Rosario de Acuña y Villanueva

Madrid, 1850- Gijón, 1923

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A la memoria de Mesonero Romanos

Después de leer sus obras

 

 

Cuando al encontrarse el pensamiento fatigoso y extenuado con la lectura de nuestros autores contemporáneos, febrilmente inspirados por el ansia de efectos que los hace sondear las extremidades de toda monstruosidad, queremos hallar un punto de reposo en donde se adormezcan dudas, se entibien rebeliones, se calmen espasmos y se tranquilicen terrores, abrimos con veneración, no exenta de ternura, las obras de Mesonero Romanos.

¡Cuántas noches, oyendo la canturia quejosa del ciervo entre los ramajes de la arboleda, en este augusto y solemne quietismo del campo, que de tal modo invita al alma a esperar y a creer, hemos sacado del rincón de la biblioteca donde se guardan los escogidos, los fieles, invulnerables al inventario de desechos, aquellos tomos escritos por el venerable SETENTÓN [1], para abrirlos, al amor de la lumbre, y volar con la imaginación por entre aquellas hermosas páginas, a un mundo de sencilleces, de lealtades, de casta, amena y digna literatura!

¡Qué vigor tan sano, qué frescura tan lozana invadió mil veces nuestra inteligencia y nuestro corazón, cuando, después de dejar, con el hastío de una toma de hieles, ese libro modernísimo que hiere y desgarra, que punza y enfría, que avergüenza y repugna con sus análisis de clínica anatómica, y su síntesis de desconsolador escepticismo, hemos deleitado el alma con la lectura de aquellos párrafos de aticismo culto unos, de noble realidad otros, y todos impregnados de ese sublime pudor que es la diadema más preciada del más alto de los sacerdocios, el de escritor!

¡No, nos duele, por cierto, complacer al hijo político del noble anciano, poniendo nuestra humilde firma en la corona que piensa tejer a su memoria; que ella atestigüe el sagrado reconocimiento del alma por el bien que la hizo la palabra del sabio y del bueno: dones excelsos que no todos los que escriben pueden ofrecer al juicio de la posteridad! ¡Que estas breves frases que anteceden sean un modesto y sincero homenaje a su memoria!

En medio del rudo batallar de la vida, la lectura de sus obras y el ejemplo de su existencia, amado con la contemplación, siempre santa, de la Naturaleza, vinieron a levantar nuestra inteligencia a regiones serenas, en donde la imaginación halló nuevos horizontes, el juicio nuevos argumentos, la fe nuevas esperanzas y la voluntad nuevos estímulos. Sus palabras llenas de noble creencia, de rigorosa verdad, de modestia no fingida, de erudición no ostentada, de poética galanuela nacida al calor de purísimos sentimientos, abrieron ante nuestro espíritu fuentes vivas de luz, de entusiasmos y de ternuras.

¡Que todos los que han leído las obras de Mesonero Romanos le deban tantas horas de apacible contento, de ilustración absequible, de bondadosas ideas, como le debe su más constante lectora.

Villanueva (Pinto) 1889

 

 

Escrito incluido en ¡El Curioso Parlante!... Pensamientos, poesías y artículos de costumbres. Álbum en honor y recuerdo de Don Ramón Mesonero Romanos. Reunido y publicado por su hijo político Sebastián López Arrojo. Madrid: Imprenta de M. P. Montoya, 1889. págs. 115-117



[1]Probablemente se refiera a la obra que el escritor publicó en 1881 con el título Memorias de un setentón, natural y vecino de Madrid.

[2] En relación con este texto véase el comentario 68. Noticia sobre el destino de una parte de su biblioteca

 

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