Rosario de Acuña y Villanueva

Madrid, 1850- Gijón, 1923

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¡Bécquer!...

 

Ya eres polvo; ya nada de lo que era

calor o movimiento

queda de ti sobre la humana esfera;

sólo tu pensamiento

se ve lucir radiando en ancha llama,

y cuanto más se aleja

del mundo de los vivos más se inflama.

Él ha quedado en medio de nosotros

lleno de misteriosas armonías,

sonoro, melancólico, expresivo,

indefinible a veces, siempre triste

cual eco de profundas agonías,

como suspiro que se pierde helado

por el cierzo inclemente

sobre una estatua de marmórea frente.

Tu pensamiento llena todo un mundo

de infinitos deseos; de esas vagas

aspiraciones que hacia el todo llevan,

y en un abismo inmundo

al fin se ven caídas

sin conseguir, en su incesante anhelo,

salvar el cerco de las otras vidas

y remontarse libres por el cielo.

¡Tu pensamiento! ¡Qué desconocidas

impresiones llevose a ese recinto

en que la muerte cobra su tributo!

¡Qué riqueza de luz cuando fue extinto

en las sombras eternas de la nada!

¡Qué pasión, qué dulzura, qué armonía

vivió en él encerrada,

y qué tristeza noble y resignada!

¡Qué poderoso tu pensar sería,

cuando a través del tiempo transcurrido

se le mira lozano,

lleno de brillantez y colorido!

¡Oh, qué pleyade inmensa de fantasmas

dejó tu pensamiento entre nosotros!

¡Qué ilusiones sin nombre, qué deseos

indefinibles unos, mientras otros

cuán bien sentidos! ¡qué bien expresados!

¡Cuánta idea bullendo innovadora,

con luz hermosa entre la sombra oscura!

¡Qué abismos ignorados

de dolor y amargura,

y en medio de una calma aterradora,

qué lagrimas de fuego,

con silenciosa marcha,

cayendo al corazón una por una

para romperle luego

con tanta pesadumbre inoportuna!

¡Qué ráfagas del cielo resbalando

con plácido fulgor sobre el camino

que siguen las pasiones de la tierra!

¡Cuánto misterio tu existir encierra!

Todo cuanto se siente; todo aquello

que llena el corazón y lo conmueve;

todo lo que es al alma bueno o bello,

y al pensamiento hacia lo justo mueve,

halla un eco dulcísimo y extraño

en los giros que diste a tus cantares;

ellos son el aroma

en que se impregnan nuestros patrios lares;

en ellos la doncella enamorada

aprende a modular la dulce endecha;

de ellos la brisa sus perfumes toma

cuando brota la luz de la alborada;

la tempestad deshecha

que sufre el corazón apasionado

encuentra en ella múltiples acentos,

y el infeliz mortal desheredado

halla en tus pensamientos

el grito a sus dolores arrancado.

Tú vives, sí; tu pensamiento anida

en la extensión inmensa de la tierra;

vive con todo lo que tiene vida;

se ve cruzar cuando las aves cruzan

los azules espacios

para colgar su nido en los palacios,

orlados de floridas madreselvas;

se escucha en el silencio de las selvas,

ante el manso correr del arroyuelo;

se mira en esas hojas que en el suelo

se amontonan marchitas y rugosas,

arrancadas del árbol por el hielo;

se percibe en el cáliz de las rosas,

cuando inclinan sus tallos a la tierra;

se ve en las esmeraldas, que verdosas,

sujetas en riquísimas preseas,

nos ofrecen sus mágicos fulgores,

se ve en el amarillo jaramago,

que mustio y retorcido,

crece a la orilla de tranquilo lago;

se ve también entre las toscas flores,

labradas en la losa de un sepulcro,

sin fragancia ninguna y sin colores;

sepulcro abandonado

donde reposa, como en blando lecho,

envuelta en extrañísimo tocado,

con expresión de plácida alegría,

una mujer de piedra, dura y fría,

cuyas manos se cruzan sobre el pecho…

……………………….

¡Oh, poeta! ¡Tu gloria conquistada

en medio de dolores tan profundos,

fue de tu corazón arrebatada

para llenar de luz entrambos mundos!

 

19 de enero de 1882

 

 

El Correo de la Moda, Madrid, 10-4- 1882

 

Rosario de Acuña y Villanueva.

Una heterodoxa en la España del Concordato

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Algunas notas acerca de la vida de esta ilustre librepensadora