imagen de la cabecera

Inicio

Su vida

Sus obras

Comentarios

Bibliografía

 

Artículos

Cartas

Conferencias

Cuentos

Ensayo

Poesía

Teatro

Varias

 

 

La vuelta de una golondrina

Madrid: Imp. de la Sociedad Tipográfica, 1875

 

(Portada)

 

 

¡Dichosa la viajera!

¡Dichosa la golondrina!

Entre tus plumas de nieve

miro ondeando la cinta

que en las regiones de Francia,

soñando con loca dicha,

uní a tu cuello inocente

al darte la despedida;

blanca era la cinta, blanca,

¡cómo la traes, golondrina!

ensangrentada la veo;

¿por acaso fuiste herida?

¡pobre, infeliz viajera!

¡pobre, infeliz golondrina!

… … … … … … … … …

… … … … … … … … …

 

Tres años hará muy pronto

que marchaste entre la brisa;

contigo se fue mi canto,

contigo se fue mi vida,

que el alma que me dejaste

lloraba triste desdicha

y en la esperanza tan solo

de ver tu vuelta, vivía.

Tres años pasaron ya;

¿dónde fuiste, golondrina?

¿Dónde llevaste el recuerdo

que te di por despedida?

Si aquella cinta era blanca

¿por qué está roja esa cinta?

Vengo a buscarte a la tierra

do el sol refulgente brilla;

llena de entusiasmo vengo

a darte la bienvenida,

y al mirarte en mi ventana

revolotear tranquila,

una lágrima resbala

por mi abrasada mejilla,

que el recuerdo que te di

pensé no lo perderías;

y si bien no le perdiste

porque en tu cuello se mira,

si aquella cinta era blanca,

¿por qué está roja esa cinta?

¡Pobre, infeliz viajera!

¡Pobre, infeliz golondrina!

¿Por qué no volviste a Francia?

¿Lloraste acaso cautiva?

Si hubieras vuelto a aquel nido

que yo te guardé solícita,

tal vez, tu leve cadena

no se viera enrojecida,

y al quitarte el lazo blanco

que tu cabecita linda

ostentaba, cual recuerdo

de un alma triste y herida,

acaso hubiera sentido

profunda melancolía,

pero no esta pena amarga

que al corazón asesina,

al mirarte en mi ventana

revolotear tranquila

llevando la cinta blanca

de roja sangre teñida…

pero ¡ay! acaso te culpo

¡y tú inocente respiras!

¡Pobre, infeliz viajera!

¡Pobre, infeliz golondrina!

¿Puedes con tu pluma leve

cruzar del mar las orillas

sin que entorpezca tu vuelo

el cansancio y la fatiga?

¿No hay acaso en el desierto

abrojos como en la vida?

¿Inocente y confiada

al par que humilde y sencilla,

no es muy posible cayeras

prisionera de la envidia?

Si te di una cinta blanca

y miro roja esa cinta,

¿no se puede haber manchado

con sangre de tus heridas?

¡Perdona, mi viajera!

¡Perdona, mi golondrina!

Si yo esperando tu vuelta

y viendo que no volvías

te levantaba los ecos

de mi triste poesía,

tú acaso perdida y sola

en retirada mezquita,

ahuecando tu plumaje

con la cabeza escondida,

dejabas correr tu sangre

que se llevaba tu vida,

sin que tan solo un quejido

volase al pasar la brisa

¡Ven entre mis manos, ven,

ven inocente avecilla,

y te quitaré del cuello

mi pobre manchada cinta;

ella restañó en un tiempo

la sangre de tus heridas,

pero su roce, tal vez,

pudiera volver a abrirlas.

Si ya abandonaste el nido

que yo te guardé solícita,

si olvidaste mi morada

y aquí otro nido fabricas,

deja que guarde el recuerdo

que te di por despedida.

Allá en las ricas comarcas

de la francesa campiña

siempre vagando se ven

nieblas húmedas y frías;

bajo aquel cielo sombrío,

donde el sol opaco brilla,

tú no quisiste pasar

dos primaveras seguidas,

que guardan mucha tristeza

aquellos helados climas.

Bajo esta bóveda azul

pura, refulgente y limpia

es más ligera el amor,

más constante la alegría,

menos firmes los deseos

y más leves las desdichas:

aquí se olvida el ayer,

el hoy, es gozar la vida,

el mañana… ¡quién le vio

bajo el sol de Andalucía!

Gorjea y sigue volando

que aquí la pena es mentira.

¡Dichosa la viajera!

¡Dichosa la golondrina!

… … … … … … … … …

 

Yo me marcho de tu nido

se conserva todavía;

me marcho, que es mi deseo

el deshacerlo yo misma;

allá en aquellas regiones

que imagen son de mi vida,

no han de profanar tu albergue

pasajeras avecillas;

perdido está para ti,

sólo en mi memoria viva;

nunca vuelvas a buscarle

¡nunca vuelvas golondrina!

¡que ya en el cuello no tienes

mi pobre manchada cinta!

Y aunque oyera tus gorjeos,

como hay tantas avecillas,

a conocer no llegara

la que su nido pedía.

Sigue, sigue revolando;

sigue dichosa y tranquila,

peina tus plumas de nieve,

y en el agua cristalina

mira tu gracioso cuello

sin cadena enrojecida.

… … … … … … … … …

… … … … … … … … …

Pero ¡ay! pobre viajera,

pobre infeliz golondrina,

yo te di una cinta blanca,

¡qué roja está esa cinta!

¡Cómo la podré guardar

sin amargura infinita,

sin que una lágrima corra

por mi abrasada mejilla!

… … … … … … … … …

 

Oye el postrimero canto

que te levanta mi lira:

rotas sus cuerdas están,

sus ecos últimos vibran

como perdidos suspiros

que arrebatara la brisa.

Óyelos, que bien pudieras

no olvidarlos, golondrina;

si, cuando pasa el verano

y al emprender la partida,

para buscar otro nido

en las comarcas de Asiria,

ves en el azul del cielo

gigante, hermosa y altiva

un águila real cerniéndose

y fijando su pupila

en la lumbrera del sol,

que entre cien mundos camina,

vuela ligera, ligera,

que si el águila te mira,

aunque se cierna muy alta

te alcanzará, golondrina;

y al desgarrar tus entrañas

te habrá de quitar la vida,

¡Acaso en su cuello lleve

mi pobre manchada cinta!

¡Blanca, blanca te la di!

me la traes enrojecida;

mancharse más, ya no puede,

por eso el águila altiva

la llevará en su plumaje,

y cuando en la pobre víctima

clave sus garras de acero

abriendo profunda herida,

si aquella sangre humeante

en su derredor salpica,

como está la cinta roja

¡roja quedará la cinta!

… … … … … … … … …

 

No levantes nunca el vuelo

sin mirar la esfera limpia;

que si atrevida te lanzas

donde el águila respira,

no te valdrá tu inocencia

¡pobre infeliz golondrina!

Pero si siempre girando

junto a la tierra te inclinas,

no abrigues temor ninguno,

sigue dichosa tu vida,

goza de la primavera,

busca la oculta semilla,

e ignorada e ignorante,

tu humilde nido fabrica:

goza en él de los amores,

duerme en sus redes cautiva,

y sin deseo ninguno,

sin ambición, sin envidia

lanza tu postrer aliento

con la cabeza escondida

entre tu pluma ahuecada

en solitaria mezquita,

sin que se quede de ti

ni el recuerdo de tu vida,

pues ya no tendrás al cuello

mi pobre manchada cinta:

¡blanca, blanca te la di,

y hoy la guardo enrojecida!

… … … … … … … … …

… … … … … … … … …

 

¡Vuela, feliz viajera,

vuela, feliz golondrina!

  

 

 


 

Imagen de la portada del libro

 

¿Quién fue Rosario de Acuña?.

 

 

 

 

Rosario de Acuña. Comentarios

Algunas notas acerca de la vida de esta ilustre librepensadora