unos cuatro o cinco kilómetros de las calles más céntricas. Después de mirar y mirar parece ser que ha encontrado un lugar que la satisface, razón por la cual se muestra decidida a pagar los cuatro mil reales que piden por él. Cuenta con un pequeño capital que, probablemente, proceda de la herencia recibida tras la reciente muerte de su madre, y parece decidida a emplearlo en la adquisición del terreno y en la construcción de su propia casa, harta ya del peregrinaje al que se ha visto obligada en los últimos años.

Mientras se concluye su nueva residencia, la escritora va tomando poco a poco contacto con la ciudad, ocupando de forma esporádica la tribuna de la prensa local. Si El Publicador, periódico de orientación republicana, es el primero en recoger sus palabras, pues a la entrevista referida le seguirá la publicación de una de sus poesías y algún que otro artículo, serán las páginas de El Noroeste las que elegirá para dar a conocer sus ideas y opiniones. También será en ellas donde nos enteremos de que en el verano siguiente ya se encuentra en su nueva vivienda, como bien atestigua la datación de su escrito Una dama cristiana⇑: «En mi casa del Cervigón (Gijón) 1º de julio de 1910». La información acerca del lugar, inusualmente completa parece obedecer más a la satisfacción de la autora por el logro conseguido, al fin está en «su casa», su retiro soñado, que su interés en facilitar públicamente su dirección, pues, queda dicho más arriba, no tiene ningún deseo de que nadie venga a turbar la paz de aquel lugar, como bien hace saber mediante un cartel que, al parecer, colgó a la puerta de su nueva morada advirtiendo de la inutilidad de llamar, ya que no se tenía intención de abrir a nadie.

Ya está en la casa del acantilado, ya puede disfrutar de todo lo que ha proyectado. Queda ahora por saber cómo será su vida en esta nueva etapa. Lo de la avicultura como ocupación profesional pertenece al pasado; ya no tiene edad para aguantar aquel exigente trabajo ni para soportar los sobresaltados de la etapa cántabra; parece decidida, por tanto, a vivir con los únicos ingresos que le proporciona la pensión de viudedad que recibe cada mes y con los productos que obtiene de su finca. Pero claro, para persona tan acostumbrada a largas jornadas laborales, dedicarse tan sólo al cuidado de la casa y a atender el huerto y el corral le habrá de dejar más tiempo libre que el que había disfrutado en los pasados años. Y ese tiempo lo ha de emplear en otras actividades: la lectura, la escritura, alguna que otra salida para recorrer las tierras asturianas, y la colaboración con los grupos más dinámicos de la sociedad gijonesa. A pesar de su voluntad de mantenerse un tanto alejada de la curiosidad de la gente, a pesar de buscar el retiro y el abrazo de la Naturaleza, muy pronto comenzará a colaborar con el Ateneo Obrero de Gijón, sociedad que se había fundado en el año 1881 como instrumento de promoción de la clase obrera y con la que ya había mantenido contactos en el pasado; con los reformistas gijoneses que tenían a Melquíades Álvarez como su líder natural; y, por supuesto, con la masonería local.

 

Al lado de los más necesitados

Si hubiera que definir la etapa gijonesa con pocas palabras, éstas tendrían que referirse al decidido apoyo que dispensa a los más necesitados: los presos, las mujeres agredidas, los niños sin futuro, los trabajadores, los pescadores abandonados a su suerte, los soldados que combaten en trincheras africanas o europeas…El discurso que ha venido dirigiendo a las mujeres en los últimos años acerca de la importancia que el retorno de las familias al abrigo de la naturaleza debe jugar en la necesaria regeneración de España, va a ir cediendo espacio en esta última etapa de su vida a otro más utilitario e inmediato. Sus escritos de otro tiempo, acerca de las ventajas que para las familias y para la patria representa la vida en el campo, serán sustituidos por los que desde ahora dedica a apoyar a los necesitados, a quienes las calamidades del día a día parecen cegar toda promesa de futuro: la construcción de un mañana mejor debe comenzar por atender las exigencias más apremiantes del presente.

Los obreros son sus primeros destinatarios: en diciembre de 1909 publica «La vuelta de los reservistas», un artículo en el cual muestra su alegría por la vuelta a casa de los soldados que habían sido enviados a Marruecos para defender la ciudad de Melilla, tras el ataque que las cabilas rifeñas habían llevado a cabo el verano anterior. Entonces la movilización de los reservistas había desatado muchas protestas, hasta el punto de convertirse en el detonante de la Semana Trágica, pues al realizarse por regimientos y no por quintas obligó a embarcarse con África por destino a antiguos soldados que tenían la vida ya hecha, con trabajo y familia. Los jirones producidos con su partida y el recuerdo de los que no pueden regresar harán brotar de su pluma palabras contundentes: «hagamos resurgir de aquellas cenizas un grito de maldición hacia las guerras, que entenebrecen los horizontes del planeta y van trazando surcos de lágrimas sobre las generaciones humanas», pensamiento bien opuesto al belicismo romántico de sus años juveniles. En la primavera siguiente, con ocasión de la fiesta del Primero de mayo escribe un artículo en el que, al saludo de «¡Proletario del mundo!», augura la victoria de las «huestes proletarias que enarbolan los grandes emblemas de la verdad, la razón y la justicia» sobre un pasado que extendió la injusticia entre los hombres dividiéndolos en «amos y esclavos, en tiranos y oprimidos, en verdugos y víctimas» . Su apoyo a la causa de los trabajadores no se va a limitar a los artículos que por entonces publican los periódicos gijoneses, sino que también acudirá a cuantos actos se realicen en el mismo sentido. Así sucede, por ejemplo, en la velada que se celebra a finales de marzo de 1911 en un teatro gijonés en solidaridad con los dirigentes obreros que habían sido detenidos tras un atentado sufrido por un dirigente patronal. En esa ocasión, tras la lectura de unas palabras de apoyo que habían sido enviadas por Galdós y Pablo Iglesias, la escritora cierra el acto con unas poesías colmadas de espíritu solidario.

Al prestigio que había conseguido como luchadora tenaz en pro de la libertad de conciencia, se sumaba ahora la defensa pública de posiciones que estaban bien próximas a las defendidas por las fuerzas proletarias. No es de extrañar, por tanto, que los anarquistas gijoneses vieran de buen grado que fuera ella quien pronunciara un discurso en la ceremonia inaugural de la Escuela Neutra Graduada de Gijón, proyecto que contaba con su apoyo y el de los reformistas. La pertenencia a la masonería de algunos de éstos, el propio Melquíades Álvarez entre ellos, y de algún destacado miembro del obrerismo gijonés, como es el caso de Eleuterio Quintanilla, va a facilitar la conjunción de ambas organizaciones en la puesta en marcha de esta escuela que hará de su no confesionalidad su principal seña de identidad. Pues bien, el 29 de septiembre de 1911 Rosario de Acuña compartirá la mesa presidencial junto a otros oradores para cerrar el acto de inauguración de la Escuela con el discurso titulado El ateísmo en las escuelas neutras

 


Nota. En relación con este tema se recomienda la lectura de los siguientes comentarios:


143. El Cervigón: parada y fonda

Bodegón con manzanas de Juan de Zurbarán (hacia 1640)Aunque la leyenda (negra; negra jesuítica, diría la interesada), pintaba aquella casa con lúgubres colores, lo cierto es que el hogar de doña Rosario tenía las puertas siempre abiertas. Claro es que no para todos. Faltaría más...

 


136. Un abanico contra el hambre

Fotografía de niños rusos a la espera de recibir ayuda alimentaria (otoño 1921) Doce millones de rusos pasan hambre. Máximo Gorki solicita con urgencia «al mundo civilizado de Europa y América» pan y medicamentos. Rosario de Acuña les da lo que tiene: un abanico bordado por su madre cincuenta años atrás...


68. Noticia sobre el destino de una parte de su biblioteca

Dedicatoria en un libro que fue de doña Rosario y que hoy se encuentra en la Biblioteca Pública Jovellanos de Gijón Saber cuál es el contenido de una biblioteca, qué autores y qué títulos forman parte de la misma, nos permite conocer un poco mejor a la persona que los fue reuniendo (y leyendo. En este comentario se aportan algunos datos sobre...

 

65. La casa de Rosario de Acuña: cien años en el Cervigón

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Rosario de Acuña y Villanueva.

Una heterodoxa en la España del Concordato

 

 

 

Rosario de Acuña. Comentarios

Algunas notas acerca de la vida de esta ilustre librepensadora

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