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La cordobesa [1]

 

 

Bajo aquel cielo azul y espléndido de Andalucía, mecido por las brisas perfumadas que el Guadalquivir desparrama sobre aquellas vegas frondosas, ricas, exuberantes de belleza, salpicadas de cenicientos olivares, vestidas con hermosas viñas y guarnecida por arrogantes naranjales; acariciada por los ecos suaves y melancólicos de las playeras, y reflejando en sus hermosísimos ojos aquellos horizontes llenos de luz, henchidos de alegría, nace la cordobesa, bien sea en humilde choza o en suntuoso palacio.

Su infancia, como la infancia de los ruiseñores, es un constante gorjeo de notas cadenciosas, vibrantes ya por los impulsos de un corazón rebosando en la hirviente sangre de la gente agarena. Antes de aprender los vocablos del idioma castellano, aprende las modulaciones de los cantares andaluces y apenas salida de la inocente niñez, cuando para ir a la miga[2] se la despierta de madrugada, saluda los primeros rayos del sol no con piadosa oración, sino con los acordes de una rondeña. Así crece y se forma esa hija de las comarcas meridionales. Llega así a la edad florida de la existencia y como en aquellos climas ardientes la juventud avanza a paso largo por los senderos de la vida, se ve a la que ayer era una niña, mujer formada, ostentando entonces todos los rasgos característicos de su especial organización.

A los trece años la cordobesa es una doncella de redondeadas formas, ni alta ni baja, su regular estatura promedia las distancias de su talle, sus hombros y su cuello; de carnes tersas, ligeramente cubiertas de esa suave película que envuelve el melocotón en su manto de terciopelo, sus mejillas, como su cutis moreno claro, muestran dos rosas salpicadas de hoyuelos, que al reír ponen en tan expresivo rostro un destello de la alegría de aquellos cielos siempre risueños; sus labios son pequeños, gruesos y rojos como la flor del granado, entreabiertos siempre con maliciosa expresión, descubren unos dientecillos menudos, claros a trechos como si fueran precisos aquellos huecos para que se asomase un alma impresionable y veleidosa; sus manos pequeñas y gruesas son vivarachas y movibles cual su imaginación, y bajo el arco lustroso de sus pobladas cejas, brillan dos ojos negros muy grandes, algo hundidos en círculo azulado que les da una aureola de melancólica pasión. Estos ojos son faros donde se enciende el rayo de los amores, y expresan tanto con sus indescriptibles miradas, que a veces en sus pupilas se leen poemas enteros de encontradas pasiones, y ora dulces y apagados, en lánguido girar descubren desiertos de tristeza y dolor, u ora ardientes y vivos fulgurando rayos, cuya luz se asemeja a la del relámpago, dejan al descubierto abismos insondables de rencor y venganza. No hay ojos comparables a los de estas mujeres cuya vida se desenvuelve saturada por aquel ambiente amoroso y lánguido que se respira bajo el sol de Andalucía.

Erguida, airosa, y a la par balanceándose con descuido de indolencia, la cordobesa es de natural perezoso y apático; rica o pobre, su vida no el trabajo, es el amor, así es que jamás, con raras excepciones, se ve a la hija del pueblo en talleres o fábricas; el trabajo, aun el más sencillo, la aterra o entristece, y por nada en el mundo dejaría de cuidarse sus pequeñas manos y su cabello abundante y ondulado.

Sobria en demasía, pero golosa como un niño mimado, una naranja, un puñado de almendras tostadas, o un pedazo de alfajor, la satisfacen y alimentan más que un rico plato de suculenta vianda, así que no es extraño que, cuando la recolección de la aceituna, único trabajo campestre en el cual se emplea la cordobesa, y en el que a decir verdad más bien acude a bailar en las veladas que a recoger el rico fruto, nada tiene de extraño, repito, verla entonces pasar el día con un pedazo de pan bazo, un puñado de aceitunas y un poco de torta de higos.

Pero donde esta hija privilegiada del sol se muestra con todo su esplendor de originalísimo tipo es en sus amores.

El clima, los alimentos escasos y sin regla consumidos, su educación descuidada, su falta de elevada ilustración, que a la verdad es uno de sus mayores encantos, y su imaginación viva, ardiente, fecunda, rica, soñadora, de un vuelo asombroso, y de unos alcances inusitados, la forman un carácter extraño, mezcla de pasión y de egoísmo, de abandonos y de prudencias, de exageraciones y de calma.

La cordobesa ama primero la poesía de su tierra, después su cielo, más tarde a sí misma, por último a sus hijos, y entremezclado con todos estos amores guarda el amor al hombre, amándole unas veces con el frenesí de la locura, otras con todo el refinamiento de la más pueril coquetería; pedirla constancia es inútil, no está en su ser tenerla, es celosa pero por amor propio, y sabe ser fiel cuando por rareza está verdaderamente apasionada; la ambición entra por mucho en sus amores; se entrega, pero por abandono, jamás por dar al ser querido cuanto pueda serle grato; en aquellas noches plácidas, tranquilas, llenas del aroma de los jazmines y de las rosas, en las cuales rompen la silenciosa calma los dobles arpegios del enamorado ruiseñor; en aquellas noches en las que rielan las estrellas suspendidas en un cielo diáfano, y los acordes de una guitarra se pierden arrebatados por la suave brisa que deshoja el azahar, su naturaleza impresionable se rinde a los efluvios amorosos que la rodean, y cae sin conciencia de sí misma, en los apasionados brazos del amante que ha poco la juró tras de los retorcidos barrotes de la traidora verja amarla tanto como aman las flores al sol, los pájaros a su nido; pero decidla después, intentando sondear su pensamiento, que para probar su amor necesita el sacrificio más grande de su vida, decidla que amar sin rendirse ente el ídolo es un amor ficticio, lleno de egoísmos y de vanidades del amor propio, decidla que la mujer, cuando ama con todo el impulso de alma generosa, no debe decir, hasta aquí, nada más… y si su naturaleza no respira uno de esos momentos de embriaguez en que el cielo y la tierra se conciertan en favor del amor, contestará indignada de tan escandalosa proposición, y antes consentirá darse la muerte que conceder un solo favor al hombre que ama. Así es la cordobesa, que cual todas las andaluzas aun conserva en sus venas aquella sangre ardiente y desconfiada, vivaz y previsora, impetuosa y apática que la legaron los pobladores de la Arabia.

Veámosla a las luces humeantes de la ruidosa feria de su ciudad: su talle airoso viste con elegancia, los colores que lleva en sus adornos son de los más vivos que permite la moda; todo aquello que con la luz y la alegría se relaciona, la seduce y encanta, así es que en su traje amontona lo chillón, lo brillante, temiendo acaso que el fuego de sus ojos se apague entre las medias tintas de los colores oscuros; peinado su cabello con sin igual donaire, va entretejido con claveles y rosas, pues ella no comprende la belleza sin flores, como no comprende las rejas sin novio, ni las veladas sin baile; los afiligranados zarcillos, la cruz de oro bendita, acaso junta con la higa en contra del mal de ojo, y los mil dijes y adornos de oro o de pedrería con que se adorna y engalana, van pregonando su afán de lucimiento, su necesidad de homenaje; con aquella habla suya incompleta, difusa, llena de imágenes comparativas, y de brillantes descripciones, charla y charla horas enteras delante del recogido pabellón de la tienda, sitio donde acude para que la vean más que para ver, y donde en alegre y bullicioso corro atrae las galanterías del señorito, los piropos del gitano, la admiración de todos; en aquellos momentos no hay reina que disfrute los honores que a ella se la tributan y tan preciada de sí misma se encuentra, tan poseída de su valer, que generalmente es cuando suele romper sus relaciones, como ella dice, pues el novio, mal avenido con aquel galanteo y aquella coquetería voluble, pide más lealtad, y ella, por no sacrificar un solo momento de tan embriagador reinado, no vacila en reñir, aunque sea para siempre, con el que acaso en muchos años vio cual futuro marido; de aquí que su feria, parecida a todas las de las orillas del Betis, sea un verdadero cambio de novios y novias, una transición de amor que por esto podrá juzgarse si será firme.

Al igual que en las clases elevadas en las populares, pero allí aun está más caracterizado, como sucede en todas partes, el tipo patrio.

La sal de Andalucía dicen que es la cordobesa del pueblo; algo hay de cierto en ello si bien en todas las partes se ve la gracia y el donaire de aquella tierra. Con su falda de percal claro, siempre de colores brillantes, rodeada de un volante airosamente sujeto en menudos pliegues; con su pañuelo de Manila recogido, arrebujado, en torno del garboso talle; con su rodete de lustrosas y prietas trenzas medio caído sobre el arrogante cuello de aljófares rodeado; con el encendido clavel y el grueso grupo de ensartados jazmines en torno de la peineta dorada casi fuera de las trenzas; con sus largos pendientes aljófar que estiran sus pequeñas orejas con la pesadumbre de los múltiples y retorcidos hilos; con su pie nervioso y movible, aprisionado en un prieto zapato de cordobán lleno de pespunteados blancos o rojos; con su brazo moreno y torneado, al descubierto entre los largos flecos del anaranjado pañuelo, la cordobesa cruza la feria perdonando existencias con sus miradas y dejando un rastro de poesía y amor por donde pasa.

Más velozmente que su hermana la opulenta, y menos acostumbrada a reprimir el impulso de sus sensaciones, más en contacto con la raza gitana y por lo tanto más familiarizada con sus costumbres independientes y atrevidas, esta mujer es terrible en sus amores como es terrible en sus odios, pero siempre conservando el principal rasgo de su organización, sujeta a las influencias externas del clima y las costumbres, esto es, la indolencia. Es terrible en un solo momento, pasado el cual es una niña sin voluntad y sin conciencia: ella sabe, en un rapto de celos, hundir en el corazón de su amante su inseparable navaja, pero es incapaz de meditar un solo día en la muerte de aquel de quien se crea ofendida, pues su sangre se enfría con la misma rapidez con que se calienta, y así como no concibe, después de larga ausencia, la misma intensidad de pasión, tampoco concibe después de la ofensa pasada una venganza enérgica; ama como aborrece, al minuto: que su majo no la mire con ojos amantes cuando ella quiere, y se la verá como una leona increpándole duramente, pero que la contenga en aquel instante y una hora después ni se acordará siquiera de su rencor y solo tendrá palabras dulces para quien acaso merezca sus enojos.

La cordobesa es como el pájaro: Dios le dio alas para volar y vuela, cruza de vega en vega, de montaña en montaña, sin dejar de su paso ni un recuerdo ni una esperanza; donde hoy hace su nido es donde ama; mañana lo hará en otro lado y allá tendrá sus nuevos amores, sin que recuerde un solo instante aquellos que pasaron; él ama la luz, la belleza, el alimento de sus alas que es el cielo, el espacio, sus demás amores son secundarios; su riqueza es su canto, su felicidad hacer su nido, su alegría cantar, después vuela y vuela por cambiar de horizontes, por dominar con su mirada la inmensidad de la tierra; no deja en pos de sí más que las plumas que el viento le arrebata y las notas de sus cantares. El pájaro es el movimiento de la vida precipitando en las oleadas del tiempo sus átomos regeneradores. Como el pájaro es la cordobesa.

Para ella no existe esa edad media llena de misterios, en la cual la mujer deja de ser joven sin llegar a ser vieja: ella no adquiere esa hermosura desarrollada de la mujer en la plenitud de la vida, cuando llevando en el corazón todos los tesoros inagotables de su juventud, siente las pasiones más turbulentas del alma, que agitadas en constante oleaje, embravecidas con el calor de la sangre que circula rápidamente por las henchidas venas redondean sus formas, abrillantan su mirada, dan a su voz un timbre de indefinible languidez, y levantan en su imaginación un mundo fantástico de ventura; para ella no llega ese momento de revelación suprema en el cual puede la mujer concebir con participación de su extasiado pensamiento al hijo amado que durante su juventud presintió en nebulosos ensueños: ella no cruza ese delicadísimo y peligros paso por el cual entra de lleno la mujer en sus excelsas prerrogativas, en sus más multiplicadas prisiones; transición que sufre con el alma llena de indefinidos deseos, con el corazón trémulo de inexplicables sensaciones y con el cerebro adormecido en indeterminadas ideas; trance supremo de la mujer de treinta años, dispuesta a realizar todas las deformidades, transformación admirable de una naturaleza esbozada a una naturaleza perfecta, que no alcanza jamás la cordobesa como tampoco la alcanza ninguna de las hijas de Andalucía.

Ella es risueña, apasionada, vehemente, voluble, caprichosa, llena de poéticos ensueños y de fantásticas idealidades, poseída de sí misma en cuanto se relaciona con su belleza física, indiferente y apática para aquello que no la interesa, espléndida, desprendida, y en muchos casos gastadora, perezosa por naturaleza y educación, caritativa hasta derramar lágrimas por el mal que presencie, jamás arrepentida de sus actos pasados y muchos menos pensadora sobre los actos del porvenir, oportuna en sus frases y sus juicios con esa penetración de una imaginación fecunda e impresionable, encantadora en el trato social y algo áspera entre la familia, su ser posee en extraño consorcio todas las pasiones del más refinado sensualismo y muchas de las bellezas de un espíritu idealista, predominando sobre tan difusa entidad las notas vibrantes de la alegría y de la indolencia, que son los rasgos más enérgicos de su carácter; sin variación alguna, tal como ha sido joven, llega a vieja, y se encuentra en un solo día a las puertas de la ancianidad cuando aun se oyen los ecos de sus carcajadas juveniles. Entonces, cuando la nieve de los años blanquea las negras guedejas de sus cabellos, pierde su originalísimo encanto, cambiándolo por una condición de carácter apacible, jovial, fresco, permítaseme la frase, que la hace ser una de las ancianas más tratables y simpáticas: entonces el amor de sus hijos y de sus nietos toma el sitio preferente en aquel corazón que aun suele latir presuroso cuando se trata de una gira campestre o de un improvisado fandango, porque, así como los primeros sonidos de su voz son los ecos de una playera, los primeros pasos de sus pies son una figura de baile, y en él vive y se forma y le ama aun cuando el báculo de la vejez se doble bajo el peso de sus achaques; por esto cuando abuela, es el encanto de sus nietos, que la rodean bulliciosos y alegres ansiando escuchar de aquellos labios que tan graciosamente saben contar, los maliciosos chascarrillos, los complicados acertijos o las relaciones de aquel tiempo de rejas y de novios en que ella fue la principal heroína.

Pero donde se extasía el paisajista o el escritor, es ante el tipo de la anciana del pueblo: hay que verla con las hebras de sus canos cabellos enmarañados en torno de su curtido rostro, con su saya a grandes ramos, el pañuelo caído sobre los encorvados hombros, las anchas y arrastradizas zapatillas en sus desnudos pies, sentada al sol en el patio de la antigua mezquita, con un puñado de altramuces en el mandil, y rodeada de tres o cuatro rapazuelos que la ayudan a consumir su frugal merienda acosándola para que les cuente fechorías de los gitanos o zambras de sus juventudes; con sus ojos siempre negros y grandes, pues ni los años consiguen apagar aquellos relucientes fanales, con sus manos rugosas y movibles aun, y su frase pintoresca, expresiva y modulada por una voz cascada, pero llena de variantes, su figura bañada por aquel sol fulgente y abrasador, es una brillantísima acuarela, donde se retratan todas las tradiciones de aquel pueblo, llenas de poesía y de sensualismo.

Tal es la cordobesa; de la cuna al sepulcro va sembrando un reguero de perfumes y notas, que como los rayos del sol que alumbra su tierra, impregnan la vida de una alegría sin nombre que se pierde sin recuerdo en el eterno rodar de las horas; rica o pobre, fea o bella, joven o vieja siempre es sacerdotisa del amor, quemando en honor del ídolo tan solo los aromas que no necesita para sí misma; de naturaleza rica en vida y pasión, conserva hasta su muerte esa movilidad risueña y expresiva que es la más hermosa joya que posee, y con la cual llena de encantos su tierra, que sin ella, sin su gracejo especial, y su modo particular de expresarse y vivir, parecería menos brillante, menos alegre, menos hermosa, que aparece enriquecida con el espléndido colorido que la prestan sus hijas, ante las cuales palidecen las encendidas flores de sus jardines y se disipan las perfumadas brisas de sus melancólicas noches.

 

  • En Faustina Saez de Melgar (dir.): Las mujeres españolas, americanas y lusitanas pintadas por sí mismas.[2] Barcelona: Establecimiento Tipográfico-Editorial de Juan Pons, 1881, tomo primero, pp. 95-101

 

[1] Aunque Rosario de Acuña sea natural de Madrid, no debe extrañarnos que se ocupe en este trabajo de la mujer natural de esta provincia andaluza, pues de allí era nativa su abuela materna, Rosario Solís y Abellán, nacida en Doña Mencía, localidad situada al sureste de la capital, y en aquellas tierras pasa parte de los veranos de sus infancia y juventud, como ha dejado patente en alguno de sus escritos como, por ejemplo, La gota de agua y la estrella.

[2] Corrupción de la amiga, colegio [nota de la editora].

[3] Bajo la dirección de Faustina Saez, una veintena de escritoras se encargan de pintar diferentes tipos de mujer: Josefa Pujol («La modista»), Patrocinio de Biedma («Jaén»), Ana María Solo («Extremadura»), Emilia Pardo Bazán («La cigarrera»)…

[4] El Álbum de la Mujer, semanario dirigido por Concepción Gimeno de Flaquer y editado en México, publicó el artículo en los ejemplares correspondientes a los días 19 y 26 de octubre de 1884.

 

 
 

 

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