imagen de la cabecera


 

 

Carlos: un amigo abnegado y respetuoso

 

 

Según todos los indicios, durante  la primera mitad del año 1883 tiene lugar la separación definitiva del matrimonio que habían formado Rosario de Acuña y Villanueva y Rafael de Laiglesia y Auset: Rosario se queda en Pinto, en su nueva residencia, y Rafael se desplaza a Badajoz para ocupar la plaza de Jefe de la Sección de Contribuciones en la sucursal que el Banco de España tiene en la capital pacense.

El que sigue es tiempo de mudanza para nuestra protagonista. La muerte de su padre en enero y la separación de Rafael pocos meses después abren para ella una etapa de meditación y recogimiento en el oasis que ha construido en Pinto, en su Villa Nueva: «muerto mi padre, toda la sombra esparcida en mi existencia, que, como humana que es, no está libre de sombras, se extendió fría y desolada en mi derredor, y en aquel caos sin sonido ni forma, quedó el pensamiento anonadado, sutil únicamente para imaginar que era mentira la muerte de mi padre...». Poco a poco va reconstruyendo los anclajes de su existencia. En noviembre, tras varios meses de ausencia, con un artículo titulado A mis lectoras reanuda su sección en El Correo de la Moda:

El tiempo ha pasado, la reorganización se va verificando lentamente en mi ser, que la vida jamás sigue a la muerte cuando está en equilibrio; morir es rendirse, bien sea al sentimiento subjetivo o a los agentes exteriores; es un rendimiento incondicional de nuestro ser, y rendirse es la pérdida de la armonía, del equilibrio; si la tierra le perdiese, rodaría hecha polvo en las frías soledades del espacio, es decir, moriría; de no morir, he tenido que vivir, porque la naturaleza no admite como permanente un estado determinado.

 

En apoyo de los estudiantes 

Madrid, otoño de 1884:  los estudiantes de la Universidad Central andan revueltos y se manifiestan por las calles de la capital. La protesta estudiantil había comenzado tras la campaña de acoso que, iniciada por El Siglo Futuro, se sigue contra el profesor Miguel Morayta, a quien la prensa confesional acusa de haber pronunciado un discurso irreverente y herético en el acto de inauguración del curso. En las semanas siguientes se aviva el debate: se acusa al Gobierno, al nuevo ministro de Fomento, al otrora neocatólico y antiguo líder de la Unión Católica, Alejandro Pidal y Mon, de ser muy permisivo con los profesores liberales. Algunos obispos publican duras cartas pastorales contra el contenido del discurso. La reacción liberal no se hace esperar: los universitarios se echan a las calles, produciéndose duros enfrentamientos con la policía entre el 17 y el 20 de noviembre.  Cuando apenas habían transcurrido unas semanas, Rosario de Acuña sale a la palestra y hace público el siguiente escrito que publican los principales periódicos de la capital:

Si los acontecimientos universitarios acarrean la pérdida de la matrícula de honor a los estudiantes de la Facultad de Medicina de Madrid, pongo en conocimiento de éstos que estoy dispuesta a pagar la matrícula del estudiante que más adelantado en su carrera y con mejores notas, poseyendo dicho privilegio lo perdiese por resistirse a entrar en clase, mientras no se dé satisfacción cumplida a la maltratada dignidad de la cátedra.

Los estudiantes reciben con alborozo la noticia. La comisión que los representa acepta y agradece el ofrecimiento. «Vuestro generoso ofrecimiento ha tenido extraordinaria resonancia en la Universidad Central». Rosario de Acuña  organiza un banquete de apoyo y desagravio al profesor Morayta. La comida que se celebra el lunes 15 de diciembre en Fornos, un conocido local de la capital, acuden los miembros de la comisión de estudiantes y algunos otros destacados liberales como Ramón Chíes, uno de los directores de Las Dominicales del Libre Pensamiento.   A la hora de los brindis, la anfitriona realiza un canto a la libertad y a la juventud.

Tal y como se desarrollaron las cosas a partir de entonces, bien podemos pensar que aquella comida no fue otra cosa que la presentación en sociedad de la nueva incorporación al bando de los luchadores por la libertad: Rosario de Acuña y Villanueva proclama su apoyo a Morayta y a los estudiantes que se enfrentan al pensamiento dominante; anuncia a los presentes su adhesión a la causa del librepensamiento; inicia el camino de la heterodoxia.

La decisión tomada tendrá consecuencias: perderá el favor de antiguos amigos y de algunos familiares, pero, a cambio, gozará de la amistad de los estudiantes a los que ha apoyado. Así sucederá con Luis Paris y Zejín, uno de los miembros de la comisión, con quien iniciará una larga amistad (véase el afectuoso artículo que la escritora publica en Las Dominicales coincidiendo con la edición del libro de Luis titulado «Fray  Giordano Bruno y su tiempo»; tampoco hay que olvidar que Luis Paris y Zejín será uno de los  dos «ejecutores testamentarios» designados por doña Rosario).

Para Rosario de Acuña, desde entonces librepensadora confesa, las iniciativas estudiantiles a favor de la libertad representaban todo un estímulo. Se sentía bien con aquellos jóvenes entusiastas. Por eso no es de extrañar que  aceptase ser la presidenta honoraria de un ateneo familiar que otros universitarios dieron en organizar años después. El presidente de aquella sociedad era Carlos de Lamo Jiménez, un activo estudiante de segundo curso de Derecho que habría de permanecer al lado de la escritora hasta el momento de su muerte.

 

Carlos de Lamo Jiménez  

Hacía pocos años que aquel joven había llegado a Madrid desde su Jaén natal acompañado de su familia, de la cual tenemos alguna noticia gracias a una de sus descendientes: la conocida abogada, escritora y feminista Lidia Falcón O´Neill, quien en Los hijos de los vencidos nos cuenta acerca de los padres de Carlos, sus bisabuelos maternos, lo que sigue:

Anselmo de Lamo y Micaela Giménez, habían vivido las intensas conmociones políticas del siglo XIX, en su habitual residencia de Úbeda, la más importante ciudad de Jaén, y más tarde en Madrid, militando a favor de las ideas liberales. Masón, ateo, librepensador, Anselmo había dedicado la mayor parte de su fortuna a financiar las empresas liberales.

El 18 de agosto de 1868 venía al mundo en la citada localidad ubetense el primero de los hijos de Micaela y Anselmo, al que pusieron por nombre Carlos Tomás de Santa Clara. Dos años después, nacerá Regina, su única hermana. Para sacar adelante a sus dos hijos, el matrimonio hubo de repartirse las tareas productivas. Mientras Anselmo, sastre de profesión, se dedicaba a recorrer los pueblos andaluces dedicado a la promoción y venta de las máquinas de coser Singer, que por entonces se estaban introduciendo en España, Micaela realizaba demostraciones del manejo de la máquina en la tienda que poseían en el pueblo. Según nos cuenta su bisnieta, la mentalidad abierta de sus antepasados chocaba en ocasiones con la de sus convecinos, razón por la cual empezaron a plantearse seriamente la posibilidad de trasladarse a Madrid, con objeto de que sus hijos pudieran educarse en un ambiente más abierto y tolerante. La instalación de la familia de Lamo Jiménez en la capital de España debió de producirse a finales de 1882, pues a principios del a principios del año siguiente Anselmo ya trabaja como sastre en la calle Montera. En julio de 1885 Carlos se matricula en el Instituto San Isidro, donde va a continuar los estudios de Bachillerato que había comenzado en el provincial de Jaén en el año setenta y ocho. Tras superar los ejercicios del Grado de Bachiller, da inicio a los de Derecho en la Universidad Central.  Mientras tanto, su hermana Regina estudia Piano y Solfeo con gran aprovechamiento, pues en los concursos que anualmente organiza la Escuela Nacional de Música y Declamación obtiene un Segundo Premio en 1888 y un Primer Premio en 1889. Bien parece que las expectativas que Micaela y Anselmo se habían planteado para sus hijos se están cumpliendo.

Es precisamente por esa época, los primeros meses del año ochenta y ocho, cuando Rosario de Acuña le dirige a Carlos la carta a la que me he referido anteriormente. La escritora tiene por entonces treinta y siete años y el joven, que ha cumplido los diecinueve, se encuentra matriculado en Economía Política, Derecho Romano y Derecho Natural, asignaturas correspondientes al segundo curso de su carrera. Del contenido de la misiva podemos deducir que no hace mucho que han entablado amistad y que Rosario parece haber recuperado el ánimo, reconfortada por la vitalidad de aquel grupo de jóvenes entusiastas:

Sr. D. Carlos Lamo:

Estimado amigo: empiezo por suplicarte que me dispenses el tuteo; ciertas hebrillas blancas que van tornasolando con visos de plata el oro de mi cabellera, vuelven un tantico despreocupada mi voluntad cuando se dirige hacia una juventud tan flamante como la tuya, que apenas ha dejado al tiempo trazar sobre tu rostro el albor de la primavera de la vida.

[…]

Atiende, Carlos, y hazlo presente a tus asociados. Tengo por seguro que la regeneración española, es decir, el levantamiento de las energías laceradas y entumecidas de mi patria no se realizará sino por la juventud.- ¿Vas comprendiendo tú y los tuyos por qué me congratulo tanto de ser vuestra presidenta? Vuestra generación es la España del porvenir; con ella están en los códigos del Estado: la República, sin adjetivos, sin reyes y sin histriones; la Iglesia sin autoridad devastadora, sin rentas sacadas del trabajo del pueblo contra su voluntad, y sin soberanía sobre la dignidad de los ciudadanos […] (Ateneo familiar).

Tras las profundas transformaciones que ha experimentado la vida de Rosario en los pasados años, aquel Ateneo Familiar se convertirá en un revulsivo para ella, será el núcleo de sus nuevas relaciones. Sus antiguos conocidos, muchos de ellos representantes aventajados de aquella sociedad ostentosa y enfermiza que tanto ha criticado, van a ser sustituidos por los componentes de este nuevo círculo social con el que parece compartir críticas, desengaños y esperanzas. En aquel grupo nuestra protagonista parece sentirse tan a gusto que no duda en organizar una fiesta en su villa de Pinto para todos sus integrantes, en aquella ocasión unas cuarenta personas.  A la sombra de las floridas acacias, tras dar cumplida cuenta de las viandas que habían sido preparadas para la ocasión, se bailó, se recitaron poesías, se alabaron los méritos de los ateneístas y se cantaron himnos de libertad. A los postres, la anfitriona inició el turno de brindis «agradeciendo al Ateneo la deferencia de aceptar su convite y manifestando su esperanza de que esa aceptación fuese muestra de comunidad de aspiraciones»; Carlos, en su calidad de presidente, «dio gracias a la ilustre escritora por sus bondades, ofreciéndola por escudo contra las armas traidoras de las hordas retrógradas…»

Carlos es por entonces un combativo estudiante que se sitúa a la cabeza de las protestas estudiantiles. Su nombre es el primero que aparece en artículos y manifiestos, bien sea para felicitar a los universitarios sevillanos por sus protestas («¡Loor a vosotros, compañeros estudiantes de la Universidad de Sevilla! Habéis probado con vuestra manifestación imponente, que hay algo más eficaz y más demoledor que las armas agresivas…», El País, 10-11-1888) o para pedir solidaridad con los  estudiantes portugueses frente  al ultimátum lanzado por el Gobierno británico que pretendía  que  el ejército luso retirase sus tropas del territorio comprendido entre las colonias de Angola y Mozambique. («Que de todos los ámbitos del mundo escolar español surja una protesta de adhesión al pueblo portugués…». El País, 14-2-1890). El asunto del Ultimátum parece interesarle vivamente pues su firma encabeza el manifiesto Los estudiantes españoles a los estudiantes portugueses, fechado el 9 de marzo de 1890 (El País, día 10),  y aparece tras la de Rosario de Acuña, que encabeza la relación, junto a las de su madre, su padre, y su hermana en el que lleva por título La logia 5 de abril del 88 al pueblo portugués . En 1891 se convierte en vicepresidente primero de la junta directiva del denominado Comité Ejecutivo Escolar de Madrid.

La amistad entre Rosario y Carlos se va consolidando poco a poco, hasta el punto de que es más que probable que  sea él quien la acompañe en el largo viaje por la cordillera Cantábrica al que hace mención  en la Dedicatoria incluida en  El padre Juan: «A mi lado había un ser valeroso, cuya respetuosa amistad, llena de abnegaciones y de fidelidades, había querido compartir conmigo los peligros y vicisitudes de cinco meses de expedición a caballo y a pie por lo más abrupto del Pirineo Cantábrico» Aquel viaje era uno más de los que acostumbra a realizar Rosario cada año: hacia el mes de mayo partía de su villa pinteña en compañía de su sirviente Gabriel para   recorrer a caballo durante varios meses una extensa zona del suelo patrio. En aquella ocasión, la partida se debió de retrasar hasta los primeros días de junio para que Carlos pudiera presentarse a los correspondientes exámenes. La admiración del estudiante hacia aquella mujer debió de acrecentarse considerablemente durante aquel largo viaje cabalgando por las tierras asturianas y gallegas. Tantas horas pasadas en los agrestes parajes cantábricos, todo cielo, todo valles, todo  montañas,  con la sola presencia de sus dóciles monturas,  y por única compañía la de aquella mujer portadora de tanta reflexión, estudio y experiencia en sus alforjas, debieron convertir los meses así vividos en lo que bien parece resultó un viaje iniciático para  el joven Carlos. Se había criado en un ambiente liberal; su padre era masón; su madre asumía roles que no eran habituales en las demás mujeres de la época, pero ahora estaba sólo con ella: todo un símbolo de libertad. Aquella mujer joven aún, pues tan solo rozaba los cuarenta, había renunciado a todo lo que la cuna tenía para ella reservado; se había rebelado ante la ofensa del marido y ante quienes consentían las mentiras y la hipocresía; se había alejado del aplauso fácil y el halago vacuo; había bajado a la arena pública para combatir en pos de la regeneración patria. Y ahora allí estaba Carlos, sólo con ella. La seguiría adonde ella fuera.

A la vuelta de la segunda etapa del viaje por el norte del país,  tiene lugar el estreno de El padre Juan, donde se hace una defensa del matrimonio civil. Isabel lo deja bien claro en la escena V del primer acto: «Pues bien, basta de dudas y de penas; Ramón será mi esposo, según estaba convenido, mediante el matrimonio civil; el religioso le hicieron nuestras almas al darse juramento de amor» . Al estreno de la obra, emblema y blasón de la nueva etapa, es muy probable que asistiera Carlos en compañía de algunos de sus amigos del Ateneo Familiar, que todos ellos fueran a buscar a la autora para llevarla ante el público que la aclamaba en el teatro Alhambra, y que fuera él quien por todo saludo dijera aquello de «¡Al teatro! ¡Pronto, pronto que el público está delirante aplaudiendo y esperando!». Y es que, además de ocuparse de los estudios de Civil, Internacional, Mercantil y Hacienda Pública, el joven estudiante no podía dejar de estar pendiente de todo cuanto le sucediera a aquella mujer que se había convertido en su referente y guía. Gozaría al verla cosechando los aplausos en el escenario, y con ella se indignaría al enterarse de la prohibición gubernativa del día siguiente. La vida de Carlos se había visto sensiblemente alterada en los últimos tiempos. El estudio había dejado de ser el centro de interés de sus días. Todas las emociones vividas en los meses pasados habrán de cobrarse la pertinente factura cuando en junio obtenga el primer fracaso en sus estudios: suspenso en Derecho Civil. ¡Ponte a estudiar! Aquel año parece que no hubo viaje a caballo. Al fin, llegado septiembre se pudo remediar el asunto. Para el curso siguiente se matriculó de tres de las cuatro asignaturas que le quedaban para terminar la carrera y las cosas tampoco rodaron bien. Hay que recordar que en este tiempo Rosario cae gravemente enferma, víctima de unas fiebres palúdicas que la tienen al borde de la muerte. Sus allegados, Carlos lo era, la convencen para que deje Pinto y se instale en Madrid, donde estaría mejor atendida. En junio solo pudo aprobar una asignatura, pero para esa fecha la enferma estaba bastante recuperaba: en septiembre aprobó las otras dos. Sólo quedaba Derecho Procesal de la que se matriculó en Enseñanza Libre en enero de 1893, aprobándola en la convocatoria del mes siguiente. Acto seguido, la inscripción para los exámenes del Grado, que supera el 17 de abril tras defender ante el tribunal un tema sobre los montes públicos convirtiéndose, al fin, en licenciado en Derecho.

En el verano del año anterior Rosario de Acuña había publicado en El Heraldo de Madrid el cuento La abeja desterrada, que iba precedido de una agradecida dedicatoria al doctor que la atendió en su grave enfermedad, en donde anuncia que está pensando seriamente en marchar por largo tiempo, quizás para siempre, a orillas del Océano.  Sabemos que, efectivamente, tan pronto como pudo tenerse en pie marchó a Galicia donde pasó algunos meses devolviendo la fortaleza a su debilitado cuerpo. Ignoramos si esperó al mes de septiembre para que Carlos pudiera acompañarla, de lo que sí tenemos constancia es que ésta no fue su estancia definitiva a orillas del mar de la que hablaba. Volvió a Madrid y en diciembre de 1893 presentó el que habría de ser su último estreno: La voz de la patria. Tiempo después marchó de Madrid, ahora  para siempre, y en este viaje sí llevó consigo a Carlos de Lamo Jiménez,  por entonces más unido, si cabe, a quien era su  guía, mentora  y compañera, pues poco tiempo atrás había ingresado en la Logia Española nº 176, con el nombre simbólico de Michelet.

Primero en Cantabria y finalmente en Asturias, donde la muerte de la librepensadora romperá definitivamente aquella unión, Carlos será el fiel acompañante de la escritora. A su lado recorrerá los valles cantábricos, ascenderá cumbres, soportará murmuraciones y calumnias, compartirá ilusiones, penará en el exilio portugués… Al fin y al cabo, como él mismo llegará a escribir, durante casi cuarenta años fue «el compañero de todos los minutos de aquella mujer extraordinaria» (Regina de Lamo, Rosario de Acuña en la escuela). Rosario, por su parte, recordará en su vejez la generosidad de quien «sacrificando su carrera, sus naturales talentos, su porvenir y hasta su fama, ha sabido, con paciencia generosa, atenuar el vía crucis de quien, siendo mujer, se atrevió, en España, a vivir como persona y por su cuenta» (Carta a Fernando Mora, 1915).

Carlos, que durante años ha estado al lado de quien legalmente aún es la esposa de Rafael de Laiglesia, lo estará también en aquel mes de enero de 1901 cuando se entere de que la muerte del antiguo militar y entonces director bancario la ha convertido en viuda, legalmente viuda. Ninguna ley le impide volver a casarse, pero no lo hace ni entonces ni en el futuro. La relación que mantiene desde hace años no necesita de papel alguno para seguir existiendo: está basada en la firme voluntad de ambos de seguir juntos, que en ningún caso se habría de ver reforzada por una promesa pública realizada ante un juez municipal. Además, como viuda tenía derecho a una pensión a la que, en esos años en que su economía no era para nada boyante, pues dependía de los beneficios que le proporcionaba la granja avícola que con su esfuerzo trataba de sacar adelante, no podía renunciar. Por otra parte, si en algún momento pasó por su cabeza la posibilidad del matrimonio para asegurar a su compañero un futuro menos incierto cuando ella faltara, tal eventualidad quedó resuelta cuando dos años después de ocurrida la muerte de su madre redacta el que será su último testamento. En el documento ológrafo fechado en la ciudad de Santander el veinte de febrero de mil novecientos siete declara como único heredero a «don Carlos Lamo y Jiménez, abogado, mayor de edad, a quien lego todos mis bienes muebles o inmuebles, en una palabra, todo cuanto posea en la fecha de mi fallecimiento, salvo las mandas que a continuación expresaré, y es mi voluntad terminante que nadie le dispute la herencia ni en total, ni en parte, pues quiero y mando que todo sea para el dicho don Carlos Lamo y Jiménez». ¿Para qué, pues, el matrimonio?

No cuesta mucho trabajo pensar que aquel emparejamiento daría mucho que hablar. A pesar de que la pareja solía vivir en lugares un tanto alejados de las ciudades, su presencia no pasaba inadvertida, pues la escritora seguía publicando artículos y asistiendo a diversos actos públicos. Por si esto fuera poco, su fama la precedía. Siempre habría un periódico que alabaría su tenacidad en defensa de la libertad y otro, de signo contrario, que desdeñaría su labor como escritora y pensadora. ¿Quién era su acompañante? A poco que se indagase, se podía saber que la autora había firmado libros con el apellido de casada. Además, aquel hombre que vivía en su casa era bastante más joven que ella, diecisiete años más joven. A Rosario no parece que la opinión de la gente sobre el particular la inquietara gran cosa, y no oculta su relación con Carlos al que, en ocasiones, denomina «mi compañero», como sucede en el artículo titulado Servando Bango en El Cervigón.  Otros, sin embargo, utilizan el calificativo de «sobrino» para justificar su presencia al lado de la librepensadora madrileña. Tal sucede durante su estancia en Gijón, donde así era comúnmente conocido, pues la prensa local utilizaba sistemáticamente este parentesco para referirse a Carlos, tanto en vida como tras la muerte de su compañera.  Sobrino era el que en enero de 1923, se encontraba en la casa colaborando en el auxilio de los náufragos de una goleta que había encallado en las proximidades; sobrino el que agradeció a los gijoneses las manifestaciones de pésame recibidas tras la muerte de la pensadora; sobrino el que preside los actos de homenaje póstumos que se llevan a cabo en el Ateneo de la ciudad...  Tantas fueron las veces que sobrino le denominaron «…que muchos consideraron su sobrino, quizá por ser más joven que la escritora» (Pérez-Manso, Escritoras asturianas del siglo XX).

Aunque por entonces eran frecuentes las visitas de Regina, el sábado cinco de mayo del año veintitrés no se encuentra en Gijón. Ese día únicamente está Carlos, con su compañera, en la casa del acantilado donde han pasado los últimos años, y más solo aún se va a quedar cuando ésta lo abandone para siempre antes de que el día finalice. Nada hacía prever tan súbita despedida; Rosario se sentía fuerte y así lo había hecho saber unos meses antes a sus lectores, en una carta que había enviado con motivo del homenaje a José Nakens, director de El Motín: «dada la fortaleza y agilidad corporal que tengo y la integridad de mis facultades mentales […] a no ser por un golpe de mano, todavía he dar alguna guerra…» (1-1-1923).  Nada hacía sospechar que la muerte llamara a la puerta, pero durante la tarde de aquel sábado nefasto Carlos se quedó finalmente solo. Todo lo que tenía se difuminó con su inesperada marcha: desde mediados de los ochenta,   su vida había girado en torno a aquella mujer. Durante los últimos cuarenta años no había hecho otra cosa que seguirla allá donde ella fuera, cuidarla, darle apoyo y compañía, y admirar todo lo que hacía. Su presencia había llenado su vida desde que la conociera apenas iniciada la veintena y ahora todo se había esfumado de pronto. ¿Y mañana? Mañana, nada.

Todo habrá de cambiar para él, pues Rosario había sido durante todos estos años el centro de su vida. Fuera de ella, poca cosa. Tanto tiempo ocupando un segundo plano, a la vera de su ilustre compañera, que tan sólo ha permanecido el leve rastro de su pertenencia a la masonería: en septiembre de 1921 ingresa en la logia Jovellanos de Gijón procedente de la española nº 176, de Madrid. Ni siquiera existe constancia de que tuviera  ocupación remunerada alguna, lo que explicaría que la pareja pasase de vivir con cierto desahogo en los primeros años de convivencia, a vivir con  apuros económicos  en los últimos tiempos, pues el  capital  que Rosario aún conservaba cuando residía en Pinto no pudo resistir los contratiempos con los que se encontró en el camino: la quiebra del proyecto de Ciudad Lineal, primero, el desahucio de la  granja de Cueto, después, y los dos años de exilio en Portugal, finalmente, se llevaron por delante la mayor parte de la herencia familiar. Fueron muchos los años en los que en casa sólo entró el dinero de la pensión de viudedad que tenía concedida. ¡Menos mal que no había cambiado de estado civil! A pesar de las estrecheces finales, Rosario de Acuña y Villanueva se resistió a deshacerse de nada de lo que aún conservaban: todo sería para él cuando ella faltara.

 


Nota. En relación con este tema se recomienda la lectura de los siguientes comentarios:


131. Micaela y Anselmo

Anuncio de la sastrería de Anselmo de Lamo publicado en Las Dominicales del Libre Pensamiento (17-10-1891) Amigos y familiares parecen dar la espalda a quien se ha convertido en librepensadora y masona. A mediados de los ochenta Rosario de Acuña entabla relaciones con la familia de Micaela Jiménez y Anselmo de Lamo, integrada...



77. Ateneo Familiar: La respuesta de Carlos de Lamo

Fragmento de la contestación de Carlos de Lamo

Cuando un grupo de universitarios se dirige a ella ofreciéndole la presidencia honoraria de una sociedad denominada Ateneo Familiar, la escritora —convertida ya en abanderada del librepensamiento y de la masonería— accede...


66. «En justa respuesta», por Regina de Lamo

Fragmento del artículo publicado en La Voz, 31-10-1927

Regina de Lamo da cuenta de sus gestiones para conseguir que la que fuera casa de Rosario de Acuña se convierta en colonia escolar: «Lo único que aceptaremos es la institución escolar de colonia veraniega instalada en aquella...


 




 

Rosario de Acuña y Villanueva.

Una heterodoxa en la España del Concordato

 

 

 

Rosario de Acuña. Comentarios

Algunas notas acerca de la vida de esta ilustre librepensadora

© Macrino Fernández Riera – Todos los derechos reservados – Se permite la reproducción total o parcial de los textos siempre que se cite la procedencia