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La sombra de Galileo

 

«El Vaticano ha mandado un astrónomo a estudiar el eclipse»

De un periódico

 

La oscuridad del eclipse fue acentuándose, el mar sombrío se cubrió de parda neblina y sobre los acantilados de la costa la espuma de las olas saltaba, no blanca y ligera, sino agrisada y densa como la imagen de la tristeza. A mi alrededor el mundo de animales que me tienen por Providencia se agrupaba, sorprendido por tan pronto anochecer, y me pedían con píos arrullos y cacareos la última comida para recogerse en los nidales. Mis perros, tendidos a mis plantas, me miraban con ojos de asombro y la turba de pájaros, predilectos huéspedes de mi hogar, se acomodaba en sus árboles favoritos para pasar lo que todos creían próxima noche. Entonces, cuando más sombrío y tétrico se mostraban el monte y el mar, no sé si de las profundidades de mi memoria, o venida del mundo ignorado que principia más allá de la muerte, surgió una figura austera, emanando de sí la grandeza de la ancianidad sabia.

Llegaba de muy lejos, de los siglos en que la humanidad, balbuceando todavía los primeros vagidos de la infancia, no concebía nada que no fuese leyenda o cuento, cuanto más absurdos e incomprensibles, más fácilmente creídos.

Con airado ademán modulaba la sombra esas imprecaciones sublimes que todos los justos y los sabios lanzan al infinito al sentir sus almas burladas por el error grosero, el odio ignorante y el brutal instinto.

¿Qué es esto? ¿Es imposible que aquella casta sacerdotal erigida en árbitro de mis contemporáneos, a los cuales mandaba y oprimía con cinto de hierro, se haya amansado de tal modo que acuda sumisa a deponer su autoridad en el concurso donde los sabios analizan y descubren?

¡Aquella soberbia jerarquía que formaba la Iglesia católica, poseedora ella sola de la verdad, que lo tenía hecho, desde el Sol, hoguera encendida para el solo fin de calentar al hombre, desde el cielo, sólido y firme como cáscara de la Tierra y alfombra del paraíso, hasta el pobre mapa terrestre cuyos estrechos límites morían para entrar en la sombra, al occidente de las islas de Cabo Verde y en Asia al oriente! ¡Aquella omnipotente Iglesia, en donde se encerraba la única sabiduría como delegada que era de la revelación, la cual había unido a una cosmogonía completamente fantástica todo el destino de la humanidad, de tal modo que no había más remedio que estar con ella en todo, o contra ella en todo!...

¡Aquel poder formidable, henchido de todas las autoridades que la ignorancia y las concupiscencias le habían entregado, haciéndola soberana indiscutible y armándola con los instrumentos atormentadores de las almas y de los cuerpos!

¡Aquella Iglesia que me hizo arrodillar y, con amenazas de muerte sobre mi naturaleza de anciano, me arrancó una retracción clara y precisa de todo cuanto mi sabiduría hubo descubierto como exacta constitución del mundo!...

¡Aquella Iglesia, mandando súbditos suyos a fijar humildes su mirada en los cielos que, siendo tal como yo los había explicado, todavía ofrecen infinitos misterios a la inteligencia de los hombres!...

¿Cómo es que admite, como verdad innegable, el movimiento de rotación terrena y el Sol fijo en el centro de todos los planetas y arrastrándolos a todos en vertiginosa carrera por las soledades del espacio?

¿Cómo consiente que la Tierra, la única, la morada de Dios, recreo de Él, creada solo para el hombre, sea una de las incontables moradas del cielo, pequeña y mísera, ladeada sobre su plano de rotación, como si aún no supiera andar derecha por los campos estelares, morada que no es la última, pero que no es la primera y menos la única, del enjambre que cuenta el universo?

Y si se consiente interpretar con la clave de la ciencia y de la razón aquellos libros que la soberana llamó sagrados e indiscutibles, entonces... ¿a qué mis tormentos?, ¿a qué el tormento de los que me precedieron y siguieron en los espléndidos caminos de la sabiduría?

¡El Vaticano mandando a uno de sus astrónomos a investigar el Sol, su ser y sus modos de ser!... ¡Ah! ¡La losa de mármol donde quedaron las huellas de mis rodillas deber saltar en pedazos estremecida al escuchar la nueva! ¡Ah! ¡La infatigable, la omnipotente, la que cerró con el anatema y el tormento todos los caminos de investigación a la razón humana y se plantó erguida e inmóvil en el dintel de los siglos, negando toda verdad que no emanase de ella, manda hoy sin corte, sin ejércitos, sin realiza ninguna, a uno de los suyos para que fije su pupila en el telescopio y entregue después, en los laboratorios de la ciencia, sus investigaciones!...

¿Y mis lágrimas y mis sufrimientos de vencido siendo el fuerte? ¿Y la sangre que a torrentes, antes y después de mi vida, corrió de las venas humanas en holocausto de la verdad, cruelmente perseguida por la Iglesia?...

¡Ah, humanidad! ¿Cuándo madurará tu cerebro? ¿Cuándo se erguirá tu corazón y dejarás de verter la última gota de sangre por ídolos y leyendas?

* * *

La sombra de Galileo huyó hacia el cielo; el sol volvió a brillar y allá, en la costa del Mediterráneo, el delegado astrónomo del Vaticano, sin corte, sin ejército, sin realeza alguna, recogería sus instrumentos y sus anotaciones, ¡granos d arena en la montaña que la sabiduría levanta a la ciencia!

¡Ay de la Iglesia si así no lo hiciera! Su instinto de conservación no la engaña; si quiere prolongar su agonía hay que tragar el medicamento que arrojó con desdén en sana salud. Los más violentos, los más soberbios son los que imploran más humildemente a cuantos les rodean cuando se sienten moribundos.

¡Pero los siglos han pasado! Que mire o que no mire por el telescopio, la vida marcha majestuosa a través de lo eterno, dejando en pos de sí todo lo perecedero; en el planeta se empiezan a descifrar los signos de la verdad, comienza la humanidad a tener conciencia de sí misma y los cuentos pierden su encanto y las leyendas se desvanecen. Si esta especie no basta, surgirá otra, que todavía no pasó la edad juvenil de la Tierra y nuestro blanco Sol encierra aún gérmenes de creaciones incontables.

¡Llegará, sí, llegará la edad adulta para los habitantes del planeta!, y entonces... ¡sombras augustas que fijasteis en vuestra morada terrenal los jalones del camino para encontrar la verdad, la justicia y el amor, el resplandor de vuestra memoria iluminará, sin eclipses, el cielo de la inteligencia racional!...

 

 

 

 

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¿Quién fue Rosario de Acuña?.

 

 

 

 

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