Rosario de Acuña y Villanueva

Madrid, 1850 - Gijón, 1923

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Ni instinto, ni entendimiento

 

 

Hace muchos años, la última vez que estuve en París, fui, como en las anteriores veces, a extasiarme en el Jardín de Aclimatación. No hubo nunca para mi en aquella urbe monumental, ni cuando la visité de soltera ni de casada, sitios ni espectáculos que lograran cautivar mi atención de manera tan sugestiva y honda. Días enteros pasaba de parque en parque, de instalación en instalación, de acuario en acuario, y cuando, andando los tiempos, en medio de la Naturaleza bravía de las montañas o en la soledad anonadora de las estepas, me encontré con la fauna libre y salvaje que en el Jardín pude contemplar cautiva y amable, siempre la imagen de París se me apareció, no como el núcleo de sensualidad y del placer, sino como la matrona austera y consciente que enseña a los seres humanos lo que es la Tierra y lo que son sus moradores.

La última vez que, como digo, visité aquella ciudad, dediqué una tarde a la contemplación observadora del parque donde se encierran las monas-madres, criadoras de los pequeños monitos recién nacidos o de pocas semanas. En uno de los departamentos, cuya alambrada seguía algunos metros paralela a una de aquellas frondosas avenidas, se paseaba cadenciosamente una monita bastante grande, de cabeza inteligente a pesar de las muecas grotescas que caracterizan a la especie, una carrillera de pelo entre rubio y negro rodeaba su rostro casi humano, ocultando entre mechones sus orejitas gachas; su hociquito, muy similar a boca por el ancho plano que ofrecía, tenía un sonrosado como de labios, y sus ojitos, muy movibles, miraban con tal expresión de ternura y curiosidad, que no era difícil ver en ellos un destello de piedad y alegría, las dos expresiones del rostro humano que nos separan más radicalmente de la animalidad. Tenía un monito muy pequeño en sus brazos; con una expresión de amor, intraducible, se paseaba de arriba abajo, dijérase que adormecía a su hijito con plena conciencia de que el movimiento cadencioso de la madre aduerme al hijo. De cuando en cuando se paraba, y el monito buscaba más debajo de los brazos de la ubre colgante, en la que daba una chupada medio despierto por la golosa leche.

Era un encanto contemplar aquella maternidad animal, tan amorosa y tierna, bosquejo iniciador de la alta maternidad humana, ejemplo vivo y atrayente de que hay un hilo invisible que, desde la piedra al hombre, engarza correlativamente todos los afectos bajo la misma ley y hacia el mismo fin.

Como siempre que pensaba pasar el día en el Jardín, llevaba provisión de golosinas: los bollitos para el elefante, los caramelos para los monos, el trigo para los pollitos, el pan para los patos y ocas, los cogollos de rosa para la gacela y la cajita con dos o tres pececillos para las focas. ¡Ah! Todos aquellos animalejos saben muy bien que sus visitadores siempre les llevan el manjar más apetecido, y pronto se hacen presentes entre sus encerramientos implorando, con toda clase de zalemas, la ofrenda esperada. La monita se paró ante mí, busqué un bollito y un caramelo y alargué la mano con la dádiva diciéndole algunas palabras con modulación cariñosa: el monito a mi voz se despertó, se incorporó, cruzó un bracito al cuello de su madre y alargó el otro bracito hacia el bollo y el caramelo envuelto en papel rojo. La mona comprendió el deseo de su imprudente niño y rápidamente, con un movimiento al mismo tiempo brusco y suave, se echó el monito a la espalda por la cintura, como suelen hacerlo las gitanas, sujetándolo con el brazo izquierdo y apretándolo de modo que la cabeza y las manos quedasen detrás, y en seguida alargó el brazo derecho y cogió con su ágil mano el curruscante bollo, que se llevó a la boca mascándolo, mientras se apoderaba del caramelo, que desenvolvió con los dientes y que se comió también, ínterin el otro brazo sujetaba firme a su cintura al monito, que braceaba y pataleaba, queriendo ver y coger lo que sentía mascar a su madre. Con un movimiento graciosísimo, se limpió la mona el hociquito, como si tuviera firme voluntad de que ni una miga siquiera pudiera comer el rebeldillo, que ya empezaba a chillar corajudamente sobre la espalda materna; lo atrajo a sus brazos, le acarició la cabeza y lo puso bajo sus mamas con una expresión de cariño conmovedora, y cuando el mamoncillo empezó a chupar, ella prosiguió su paseo de criadora amante para que al calor de su seno y de su leche se durmiera el imprudente caballerete que quería participar, incontinenti, de golosinas inasimilables para su tierna naturaleza, de cuyo peligro le había salvado la previsión materna.

En aquel acto rápido, elocuentísimo, que la mona-madre acabada de realizar con el hijo, estaba escrito el código inviolable del instinto que guía al animal seguramente para la conservación, propagación y selección de su especie.  No le faltó a la mona más que la voz para decir: «No, no, hijo mío; el caramelo es duro y el bollo indigesto; en la leche de tu madre tienes el alimento completo para toda tu vida.» Esto parecía decir aquella monita con su conato de razón, que la Suprema Razón del Universo ha esculpido en todas cuantas madres animales pueblan la tierra, y digo todas porque las excepciones solo confirman la ley. Aquella monita no era el caso extraordinario –que se me ofreció en el Jardín– de ese maravilloso saber de los animales respecto al modo de criar bien a sus hijos. Mas allá de la avenida estaban los parquecitos de las gallinas cluecas y metidas en grandes jaulones de mimbres, por entre cuyos claros podían circular los polluelos sin separarse mucho de la madre que sin cesar cloqueaba para llamarles [1]

Me detuve al llegar frente al parquecito donde una magnífica gallina conchichina blanca se revolvía mal entre 18 ó 20 pollitos Derquín, esa raza prócer de las gallináceas, que necesita tanto mimo y cuidado en su infancia, que da muchas bajas en incubadora y que se cría bien con la amorosa y ricamente emplumada conchinchina. Con curiosidad casi científica y filosófica se me ocurrió sacar de su cajita a un pececillo y echárselo a la clueca cerca de su jaulón. Ella tenía un grano de trigo en el pico y llamaba a la vez a los polluelos; éstos, al ver delante de su madre al pez, se precipitaron con la voracidad propia de la niñez, de la cual suele ser aquejado el hombre cuando en la senectud se acerca a la muerte, como si ésta le anunciase que pronto volvería a otra niñez.

Todos los pollitos se arremolinaron junto al pececillo y algunos más hombrecillos alargaban el pico para cogerlo, cuando la madre dio una aguda picotada, más bien un áspero rugido de amenaza, de admonición, de enfado, abrió las alas, enarcó el cuello, sus plumas se erizaron, y, fiera y brava, con su ademán y su lenguaje paralizó el impulso de la pollada, que se metió llena de espanto debajo de la pechuga materna, sacando sus cabecitas y mirando con ojillos de espanto aquel monstruo que la mamá les había prohibido tocar. Entonces la gallina alargó el cuello y con su pico acercó el pez con cuidado, pareciendo como que decía a sus hijuelos: «Quietos. Eso no se come, ni se toca; dejadme que yo vea lo que es; yo sabré si podréis o no comerlo», y cogió el pececillo, lo desgarró con el pico, lo saboreó en tal forma que, al verla así, parecía que analizaba concienzudamente sus condiciones comestibles, hasta que, convencida de que no se trataba de nada malo, cuando ya lo tuvo hecho migas y separada la ligera espina, que pisó y sujetó con una de sus patas, llamó amorosa e invitadora a sus hijuelos para que se regodearan con aquel festín improvisado, sin dejar que ni uno solo se acercara a la espina, medio enterrada debajo de su pata…

El instinto divino le había dicho a la amorosa madre que nada de aquella extraordinaria pitanza, excepto la espina, podría dañar a sus polluelos.

* * *

Mi vieja vida de larga experiencia ha tenido ocasión de acercarse y observar a muchas madres de la especie humana. Casi ninguna de las que conocí y traté en esta España –llena de anormales, descentrados, caducos y delirantes– sabía aplicar al cuidado de sus hijos en mantillas aquellas maravillas de conocimiento que en sus almas RACIONALES debían sustituir a las maravillas del instinto animal.

En unos sitios vi dar a niños de tres meses sopas hechas con chorizo, y al preguntarles yo con tono de admiración: «Pero ¿cómo le da usted al niño eso?», me contestaban: «No es chorizo picante.» Como si solo con no ser picante el chorizo bastara para no ser dañoso. Es más: he visto cómo atascaban la boquita de otros niños con galletas mojadas en vino, que ellos retiraban con un gesto de asco; pero el empeño de la madre lograba que la cuchara homicida entrase en la boca para embucharle la ración. Vi también meter en la garganta de otros rorros bolas de jamón crudo y de patata cocida mascadas antes por la madre. A otros he visto darles castañas, almejas y percebes, y a los que más suavemente eran alimentados a los quince días de nacer, se les daba, alternando con la leche de la madre, un buen platito de puches de harina de maíz o de papilla de arroz.

Es posible que la madre humana haya perdido el instinto animal: lo comprendo, y aunque no lo comprendiera, lo creo porque lo he visto. Pero ¿y el entendimiento? ¿Por qué no lo adquirió la madre racional? ¿Qué es preciso para que la madre racional tenga entendimiento? ¿Qué hay que hacer? ¿Cómo se logrará desarrollar en la naturaleza de estas madres ese quid divino que hace a la mona y a la gallina apartar al hijo del alimento inadecuado?

La ciencia señala muy bien el camino, pero la ciencia sigue en su torre de marfil, o porque sus sacerdotes son hinchados odres de vanidad que temen ser reventados al más pequeño empujón, o porque el asunto no es acaso cuestión de ciencia. ¿Es que regresa la Especie más debajo de la animalidad? ¿Es que la condición del entendimiento está completamente divorciada de la condicional del sentimiento, y sin estos dos ingredientes no es posible la racionalidad?

Entrego estas preguntas a la revista Eugenia para que sobre ellas vaya aclarando el terrible problema en España, aquí más pavoroso, puesto que la infancia y la juventud españolas van achicándose de tal modo en todas las características de superioridad de la especie humana; que no parece sino que ya están destinados los futuros españoles a tener rabo. Es preciso, indispensable, que las madres de España o tengan instinto, o tengan entendimiento; si no, podemos empezar la siembra de cocoteros en la península, porque está próximo el tiempo en que los españoles se columpien en sus copas. 

Gijón, 1923

 

 

Texto incluido en la obra de Luis Huerta: Eugénica. Valencia: Talleres tipográficos La Gutenberg, 1927 (2ª ed.), pp. 51-57



[1] Esto mismo pude comprobarlo después en gallinas, patos y pavos. En la granja avícola modelo que durante cuatro años tuve en Santander, cuyos productos merecieron un segundo premio en un certamen avícola internacional; granja que deshice porque la casera dueña de la posesión donde la había creado, no quiso tener una mujer hereje en su finca. ¡Pobre España!

 

Rosario de Acuña y Villanueva.

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