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La vuelta de los reservistas

 

«¡Dios mío, qué solos

se quedan los muertos!»

Bécquer

 

¡Vuelven a casa, al hogar, al rincón; al mundo pequeñín de los grandes afectos; donde espera la madre, la esposa, los hijos, los hermanos, los amigos, los convecinos: vuelven a empuñar la esteva, o la garlopa; al trabajo del oficio, o al trabajo de los campos; al seno oscuro de la familia, donde el hombre se cree que es algo porque un grupo de seres menudos le toma por Dios; vuelven al antro de los humildes, de los ignorados, de los que integran la entidad nación, sin tener número, sin dejar rastro, sin casi llamarse personas...!

Traen en sus frentes una gran visión de gloria y sangre que se trocará en maravillosas leyendas al ser relatada en los escaños del hogar, junto a las brasas de la cocina de aldea, o en torno a la mísera estufilla de la urbe orgullosa; y allí, contando lo que vieron y lo que imaginaron ver, haciendo todos de héroes, en las veladas de la próxima noche-buena, irán exponiendo sus valentías, sus arrogancias, sus resistencias; todas las virtudes del valor y de la sobriedad, de las cuales es nuestra raza el prototipo mundial… Y las madres los mirarán con el deleite vanidoso que siente el autor de una obra perfecta; y las esposas acrecerán el deseo de poseer exclusivamente aquel héroe asombroso, y los hijos, con sus ojazos abiertos, apretujados en torno del padre, oirán sus palabras como los ecos de un mandato divino, que los ordena respeto pavoroso y cariño incondicional; y los amigos, que no estén mordidos por el áspid de la envidia, sentirán húmeda su mirada ante aquellos relatos en que la vida y la muerte, el dolor y la gloria, el sufrimiento y la alegría, andan a la greña en un solo minuto; y los convecinos irán voceando por la aldea o el barrio, la honra lograda para el barrio y la aldea al contar como suyos aquellos genios de la guerra… ¡Y a todas partes donde llegue el reservista, irá la palabra, el movimiento, la pasión, el pensar y el decir, cantando en himnos de amores el triunfo de la vida…!

¡Ay! ¡En cuantos hogares repercutirá esta gloriosa hora del regreso con lamentos de pena desgarradora! ¡Cuántas puertas y ventanas se cerrarán con ímpetu, al sentir que pasa por sus umbrales el bullicioso cortejo de los reservistas…!

¡Allá, en aquellas lejanas cañadas salvajes del Atlas abrupto; al pie de las chumberas mortíferas y pinchudas; en los corrompidos fangales de las umbrías selváticas; en los arenales del abrasado desierto; en el África rifeña, quedan cientos y cientos de reservistas muertos, que no volverán nunca, que jamás podrán relatar entre los suyos las leyendas de sus valentías, de sus sufrimientos, de sus sobriedades, de su glorioso y breve existir de héroes…! ¡y mientras unos vuelven para ser acompañados en procesión de honor hasta el rincón de sus hogares, otros quedan allí para siempre solos, para siempre perdidos en las fosas de los barrancos y de los peñascales africanos… Allí, en los abismos de la fría tierra, donde se desmenuzan sus pobres cuerpos ensangrentados, partidos, mutilados por todos los ultrajes que le es dado realizar a la ferocidad humana… Allí donde vaga el fulgor de sus espíritus horrorizados aún por la bárbara y cruel muerte que los ha dejado en soledad perenne, en aquellos rincones del mundo; sin que nunca puedan volver al oscuro hogar, donde en vano los llamarán las madres, las esposas, los hijos, los hermanos, los amigos…!

Pasarán años, siglos; la leyenda de la vida irá desgranándose sobre la historia patria y los cuentos que hoy cuentan los reservistas vueltos de la guerra, rodarán de hogar en hogar, asombrando a los niños, entusiasmando a los viejos, emocionando a las mujeres, ensoberbeciendo a los hombres; y, en aquellas tierras africanas, seguirán desmenuzándose los huesos de los muertos soldados, sin que las chumberas mortíferas, ni los corrompidos fangales, ni los arenosos desiertos, dejen escapar la personalidad de aquellos seres que se han quedado solos, yertos, partidos, ultrajados, formando en el enorme montón de la anónima masa humana, por cuyas laderas suben las razas, los pueblos, las civilizaciones, resoplando orgullos y fierezas…!

¡Llevemos la palma del recuerdo y, la siempreviva de la piedad sobre aquellas tumbas solitarias; hagamos resurgir de aquellas cenizas un grito de maldición hacia las guerras, que entenebrecen los horizontes del planeta y van trazando surcos de lágrimas sobre las generaciones humanas! ¡Vayamos con el pensamiento a los salvajes campos del Rif, y arrodillémonos ante las tumbas de aquellos pobres soldados que se quedaron allí ¡para siempre solos!...

 

 

 


 

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¿Quién fue Rosario de Acuña?.

 

 

 

 

Rosario de Acuña. Comentarios

Algunas notas acerca de la vida de esta ilustre librepensadora